Capítulo 18
Rebeca
El piso de Rebeca Ortuño estaba en la calle Aragó, a dos manzanas de Passeig de Gràcia, en un edificio de portería con cristal esmerilado y buzones de latón.
A las nueve y cuarto de aquel martes, la portera, una mujer menuda de pelo teñido de caoba y bata de flores, regaba los geranios del vestíbulo con una jarra de plástico.
—La señora Ortuño no está —dijo, antes de que Carmen sacara la placa—. Se fue.
—¿Cuándo?
—Pues el martes. El de la otra semana, quiero decir. —Dejó la jarra en el suelo y se secó las manos en la bata—. Bajó a las cuatro y media con una bolsita de mano. Yo estaba aquí. Le dije: «¿Viaje, señora Ortuño?» Y ella: «Un día, Pepita, o dos.» Y se fue en un taxi.
Carmen y Ismael se miraron.
—¿El martes —repitió Ismael— o el viernes?
—El martes, hijo. El viernes cobré el recibo de la comunidad y no la vi. —Frunció el ceño—. ¿Por qué?
—Nos dijeron que se había ido el viernes a Madrid.
—¿A Madrid? —Pepita soltó una risita seca—. Nunca la he visto coger el AVE sin decirme que le riegue las orquídeas. Y las orquídeas están sin regar, mire. —Señaló una maceta mustia junto al ascensor—. A mí no me ha dicho nada.
Subieron con una llave que la portera les entregó sin pedir más explicaciones, con la solemnidad de quien entrega unas arras.
El piso olía a cerrado y a lavanda. Un salón alto, con una librería hasta el techo, un sofá de piel gris, un escritorio impecable.
En la nevera, un yogur caducado y media botella de vino blanco.
En el dormitorio, la cama hecha, sin que nadie hubiera dormido en ella.
Sobre la mesilla, un libro boca abajo, Los hijos del temporal , marcado por la página doscientos once con un billete de tren.
Carmen se lo acercó a la luz.
—Renfe. Barcelona Sants–Portbou. Martes, 17:48. Solo ida.
Ismael tomó el billete con dos dedos. Estaba doblado por la mitad, con el mismo pliegue limpio de quien lo ha guardado como se guarda una promesa.
—Solo ida —repitió.
—Beatriz dijo que había ido a ver a Gaspar. A las nueve y diez.
—Beatriz dijo la verdad, entonces. Una parte.
—La parte que no la compromete. —Carmen abrió el cajón de la mesilla, lo cerró, abrió el del escritorio—. Lo que no dijo es que Rebeca nunca volvió.
En el escritorio, un teléfono fijo con el contestador parpadeando. Carmen pulsó. Quince mensajes. Una voz de editorial, una de dentista, una de «Daniela» («Rebe, llámame, por favor, es importante»), y otra de «Daniela», más tensa («Rebe»), y otra más breve, ya sin nombre, casi un susurro:
«Rebeca. Por favor.»
Se oyeron los tres segundos de silencio del que cuelga sin atreverse a hablar.
—Hay que pedir la grabación del contestador —dijo Ismael—. Fechas y horas.
—Ya lo hago.
* * *
Sant Cugat del Vallès los recibió con un cielo bajo y una calma de urbanización: casas adosadas de ladrillo claro, jardines con setos recortados, un parque con toboganes de madera.
La casa de Clàudia Ortuño Mas era la tercera de una hilera, con un cartel inmobiliario en una ventana del piso de arriba y un buzón repleto de publicidad que nadie había vaciado.
Tuvieron que llamar cuatro veces. Abrió, al fin, una chica de veintitantos con una sudadera enorme, el pelo recogido en un moño torcido y las ojeras de las que han dormido poco o mal.
—Policía —dijo Carmen—. Buscamos a Clàudia Ortuño.
—No está.
—¿Y usted es…?
—Su compañera de piso. Mireia. —Dudó—. Ya vinieron ayer.
—¿Quién?
—Un hombre. —Se pasó las manos por las mangas—. Muy amable. De chaqueta. Dijo que era de la policía.
Ismael sintió que el estómago le daba un vuelco discreto, de ascensor.
—¿Cómo se llamaba?
—No lo dijo. Enseñó algo, una cartera. No lo miré. —Se encogió de hombros—. Me preguntó si Clàudia vivía aquí, desde cuándo, si tenía novio, si escribía. Le dije lo que sé, que casi nada. Yo trabajo de noche, en una panadería.
—¿Dónde está Clàudia?
—Desde el domingo, de retiro. —Hizo las comillas con los dedos—. Una cosa de escritura, con su tía. Se fue con una maleta y con el portátil. Y sin móvil, que es lo raro. Lo dejó aquí.
—¿Sin móvil?
—Su tía le dijo que era imprescindible para concentrarse. —Mireia señaló hacia dentro con el mentón—. Venid, si queréis. Os lo enseño.
La habitación de Clàudia era pequeña y ordenada, con una cama individual, una estantería de DM y una mesita con una lámpara de lectura.
En las paredes, fotos de ciudades. Sobre la mesilla, el móvil, conectado al cargador, apagado.
En la estantería, apiladas por colores, las novelas de Elena Casas, muchas con las lomos descosidos de tanto releerlas.
Una, abierta boca abajo, con un subrayado a lápiz en cada página.
—Era su ídolo —dijo Mireia—. Lloró el día que murió. Me dijo: «La mejor es ella, y yo voy a ser mejor.»
—¿Escribía?
—Todo el día. Pero nunca me dejaba leer nada. —Se mordió el labio—. Hace dos meses empezó a decir cosas raras. Que iba a ganar, que su tía lo había arreglado, que iba a cambiarlo todo. Yo pensé que era una broma.
—¿Cuál?
—Que iba a ganar el Meridiano. —Se rio un poco, sin ganas—. Le dije: «Clàudia, si ni siquiera te has presentado.» Y ella se puso muy seria y me dijo: «Sí que me he presentado.»
Carmen anotó. Ismael miró la mesa: una libreta de espiral con las hojas arrancadas, una taza con un dedo de té frío, y en la esquina, pisado por la lámpara, un trozo de papel.
—¿Puedo?
—Claro.
Era una nota escrita a mano, en una letra redonda, de colegiala, que reconoció de inmediato porque la había visto esa misma mañana en una firma bajo un lacre rojo.
«Tía: si algo sale mal, yo no sé nada. Tú me dijiste que no pasaba nada. C.»
Debajo, a lápiz, con otra letra, firme, afilada, una sola palabra:
«Rompe esto.»
—No lo rompió —dijo Carmen.
—Lo dejó donde no lo vería nadie —corrigió Ismael—. O donde lo encontraríamos nosotros.
Al fondo del pasillo, a través de una ventana, se veía la calle. Y en la calle, aparcado frente a la verja, un coche gris, con un hombre sentado al volante, leyendo un periódico.
Rovira bajó la ventanilla cuando se acercaron. No pareció sorprendido.
—Inspector. Inspectora. —Dobló el periódico con cuidado—. Llegan tarde.
—Usted también —dijo Carmen—. Por lo que nos acaban de contar.
—Ayer fui a la tarde. No había nadie. Hablé con la compañera, un par de preguntas. —Sonrió—. He vuelto para asegurarme de que no se hubiera ido nadie en mi ausencia.
—¿Y?
—Nadie. —Se encogió de hombros con una cortesía exacta—. Voy a poner un coche, por si vuelve. Ustedes, a la tía, como acordamos. Cada uno, en lo suyo.
—¿Tiene el móvil de Clàudia?
—Lo tendré esta tarde. Lo ha dejado ahí, ¿verdad? —Sin esperar respuesta—. Un detalle que habla de una chica obediente.
Arrancó. Ismael lo miró alejarse por la avenida arbolada hasta que el coche gris se confundió con el color del asfalto.
—No ha dicho que hubiera entrado en la habitación —murmuró Carmen.
—No.
—Y el papel estaba donde se ve solo si te agachas.
—No lo ha visto.
—O lo ha visto y lo ha dejado.
Se miraron un segundo, más largo de lo debido, y ninguno dijo la cosa obvia.
* * *
Daniela Roca los recibió en el estudio de su casa de Sarrià, un salón largo con ventanales al jardín, un piano cerrado y un escritorio sobre el que no había nada: ni papeles, ni ordenador, ni una taza.
Llevaba un jersey de cuello alto color crema y el pelo suelto, y a la luz de la tarde su rostro, tan impecable que parecía de una portada, mostraba por primera vez las grietas del agotamiento.
—Les dije lo que sabía —empezó.
—Nos dijo lo que le convenía —respondió Carmen, sin brusquedad—. Que es distinto.
Daniela cerró los ojos un segundo.
—Siéntense.
Se sentaron. Fuera, un jardinero recogía hojas secas con un rastrillo, con un ruido de arena fina.
—Rebeca es mi agente desde hace dieciocho años —dijo ella—. Y mi amiga, aunque ya no sé qué quiere decir eso. —Entrelazó las manos—. Hace tres semanas me llamó para comer. Me dijo: «Dani, este año no vas a ganar.»
—¿Así?
—Así. Sin anestesia. «Este año no, el siguiente.» Le pregunté si estaba arreglado. Se rio. Dijo: «Todo está arreglado siempre, cariño. Lo único que cambia es quién lo sabe.» —Se humedeció los labios—. Pensé que era una broma, una de esas de agente. Ahora no lo creo.
—¿Le dijo a favor de quién?
—No. Pero sí otra cosa, y esta no se la conté el otro día. —Dudó—. Me pidió que, si alguien preguntaba, dijera que ella llevaba meses hablándome de una autora joven. Una «promesa». Que se la había presentado. Que le había leído páginas.
—¿Clàudia Ortuño?
Daniela abrió mucho los ojos.
—¿Quién?
—Su sobrina —dijo Ismael.
—No sabía que tenía una sobrina escritora. —Se llevó una mano al esternón—. Entonces es verdad. Me pidió que mintiera por una niña.
—¿Mintió?
—No. No dije nada. Pero tampoco la contradije. —Se levantó, fue hasta la ventana, volvió—. Y hay una última cosa.
Se acercó al escritorio y abrió el único cajón. Sacó un teléfono, uno antiguo, de tapa, de esos que ya nadie usa.
—Es mi segundo móvil. Solo lo conoce Rebeca. Y mi marido. —Lo abrió—. El martes por la noche, hacia las once menos veinte, me dejó un mensaje de voz. No lo cogí. Estaba en una cena. Cuando lo escuché era ya tarde y me dio miedo devolver la llamada.
—¿Por qué?
—Escúchenlo.
Pulsó. Primero, un soplo de ruido: viento, o la respiración de alguien al lado de un micrófono. Después, algo lejano, un traqueteo que fue creciendo hasta resolverse en el paso de un tren. Y debajo del tren, más lejos todavía, una campana, una sola, grave.
La voz de Rebeca, la voz de buzón que habían oído una docena de veces, sonó rota, apenas un hilo.
«Dani. Soy yo. Escúchame, no te asustes. He hecho una tontería. Una tontería muy grande. No se lo digas a nadie… a nadie. Gaspar tenía razón. Gaspar siempre tuvo razón. Dile a Clàudia que… —Una pausa. Un ruido de pasos sobre grava—. Espera. Viene alguien. Viene…»
El mensaje se cortó.
Nadie habló. El jardinero, fuera, seguía con su rastrillo, ajeno, como un reloj.
—Veintidós cuarenta y una —dijo Carmen, mirando la pantalla—. Martes.
—Gaspar murió el martes —dijo Daniela—. Eso lo sé por los periódicos. ¿Lo mataron?
Ismael no contestó. Dio la vuelta al teléfono, y se lo devolvió con una delicadeza que no sentía.
—Necesitamos una copia de ese audio. Hoy. Y no puede contárselo a nadie.
—¿Ni a Rebeca?
—Sobre todo a Rebeca.
Daniela asintió, despacio. La luz de la tarde le daba en la mejilla y le dibujaba una línea de sombra bajo el ojo.
—Tengo miedo —dijo—. Nunca lo había tenido. Ni cuando empezaba, ni cuando casi quiebro. —Una sonrisa mínima—. Me parece que hemos hecho todos algo por este premio que no tiene perdón. Y que ya es tarde para deshacerlo.
* * *
Salieron a un jardín donde las hojas caídas se amontonaban junto a la verja. Carmen se detuvo bajo una higuera y encendió el móvil para enviar la copia del audio a la unidad técnica.
—Un tren —dijo—. Una campana. Un paso sobre grava.
—Portbou —respondió Ismael—. La estación tiene una campana de aviso en el andén dos. Lo comprobé el jueves.
—Entonces a las once menos veinte Rebeca estaba allí. Viva. Y alguien se acercaba.
—Dos horas después de que Gaspar dejara de llamar a Julián.
Carmen levantó la cabeza.
—Y alguien le dijo a Beatriz que a las nueve y diez ya había pasado por allí.
—Beatriz mintió en la hora. O…
—O Rebeca fue dos veces.
Se quedaron un momento callados bajo la higuera. Al otro lado de la verja, un niño con mochila pasaba cantando una canción sin letra.
El móvil de Ismael vibró en el bolsillo.
Un mensaje de Julián, a las seis y diez: Errata ha vuelto a comer.
He hecho lentejas. Hay para dos. Si no vienes, las congelo, pero que sepas que me ofenderé en silencio.
Ismael lo leyó una sola vez. Tenía la mirada fija en la campana invisible, en el traqueteo de un tren que había pasado hacía seis días por una estación de piedra en la frontera.
—Ve —dijo Carmen, sin mirarlo.
—Todavía hay…
—Hay que esperar la copia, los registros del contestador y a Rovira. Nada de eso lo vamos a resolver esta noche. —Se guardó el palito en el bolsillo de la chaqueta—. Anda. Que alguien en esta historia coma lentejas.
Ismael tardó un poco en contestar.
—Gracias, Carmen.
—No me des las gracias. —Y entonces, por primera vez en toda la semana, sonrió, muy de lado—. Dame un caso resuelto.