El fallo Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Un buen lema para un delito —murmuró Marta Ribas.

* * *

El cotejo fue lo siguiente.

Don Emilio dejó en la mesa de roble el archivador número tres, desató la cinta y sacó un tomo de folios gruesos, mecanografiados a doble espacio, con la rúbrica a tinta azul en el margen inferior de cada página, una E.B.

menuda, de notario. Ismael sacó de su carpeta los cien folios de Gaspar.

Los dejó al lado, en dos montones paralelos.

—Para constancia —dijo—. Solicito que se coteje el ejemplar depositado con una copia que obra en poder de la Policía, aportada por la señora Amparo Casas, hermana de la fallecida, quien la recibió de don Gaspar Villalba.

—Proceda.

Se repartieron los papeles. Marta Ribas leyó en voz alta el folio uno del archivador.

Carmen, con el de Gaspar, siguió en silencio.

Después el dos. Después el tres. Un ritmo monótono, de oración, que a los cinco minutos se hizo hipnótico.

Don Emilio cabeceaba. Teresa Vallès miraba el reloj.

Rovira, de pie, junto a la puerta, parecía una estatua de sí mismo.

Folio diez. Veinte. Treinta.

—Idéntico.

—Idéntico.

—Idéntico.

Cuarenta. Cincuenta. A medida que pasaban las hojas, a Ismael le llegaba, por debajo de la monotonía, un sentimiento más hondo, casi doloroso: la prosa de Elena, esa forma de poner un adjetivo al final de la frase como quien deja una vela encendida.

Era la voz que había leído hacía una semana en una máquina de escribir, en la hoja medio metida en el rodillo.

La de una mujer que ya no estaba, dicha en voz alta por una desconocida en un sótano.

—Folio sesenta y uno —dijo Marta Ribas.

Ismael levantó la cabeza.

Era la página de la Lectora y el Corrector . La escena del despacho, el té, la lámpara. Leyó Marta, despacio:

—« —Siempre guardas una copia —dijo él. »

Se hizo un silencio. Carmen dejó de seguir la línea con el dedo.

—Un momento —dijo.

—¿Qué ocurre?

—En el ejemplar de la Policía —Carmen levantó el folio— esa frase es de ella. «—Siempre guardas una copia —dijo ella, y el Corrector, sonriendo, contestó: Siempre. Es la única forma de no ser el único que sabe la verdad.» Aquí está al revés. La dice el Corrector, y es la Lectora quien responde.

—Un trueque —dijo Ismael.

Todos lo miraron.

—Una marca. —Con el dedo siguió una línea a lápiz en el margen del folio de Gaspar—.

Elena propuso en su ejemplar cambiar de sitio los papeles de los dos personajes.

Trueque. Está aquí, en su letra. Y debajo, en la de Gaspar, un No.

—Cogió el otro, el del notario—. En el ejemplar depositado, el cambio está hecho. Sin marca, sin rastro, sin lápiz.

—Quiere decir —dijo Marta Ribas, lentamente— que quien preparó este manuscrito tuvo acceso a la versión de Elena antes de que Gaspar dijera que no.

—Una versión con la propuesta, pero sin la respuesta. —Ismael hablaba despacio, poniendo cada palabra en su sitio como se pone una pieza en un tablero—. Es decir, una copia de trabajo de la propia Elena. O una copia en manos de alguien a quien ella enseñó la página sesenta y uno antes que a Gaspar.

—¿Quién?

Nadie contestó. Ismael vio, por un instante, tres rostros. Una mujer de pelo cano que gira un brazalete entre los dedos. Un hombre joven que sonríe y cuida y subraya a lápiz. Un viejo con una raya de vermut en los ojos que ya no podía decir nada.

—Tres personas —dijo, al fin—. Tres como mínimo.

Rovira, junto a la puerta, murmuró algo que sonó como interesante. Pero cuando Ismael levantó los ojos, ya estaba mirando la pared.

* * *

Salieron a la calle a las once y diez. Hacía un día de aire frío y cielo muy alto, y el paseo de Gràcia, con sus farolas modernistas, sus bancos de piedra y sus plátanos amarillos, parecía una postal.

Teresa Vallès se alejó a toda prisa, con el móvil ya pegado a la oreja, hablando en catalán con una voz sofocada.

Marta Ribas se despidió con un gesto de cabeza y se metió en un taxi.

Rovira se quedó un momento en la acera, con las manos en los bolsillos, mirando hacia lo alto del paseo.

—Una buena mañana, inspector. —Lo dijo sin sarcasmo—. Gracias por permitirme asistir.

—No me correspondía.

—Ni a mí agradecérselo, y aquí estamos. —Sonrió—. Clàudia Ortuño Mas, veinticuatro años, Sant Cugat. La voy a encontrar yo. Tengo gente. Usted, con la inspectora Vidal, a por la tía.

—Rebeca no está en Madrid.

—Eso me han dicho. —Se ajustó el cuello de la chaqueta—. Si aparece, que la llamen. Si no aparece, que la busquen. Y si alguien más aparece, que me lo digan antes de que lo escriba el periódico.

Se alejó por el paseo, sin prisa, con su carpeta de cartón bajo el brazo. Un taxista le hizo una seña y él negó con la mano.

Carmen esperó a que desapareciera de la vista.

—No ha preguntado nada —dijo—. En toda la mañana. Ni una pregunta.

—Ya lo he visto.

—Un hombre que no pregunta es un hombre que ya sabe las respuestas.

—O que no necesita las nuestras.

Se quedaron un momento callados, de pie junto a un banco, con el sol de otoño en la cara. Un grupo de turistas pasó con un guía que hablaba alto en inglés. Una paloma se posó en el respaldo del banco, los miró con un ojo naranja y se fue.

Ismael sacó el móvil. Lo encendió, esperó la señal.

Veintidós mensajes, tres llamadas perdidas.

Ignoró los de Ortega. Uno era de Julián, de las diez y cuarenta y dos: Errata ha vomitado un calcetín.

Te lo cuento por si hay algún dato en eso para el caso.

Cuídate. Lo leyó dos veces. Se sorprendió sonriendo, y apagó la sonrisa enseguida.

Marcó el número de Rebeca. Sonó una vez, dos, tres. Saltó el buzón con esa voz grave y cuidada de agente que sabe contestar a una pregunta antes de que se la hagan.

—Apagado.

—Desde el sábado —dijo Carmen—. A las seis de la mañana. Lo he mirado.

—Beatriz nos dijo que la apagaba cuando dormía poco.

—Beatriz nos dijo que estaba en Madrid. Y no está en Madrid.

—No.

—Entonces, o la han mandado a un sitio donde no hay nadie…

—O la han escondido —terminó Ismael.

Nadie dijo lo tercero.

Estaban de pie en el paseo de Gràcia, en un lunes de octubre, entre una joyería y una tienda de bolsos, con el sol bajo y los plátanos amarillos.

A tres manzanas, en una casa de piedra clara con un limonero en el jardín, una mujer con un brazalete de plata en la muñeca estaría tomando té, a la derecha del teclado, sin tocarlo.

Y en alguna parte, entre Barcelona y un lugar que nadie conocía, otra mujer con una voz de buzón dormía, o no.

—Beatriz nos dio a Rebeca para que la buscáramos —dijo Ismael— donde no está.

—Sí.

—Y sabe que lo sabemos.

—Entonces —dijo Carmen, y se quitó el palito de la boca, cosa que hacía solo en situaciones de emergencia— tiene prisa.