El fallo Capítulo 17
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Capítulo 17

Cotejo

El comisario Ortega tenía el despacho a oscuras a las ocho de la mañana de aquel lunes.

La persiana estaba bajada del todo, la lámpara de la mesa apagada y la única luz venía del monitor, una claridad azul y sucia que le recortaba la cara en planos duros.

Había un termo de café sobre una pila de carpetas, un cenicero vacío y, en una esquina de la mesa, algo que Ismael no había visto allí nunca: una fotografía enmarcada, boca abajo.

—Cerrad.

Cerraron. Carmen se quedó junto a la puerta, con los brazos cruzados y el palito en la boca. Ismael se sentó en la silla de siempre, la de la izquierda, con las manos sobre las rodillas.

Ortega tardó en hablar. Se frotó los ojos con el pulgar y el índice, hizo girar el termo un cuarto de vuelta sobre la mesa y por fin dijo:

—Me ha llamado Rovira el sábado por la noche. Muy educado. Como quien te cuenta que has dejado el coche mal aparcado. —Levantó la vista—. Me ha dicho: «Comisario, creo que debe saber una cosa sobre su inspector. Una cosa personal, de la que no me cabe duda de que usted ya está al tanto.»

Ismael no se movió.

—Le he dejado terminar. Me ha hablado de un portal de Poble Sec, de unas fotos, de una persona de la editorial y de un «riesgo de exposición». Con esas palabras. Un riesgo de exposición. —Ortega bajó la voz—. Y entonces le he dicho: «Rovira, hay desgracias que solo lo son porque las cuenta usted.»

—Comisario…

—Déjame acabar. —Alzó una mano—. He estado cuarenta años en esta casa.

He visto de todo. He visto a hombres hacer cosas por las que debieron ir a la cárcel y que ascendieron.

Y he visto a otros que no hicieron nada, nada, y se quedaron sin carrera por un cotilleo.

Me da igual lo que seas, Ledesma. Me da igual de verdad.

—Hizo una pausa que no parecía incómoda, sino medida—.

Lo único que me importa es que lo sepa quien no debe.

Y Rovira lo sabe, y lo guarda. Lo guarda para algo. Aún no sé para qué.

El silencio se llenó de pequeños ruidos: la nevera de la máquina de café en el pasillo, un teléfono lejano, la respiración de Carmen.

—Gracias —dijo Ismael.

—No me des las gracias. —Ortega se pasó la mano por la nuca—. Dime lo de la plica.

Se lo dijo. La jueza Casellas, el auto, el notario, la hora, los nombres de las personas que asistirían. Lo hizo sin disculparse y sin vanagloria, con la limpieza de quien da el parte. Ortega escuchó con los ojos entornados, y cuando Ismael acabó, soltó algo parecido a una risa.

—Casellas. Me la ha jugado con una elegancia que ya quisiera yo. —Negó con la cabeza—. Yo debí negarme. Debí decirte que no, que esperases, que habláramos con Fontanals. Y sin embargo te he dejado pasar, que es peor. —Se echó hacia atrás—. Tenéis hasta el viernes.

—¿El viernes?

—Si esa plica no abre un camino, se lo digo yo mismo a Fontanals y asumo lo que venga. Pero no os lo daré de nuevo. —Los miró a los dos—. Hay otra cosa. Rebeca Ortuño.

Carmen se enderezó.

—Mi gente en Madrid ha estado llamando a hoteles desde el sábado. No hay ninguna Ortuño registrada. Y la comida con el editor que supuestamente tenía, la del viernes, no existe: el hombre se ríe cuando se le pregunta. —Una pausa—. Nadie la ha visto en la capital.

—Beatriz dijo que estaba allí hasta hoy.

—Beatriz dijo muchas cosas. —Ortega apagó el monitor—. Ahora, fuera de aquí. Ledesma, un último consejo, y es gratis. Si vas a la notaría con Rovira al lado, no le des la espalda ni para atarte los zapatos.

En la puerta, con la mano en el picaporte, Ismael se volvió.

—Comisario. La fotografía. La de la mesa.

Ortega se quedó mirando el marco boca abajo. Tardó un poco.

—Mi hermano —dijo al fin—. Murió en el noventa y cuatro. Nunca supe de quién estaba enamorado. Nunca se lo pregunté. —Hizo girar el termo, otro cuarto de vuelta—. Vete.

* * *

La notaría Bermúdez ocupaba el entresuelo de un edificio modernista del paseo de Gràcia, entre una joyería y una tienda de bolsos que a las nueve y veinte de la mañana aún tenían las persianas bajadas.

Una escalera de mármol con barandilla de hierro forjado subía, bajo una vidriera de nenúfares y libélulas, hasta una puerta de madera oscura con una placa de latón muy brillante.

Una secretaria con un moño tan tirante que parecía tirar de los ojos les hizo pasar a una sala de reuniones con una mesa enorme de roble y doce sillas de cuero, y les pidió que esperasen.

Rovira ya estaba allí.

Había llegado con diez minutos de antelación, con la chaqueta de lino y una carpeta de cartón bajo el brazo, y charlaba con una mujer de unos cuarenta años, de traje gris y pelo corto, de pie junto a la ventana: la letrada de la Administración de Justicia, Marta Ribas, secretaria del juzgado de la jueza Casellas.

Cuando vio entrar a Ismael y a Carmen, Rovira inclinó la cabeza, casi con ceremonia.

—Inspector. Inspectora. Puntuales.

—Siempre.

—Es una virtud que se pierde. —Sonrió—. La abogada de la editorial viene en camino. Se ha retrasado por el tráfico. Eso me ha dicho.

—¿Y Serra?

—No asiste. Lo ha delegado todo en ella. —Hizo un gesto de indiferencia—. Dice que es un acto jurídico y que no le corresponde.

Ismael se acercó a la ventana. Abajo, el paseo de Gràcia despertaba despacio: un camión de reparto en doble fila, un hombre con un perro, una chica con auriculares que bajaba corriendo con un vaso de café. La luz era limpia, otoñal, de las que dan ganas de no pensar en nada.

—No me ha preguntado —dijo Rovira, a su espalda, sin mirarlo— qué le dijo Ortega.

—No.

—Ha hecho bien. —Una pausa muy pequeña—. Yo no lo habría contestado.

La puerta se abrió. Entraron, a la vez, un hombre y una mujer.

Él era don Emilio Bermúdez, notario de setenta y tantos, bajito, redondo, con pajarita roja, gafas de media luna y un bigote blanco que le subía y le bajaba al hablar.

Ella era Teresa Vallès, abogada de Ediciones Meridiano, treinta y cinco años, traje azul marino, carpeta negra, la boca tensa en una línea fina de contención.

Se saludaron como se saludan los que no han elegido estar juntos.

—Señores —dijo don Emilio, con una voz untuosa que parecía salir de un armonio—. Antes de comenzar, les agradeceré que apaguen los teléfonos. Esto es un acto reglado, y las actas se redactan en directo.

Nadie dijo nada. Todos sacaron el móvil y lo dejaron sobre la mesa, apagado.

—Procedamos.

* * *

Bajaron en un ascensor de rejilla hasta un sótano de ladrillo visto, con una puerta blindada, un teclado numérico y una luz fluorescente que parpadeaba.

Don Emilio tecleó una combinación que nadie logró ver, giró una rueda y empujó.

Dentro, una cámara del tamaño de un armario ropero.

Sobre una balda de acero, cinco sobres grandes, de papel crema, lacrados con cera roja. En cada sello, una M de bronce.

Y a su lado, cinco archivadores grises de cartón duro, cerrados con una cinta blanca y numerados del uno al cinco.

—Según el reglamento del Premio Meridiano —recitó don Emilio, colocándose las gafas—, el notario custodia, desde el día de cierre, un ejemplar íntegro de cada obra, rubricado página a página, y la plica sellada con la identidad del autor.

No se abren las plicas hasta el fallo. Salvo mandato judicial.

—Hizo un gesto casi teatral hacia Marta Ribas—. Señora letrada.

Marta Ribas leyó el auto en voz alta, con una voz neutra y clara. Teresa Vallès tomó nota. Rovira escuchó con las manos a la espalda. Carmen no se movió.

—Cumplidas las formalidades —dijo don Emilio—, procedo.

Cogió el tercer sobre. Lo giró entre los dedos con la delicadeza de un joyero. El lacre llevaba una pequeña etiqueta en el reverso, con una letra seria y cuidadosa: ANA MARÍN — Los jardines de la sal — 342 págs.

—¿Alguna objeción?

—Ninguna —dijo Marta Ribas.

—Constará en acta, entonces. —Teresa Vallès levantó la cabeza—. Que la editorial protesta formalmente por esta apertura anticipada y se reserva las acciones que considere oportunas.

—Constará.

Don Emilio sacó una pequeña navaja de marfil. Rompió el sello con un chasquido.

Dentro había una sola hoja, doblada en tres. La desplegó, se ajustó las gafas, y leyó, muy despacio, con la voz del armonio:

—«Declaración del autor. Yo, Clàudia Ortuño Mas, nacida en Barcelona el catorce de marzo de mil novecientos noventa y nueve, con DNI…

» —Se detuvo para leer la cifra; no la leyó—.

«…y domicilio en Sant Cugat del Vallès, declaro ser la autora única de la obra presentada bajo el seudónimo Ana Marín , y firmo. »

Al final, una firma azul. Redonda, infantil, con una C grande y una O cerrada como un huevo.

En la cámara blindada no se oyó nada.

—Ortuño —dijo Carmen, muy bajo.

Ismael sintió que algo, en el centro del estómago, se movía con la lentitud de una compuerta. Rebeca Ortuño. La agente. «Soy Rebeca Ortuño. Deje su mensaje.» Una voz grave y cuidada. Un apellido que no se repite por casualidad.

—¿Quién es Clàudia Ortuño Mas? —preguntó Rovira.

Teresa Vallès había palidecido. Se agarró a la carpeta con las dos manos.

—No lo sé.

—Seguro que lo averiguamos.

—La editorial desconocía la identidad del autor. Es la norma.

—Por supuesto. —Sonrió Rovira con una cortesía lenta—. Y sin embargo, el sobre está a nombre de una persona de apellido Ortuño. Que es, si no me falla la memoria, el de la representante literaria de media editorial.

—Es un apellido común.

—En Cataluña, por supuesto. —Asintió, serio—. Los hay a decenas.

Ismael miró a Carmen. Carmen miraba la firma, con un gesto de concentración muy fino, el de quien reconoce una letra en un texto que no ha leído.

—Veinticuatro años —dijo, al fin—. Estudió Filología. Es la sobrina de Rebeca.

—¿La conoce?

—No. —Se pasó la mano por la frente—. Pero la he visto. En una foto de un cumpleaños, en el móvil de Rebeca, el día que la entrevistamos. Una chica de cara redonda y gafas grandes, con un pastel. Rebeca dijo: «Mi sobrina Clàudia, que va a ser lo que yo no fui: famosa.»

—Un buen lema para una agente.