El fallo Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Ismael lo vio desde seis metros. No quiso mirar más.

Pero al darse la vuelta, sin pensarlo, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó el lápiz que Julián le había dado la noche de la cena.

Lo giró entre los dedos. El estampado dorado se había gastado casi del todo con el roce de días y de bolsillos, pero a la luz del sol, al fondo, quedaban dos letras.

HB.

Respiró. Sintió algo que se aflojaba, muy bajo, en el pecho. No era una prueba. Un hombre puede tener todos los lápices del mundo. Pero Julián le había dicho, hacía diez días, con la ligereza de quien habla de una manía: «Yo uso el blando. El duro me rompe el papel.»

Lo guardó.

—Inspector.

Rovira estaba a su lado.

No lo había oído llegar. Llevaba la chaqueta de lino y una corbata oscura, y su rostro tenía la calma de un lago donde nunca ha llovido. Miraba el nicho con las manos entrelazadas a la espalda, a una distancia respetuosa.

—Mis condolencias. —Una pausa—. La jueza Casellas me ha avisado hace una hora. Su plica. Mañana a las nueve y media.

—Es un acto judicial.

—Lo sé. —Giró la cabeza, apenas—. Iré yo también, si no le importa.

—No me corresponde importarme.

—Mejor aún. —Sonrió con medio rostro—. Me gusta que las cosas se hagan a la luz, inspector. A mí me han enseñado que lo que no se muestra se pudre.

Se alejó por el camino, con su paso tranquilo, sin volverse. Carmen se acercó a Ismael cuando Rovira ya doblaba la esquina.

—¿Qué quería?

—Venir.

—Qué casualidad.

—Sí. —Ismael se quedó mirando la espalda de lino claro que se perdía entre los cipreses—. Es la quinta de la semana.

* * *

Amparo lo esperó en el mirador, bajo un pino carrasco, con el bolso apretado contra el costado.

—Tengo una cosa que decirle —dijo—. Y no sé si es importante. Se lo digo por si acaso.

—Dígame.

Se quedó un rato mirando el puerto, muy abajo, las grúas inmóviles, los cargueros alineados en el agua gris.

—Anoche leí los folios que usted me devolvió.

Los cien. Con el lápiz de Gaspar en las márgenes, que a veces contesta a mi hermana y a veces discute con ella.

—Sonrió con tristeza—. Es una novela muy hermosa.

No me corresponde decirlo, porque soy la hermana y no sé nada de literatura.

Pero leyendo la primera página, he sentido que Elena estaba en la habitación.

—Gracias por decírmelo.

—Hay otra cosa. —Se volvió hacia él—. El nombre. Ana Marín.

Ismael contuvo la respiración.

—Ana Marín Puig —dijo Amparo—. Era nuestra abuela.

Costurera de Russafa, analfabeta, la mujer más lista que he conocido.

Elena la adoraba. Cuando era niña, escribía cuentos en un cuaderno y los firmaba con su nombre, porque decía que las cosas que valen la pena las escriben las abuelas aunque no sepan hacerlo.

—Se pasó la mano por los ojos—. Nunca se lo dijo a nadie. A muy pocos.

—¿A quién?

—A mí, claro. A Gaspar, en un viaje a Roma, hará treinta años, una noche de vino. Y a Beatriz.

El nombre sonó con una limpieza que dejó a los dos callados.

—A Beatriz —repitió Ismael.

—Hace muchos años. Cuando eran amigas de verdad.

—Los ojos de Amparo, los ojos de Elena, de abajo arriba, entornados, buscaron los suyos—.

No sé si importa, inspector. Pero ayer, cuando usted me dijo que el seudónimo era Ana Marín , se me heló la sangre.

Ese nombre no se lo habría puesto una persona cualquiera.

Solo alguien que quería a mi hermana. O que la había oído hablar cuando bebía.

—¿Julián lo sabía?

La pregunta salió sola. Amparo no se inmutó.

—Que yo sepa, no. —Y tras una pausa—: Pero yo no lo sé todo.

* * *

Llegó a casa a las siete y media de la tarde, con Los hijos del temporal bajo el brazo y el cuerpo vacío de quien ha estado todo el día de pie.

No encendió la luz. Se quitó el abrigo, lo colgó, dejó el libro sobre la mesa de la cocina y se quedó un rato mirando el vacío de las paredes desnudas.

En el patio de luces, alguien hacía sonar una guitarra.

Era domingo. Quedaba una hora de luz, y después, como siempre, la voz de su madre al otro lado de la línea.

Sonó a las ocho en punto.

—¿Ismael?

—Hola, mamá.

—Hijo, ¿estás bien? Te noto la voz tomada.

—Estoy bien.

—No lo estás. —El acento gaditano de Remedios, con su ligereza de cantante vieja, se volvió más cálido—. He visto en la tele lo de ese escritor. Lo del acantilado. Era de Cádiz, ¿verdad? Gaspar Villalba. Lo ponían en el telediario de Canal Sur. Dicen que era de La Caleta.

—De La Viña, mamá. Como yo.

—¡Ay, Dios mío! —Un silencio—. Y tú trabajando en eso.

—Sí.

—Me he pasado la tarde rezando por él. A mi manera, que tú sabes que yo rezo como el que hace calceta. —Una risita—. Ese hombre vivió con una tristeza, hijo. Se le notaba en la foto.

Ismael sonrió sin querer. Estaba sentado en el borde de una silla con el teléfono pegado a la oreja, y la luz del atardecer le caía sobre las manos.

—¿Has comido?

—Sí.

—Mentira.

—Un bocadillo.

—Un bocadillo. —Con desdén—. Fíjate qué cosas. Los hombres solos comen bocadillos y se mueren. Por eso te lo digo todos los domingos. —Hizo una pausa, y él supo, con una exactitud física, lo que venía—. Ismael. ¿Cuándo vas a traer a alguien?

Cerró los ojos.

Era la pregunta de siempre, la de los domingos, la que llevaba diecisiete años sin contestar.

La que otras veces había esquivado con un chiste, con un cambio de tema, con un mamá, estoy en la calle.

Un corcho, una grieta, una piedra pequeña que había aprendido a esquivar con los pies.

Lo sintió subirle por el pecho como una ola.

No era miedo, o no solo. Era algo más viejo y más pesado.

Ni una frase verdadera. Ni a mi madre.

—Mamá.

—Dime.

—Estoy conociendo a una persona.

El silencio duró un segundo, dos. En la cocina de Cádiz, a mil kilómetros, se oyó el ruido del grifo, un cazo, la radio baja.

—¿Una persona?

—Sí.

—¿Y cómo se llama?

Ismael tragó saliva. El corazón le latía en las sienes. En la ventana, la guitarra del vecino había empezado una soleá, muy lenta, con una nota que se quedaba en el aire.

—Julián.

No hubo nada. No hubo respiración. Ni siquiera el grifo.

Y luego, de golpe, una voz muy baja, muy temblorosa, que no era la de cantante vieja, que era la de una mujer de setenta y dos años que ha esperado media vida una palabra y se ha pasado todo ese tiempo preparando su respuesta:

—Julián. Es un nombre de santo.

Ismael abrió la boca. No le salió nada.

—Hijo mío. —Remedios respiró hondo—. Yo te parí. ¿Tú crees que no lo sé desde que tenías catorce años?

—Mamá…

—Escúchame. Déjame hablar, que me lo he guardado tanto tiempo que si no lo digo ahora, me da algo.

—Se sonó la nariz—. Tu padre también lo sabía.

Lo supo antes que yo. Un día, en la cocina, me dijo: «Remedios, el niño no es como nosotros.

» Y yo le dije: «Pues claro que no. Es mejor.

» Y él se calló. Se calló toda la vida. Y no te lo dijo nunca porque tenía miedo de que lo dijeras tú.

—¿Miedo?

—Miedo de que sufrieras. De que se rieran de ti, como se rieron de aquel muchacho de la calle Sagasta. —La voz se le rompió—. Yo sé lo que viste, Ismael. Yo sé por qué te fuiste. Lo he sabido siempre.

Ismael apoyó la frente en la mano. Estaba llorando sin ruido, con la cara hundida entre los dedos, y no lo sabía hasta que sintió el calor en la palma.

—Lo siento —dijo.

—No sientas nada. No hay nada que sentir. —Remedios soltó una risa temblorosa—. Solo te digo una cosa. Que el domingo que viene, o el otro, o cuando tú quieras, me traigas a ese chico, y yo le hago un guiso. Y si es un poco soso, le explico cómo se pone la sal.

Ismael se echó a reír, a medias, con una risa que se le deshacía en el pecho.

—Mamá…

—Y que no se te olvide nunca, hijo mío, que un hombre que no tiene miedo de lo que es no necesita que nadie le explique cómo se llama.

Hubo un silencio largo. La guitarra del vecino había parado. En el patio de luces ya era casi de noche, y una luz amarilla se encendía, ventana a ventana, como en un juego lento.

—¿Y tú, qué tal estás? —dijo por fin Ismael, con la voz hecha trizas—. ¿Has comido?

—He comido muy bien. —Orgullosa—. Una tortilla de camarones. Ya te la haré cuando vengas.

Se despidieron sin más. Cuando colgó, Ismael se quedó sentado en la cocina a oscuras, con el teléfono entre las manos, sin moverse, escuchando el ruido de su propia respiración. Pasó mucho rato.

El móvil vibró contra la madera.

Un mensaje. Ortega. Una sola línea, sin saludo:

Mañana a las ocho, en mi despacho. Rovira me ha contado lo de la plica. Y lo del portal.