El fallo Capítulo 16
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Capítulo 16

Margen

La jueza Dolors Casellas abrió la puerta de su piso de Sant Gervasi a las nueve y cuarenta de la mañana de un domingo, en chándal gris, con una taza de café en una mano y una correa enrollada en la otra, y miró a los dos policías de arriba abajo con la expresión de quien acaba de encontrar dos pulgas en un abrigo caro.

—Ledesma y Vidal —dijo—. Ortega no me ha avisado.

—No, señoría.

—Ni lo hará. —Se hizo a un lado—. Pasen. Cuidado con Quevedo, que muerde los zapatos y los lunares.

Quevedo era un perro salchicha de pelo rojizo y mirada de gran inquisidor, que recibió a Ismael olfateándole los pantalones con una atención forense y se tumbó después sobre sus pies, con un suspiro, como si ya hubiese dictado sentencia.

La cocina de la jueza era larga y estrecha, con una mesa de formica amarilla cubierta de autos, libros de cocina y un cenicero con una sola colilla.

Por la ventana entraba una luz fría de otoño.

Olía a café recalentado y a papel viejo.

—Siéntense. Y en lugar de contarme lo que quieren, que supongo que será largo, déjenme que lo adivine. —Se sirvió más café sin ofrecerles—. Quieren abrir un sobre.

—Una plica.

—Una plica. De un premio literario. Un domingo. —Dejó la cafetera—. Tengo sesenta años, un perro con espondilosis y un hijo en Berlín que no me llama. Me quedan dos años para jubilarme y ninguna gana de que me recuerden como la jueza que abrió un sobre de la editorial Meridiano.

—Entonces no se lo pediríamos si no tuviéramos motivo —dijo Ismael.

—Me lo van a decir de todas formas.

Ismael sacó la carpeta. Se lo contó en orden, sin adornos, como cuando uno ordena los libros de un estante: la nota de Gaspar a Elena, dime si esto se sostiene ; el sobre de Valencia con los cien folios; la cuartilla mecanografiada con la e rota, alguien la presentó al Meridiano con otra firma sin que ella lo supiera ; la página sesenta y uno; el audio del martes, cuídate de…

, un momento, ya llega ; la autopsia de Portbou, las marcas de dedos en los brazos, el 2H del memorial.

La mujer, en pie junto a la nevera, con los brazos cruzados y el perro a sus pies, lo escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, la jueza se quedó un momento callada. Después extendió la mano.

—Deme esa cuartilla.

Se la dio. Casellas se puso unas gafas de leer que llevaba colgadas al cuello, leyó dos veces, con los labios entreabiertos, y la dejó sobre la formica.

—«Si me busca, sabe dónde.» —Se quitó las gafas—. No me gusta cuando los muertos escriben con tanta puntualidad.

—A mí tampoco.

—¿Y por qué no me lo pide Ortega?

—Porque diría que no.

—¿Y eso es un buen motivo?

—Es el motivo que tengo.

Casellas soltó una risa corta, seca, que se parecía a un tosido.

—Me cae bien, inspector. Es la única persona del cuerpo que me dice la verdad cuando no le conviene. Los demás me traen el motivo preparado, con un lazo.

Se levantó. Rebuscó entre los papeles de la mesa, sacó un formulario, un bolígrafo azul, y empezó a escribir con una letra enorme, apretada y rapidísima.

—Rovira me llamó ayer a las doce —dijo, sin levantar la vista—. Para preguntarme si pensaba ordenar la apertura. Le dije que dependía. Es un hombre que se adelanta a las preguntas.

Ismael y Carmen se miraron.

—¿Qué quería exactamente?

—Saber si lo haría. Nada más. —Seguía escribiendo—. No me pidió que no lo hiciera. Tampoco que lo hiciera. Eso, en su idioma, es una forma de pedir.

—¿Qué le dijo usted?

—Que le avisaría. —Levantó la vista con una sonrisa sin humor—. Y en cuanto firme esto, lo haré. Que es lo que haría cualquier colega.

Escribió un último renglón, firmó con una rúbrica enérgica, secó la tinta con el dorso de la mano y les tendió el papel.

—Auto de apertura de plica y cotejo de identidad del seudónimo «Ana Marín», con intervención del notario custodio, del letrado de la editorial y de secretario judicial.

Mañana lunes, a las nueve y media, en la notaría Bermúdez, paseo de Gràcia.

—Dio un golpe seco con el dedo en el papel—.

Sin cámaras, sin prensa y sin teléfonos.

Y si no hay nada dentro, inspector, tendré que explicarle a la Audiencia por qué abrí el sobre de un premio literario un domingo por la mañana, con el perro mirando.

—Si no hay nada, se lo explico yo.

—Mejor. Yo no sabría por dónde empezar. —Se agachó, rascó a Quevedo detrás de la oreja y añadió, sin mirarlos—: Informen a Ortega antes de las ocho de la tarde. Me debo a esa comisaría y no quiero que me llame para chillarme.

En la puerta, Carmen se volvió.

—Señoría. ¿Por qué lo firma?

La jueza lo pensó, con la correa enrollada en la mano.

—Porque en cuarenta años de oficio no recuerdo un caso en el que alguien se tomara tanto trabajo en que una novela dejara de existir. —Se encogió de hombros—. Y porque me gusta leer. Que ese libro lo hayan leído solo cuatro personas me parece un delito, aunque no figure en el Código.

* * *

El Cementiri de Montjuïc se asomaba al mar a las doce y media como un libro abierto sobre el agua.

Había dejado de llover. El cielo estaba lavado, de un azul pálido, sin una nube, y el sol bajo del otoño convertía los cipreses en cirios y las escaleras de piedra en cascadas de luz.

Hacía fresco. Se oían campanas muy lejos, en alguna iglesia de Poble Sec, y más cerca, en un ciprés, un mirlo que ensayaba tres notas.

Eran pocos. Muchos menos que en el entierro de Elena.

Amparo, de negro, con el abrigo de lana gruesa de hacía treinta años y las manos cruzadas sobre el bolso.

A su lado, con una gabardina de domingo y un tiesto de geranios entre los brazos, Climent, el vecino del segundo, calvo y de cejas pobladas, muy serio, con la solemnidad de quien se ha puesto la mejor corbata.

Mireia Sanz, con el pañuelo apretado en el puño.

Daniela Roca, con un jersey negro y la pulsera de hilo rojo muy deshilachada.

Leopoldo Quintana, apoyado en su bastón de caña con empuñadura de plata, altísimo, con la melena blanca revuelta por el viento.

Carmen, con el abrigo claro que no le había visto antes de esa semana.

Y al borde del grupo, un poco aparte, con una gabardina oscura y las manos en los bolsillos, Julián.

Ni Serra, ni Beatriz. Solo, junto al camino, una corona de lirios blancos con una cinta de seda: Con el más hondo afecto. B. S.

Era un nicho del tercer piso, en la misma terraza, a la izquierda del de Elena.

Amparo lo había comprado el viernes por teléfono.

Que estén juntos, le había dicho a Carmen.

Se pasaron la vida corrigiéndose uno al otro.

No voy a ser yo quien los separe. La lápida era provisional, de cartón gris, con letras negras de imprenta: GASPAR VILLALBA.

1958– . Y debajo, en lápiz, casi invisible, alguien había escrito una sola palabra.

Estése.

Ismael la leyó y notó que le subía el calor a la cara. Buscó con los ojos a Julián. Julián, de pie junto al camino, miraba el nicho sin expresión, y Ismael no habría podido decir si había sido él.

No hubo sacerdote. No hubo discurso. Un operario del cementerio, con un mono azul y un gesto de pudor profesional, introdujo la caja en la hornacina con una lentitud respetuosa, y alguien, entre los asistentes, soltó una tos ahogada.

Amparo no lloraba. Tenía la mirada muy fija, y en la cara esa expresión que Ismael ya le conocía, la de quien está a punto de leer una línea difícil.

—Inspector —dijo, sin volverse—. ¿Quiere leer usted?

Se quedó helado.

—¿Yo?

—Gaspar le dejó un libro. —Le tendió, con las dos manos, un ejemplar ajado de Los hijos del temporal , con el lomo cuarteado y la cubierta posterior vuelta a pegar—. Dijo que lo leyera entero, con el lápiz. Lléveselo. Pero lea antes un trozo, para que se vaya con algo.

Ismael lo cogió. Era el cuarto ejemplar, el que había guardado cien folios. Pesaba menos de lo que esperaba.

Lo abrió por una página marcada con una tira de papel. Le temblaron un poco las manos, y no habría sabido decir si era por el frío. Leyó en voz alta, despacio, con la voz baja que ponía a veces cuando estaba solo:

— Los hijos del temporal no vuelven a casa.

Vuelven a la hora en que se acordaron de ella.

Y la marea, que no sabe leer, les deja los nombres en la arena, uno junto a otro, sin orden, para que el próximo viento decida cuál se queda y cuál se borra.

Nadie ha visto nunca a quien los escribe.

Pero cada mañana, al bajar a la orilla, los pescadores se agachan y los leen con los dedos, como se lee en el margen la letra de un amigo.

Se quedó callado. Nadie se movió.

En el ciprés, el mirlo repitió las tres notas.

—Gracias —dijo Amparo. Y por primera vez, en voz muy baja, con la barbilla temblando, añadió—: Era un burro. Pero escribía bien.

Climent, a su lado, dejó el tiesto de geranios sobre el reborde de la lápida con una delicadeza de relojero.

—Esto se lo riego yo cuando venga —dijo, a nadie en particular—. Y que nadie diga que no hay quien lo cuide.

Alguien rió, entre lágrimas. Fue Daniela. Se tapó la boca con la mano.

* * *

Fue Julián el último en acercarse al nicho.

Esperó a que se despidieran los demás: Mireia, con un abrazo torpe; Quintana, con una inclinación de cabeza casi cortesana; Daniela, que dejó una pluma estilográfica sobre el geranio.

Cuando por fin se quedó solo, se acercó al borde de la lápida, sacó del bolsillo del abrigo un lápiz, lo contempló un momento y lo dejó en el reborde, junto a la maceta.

Era un lápiz corto, afilado con navaja. De madera clara, con una banda dorada en el extremo y, en el costado, unas letras pequeñas.

HB.