El fallo Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—Joan. —Ismael bajó la voz—. ¿Quién presentó Los jardines de la sal ?

La pregunta cayó sin más. Serra no se movió. No cambió el gesto. Pero hubo algo en el fondo de la mirada, apenas un segundo, un movimiento limpio como el de un pez bajo el hielo.

—Un autor con seudónimo.

—¿Un autor o una autora?

—No me consta.

—Usted leyó la novela tres veces.

—Tres. Es mi trabajo. —Se llevó la mano al nudo de la corbata, la alisó y la dejó—.

Le voy a decir lo que no he dicho a nadie, y se lo digo porque creo que usted es un hombre que sabe guardar un secreto.

—Una pausa estudiada—. La mejor novela que ha pasado por mis manos en treinta años no es de nadie.

No tiene dueño. Y eso, en mi oficio, es un milagro y una catástrofe a la vez.

—¿Una catástrofe?

—Un libro sin autor no se puede vender. —Sonrió—. Pero un libro con una historia, sí.

Ismael sintió que la sala se enfriaba. No había nada en el tono de Serra que no pudiera haberse dicho en cualquier consejo de administración. Era la limpieza de la frase lo que daba miedo.

—Elena Casas se pasó dos días diciéndole que se retirara la novela del premio —dijo Ismael, y era un tiro a ciegas—. Usted se negó.

Serra lo miró con una atención nueva, muy suave.

—No sé de dónde saca eso.

—De algún sitio.

—Pues está equivocado. —Lo dijo con una amabilidad perfecta—. Elena nunca me pidió que retirara nada. Si lo hubiera hecho, lo habría retirado.

Mentira. Ismael lo supo con una certeza animal, de las que no se pueden explicar. Y lo supo porque la frase venía demasiado bien hecha, con la sintaxis de un hombre que ha ensayado un mismo párrafo en una sala vacía.

—Una pregunta personal, si me permite —dijo Serra, y se acercó un paso—. Usted vive en Gràcia, ¿verdad? Calle Verdi.

—Sí.

—Una calle preciosa. Con mucha vida. Y sin embargo, por lo que he oído, prefiere usted otros barrios. Poble Sec, por ejemplo. Unos portales con azulejos, unas escaleras de otro siglo. —La sonrisa era la misma—. Es un barrio muy fotogénico.

Ismael no se movió. No respiró. Sintió cada músculo de su cuerpo quedarse en su sitio, como se quedan las cosas en una habitación cuando alguien apaga la luz de golpe.

—No le he hablado de Poble Sec.

—No. —Serra ladeó la cabeza—. Me lo ha dicho alguien. No recuerdo quién. Ya sabe cómo es esto: en una editorial, todo el mundo lo sabe todo. Es la única manera de que funcione.

—¿Quién?

—Ah, inspector. —Una risa suave—. Si recordase quién me lo dijo, ya se lo habría dicho.

Se quedó mirándolo. Era una mirada amable, casi paternal, la de quien ha comprobado una cifra y la ve cuadrar.

—Yo admiro mucho la discreción —dijo—. Es lo único que protege lo que de verdad importa.

A veces pienso que un hombre discreto es un hombre que sabe lo que cuesta no serlo.

No lo digo por nada. Lo digo porque hace unos días un compañero suyo me contó que usted era el más discreto de la casa, y yo le contesté: «Eso es muy valioso. Habrá que cuidarlo.»

—¿Rovira?

—No recuerdo. —Se encogió de hombros, con el aire de un anfitrión ligeramente avergonzado de su mala memoria—. Esta semana he hablado con tanta gente.

Un foco se encendió de golpe sobre el escenario. Un técnico gritó una cifra. En el fondo de la sala, unos camareros extendían un mantel blanco sobre una mesa redonda, y la tela cayó en el aire, grande, lenta, hinchada como una vela, antes de posarse.

—Disculpe, tengo que seguir con esto. —Serra le tendió la mano. Fue un apretón breve, seco, perfecto—. Y piense en lo que le he dicho, inspector. Un libro se puede salvar de muchas cosas. De casi todas. Pero no de quien lo lee mal.

Ismael bajó la escalera sin darse prisa. En el vestíbulo, entre las flores y las escaleras de mano, se detuvo un momento junto a una columna de mármol, con la mano derecha apoyada en la piedra fría, y notó que le temblaba un poco el pulso.

Alguien le había dicho Poble Sec.

Porque la foto la había recibido Rovira. Y Carmen. Y él. Y quien la había hecho, y quien la había impreso, y quien la había mandado.

La puerta giratoria del hotel dio una vuelta y entró, con un abrigo oscuro y una carpeta de cartón bajo el brazo, Julián.

Venía con las galeradas del programa de la gala, las que debía revisar para el jueves, un fajo de hojas atadas con una goma. Se detuvo a tres metros de Ismael. Tenía el pelo mojado, las gafas ligeramente empañadas y una expresión muy tranquila.

—Inspector —dijo.

—Señor Arce.

Nada más. El usted de Julián cayó entre los dos como una piedra en un estanque, y se quedó un momento en la superficie antes de hundirse. Ismael comprendió, con una nitidez dolorosa, que no se lo decía por frialdad. Se lo decía porque había alguien mirando.

Arriba, en la balaustrada del primer piso, con una mano apoyada en la barandilla de bronce y el traje gris perla inmóvil en la penumbra, Joan Serra los observaba. No sonreía. No hacía ningún gesto. Los miraba, simplemente, con una atención de relojero, a los dos, a la vez.

Julián pasó de largo. Ismael salió a la calle, donde ya caía la tarde, y no se volvió a mirar.