Capítulo 15 #2
—Me la hice el catorce. —Giró la muñeca hacia la luz—. Con una espina. Los limoneros tienen unas espinas de cuatro centímetros que nadie tiene en cuenta hasta que se clavan. Pilar me curó con alcohol. Se lo puede decir ella.
—Es verdad —dijo Pilar, desde la puerta, sin que nadie le hubiera preguntado—. La señora estuvo una semana con una gasa.
Era una explicación limpia, creíble, comprobable. Lo bastante buena para que Ismael desconfiase de ella.
—Beatriz, una última cosa. —Cerró la libreta—. Los jardines de la sal.
—Ah. —Un silencio muy pequeño—. Se lo iba a decir yo.
—Dígamelo.
—Sé quién la escribió. Lo supe a la tercera página, el día catorce.
—Se quitó el delantal, lo dobló y lo dejó sobre el cubo—.
Era Elena. Esa forma de poner un adjetivo al final de una frase, como quien deja una vela encendida, solo la tenía ella.
Hablé con ella esa misma tarde. Le dije: «Elena, es tuya.
» Y ella me contestó, sin ninguna sorpresa: «Claro que es mía. La presenté yo.»
Ismael la miró fijamente.
—¿Elena presentó la novela?
—Con seudónimo, claro. Para saber si valía sin su nombre. —Se encogió de hombros—. Una lectora que nunca ha firmado un libro y que quiere comprobar, antes de morirse, si lo que ha pasado veinte años corrigiendo era mérito de los otros o suyo. ¿No es una historia bellísima?
Carmen abrió la boca. La cerró.
—Eso no es lo que dice Gaspar Villalba —dijo Ismael, con suavidad.
—Gaspar estaba muy bebido. —La sonrisa se le ensanchó, muy dulce, muy triste—.
Les confieso algo, y me da pena que tenga que ser a un policía.
Cuando una persona quiere mucho a otra, a veces la quiere hasta el punto de inventarle una injusticia para no tener que aceptar su soledad.
Gaspar quería que alguien le hubiese robado a Elena.
Porque la alternativa era que ella misma eligió esconderse.
Se hizo un silencio. En la copa del limonero, un mirlo cantó tres notas y se calló.
—Les ruego una cosa, inspector —dijo Beatriz—. Dejen de buscar un crimen donde hay una tristeza.
* * *
En el coche, Carmen no encendió el motor.
—Miente.
—Sí.
—No en todo. —Se quedó mirando los limones del cesto que Pilar les había puesto en el asiento trasero—. Eso es lo peor de esta mujer. Que cada cosa que dice podría ser verdad. La espina, el recado a Rebeca, que Gaspar bebía. Y entre todas las verdades, una mentira del tamaño de una novela.
—La mentira es que Elena la presentó.
—Gaspar escribió que alguien la presentó sin que ella lo supiera. «Ella lo descubrió el día catorce.» Beatriz dice que lo supo ella ese mismo día. A la tercera página. —Carmen arrancó por fin—. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Excepto una.
—Que Elena supiera que la habían robado.
—Y que Beatriz lo supiera.
Ismael sacó el móvil. Marcó el número que le había dado Pilar. Sonó dos veces y saltó el buzón con una voz de mujer, grave y cuidada: Soy Rebeca Ortuño. Deje su mensaje y le llamaré.
Colgó sin dejar nada.
—Apagado —dijo.
—Hasta el lunes.
—Ortega me ha dado hasta el lunes a las nueve.
—Qué casualidad.
Ninguno de los dos sonrió.
* * *
El Gran Hotel Pedralbes ocupaba una manzana entera con una fachada de piedra rosada que había visto pasar a reyes, ministros y novelistas, y que se estaba preparando, con una actividad febril de sábado por la tarde, para la gala del Premio Meridiano.
Ismael cruzó el vestíbulo entre carros de flores, operarios con escaleras y un hombre que gritaba al teléfono en tres idiomas distintos, y subió por una escalera de mármol hasta el Salón de los Espejos.
Joan Serra lo esperaba allí, solo.
Era una sala larga, de techos altísimos, con tres lámparas de araña, columnas doradas y un escenario al fondo, aún sin telón.
Sesenta mesas redondas con los manteles recién planchados, platos de porcelana y sillas con funda blanca ocupaban el parquet, y sobre cada una, en un pequeño atril de plata, un número.
Sobre la mesa principal, bajo el foco de un técnico que probaba el sonido, estaba el cartel de la primera plaza: Meridiano.
Fallo del jurado. Y debajo, a lápiz, una palabra provisional que alguien había escrito en un papel colgado del atril: Ganador.
—Inspector. Gracias por venir. —Serra le tendió la mano—. Perdone el entorno. Si hablamos en mi despacho, tendríamos el olor a humo.
Llevaba un traje gris perla, una corbata azul oscuro y el pelo peinado hacia atrás con una raya que la humedad todavía no se había atrevido a tocar.
Tenía una sonrisa ancha y una mirada atenta, sin una sombra de cansancio.
Ismael lo conocía de hacía diez días y no había visto en su cara una sola grieta.
—Es un salón bonito.
—Lo es. El mejor de Barcelona. —Alzó los ojos a las lámparas—. Aquí se dio el primer premio, en 1976. Ganó un poeta sevillano al que le dieron la mitad en cheque y la otra mitad en un jamón. Desde entonces nadie ha repetido el jamón.
Ismael se quedó mirándolo. Eran las cinco y veinte de la tarde. A su espalda, dos camareros montaban una tarima.
—He venido a preguntarle por la plica de Ana Marín .
—Ah. —Serra no pestañeó—. Se la he puesto delante a mi abogada. Está en la notaría Bermúdez de Paseo de Gracia, con las otras cuatro. Cierre, firma y sello. Se abre en esta sala el jueves, a las diez de la noche, ante el ganador.
—Quiero abrirla antes.
—Necesitará un juez.
—Lo sé.
—Y el juez necesitará un motivo.
—Tengo dos.
Serra juntó las manos con una cortesía helada.
—Entonces no necesita mi permiso. Necesita el de ellos.
Y le advierto una cosa, con la mayor simpatía: si abre esa plica antes del fallo y resulta que no hay nada, ni usted ni yo vamos a tener forma de recoger lo que se haya roto.
—Hizo un gesto vago hacia la sala—. Doscientas personas viven de que este premio exista.
Impresores, distribuidores, traductores, becarios.
Es la única noche del año en que esta casa paga las nóminas.
—¿Eso es un motivo?
—Es un hecho.