El fallo Capítulo 15
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Capítulo 15

Plica

Se despertó con un peso sobre el pecho y creyó, durante tres segundos, que estaba otra vez en la cama de su infancia, en Cádiz, con el gato del vecino que entraba por la ventana.

Luego abrió los ojos y vio el techo con la mancha de humedad en forma de isla, la lámpara de pie con la pantalla torcida y, a dos palmos de su nariz, un hocico negro con un bigote blanco.

Errata lo miraba con la gravedad de un notario.

—Lleva media hora así —dijo Julián, desde la cocina—. Le he dicho que te dejara dormir, pero ella tiene su propia idea de lo que es urgente.

Eran las siete y diez. Por la ventana del patio entraba una luz de lavadero.

Ismael se incorporó sin hacer ruido, con la manta de lana pegada a los hombros, y descubrió que tenía el cuello rígido, la boca seca y una sensación absurda, desconocida, de haber dormido de verdad.

En la mesa baja, junto al vaso de vermut de la víspera, alguien había dejado una taza de café humeante y un plato con dos tostadas con aceite.

Se tomó el café en silencio. Julián, de espaldas, fregaba la cafetera con una atención excesiva. No se dieron los buenos días. No hizo falta. Cuando Ismael se levantó para buscar el abrigo, Julián se volvió, con las manos mojadas y las gafas empañadas, y dijo sin mirarlo:

—No tengo derecho a pedirte nada. Pero si hoy hay algo que pueda hacer…

—Sí. —Ismael se abrochó el último botón—. Mantente cerca de la gente. No te quedes solo en la editorial.

—¿Por qué?

—Porque alguien ha quemado una impresora.

Julián asintió despacio. No preguntó más. Cuando Ismael ya tenía la mano en el picaporte, dijo, tan bajo que casi no se oyó:

—Anoche no soñé nada.

—Yo tampoco.

Y era verdad, y era una cosa tan rara que Ismael bajó los cuatro pisos pensando en ella.

En el portal, bajo el arco de azulejos, sacó el móvil, abrió el correo y reenvió a Rovira el audio de Gaspar con una sola línea: Recibido ayer a las 22:30 del testigo Arce, que lo conservaba desde el martes.

Copia ya en poder de Vidal. Lo envió a las siete y cuarenta y uno.

Se quedó un momento mirando la pantalla, con el pulgar sobre el cristal y un frío raro en las costillas, el de quien ha hecho lo correcto y no sabe todavía lo que le va a costar.

* * *

Carmen lo esperaba en un bar de Vía Augusta que abría a las siete para los taxistas, con dos cafés, un croissant partido en cuatro y una servilleta de papel cubierta de una letra pequeña, nerviosa, apretada.

—Rovira ha oído el audio —dijo, sin saludar—. Lo ha escuchado tres veces, con los ojos cerrados, en su despacho. Ha dicho una sola frase.

—¿Cuál?

—«Ya llega.» —Mordió el palito—. «¿Quién llega?»

—Es la pregunta.

—Ya sé que es la pregunta. Me ha dado media hora para traerle una respuesta que él no tiene.

Le acercó la servilleta. Estaba dividida en columnas, con rotulador negro, como un cuadro de horarios de una estación pequeña. Ismael la leyó despacio, mientras ella se explicaba.

—He pasado la noche llamando. Tengo lo que se puede tener a las dos de la madrugada y a las nueve de la mañana de un sábado. —Señaló con el dedo—. Martes, veintiuna doce. Gaspar graba el audio en el bar de Portbou. «Ya llega.» Quien llega estaba en Portbou a esa hora. Veamos quién no.

—Julián.

—Julián estaba en la editorial con Mireia.

Salieron los dos a las diez y tres, las tarjetas lo confirman.

Si uno de los dos estaba en Portbou a las nueve y doce, tiene que haber aprendido a estar en dos sitios.

—Siguió bajando—. Daniela Roca, cena de trabajo con su editor y una librera en el Born, de nueve a once y media, con la cuenta de la tarjeta a las veintitrés dieciocho. Y Joan Serra…

—¿Serra?

—Ópera. El Liceu. Platea, fila siete, con su mujer. Tosca. Hay un acomodador que lo recuerda porque fue de los que no aplaudieron.

—Eso son cuatro.

—Cuatro de cuatro con coartada para las nueve y doce del martes. —Carmen se echó hacia atrás—. Quien llegó a ese bar no es ninguno de los de la lista de Julián.

Ismael miró la servilleta. En la segunda columna, jueves, de una a tres y media, hora de la muerte , la letra era distinta: más floja, más corta.

—Aquí es al revés —dijo.

—Aquí es al revés. Julián, solo en casa, con la gata; la vecina lo vio entrar a las diez y veinte y no lo vio salir, pero tampoco lo vio no salir.

Mireia, sola, con su gato viejo. Daniela, sola, con su serie.

Serra, en casa, con su mujer, que toma pastillas para dormir.

—Se pasó las manos por la cara—. Todos pueden. Ninguno puede demostrar que no.

—Julián no sabe conducir.

—Julián puede pedir un taxi.

—Doscientos euros.

—Y seis horas. —Hizo un gesto de disculpa—. No estoy diciendo que lo haya hecho. Estoy diciendo que no se puede descartar.

Ismael cogió el rotulador. En un rincón de la servilleta, con letra muy pequeña, escribió una sola palabra: plica.

—¿Qué es eso?

—El sobre cerrado. —Lo dijo mirando la palabra—.

En un premio de seudónimos, cada autor manda su novela con un nombre falso y un sobre pequeño, lacrado, donde está su nombre verdadero.

Eso se llama plica. Nadie la abre hasta el fallo, ni siquiera el jurado.

Se guarda en una notaría, y se abre delante del ganador.

—La plica de Ana Marín .

—La de Ana Marín , que está en un notario de Barcelona con las otras cuatro.

—Dejó el rotulador—. Ahí está el nombre de quien presentó la novela de Elena al Meridiano.

Gaspar lo sabía, o lo sospechaba. Elena lo sabía desde el catorce.

Y el próximo jueves, a las diez de la noche, lo sabrá todo el país.

Carmen se quedó mirándolo.

—Quieres pedirle a un juez que abra un sobre.

—Quiero pedirle a un juez que abra un sobre antes de que lo abran las cámaras.

—Ortega no te lo va a firmar.

—Ortega no. Pero un juez sí, si le damos un motivo. —Miró la servilleta—. Y tenemos tres muertes que lo son.

—Dos.

—Dos —se corrigió, y lo dijo despacio, como si fuera la primera vez—. Dos.

* * *

Pilar los esperaba en la puerta de la casa de Sarrià con un cesto de mimbre en la mano.

—Ya saben el camino —dijo, y los dejó pasar sin más ceremonia.

No los llevó al despacho. Los llevó por el pasillo hasta una puerta de cristal que daba al jardín, y desde allí, a través de los visillos, Ismael vio a Beatriz Salvatierra de pie bajo el limonero.

Llevaba un delantal de jardinero de lona sobre el vestido gris, guantes de cuero marrón hasta el codo y unas tijeras de podar.

Una escalera de madera, apoyada en el tronco, sostenía un cubo ya medio lleno.

A sus pies, sobre la hierba, había otros veinte limones caídos que nadie había recogido, con la piel amarilla ya picada de manchas oscuras.

—Es por ellos —dijo, sin volverse—. Me dijo Pilar esta mañana que, si no los cogía yo, se pudrirían todos. Hay cosas que nadie nos enseña a hacer.

—Podemos esperar.

—No hace falta. Hablen mientras corto. Es lo único que sé hacer sin pensar.

Se subió con dos peldaños a la escalera, tendió el brazo, y el sol, que había salido de golpe entre las nubes, le encendió el borde del pelo cano. Cortó un limón. Otro. Los dejó caer en el cubo con un ruido suave, casi doméstico.

—Gaspar ha muerto —dijo Ismael.

—Lo sé. —No se volvió—. Lo leí en el periódico. Ferrer ha tenido el detalle de no poner fotos del cuerpo.

—¿Lo conocía bien?

—Cuarenta años. —Un limón más—. Fue mi primer amigo en este mundo. Me prestó el primer libro serio que leí, y me dijo que escribiera con la mano izquierda porque el corazón está más cerca. —Soltó una risita seca—. Yo no soy zurda.

Carmen, a su lado, no se movía. Ismael miraba las manos de Beatriz: unos guantes de cuero de buena calidad, ajustados a los dedos, con una costura que subía por el antebrazo como una cicatriz.

—Hay una cosa que quiero contarles. —Bajó un peldaño—. Una cosa que no les dije el otro día y que quizá ya saben. Me gustaría que me lo agradecieran, pero entiendo que no lo hagan.

—Dígame.

—Gaspar me llamó el martes. A las siete de la tarde. —Se detuvo con un limón en la mano—. Desde un bar de Portbou, con un ruido de platos de fondo. Estaba bebido, y estaba lúcido, que es una combinación peligrosa. Me dijo que quería decirme una cosa a la cara y que me esperaba allí.

Ismael no se movió.

—¿Fue?

—Yo no voy a sitios donde se acaba, inspector.

—Bajó el limón al cubo—. Hace años que dejé de ir.

Pero le dije a Rebeca que fuese en mi nombre.

Que le escuchara, que le diera el recado que quisiera darme, y que me lo repitiera por teléfono si era urgente.

Rebeca llegó a las nueve y diez. Se tomó un vermut con él.

Volvió a Barcelona esa misma noche, a las dos de la madrugada.

Dice que lo dejó tranquilo, con la cabeza sobre la barra y un vaso medio vacío.

La campanilla de un bar. Ya llega.

—Rebeca Ortuño estuvo en Portbou el martes a las nueve y diez.

—Eso es lo que me dijo.

—¿Por qué no me lo contó el otro día?

Beatriz bajó el último peldaño. Se quitó, con mucho cuidado, un guante, luego el otro, y se quedó con ellos en la mano.

—Porque no sabía que Gaspar iba a morir, inspector. Ni que alguien iba a querer saber quién estuvo con él. —Lo miró de frente—. Y porque Rebeca es mi agente desde hace veinte años y yo tengo la costumbre de no ofrecer a los demás en bandeja.

La verdad llegaba demasiado pronto, demasiado entera, con una limpieza que le puso a Ismael la piel de gallina. Era el gesto de una mujer que entrega una pieza para proteger el tablero.

—Necesito hablar con ella.

—Está en Madrid hasta el lunes. Una cena con un editor. Tiene el teléfono apagado. Lo apaga cuando duerme poco, y duerme poco cuando viaja. —Sonrió con tristeza—. Se lo doy. Pilar, apunta el número a los señores.

Ismael bajó la vista. En la muñeca izquierda de Beatriz, ahora desnuda, la manga del vestido dejaba al descubierto una línea rosada, fina, de unos cinco centímetros, casi cicatrizada. Beatriz siguió su mirada. No la escondió.