Capítulo 14 #3
Primero fue solo viento. El rugido hueco de la tramontana en un teléfono mal sujeto, mezclado con un rumor lejano de platos y de voces. Luego, la voz de Gaspar, de grava mojada, con la lengua un poco pesada, la voz de un hombre que ha bebido poco para lo que suele y mucho para lo que quiere.
Julián. Soy yo. Estoy bien. No te asustes.
Una pausa. Un ruido de vaso.
Estoy en el sitio de la broma. Mañana te lo cuento todo con vermut, te lo prometo. Solo quería oírte… quería decirte que Elena te quería mucho, ¿sabes? Más que a nadie. Más que a mí. Y yo…
Se interrumpió. Se oyó un carraspeo, un roce.
Escucha. Cuídate. Cuídate mucho. Y cuídate de…
Se oyó una puerta. Una campanilla, la de un bar. Y la voz de Gaspar, de pronto más lejos y más baja, con una especie de alivio resignado, de quien por fin ve llegar lo que esperaba.
Un momento. Ya llega.
El audio terminó.
Ismael se quedó mirando la pantalla negra. Treinta y un segundos. Dos veces más, a solas, con el pulgar sobre el botón. En ninguna se oía una segunda voz. Solo viento, y platos, y la campanilla.
— Cuídate de… —repitió.
—Lo he oído cien veces —dijo Julián, muy bajo—. No dice el final.
—Alguien llegó.
—Alguien a quien esperaba.
—Alguien a quien había citado en Portbou. —Ismael habló despacio, como quien lee un texto al revés—. Gaspar le había escrito al policía: necesito verle la cara antes de decir un nombre. Y lo hizo: eligió un sitio que solo conocían unos pocos, y esperó a que viniera.
—Los que cenábamos con él.
—Elena, que ya no está. Tú. Mireia. Daniela, a veces. Serra, a veces.
Julián cerró los ojos.
—Soy el primero de la lista.
—Eres el que me ha dado el audio.
—O el que lo ha guardado dos días. —Le miró—. Puedes llevártelo. Es tu trabajo. Pídele a alguien de confianza que lo analice. No lo borraré.
Ismael tenía el móvil en la mano. Sentía el peso del plástico, la tibieza del cristal, el dedo muy cerca de un botón que podía mandar el audio a su correo, a Carmen, a la nube, a Rovira. Era lo que debía hacer. Lo que habría hecho cualquier otro.
Y durante cuatro segundos eternos supo que se lo iba a guardar.
Es el mecanismo. Y lo sabes.
Respiró. Abrió el correo, buscó el nombre, escribió Vidal , adjuntó el audio, y lo mandó. Después, con la misma mano, reenvió una copia a su propia cuenta. Y se lo dijo, mirando la pantalla:
—Se lo he mandado a Carmen. Mañana a primera hora, también a Rovira.
Julián abrió los ojos. Tenía una expresión que Ismael no le había visto nunca: la de quien ve a otro abrir una puerta que llevaba años cerrada.
—Gracias.
—No me las des. Es lo mínimo.
—Para ti es muchísimo.
Y era verdad. Ismael lo supo en el mismo momento en que lo oyó. Tuvo que mirar hacia otro lado.
* * *
No hicieron nada. Esa fue la verdad de la noche, y la que más tarde recordaría con más claridad.
Se bebieron el vermut, despacio, con el cuaderno abierto de Gaspar sobre la mesa, y leyeron en voz alta, por turnos, un capítulo de Los hijos del temporal .
Julián leía mejor, con una voz seca y exacta que dejaba a cada frase su sitio.
Cada tanto se detenía, sonreía y señalaba un pasaje: «Aquí es donde yo le puse un estése y se lo discutí durante tres cenas».
A las doce y media, la gata dormía enroscada entre los dos.
A la una, Julián se quedó callado en mitad de una frase.
Ismael levantó la vista. Dormía sentado, con la cabeza ladeada contra el respaldo, las gafas torcidas en la cara, el libro caído sobre el pecho.
Le quitó las gafas despacio. Las plegó, las dejó en la mesa, junto al vaso.
Cogió la manta de lana tirada de cualquier manera y se la echó por encima, hasta los hombros.
En el respaldo de la silla, doblado con ese cuidado que él ya no podía mirar sin que le diera un vuelco, había un jersey azul marino de cuello alto.
No lo tocó. No se acercó. No lo miró dos veces.
Apagó la lámpara torcida. En la penumbra, la ventana al patio interior dejaba pasar una luz azulada de farola, y en ella la ropa tendida de algún vecino se mecía con un vaivén lento, sin viento, como las algas.
Ismael se sentó en el sofá, al otro extremo, con los pies bajo el cuerpo.
La gata se acercó, dio dos vueltas y se le subió al regazo.
No pensaba dormir. Se lo dijo dos veces, con la voz del oficio.
Iba a vigilar, a recordar, a ordenar las cosas, a revisar el audio y la hoja del registro y la lista de cinco nombres.
A preguntarse por qué lo había guardado Julián dos días y por qué lo había entregado hoy.
A distinguir entre un hombre que miente y un hombre que tiene miedo.
Pero Julián respiraba a un metro de distancia, un aliento largo y tranquilo de persona que por fin ha dejado de hacer fuerza, y Ismael, en algún momento que no habría podido precisar, dejó caer la cabeza contra el respaldo.
Lo último que oyó fue la gata. Lo último que sintió fue, sobre el dorso de la mano derecha, un peso caliente y muy ligero, que podía ser el rabo del animal, o el borde de una manta, o la yema de unos dedos que no se atrevían.
No se apartó.