Capítulo 14 #2
El silencio duró tres, cuatro segundos. Se oyó a alguien toser, un teléfono lejano. Daniela, en el fondo, se había llevado una mano a la boca. Y entonces, en el techo, sobre la escalera, sonó una campana.
Una sola, aguda, metálica, que no era una alarma. Fue una especie de tintineo de vidrio roto que se transformó en seguida en un pitido continuo y desgarrador.
—¡Fuego! —gritó alguien, en la tercera planta.
* * *
El humo bajaba por la escalera como una cortina gris.
Ismael ayudó a evacuar la segunda planta con los bomberos, que llegaron en seis minutos con el estruendo de una procesión: cascos amarillos, mangueras, un camión con la sirena en el límite de la calle.
Los empleados salían en fila, tosiendo, con las chaquetas por encima de la cabeza.
Un hombre mayor llevaba en brazos una máquina de escribir.
Una chica sostenía un ficus. Daniela salió con los ojos llorosos y una carpeta apretada contra el pecho.
Mireia Sanz, asistida por Roig, se dejó caer en el bordillo de la acera con las dos manos sobre la boca.
Eran las cuatro y cincuenta y dos de la tarde.
—Tercera planta —dijo a su lado un oficial de bomberos, con la cara tiznada y el casco bajo el brazo—. Una sala interior, sin ventanas. Hay una impresora grande, de red, y mucho papel. Ha ardido en menos de veinte minutos.
—¿Heridos?
—Nadie. El fuego no ha pasado a la sala contigua, que es un archivo. Estaba la puerta cortafuegos cerrada. —Escupió—. Por suerte.
—¿Causa?
—Eso lo dirá el perito. —Hizo un gesto de duda—.
Pero le digo una cosa por experiencia. Una impresora no se quema sola de esta manera.
El fusor se calienta, sí, pero hace falta ayuda.
Alguien levantó la tapa y dejó dentro una hoja doblada, de las que prenden como yesca.
Y la tapa quedó abierta para que respirase.
Ismael cerró los ojos.
La raya de tóner. Una impresora del Scriptorium. Un círculo bien trazado.
Alguien había decidido que ya no hacía falta el círculo.
Abrió los ojos y miró a su alrededor. A la gente en la acera, bajo la lluvia, rodeada de luces azules.
A Serra, con la chaqueta al brazo, hablando por teléfono.
A Montserrat, sentada en un portal. A Quintana, apoyado en su bastón con una dignidad inmóvil.
Al portero Roig, que no sabía qué hacer con las manos. A Daniela. A Mireia.
Y en la otra acera, bajo el toldo de una floristería, de pie, con las manos en los bolsillos de un abrigo oscuro, a Julián.
No hacía nada. Miraba, como todos, el edificio humeante.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Ismael, con una exactitud que atravesó el humo y la lluvia y los coches de bomberos, no apartó la mirada.
Levantó solo, muy ligeramente, las dos manos de los bolsillos, abiertas, como diciendo yo no .
O como diciendo tú .
Ismael no habría sabido decir cuál de las dos cosas.
—Interesante coincidencia, inspector.
Rovira había llegado a su lado sin hacer ruido. Llevaba la chaqueta de lino cubierta de gotas y una sonrisa amable en el rostro.
—Ayer le dije al comisario que quería peritar esa impresora. Se lo dije a las siete de la tarde, en su despacho. A puerta cerrada.
—¿Quién más lo sabía?
—Ortega, la inspectora Vidal y usted. —Se encogió de hombros—. Y quien oyera por la puerta.
Se quedó un momento mirando el edificio. Una columna de humo gris subía hacia un cielo bajo y sucio.
—Conserve esa hoja que le dio la secretaria —dijo Rovira—. Esa del registro. A partir de hoy es la única copia que existe.
* * *
Llegó a Poble Sec a las diez y veinte de la noche, con el abrigo mojado y el cuerpo vacío.
No había avisado. No sabía si iba como inspector, como hombre, o como las dos cosas inseparables. Subió los cuatro pisos sin ascensor, con el libro de Gaspar en el bolsillo, y llamó con los nudillos. La puerta se abrió antes de que acabara.
Julián estaba descalzo, con el jersey gris y unos pantalones de pijama.
Tenía la cara hundida de quien lleva dos días sin dormir, y los ojos de una claridad enfermiza.
Detrás de él, en la mesa de los libros, una botella de vermut a medias, dos vasos, un cenicero con un solo cigarrillo apagado.
La lámpara torcida, encendida, daba al salón una luz de capilla.
—Pasa —dijo, sin más.
Ismael entró.
La gata saltó del sofá y se le enroscó en los tobillos, ronroneando con una insistencia ofendida, de quien lleva dos noches esperando. Él se agachó y le pasó la mano por el lomo. El animal se arqueó, lo olfateó con una gravedad absurda y se subió a sus rodillas en cuanto se sentó.
—Se ha pasado el día en la ventana —dijo Julián. Se sentó en el otro extremo del sofá, con las piernas dobladas bajo el cuerpo—. Yo no sabía si ibas a venir. Le dije que sí, por si acaso.
—He visto el incendio.
—Lo vi yo también. —Sirvió dos vasos de vermut y le tendió uno—. Ha salido por la tele. Dicen que fue un cortocircuito.
—Fue un fuego provocado.
Julián se quedó con el vaso en el aire.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Crees que he sido yo?
La pregunta salió sin alzar la voz. Ismael lo miró. No dijo nada.
—Claro que lo piensas —dijo Julián, y sonrió, un gesto de una tristeza ya vieja—. Si yo fuera tú, también lo pensaría. —Dejó el vaso—. Hay una cosa que tengo que decirte. No sé cómo hacerlo.
—Empieza por el principio.
—Esta mañana te mentí.
La gata se removió. Ismael no se movió.
—Cuando me llamaste. Te dije que Gaspar no me había contestado al mensaje del martes. —Se pasó las dos manos por la cara—. Me contestó. Me mandó un audio.
—¿Cuándo?
—El martes. A las nueve y doce de la noche. Yo estaba en la editorial, con Mireia, con las galeradas. Lo escuché en el cuarto de baño, con la puerta cerrada. Y después…
—Después ¿qué?
—Me dio miedo. —Se quitó las gafas, las miró, se las puso otra vez—. No sabía qué decía. Es decir, sabía lo que decía, pero no sabía qué quería decir. Y pensé: si se lo cuento a Ismael, pensará lo que estás pensando ahora. Y no quería que lo pensaras.
—Quiero oírlo.
—Sí. —Cogió el móvil de la mesa—. Por eso te lo digo. Porque ahora Gaspar ha muerto y es lo único que me queda de él.
Buscó. Le tendió el teléfono con las dos manos, como se entrega un objeto sagrado.
Ismael pulsó.