El fallo Capítulo 14
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Capítulo 14

Humo

Salvador Rovira tenía la costumbre de hablar en voz baja para que los demás se inclinaran hacia él.

Lo hizo así en la sala de reuniones de la quinta planta, el viernes a las ocho y media de la mañana, delante de doce personas, un proyector sin encender, una jarra de café frío y el comisario Ortega sentado en un extremo de la mesa, con los brazos cruzados y la mirada en un punto de la pared, como un hombre que asiste a su propio traslado.

—Voy a ser muy breve —dijo Rovira—. Tenemos dos fallecimientos, un periodista que lleva tres días adelantándose a nosotros y una Delegación que ha pedido un parte cada seis horas. Eso no es un caso. Es un incendio con papeles.

Era más bajo de lo que parecía de lejos.

Ancho de hombros, con las manos grandes y muy limpias, el pelo cortado al cepillo y una chaqueta de lino claro que no se arrugaba.

Hablaba un castellano preciso, sin acento, con la cadencia lenta de los hombres que no necesitan que se les crea.

Cuando miraba a alguien, lo miraba entero, de los zapatos a la frente, y después asentía como si hubiera comprobado una cifra.

—Reparto de funciones. —Abrió una carpeta—. Coordino yo la parte formal: partes, prensa, Delegación y juzgados. La inspectora Vidal, conmigo, para el cruce de datos. Y el inspector Ledesma… —levantó la vista— sigue con las entrevistas en la editorial. Es quien mejor conoce a esa gente.

La frase cayó sobre la mesa con un peso que solo dos personas percibieron. Carmen no se movió. Ismael sostuvo la mirada de Rovira sin que le temblara nada.

—Gracias, comisario.

—Salvador, por favor. Soy un hombre de pueblo.

—Sonrió con medio rostro—. Lo del círculo del Scriptorium me parece un círculo bien trazado, inspector.

Lo cierro yo con un peritaje de la impresora esta tarde y una ronda de entrevistas a los cuatro con acceso.

Usted me da la lista y yo la complemento.

—Se la doy.

—Perfecto.

Ismael entendió que Rovira no le estaba quitando el caso. Se lo estaba envolviendo, con cuidado y con cortesía, como se envuelve un objeto frágil para meterlo en una caja.

* * *

A las nueve y diez conectaron con Girona.

La doctora Serrat apareció en la pantalla de la sala con la bata verde puesta y las gafas en la frente, con los ojos de quien lleva dos días durmiendo en una silla. Detrás de ella, un fondo de azulejos blancos y un fregadero de acero. Habló sin preámbulos.

—Les resumo lo que tengo. El informe completo llegará mañana.

Alguien subió el volumen. Ortega descruzó los brazos.

—Primero: causa de la muerte. Ahogamiento. Hay agua en los pulmones y espuma en la vía respiratoria, lo que significa que estaba vivo cuando entró en el mar. Cayó desde unos catorce metros, golpeó la roca con el lado derecho de la cabeza y quedó semiinconsciente. No se levantó.

—¿Accidente? —preguntó Rovira.

—No lo descarto. Pero hay tres cosas que no me cuadran.

Levantó un dedo.

—Una. Alcohol en sangre, un gramo y ocho.

Un hombre de su edad con esa tasa tiene los reflejos de un niño de tres años.

Pero no tiene restos de vómito, ni signos de embriaguez crónica severa.

Vamos, que bebió, pero no tanto como para tambalearse en un acantilado.

—Levantó otro—. Dos. Contusiones en la cara interna de ambos brazos, por encima del codo.

Cuatro marcas por un lado y una por el otro, redondas, de unos dos centímetros.

Yemas de dedos. Alguien lo agarró fuerte, desde delante o desde detrás, justo antes de la caída.

Un silencio. Carmen escribió algo en su libreta sin levantar la vista.

—Y tres. —Se bajó las gafas—. Debajo de la uña del pulgar izquierdo, fibras. Pocas, pero limpias. Lana, azul marino, de un tejido fino, de punto. No he encontrado más.

Ismael sintió el cuerpo entero quedarse quieto, sin moverse, como el de una liebre en una carretera.

Azul marino.

Un cuello alto, el lunes por la noche, en una puerta de Poble Sec. Unas gafas a medio bajar. Estése.

No lo dijo. No movió un músculo de la cara. Pero a su derecha, con una exactitud insoportable, Carmen dejó de escribir. No lo miró. Se quedó con el bolígrafo en el aire, mirando la mesa, y Ismael tuvo la sensación física de que acababa de pasarle algo muy ligero, y muy frío, de una mano a otra.

—Son las fibras más comunes del mundo, doctora —dijo Rovira, con suavidad—. Cualquier jersey, cualquier chaqueta de oficina.

—Por supuesto. —La doctora se encogió de hombros—. No las doy como prueba. Las doy como dato.

—¿Hora?

—Entre la una y las tres y media.

—¿Alguna marca de lápiz, de grafito?

—En la mano derecha, en las yemas del índice y del corazón. Los dedos con que sujetaba el lápiz. En el cuerpo, ninguna otra.

La conexión se cortó con un chasquido. En la pantalla quedó, un segundo, el azulejo blanco y el fregadero de acero.

—Muy bien —dijo Rovira, cerrando la carpeta—. A trabajar.

* * *

Lo detuvo en el pasillo, junto a la máquina de café, a las nueve y cuarenta. No levantó la voz. Se puso a su lado, de cara a la ventana, con un vaso de plástico en la mano.

—Quiero que sepa una cosa, inspector. —Sin mirarlo—. Yo también recibí un sobre.

Ismael esperó.

—Anteayer. En mi buzón de Vía Augusta, sin sello ni remite. Una fotografía de usted entrando en un portal de Poble Sec. Sin nota. —Sorbió el café—. Mandé analizar el papel esa misma noche. Papel de ochenta gramos, impresión láser. Un defecto de tóner en el margen izquierdo.

—Una raya.

—Una raya. —Rovira asintió—. Es una buena observación. La hice yo, y la hizo usted. Eso nos dice dos cosas. Que quien me la envió es la misma persona que ha intentado que usted la viera. Y que quiere que usted y yo nos desconfiemos.

—¿Y por qué se la mandó a Vidal?

—Porque quería ver su cara al abrirla. —Se encogió de hombros—. Y la cara de la inspectora Vidal me dijo más que cualquier informe. No se lo digo por halago: es la única persona de esta casa que no ha mentido en toda la semana.

Ismael no contestó.

—No tengo nada contra sus aficiones, inspector. —Lo dijo en el mismo tono, como se habla del tiempo—. Lo único que tengo es algo contra las que tapan un expediente. Mientras no tape nada, yo no he visto ninguna foto.

Se terminó el café, arrugó el vaso, lo tiró en la papelera con una puntería casual.

—Que tenga buen día. Y dele recuerdos a la gata.

Se alejó por el pasillo con su paso tranquilo, sin volverse, y Ismael se quedó mirando la papelera, sin saber en qué momento le había hablado Rovira de una gata.

* * *

Ediciones Meridiano ardía por todas partes antes de arder de verdad.

Lo notó al cruzar el vestíbulo de mármol a las doce y media: una electricidad en el aire, una crispación sorda.

Los teléfonos sonaban en todos los despachos sin que nadie contestase.

En el mostrador de recepción, Montserrat Gual, con los ojos rojos y el pañuelo apretado en el puño, repetía a una periodista de radio la frase «no hay declaraciones» con la misma voz con que se repite una oración.

En el rellano de la escalera, dos hombres de traje gris discutían a media voz con una carpeta abierta entre ambos.

Afuera, en la acera, bajo la lluvia fina, tres cámaras de televisión esperaban con sus trípodes como aves de rapiña.

La segunda página del periódico de Ferrer había salido a las ocho. Muere un escritor vinculado a la editorial de Elena Casas en Portbou. Con la foto de Gaspar de hacía veinte años, el pelo negro, la corbata torcida, una sonrisa de hombre al que todavía le quedaban cosas por decir.

A las dos entrevistó a Mireia Sanz en su despacho de la segunda planta.

Tenía los ojos hinchados y las manos temblorosas, y hablaba de forma ordenada y pausada, como si leyera una lista.

Julián y ella se habían quedado repasando galeradas hasta las diez de la noche del miércoles, ella cerró y lo vio bajar por la escalera con el abrigo en el brazo.

Del Scriptorium, nada. Del código de Elena, lo que ya sabía.

A las tres y diez, Ismael dio por terminada la entrevista sin haber averiguado nada que no supiera.

A las cuatro, Joan Serra reunió a toda la plantilla en el vestíbulo.

Estaba de pie en el segundo escalón de la gran escalera de mármol, el mismo donde una semana antes había muerto Elena.

Traje oscuro, camisa blanca, el pelo hacia atrás.

Detrás de él, sin que nadie hubiera pensado en retirarlos, seguían los lirios en el jarrón.

Delante, apiñados, unos setenta empleados, correctores, lectores, secretarias, el portero Roig con su traje de las bodas y los entierros, y en un lado, algo aparte, con el bastón de caña, Leopoldo Quintana.

Más atrás, Daniela Roca. Más atrás todavía, apoyado en una columna, con un jersey gris y las manos en los bolsillos, Julián.

—Compañeros. —Serra hablaba sin micrófono, y cada sílaba rebotaba en la piedra—. Hemos perdido en una semana a dos personas que dieron su vida a este oficio. Quiero que sepan que la editorial no va a callar, ni a esconderse. Y por eso voy a anunciar algo que ha costado mucho decidir.

Una pausa exacta.

—El fallo del Premio Meridiano se celebrará el próximo jueves, a la hora prevista. Porque es lo que Elena habría querido.

El murmullo que recorrió el vestíbulo fue como el de una ola que no se decide a romper.

—No.

La voz de Quintana no era fuerte. Era seca, aguda, de una claridad antigua. Había dado un paso adelante, y su bastón sonó contra el mármol.

—No se puede dar un premio con dos muertos, Joan.

—Leopoldo…

—Se me ha dicho que presido un jurado. —Se enderezó, altísimo, con la melena blanca—. Pues el presidente del jurado dice que no. Que esto no es un fallo, es un entierro con orquesta. Que lo que Elena habría querido era que alguien dijera la verdad antes que un premio.

—Esa es una decisión que no te corresponde.

—Me corresponde la dignidad de lo que firmo.