Capítulo 13 #2
—No es un castigo —dijo Ortega, y por un instante, increíblemente, sonó como si no mintiera—.
Es un seguro. Dos muertos, un periodista y una delegada que huele sangre.
Rovira coordina a partir de hoy el aspecto formal del caso.
Los traslados, los partes, la prensa. Usted y Vidal siguen con la investigación sobre el terreno, pero con él al lado.
Y si el lunes no me trae algo que yo pueda poner en una mesa, retiro a los dos.
—Comisario…
—Y Ledesma. —Una pausa—. Lo que haya o no haya en ese portal de Poble Sec… —Se calló. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono que Ismael no le había oído nunca—: Me da igual. Pero a los demás no. Tenga cuidado.
Colgó antes de que pudiera responder.
Ismael bajó el teléfono. Carmen no le preguntó.
Se limitó a ponerle la mano en el hombro, un segundo, con un peso exacto, y a retirarla.
En la bahía, una barca pequeña salía de la dársena con el motor al ralentí, y su estela dibujaba en el agua verde una línea blanca, recta, que el mar iba borrando.
* * *
Llamó a las nueve y cuarenta, desde el último banco del paseo marítimo, de espaldas al puerto.
Sonó cuatro veces. Cinco. A la sexta lo cogieron.
—¿Ismael?
La voz de Julián sonaba a sueño. Había una nota de alegría involuntaria, de la que se pone en la voz de quien ve aparecer en la pantalla un nombre que espera.
—Julián. —Ismael se pasó la lengua por los labios—. Tengo que decirte una cosa.
—¿Qué pasa? —Se le oyó incorporarse—. ¿Qué ha pasado?
—Gaspar ha muerto.
No hubo nada. Ni un respiro. Ni un ruido. Solo la línea abierta, con ese zumbido blanco de las llamadas largas.
—No —dijo Julián.
—Lo encontraron esta mañana en una cala, en Portbou. Cayó desde el acantilado del cementerio.
—No.
—Lo siento.
—No, Ismael. —La voz se le quebró en la mitad de su propio nombre—. Gaspar no. Gaspar no puede... Anteayer yo... Anteayer le puse un mensaje y no me contestó y pensé: se habrá quedado dormido, el pobre, con el vermut. Pensé eso. Pensé que dormía.
Se oyó un golpe sordo, que podía ser un codo contra una pared, y una respiración rota, y después un llanto contenido, lento, de los que se hacen a una persona sola en una habitación.
Ismael esperó. Miró el mar. Una gaviota, a lo lejos, se dejaba llevar por el viento con las alas abiertas, sin mover una pluma.
—¿Cómo fue? —dijo Julián, al fin—. ¿Cómo?
—Aún no se sabe.
—¿Se cayó?
—No lo sé.
—¿Se tiró?
—No lo sé, Julián.
—Gaspar no se tira. Gaspar sufre mucho pero no se tira.
—Hablaba con una especie de furia desesperada, como si discutiera con alguien que no estaba—.
Lo decía en broma. Lo de Portbou. Lo de acabar en Portbou.
Era una broma con Elena. Ella le decía que los escritores no acaban, que se quedan en los márgenes.
Ismael no se movió.
—¿Tú sabías lo de Portbou?
—Claro que lo sabía. —Se sonó la nariz—. Lo decía siempre cuando bebía. Que si tenía que ir a algún sitio a desaparecer, iría allí, a ver el mar con el filósofo. Lo repetía en todas las cenas de la editorial. Lo sabía todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—Los que cenábamos con él. Elena, yo, Mireia, a veces Daniela. Serra, a veces. —Una pausa, y de pronto, con otro tono, muy bajo, el de quien acaba de percibir un matiz—: ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque necesito preguntarte dónde estuviste anoche.
El silencio fue distinto. Más delgado.
—¿Me lo preguntas tú?
—Lo pregunto yo porque prefiero preguntártelo yo a que lo haga otro.
—Claro. —Y lo repitió, sin ironía, con un cansancio inmenso—: Claro.
Perdona. —Respiró—. En la editorial hasta las diez.
Mireia me vio salir; tuvimos que repasar unas galeradas del fallo.
Después a casa, andando, por Montjuïc. Llegué a las once menos veinte.
No volví a salir. No he salido de casa desde entonces hasta ahora.
—¿Alguien te vio llegar?
—La vecina del primero, que baja al gato. Y Errata, claro. —Una risa mínima, quebrada—. Que sigue sin declarar.
—¿Tienes coche?
—Ni coche ni carnet. Nunca me lo saqué. Mi padre decía que un hombre que no sabe conducir no se mete en líos. —La voz se le apagó—. Mira qué idiota. Qué idiota era mi padre.
Ismael apoyó la frente en la mano.
—Voy a ir a Portbou —dijo Julián.
—No.
—Quiero verlo.
—No puedes. Hay un juez, una autopsia…
—Entonces ven tú. —Lo dijo sin pensarlo, con la voz de un niño—. Ven a verme. Hoy, esta noche, cuando puedas. No hace falta que hablemos. Solo… no quiero estar solo con esto.
—Julián.
—Perdona. Perdona, no debería pedírtelo. —Se contuvo—. Tú estás trabajando.
—Sí.
—Claro.
Hubo otra pausa. Ismael oyó, muy lejos, el arrullo de un animal: un maullido largo, ofendido, que se acercaba al teléfono. Imaginó la cocina americana, la lámpara torcida, la gata negra de la mancha blanca saltando a la mesa para pedir lo que cada mañana le tocaba.
—Ismael.
—Dime.
—Si no quieres que te llame más, me lo dices y no te llamo.
—No.
—¿No qué?
—No es eso.
—Entonces ¿qué es?
Ismael tardó en contestar. Sentía el sol en la nuca, la sal en los labios, un pesar físico que le tiraba de los hombros hacia abajo. Había una frase que quería decir y no era ninguna de las que tenía.
—Es que no sé separar —dijo.
—Lo sé. Me lo dijiste. —Una sonrisa casi inaudible—. Pero es lo que más me gusta de ti, ¿sabes? Que no sabes. Yo siempre sé demasiado.
Y antes de colgar, con una dulzura que le llegó a Ismael como la mano en el pelo de un niño, dijo:
— Estése.
Ismael se quedó con el teléfono pegado a la oreja hasta que la línea se cortó. Después, en voz baja, sin que nadie lo oyera, sin saber a quién se lo decía, contestó:
—Estése.
* * *
Rovira llegó a las doce y diez, en un coche gris sin distintivos, con una chaqueta de lino claro y una carpeta de cartón bajo el brazo.
Ismael lo vio desde la escalinata del cementerio, a lo lejos: un hombre de unos cincuenta años, bajo, ancho de hombros, de andar tranquilo, que se detuvo un momento a mirar el mar antes de subir.
Tenía el pelo cortado al cepillo y la cara lisa y sin dibujo de los hombres que han aprendido a no mostrar nada.
No se acercó a saludar. Habló primero con Pons, después con la forense, y por fin con Carmen, a quien dijo algo corto, con una sonrisa que Ismael no supo descifrar desde allí. Carmen asintió con la cabeza, sin devolverla.
Fue entonces cuando sonó el móvil de Ismael. Pons.
—Inspector. —El sargento había bajado la voz—. Le llamo de la sala de pruebas del puesto. Acaba de llegar el análisis del técnico, el preliminar.
—Dígame.
—El signo del memorial. La d y los puntos. El técnico ha tomado una muestra del grafito con una cinta. —Una pausa, el chasquido de un papel—. No coincide con el lápiz que Villalba tenía en la mano.
Ismael se detuvo en mitad de la escalera.
—¿Cómo que no coincide?
—El lápiz de la mano es un HB, blando, con mucho grafito.
El del acero es un 2H. Duro. De los que dejan una línea fina y que apenas mancha.
—Carraspeó—. El técnico dice que alguien lo rayó con mucha presión, y despacio.
Que no tiembla, que la mano parecía temblar por el esfuerzo y no por el pulso. Dice que Villalba no lo hizo.
—¿Está seguro?
—Dice que un noventa por ciento. —Y tras un silencio—: Quien dibujó el signo en el memorial, inspector, lo hizo con otro lápiz.
Ismael cortó la llamada.
Se quedó de pie en medio del camino de grava, bajo un ciprés, con el sol en la nuca y el rumor del mar a sus pies.
Dentro del abrigo, en el bolsillo de la derecha, llevaba el cabo de lápiz que Julián le había dado en la cena, el sin punta , el que había afilado con una navaja la noche del domingo. Lo apretó sin querer.
Una d enroscada y tres puntos. Bórrese. Déjese como estaba.
Dos órdenes contrarias, con la misma mano. No estaba escrita para quien la leyera como un acertijo. Estaba escrita para alguien que conociera las dos palabras.
Para alguien que supiera lo que ha dibujado, en su piel, un hombre en el sofá de Poble Sec.
Sacó el lápiz del bolsillo. Lo miró a la luz. Era una madera clara, con una mina corta, dura, gris. No podía saber de qué dureza.
No quiso averiguarlo.
Lo volvió a guardar.