Capítulo 13
Bajamar
La tramontana se había ido a media noche, como se van los invitados que no quieren despedirse: sin ruido, dejando todo un poco más quieto de lo que estaba antes.
Ismael llevaba despierto desde las cinco.
Había dormido, o se lo había parecido, entre las doce y las tres, con la lámpara encendida y Los hijos del temporal abierto boca abajo sobre el pecho, y se había despertado con la sensación exacta de haber dejado algo sin decir.
Se vistió en la oscuridad. Dejó una nota para Carmen bajo la puerta de comunicación, he salido a andar , y bajó la escalera estrecha del hostal con los zapatos en la mano para no despertar a nadie.
Afuera, el pueblo olía a pan y a algas. Eran las seis y cuarto.
Las farolas seguían encendidas, con ese halo amarillento de las luces que ya no sirven a nadie, y las casas blancas empezaban a asomar de la sombra como cosas que alguien va sacando de una caja.
El mar no se veía, pero se oía: un respirar largo, hondo, regular.
Subió al cementerio por el camino de grava. El guarda del día anterior no había llegado. Cruzó los cipreses, bajó los cuarenta y dos peldaños de acero oxidado y se sentó al final, junto a la piedra donde la víspera estaba la linterna de Pons, frente al cristal.
Y esperó a que amaneciera.
Fue un amanecer sin dramatismo. El cielo pasó del negro al azul de pizarra, del azul de pizarra al gris, del gris a una especie de blanco perla que lo cubrió todo sin dejar sombra.
Después, en un solo instante, el horizonte se encendió: una línea de oro fina como un hilo, que ensanchó el mar hasta hacerlo visible.
Una gaviota cruzó el cristal. Debajo, entre la roca y el agua, el oleaje se retiraba despacio, dejando al descubierto una orilla de piedras negras y lisas, relucientes, como si alguien las hubiese pulido durante la noche.
Bajamar , pensó.
Sacó el lápiz. No supo bien por qué. Lo sostuvo un momento sobre la mano izquierda y después lo guardó. En el acero, a su lado, seguía el signo diminuto: la d enroscada, los tres puntos. Lo miró mucho tiempo. No dijo nada.
El móvil vibró a las seis y cincuenta y ocho. Era Pons.
* * *
Un pescador de erizos, un jubilado llamado Quim, que bajaba cada mañana con la bajamar a la cala que hay entre el cementerio y el espigón, lo había visto a las seis y media desde el camino.
Un bulto pálido sobre una losa de pizarra, a poco más de diez metros del pie del acantilado.
Había pensado que era una vela abandonada, o una bolsa.
Se había acercado hasta que el bulto tuvo una cara.
Ismael llegó el último, con Carmen a su lado, descalza en las zapatillas, con el pelo mojado de haberse metido la cabeza bajo el grifo.
Pons les tendió un par de calzas de plástico y los guio por una senda de cabras que descendía entre pitas y tomillo.
Cuando llegaron abajo, el sol ya estaba claro sobre el agua y la cala tenía el aspecto engañoso de las postales: una uve de piedra, un círculo de agua verde y transparente y, en el centro, sobre una losa gris, un hombre tumbado.
Gaspar Villalba parecía dormir.
Boca arriba, con la cabeza ladeada hacia el mar y las piernas estiradas, una de ellas con el pie dentro del agua.
Llevaba la camisa blanca, empapada, pegada al torso, los pantalones oscuros de siempre y un solo zapato.
El otro había desaparecido. El pelo, gris y lacio, estaba peinado hacia atrás con una raya que el agua no había deshecho.
Tenía los ojos cerrados. Los labios, entreabiertos, una expresión de cansancio absoluto, y a la vez de una especie de paz que Ismael no había visto nunca en aquella cara de grava mojada.
—Sesenta y ocho años —dijo, en voz baja. Y no supo por qué lo decía.
Una mujer de unos cincuenta, con mono blanco y los guantes puestos, se levantó de al lado del cuerpo. La doctora Serrat, forense de guardia de Girona, había llegado de madrugada con el juez. Dio los buenos días con un gesto de cabeza y fue directa:
—Llevo dos horas con él. No les voy a decir la causa, porque no la sé.
—Se bajó la mascarilla—. Tiene contusiones compatibles con una caída desde una altura de unos catorce o quince metros.
Traumatismo en el lado derecho de la cabeza, costillas rotas.
Posiblemente se ahogó. La autopsia lo dirá.
La hora de la muerte, entre la una y las cuatro de esta madrugada.
—¿Accidente? —preguntó Carmen.
—Puede ser. —La doctora cruzó los brazos—. Pero hay cosas que no me gustan.
—Dígame.
—No tiene nada en los bolsillos. Ni cartera, ni teléfono, ni llaves. Solo esto.
Pons, a su espalda, sostuvo una bolsa de plástico. Dentro, una llave de latón con una chapa de madera: HOSTAL LA FRONTERA, 7. Y un billete de papel, doblado en cuatro.
—Portbou-Barcelona —leyó Pons—. Sants. Jueves, hoy. Salida, siete y diez de la mañana. Comprado ayer a las seis de la tarde en la estación.
Ismael lo miró.
—Tenía billete de vuelta.
—Para el tren de las siete y diez —dijo la doctora—. Se mataba, o caía, a las tres de la madrugada, con la llave de la habitación y el billete de regreso en el bolsillo. Eso es lo primero que no me gusta. Lo segundo es esto.
Se agachó otra vez. Con un gesto muy suave, casi tierno, abrió la mano derecha del muerto, que tenía los dedos cerrados con una fuerza antinatural, como los de quien sostiene un asa muy pesada.
Dentro había un lápiz. Un cabo de apenas cuatro centímetros, de madera clara, afilado con una navaja. Con la mina blanda y gastada de un lápiz de los que usan los correctores para las pruebas.
—Un HB —dijo la forense—. Lo tenía cogido con tanta fuerza que me ha costado abrirle los dedos. Rigor, claro. Pero también…
—¿También qué?
—Parece que escribía. O que iba a hacerlo.
Ismael se arrodilló. La losa estaba húmeda y fría, y a través del pantalón le subió una humedad antigua. A un palmo de su cara, el rostro de Gaspar, con las arrugas lavadas por el agua. Estiró la mano y, sin tocarlo, le cerró un poco el cuello de la camisa, que se había abierto sobre la clavícula.
En el bolsillo del pecho había un pequeño bulto. Se inclinó. Unas gafas. De montura fina, con las patillas plegadas con un cuidado exquisito, una sobre otra, como se pliegan las gafas de un hombre que se las quita para dormir.
—Nunca se las quitaba —dijo la voz de Carmen, a su espalda—. En los dos meses que lo conocí. Ni para comer.
—Entonces no se las quitó él.
—O sí. Para morir.
—Si se mata un hombre que lleva un billete de vuelta —dijo la doctora, despacio—, las gafas se quedan puestas. Se las deja puestas para ver lo que hace.
Nadie respondió.
Ismael se quedó mirando las gafas dobladas. Acordándose de otra cosa: una gabardina beige, doblada con exactitud sobre una escalera de acero. Gaspar nunca ha doblado nada en su vida.
No dijo lo que pensaba. Pensaba que hay una forma de doblar cosas que es de las manos de quien ha pasado la vida entre pliegos y galeradas, y que esa forma no se aprende en una noche.
* * *
Fue Carmen quien llamó a Amparo. Se apartó hacia el espigón y habló mucho rato, de espaldas, con una voz que Ismael no oía y que casi podía imaginar. Cuando volvió tenía los ojos secos y brillantes, y una dureza nueva en los hombros.
—Ha dicho: «Lo sabía». —Se pasó el dorso de la mano por la mejilla—. Que lo supo cuando le dio el sobre. Que un hombre no manda cien folios por correo si piensa volver a recogerlos.
—Pero llevaba un billete de vuelta.
—Eso también se lo he dicho. —Una pausa—. Me ha contestado: «Entonces lo mataron». Sin elevar la voz, como quien dice qué hora es.
Estaban sentados en el muro del espigón, con el puerto vacío a sus pies y los barcos de pesca meciéndose en una calma casi sospechosa. El sol les daba en la cara. Eran las ocho y cincuenta y ocho.
—Ismael.
—Dime.
—Es jueves.
—Lo sé.
—Son las nueve menos dos.
—Lo sé, Carmen.
El móvil sonó a las nueve en punto. La pantalla decía Ortega.
Dejó que sonara dos veces. A la tercera lo cogió.
—Dígame.
—Son las nueve. —La voz de Ortega estaba seca, muy seca, de quien lleva toda la noche con un café y un cigarrillo apagado en la mano—. Quiero un nombre.
—Gaspar Villalba ha muerto.
Del otro lado hubo un silencio largo. Se oyó, a lo lejos, el chirrido de una silla.
—¿Cuándo?
—Esta madrugada. En Portbou. Cayó por un acantilado, o lo empujaron.
—¿Cuál de las dos?
—Todavía no lo sé. —Ismael cerró los ojos—. Pero tenía billete de vuelta para las siete y diez. Llevaba las gafas plegadas en el bolsillo. Le faltan la cartera, el móvil y el pie izquierdo del zapato. Y alguien rayó un deleátur en el acero del memorial donde dejó la gabardina.
—Un deleátur .
—El mismo signo.
—El mismo que en el cuerpo de Casas.
—Cerca del cuerpo —corrigió Ismael—. Al lado.
Otro silencio. Fuera, a cincuenta metros, un hombre arrastraba una caja de pescado por el muelle, con un ruido áspero y regular.
—Dos muertos —dijo Ortega, y esta vez no gritó—.
Un periodista que me llama cada hora y me cuenta lo que usted me debería haber contado.
Una Delegación del Gobierno que ya no me pregunta, me informa .
Y el único nombre que tengo en el expediente es el de un corrector que, según usted, es un testigo.
—Tengo un círculo.
—¿Un círculo?
—Quien hizo la foto del domingo la imprimió en la editorial.
La impresora de la tercera planta. Una raya de tóner.
—Hablaba rápido, sin respirar—. Tengo una carta de Gaspar que dice que alguien presentó la novela de Elena al Meridiano con otra firma, y que ella lo descubrió el día catorce.
Tengo un manuscrito completo, con el folio cien.
Y tengo una lista de cuatro o cinco personas con acceso al Scriptorium.
—Un círculo no es un nombre, Ledesma.
—Lo sé.
—Rovira llega a Portbou a las doce.
Ismael no contestó.