El fallo Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

El memorial se llama Passages . Lo hizo un escultor israelí hace treinta años en el sitio donde se enterró a un hombre que se mató por no ser entregado.

Es una escalera de acero oxidado, estrecha, que desciende cuarenta y dos peldaños por el interior de una galería en forma de túnel.

Al fondo, un cristal. Y detrás del cristal, nada: el mar, entero, gris y negro, hasta el horizonte.

En el cristal hay una frase grabada, y los días de viento fuerte se oye cómo el agua golpea el acantilado debajo.

Ismael bajó.

Los peldaños resonaban, secos, como golpes de martillo en una caja vacía. Pons se quedó arriba. Carmen bajó detrás, a tres escalones, sin decir nada. En el último peldaño había una piedra con la linterna de Pons encima, y al lado, la marca en el óxido donde se había apoyado la gabardina.

Ismael se agachó. En el hierro rojizo, cerca de la pared, alguien había rayado con la punta de un lápiz una cosa muy pequeña.

Una d enroscada, de bucle cerrado y cola larga.

No era un trazo vigoroso. Era la marca de una mano que tiembla.

Y al lado, muy cerca, tres puntos.

Ismael la miró un largo rato, hasta que el viento le llenó los ojos. Carmen se acercó. Se agachó a su lado y no dijo nada. Por la galería entraba un aire cortante que olía a algas. Al otro lado del cristal el mar golpeaba la roca con una persistencia sin rabia, de reloj.

Deleátur.

Estése.

—Se borra y se queda —dijo Carmen, al fin—. Las dos cosas a la vez.

—Sí.

—Quería que lo viera alguien.

—Quería que lo viera yo.

Ismael se incorporó. Estaba helado, con las manos metidas en las mangas, y de pronto sintió, con la limpieza de un golpe, que no podía seguir.

—Carmen.

—¿Qué?

—Lo del teléfono. Del lunes a medianoche.

Ella esperó. El mar daba su golpe, retrocedía y volvía.

—Gaspar me dijo una cosa más. Una frase. —Tragó saliva, y la garganta le dolió de una manera física, antigua—. Me dijo: A nadie de la editorial. Ni al amable.

Carmen no se movió.

—«El amable» es Julián —siguió él, con una voz que le sonó prestada—. Así lo llaman allí. Y Gaspar lo dijo con ternura. Con mucha. Pero lo dijo. Y yo… —Cerró los ojos—. Yo no te lo conté porque no quería que lo oyeras.

—¿Cuántos días?

—Tres.

—Cuatro, Ismael. —No había rabia. Había una especie de fatiga exacta—. Lo he contado yo también. Domingo por la noche, lunes, martes, miércoles. Cuatro días con eso en el bolsillo.

—Lo sé.

—Me prometiste en la plaza de Figueres que me lo contarías.

—Te dije que todavía no .

—Y es verdad. Es lo único que me has dicho siempre: la verdad. En pedazos y fuera de turno, pero la verdad. —Respiró—. Gracias por darme este pedazo.

Pasó un rato. Arriba, entre los cipreses, Pons iluminaba con la linterna una zona donde no había nada.

—¿Y qué piensas tú? —dijo ella.

—Que Gaspar lo dijo con ternura.

—Eso no es lo que te pregunto.

—Pienso que no sé si me lo dijo para advertirme de él o para protegerlo de mí.

Carmen asintió despacio. Era la primera vez en toda la semana que la veía tan cansada y tan serena.

—Entonces estamos de acuerdo en lo único que importa —dijo—. Que no lo sabes.

* * *

El hostal se llamaba La Frontera y tenía una escalera tan estrecha que no cabían dos personas con equipaje.

Los Mossos les habían reservado dos habitaciones en el segundo piso.

A medianoche menos diez, Carmen ya dormía, o fingía hacerlo, con la puerta de comunicación cerrada y una luz azul filtrándose por el resquicio.

Ismael se sentó al borde de la cama con la lámpara de la mesilla y desplegó sobre la colcha dos hojas.

La primera era el listado de impresión que le había dado Mireia Sanz el lunes, con la columna de códigos y horas.

La segunda era la foto en blanco y negro del portal de Poble Sec, con la fecha escrita a mano: domingo, 17:03.

Había pasado tres días mirando la foto sin preguntarse nada. Lo único que se le ocurría preguntarse era la hora, esa hora que solo dos personas del mundo sabían, y por eso no había mirado el papel.

Lo miró ahora. Primero la foto. Después el listado. Después otra vez la foto.

A dos centímetros del borde izquierdo, cruzando de arriba abajo el cielo y la fachada y la mitad de la acera, había una raya gris, muy fina, vertical, casi imperceptible: la huella de un tambor de tóner dañado, de ese defecto que pasa de impresión en impresión hasta que alguien se decide a cambiar la pieza.

Tuvo que dejar la foto sobre la mesilla para poder mirar el listado.

Estaba también. A dos centímetros exactos del borde izquierdo, a través de la columna de códigos, de arriba abajo.

La impresora del Scriptorium. La tercera planta de Ediciones Meridiano.

Se quedó muy quieto. En la calle, un tren de mercancías cruzaba el pueblo con un estruendo de hierros y de ruedas. Pasaron cincuenta vagones, o cien, y cuando se hizo el silencio, el pensamiento ya estaba allí, completo, como si hubiera estado esperando en la sala contigua.

Quien hizo esa foto no se la mandó a Rovira directamente. Alguien la imprimió en la editorial.

Alguien con acceso a esa impresora. Mireia. Serra. Montserrat Gual, con su tarjeta de recepción. Los correctores, los lectores, los becarios, el personal de limpieza. Cualquiera con el código de Elena, que estaba escrito en una pegatina amarilla bajo un teclado.

Y Julián.

Julián, que el viernes le preguntó a Mireia si la impresora guardaba un historial.

Cerró los ojos. Hubo un tiempo, hacía cuatro días, en que esa pregunta le había parecido tierna. Una forma de comprobar los últimos pasos de una mujer querida. Ahora la veía de otra manera: como la de alguien que necesita saber cuánto rastro deja lo que piensa imprimir.

Tranquilo. Se lo dijo a sí mismo, despacio, con la voz del oficio. Julián estaba en su casa a las cinco y tres del domingo. Con una cuchara de madera. Eso lo vi yo.

Pero una persona puede estar dentro y mandar fuera.

Una persona puede decirle a otra, por teléfono, un sábado: mañana viene a las cinco.

Se pasó las dos manos por la cara, y al apartarlas se miró el dorso de la derecha. Nada. Ni un punto, ni una letra, ni una niebla.

Estése , pensó.

Y por primera vez desde que lo dibujaron sobre su piel, esa palabra, que había sido refugio, le sonó a súplica.

El móvil vibró sobre la colcha. Una pantalla con un nombre: Julián. Un mensaje corto.

Errata está en la ventana, mirando la calle. Lleva dos noches haciéndolo. Dice que si no vienes tú, vaya, que va ella. J.

Lo leyó una vez. Lo leyó dos.

Apagó la lámpara. Con el móvil en la mano, la pantalla encendida sobre el pecho, se quedó mirando el techo, donde las luces de los trenes que pasaban dibujaban de vez en cuando una raya fina, gris, vertical, de arriba abajo.

No contestó.