Capítulo 12
Pasajes
El urgente que prometía veinticuatro horas tardó cuarenta y ocho, como todos los urgentes.
Llegó a Valencia el miércoles a las nueve y diez de la mañana, y el agente de uniforme que llevaba desde el martes sentado en el rellano de la calle de Colón, con la gorra sobre las rodillas y un termo de café con leche entre los pies, fue el primero en verlo subir en manos del cartero.
—Firme aquí, señora.
Amparo Casas firmó, cerró la puerta y puso el sobre sobre la mesa del comedor. Y allí lo dejó, intacto, con la bata puesta y las manos cruzadas, durante una hora y diez minutos, hasta que llegaron los dos policías de Barcelona con el aire de haber dormido poco.
—Lo he mirado —dijo, a modo de saludo—. No lo he tocado. Pero lo he mirado mucho.
Era un sobre acolchado de color marrón, grande, con el matasellos de Figueres y un remite de dos letras en la esquina: G. V. La letra de Gaspar, inclinada hacia atrás, de quien aprendió a escribir con la mano izquierda atada.
El comedor de Amparo tenía las paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro y un reloj de cuco que alguien había parado a las tres y veinte. Hacía un sol de otro país. Por el balcón entraba el olor de las naranjas y de una freidora lejana.
—Ábralo usted —dijo Ismael.
—Es de mi hermana. —Cogió un cuchillo del pan, porque no tenía abrecartas—. Lo abro yo y ustedes miran. Así no pensaré que me lo han quitado.
Cortó el borde con una lentitud de cirujano.
Del sobre salió primero un olor, el de un papel viejo guardado mucho tiempo con tabaco, y después un paquete grueso, atado con una goma de las que usan las panaderías.
Cien folios. Encima, una hoja suelta, mecanografiada con una máquina que tenía la e rota, y otro sobre pequeño, cerrado, con una sola línea tecleada: Para el inspector Ledesma.
Ismael lo cogió con dos dedos.
Debajo de todo, la portada de los folios, una hoja sin adornos.
LOS JARDINES DE LA SAL
Y arriba, a la derecha, en lápiz, muy pequeña: Para G. — E.
* * *
Amparo se sentó. No era una mujer que se sentara a menudo, y lo hizo con las rodillas juntas, como una niña.
—Léalo usted primero —dijo, y le tendió la hoja mecanografiada—. A mí me cuesta con las gafas.
Querida Amparo:
Perdona que te lo mande así, sin llamar.
No sé si me van a dejar llamar mañana, y prefiero que lo tengas tú que nadie.
Estos folios son de Elena. Los escribió ella.
Me los mandó hace un mes con una nota que no te enseño porque era mía.
Los he leído tres veces y no he podido dormir.
Es lo mejor que he leído en mi vida y tu hermana ya no puede oírlo, y eso es lo que me ha vuelto cobarde.
Guárdalos. No se los enseñes a nadie de la editorial. Si viene un policía, que se llama Ledesma y tiene cara de leer el margen, se los das. Pero a él, y a nadie más.
Te quiere, aunque no lo mereces,
G.
Ismael levantó la vista. Amparo tenía los ojos cerrados.
—Sigue —dijo.
Abrió el sobre pequeño. Una cuartilla. La misma máquina, la misma e rota.
Inspector: no le dije todo por teléfono porque no estaba seguro.
Ahora lo estoy a medias, que es peor. Elena escribió esta novela.
Alguien la presentó al Meridiano con otra firma sin que ella lo supiera, y ella lo descubrió el día catorce.
Pregúntese quién tenía el original, además de ella y de mí. Lea la página sesenta y uno.
Perdóneme que no ponga el nombre. Es que necesito verle la cara antes de decirlo, y no tengo valor para verla todavía.
Si me busca, sabe dónde. Adonde acaban los que huyen.
G. V.
Ismael dobló la cuartilla despacio y la guardó en una bolsa de pruebas. Notaba el pulso en las sienes.
—¿«Adonde acaban los que huyen»? —preguntó Carmen.
Amparo abrió los ojos. Tenía una sonrisa de una tristeza antigua, de quien oye por fin la solución de una charada de familia.
—Portbou —dijo.
—¿Portbou?
—Es una broma que tenían. Elena y Gaspar.
Hace treinta años, cuando todavía se tuteaban con el usted del oficio.
Fueron una vez a ver el memorial de Walter Benjamin, el filósofo que murió allí huyendo de los nazis, y Gaspar dijo que si alguna vez tenía que acabar, él acabaría en Portbou, que es donde se acaba.
—Se encogió de hombros—. Elena le respondió que no fuese tonto, que los escritores no acaban, que se quedan en los márgenes. Y los dos se rieron mucho.
Hubo un silencio. En la cocina, un grifo goteaba.
—Hay otra cosa —dijo Ismael—. La página sesenta y uno.
Cogió el paquete, quitó la goma y fue pasando los folios con el pulgar.
Papel fino, de oficina, algo amarillo. Mecanografía regular, con la r un poco más alta que el resto, la misma de la hoja del rodillo de la Olympia.
En los márgenes, rayas a lápiz, interrogaciones, un deleátur aquí y un estése allá, y letras que no eran de Elena, más redondas y más cansadas, que respondían a cada pregunta como en una tertulia.
Página sesenta y uno.
Una escena. Dos personajes en un despacho: la Lectora , una mujer de mediana edad que lee un manuscrito a la luz de una lámpara, y el Corrector , un hombre joven, de aspecto cuidadoso, que le trae té.
Hablaban poco. Casi todo era silencio, y miradas sobre el papel.
Hacia el final de la página, ella decía:
—Siempre guardas una copia.
—Siempre —contestaba él, sonriendo—. Es la única forma de no ser el único que sabe la verdad.
Y debajo, en lápiz: Trueque. Con una flecha que unía Lectora y Corrector . Era la marca de intercambiar dos palabras de sitio. Y encima de la marca, con la letra redonda y cansada de Gaspar: No.
Ismael leyó la página dos veces. Después se la tendió a Carmen, que la leyó una sola, de pie, junto al balcón.
— El Corrector —dijo.
—Es un personaje.
—Es un corrector.
—Es un personaje, Carmen. Lo ha escrito Elena. No lo ha escrito sobre nadie en concreto.
—Todo lo que escribe alguien es sobre alguien en concreto. —Lo dijo con suavidad—. Y el que guarda una copia es el que no se fía.
—O el que protege.
—O eso. —Se volvió—. Mira la marca. Elena lo ha cambiado de sitio con la Lectora. Gaspar ha escrito No . No es un intercambio que a él le parezca bien.
—O es un intercambio que no le parece posible.
Se miraron. Por primera vez desde el domingo, se entendieron perfectamente en lo que no coincidían.
Amparo, a un lado, había cogido la portada y la sostenía contra el pecho.
—No sé qué es lo que están leyendo —dijo—. Pero hoy me han devuelto a mi hermana. Gracias.
Y entonces sonó el móvil de Carmen.
* * *
Fue una llamada corta. Carmen dijo sí , cuándo , ¿dónde exactamente? y vamos para allá , y colgó.
—Mossos de Portbou. Un sargento llamado Pons. —Se pasó la mano por la cara—. Han encontrado el hostal. Gaspar entró el lunes a las cuatro de la tarde, con la bolsa de lona, y pagó tres noches en efectivo. La habitación tiene la cama sin deshacer. Ayer por la noche salió y no volvió.
—¿Y el hombre?
—Ni rastro. —Hizo una pausa—. Esta mañana, a las siete, un guarda del cementerio ha encontrado una gabardina beige, bien doblada, sobre los escalones del memorial de Benjamin. Encima, una cajetilla de Ducados y una piedra para que no se volase.
Nadie habló.
—Doblada —dijo Amparo, con la voz muy pequeña—. Gaspar nunca ha doblado nada en su vida.
* * *
Hicieron el viaje de vuelta en el AVE de las quince y cuarenta, seis horas largas con el tren, el coche y el segundo café.
Carmen condujo desde Sants hasta la frontera sin decir casi nada, con las manos a las diez y diez y la mandíbula apretada, por una autopista que se iba oscureciendo a medida que subía hacia el norte.
Ismael iba en el asiento del copiloto con las bolsas de pruebas sobre las rodillas.
En la última, dentro de un plástico, estaba la página sesenta y uno. A cada rato la miraba, sin querer.
Trueque. No.
Llegaron a Portbou a las nueve y veinte de la noche.
* * *
El pueblo es un abrigo colgado entre dos montañas.
Casas blancas apiñadas hasta el agua, una estación ferroviaria demasiado grande para lo que queda, una bahía estrecha, negra, con una sola luz parpadeando al final del espigón.
Hacía viento. No el viento que despeina, sino el que se mete por las costuras y se lleva el calor. Olía a salitre y a hierro viejo.
El sargento Pons los esperaba en el aparcamiento del cementerio, con una linterna y un anorak azul. Cuarenta y tantos, cara cuadrada, ojos pequeños. Hablaba un castellano cuidadoso.
—Está todo tal cual. No hemos tocado la gabardina. Hemos recorrido la costa con dos equipos y el helicóptero hasta las ocho. Nada. —Se encogió de hombros—. Lo que sí tenemos es el equipaje del hostal.
—¿Qué había?
—Una muda, un cepillo de dientes, una botella de vermut a medias, una Olivetti portátil sin cinta. Y un periódico.
—¿Cuál?
—El de ayer martes, de Girona. —Sacó una bolsa—. Mire.
Ismael cogió la bolsa y la inclinó a la luz de la linterna.
Era una página interior. Un recuadro de ocho líneas, reproducción casi literal del artículo de Ferrer.
La policía investiga a un colaborador de la editorial.
El rotulador del lector había subrayado dos veces una frase: muy apreciado por sus compañeros.
Y al margen, a lápiz, en una letra redonda y cansada que ya conocía, una sola palabra.
Trueque.
Carmen, a su lado, la vio también.
—Lo ha escrito él —dijo.
—Sí.
—Otra vez.
Pons los condujo por un camino de grava, entre cipreses doblados por el viento, hasta una escalera de piedra que bajaba hacia el mar.
* * *