El fallo Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—No me lo dijo. Me mandó un mensaje después, a las siete y media del día quince, el del fallo. —Sacó el móvil, lo abrió, buscó, y se lo tendió con la mano un poco temblorosa—. Ya lo había leído cien veces cuando me enteré de que…

Ismael leyó.

Daniela, mañana, antes del fallo, tengo que hablarte de algo que no es tuyo. Ven a las nueve a mi despacho. Y no se lo digas a nadie, por favor. Ni a Julián.

Ismael levantó la vista.

—¿«Ni a Julián»?

—Sí.

—¿Por qué?

—No lo sé. —Se mordió el labio—. Y me da vergüenza reconocerlo, pero he pensado muchas veces que era porque Julián está tan cerca de todo que no se le puede pedir que no se lo cuente a nadie. Es amable con todos. Y no sabe guardar nada.

—¿Julián no sabe guardar nada?

—Se lo cuenta todo a Gaspar. A Elena. A su gato. —Una sonrisa breve—. Es un hombre transparente. Eso se dice de los buenos y de los muy listos. No me pregunte en cuál de los dos grupos lo pongo.

Carmen se inclinó.

—¿Y usted? ¿Es de los buenos o de los muy listos?

Daniela se rió. Una risa corta, seca, de una dureza que no le correspondía.

—Soy de las que harían casi cualquier cosa por ganar ese premio.

—Lo dijo mirando directamente a Ismael, sin parpadear—.

Casi. Yo lo sé y usted lo sabe, y eso es lo único honesto que tengo para ofrecerle.

Hace dos años que escribo con la cabeza en una puerta.

Me han dicho tantas veces eres muy buena, pero no es tu año que ya no sé si hablan de literatura o de la lotería.

Y cuando se me murió Elena, la primera cosa que pensé, antes que ninguna otra, fue: y ahora, ¿quién me va a defender en el jurado?

Hizo una pausa.

—Es lo más feo que he pensado en mi vida. Se lo cuento para que sepan con quién hablan.

Ismael no dijo nada. Sentía una especie de respeto antiguo por las personas capaces de confesar lo peor de sí mismas en voz alta, con la taza de té quieta y el cuaderno cerrado, a plena luz de la tarde.

—Una última pregunta —dijo—. ¿Sabe quién es J. de la S.?

Daniela se quedó inmóvil.

—No. Es el único seudónimo de la lista que no logro ubicar.

Todos los demás los reconozco por el estilo.

Ese no. —Se pasó la mano por el pelo—. Pero hay una cosa.

Elena me lo dijo en una ocasión, hace meses.

Que cuando de verdad se escribe bien no hay estilo, hay una persona.

Y que a las personas se las reconoce por lo que tachan.

—¿Por lo que tachan?

—Por lo que quitan y por lo que dejan. —Alzó los hombros—. No lo entendí entonces. Ahora tampoco.

Se hizo un silencio. Fuera, un tranvía de juguete para turistas pasó con su música de feria. Daniela cogió el té, bebió un sorbo, hizo una mueca y lo apartó.

—Está frío —dijo—. Siempre se me enfría. Escribo, me olvido y se enfría.

Y entonces, en el mismo tono, sin transición, con una ternura pequeña que hacía daño:

—Se les nota, ¿sabe?

—¿Qué?

—A usted y a Julián. En la cena de aquel día.

Yo estaba al otro lado de la mesa y no hacía falta ser Elena para leerlo.

—Sonrió con toda la boca—. No se lo digo por molestar.

Se lo digo porque Julián lleva diez años sin que nadie lo mire así, y me alegré mucho.

Y porque si es lo que creo, no se confíe. Alguien más lo ha visto.

* * *

Eran las nueve y diez de la noche cuando Carmen lo esperó bajo la farola de la calle Verdi, de pie, con las manos en los bolsillos de un abrigo claro que no le había visto nunca. Había parado de llover. El asfalto brillaba como un espejo negro.

—Estás tardando —dijo.

—Me he perdido por Gràcia.

—Sí. Es lo que pasa cuando uno no quiere llegar a casa.

Metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja impresa, doblada en cuatro. La desplegó y se la tendió, sin decir nada.

Ismael la cogió. A la luz anaranjada de la farola vio una fotografía en blanco y negro, de poca calidad, tomada desde la acera de enfrente.

Una calle estrecha, de casas bajas, con las baldosas de un portal en primer plano y un rótulo medio legible.

Delante del portal, un hombre alto con las manos en los bolsillos y un libro bajo el brazo, con la cabeza ligeramente baja, que subía un peldaño.

Era él. Podía leerse la cubierta del libro. El quadern gris.

En una esquina, con una letra a mano y una fecha: domingo, 17:03.

—Rovira me la ha mandado hace una hora —dijo Carmen—. Por correo interno. Sin una palabra.

Ismael miró la fotografía durante mucho tiempo.

No era la foto lo que le pesaba. No era el portal, ni el libro, ni su propia cara.

Era la hora. Las cinco y tres minutos. A las cinco y tres había llegado él, un minuto antes de llamar, tres antes de que Julián le abriese.

Eso significaba que quien había hecho la foto había estado allí con tiempo, esperándolo, sabiendo que iba a llegar y a qué hora.

Y esa hora, de todas las personas del mundo, solo la conocían dos.

Con permiso , había dicho Julián, con una cuchara en la mano.

—Quien la hizo —dijo Carmen, con la voz muy baja, como quien dice algo que preferiría no decir— sabía a qué hora llegabas.

Ismael dobló la hoja por sus pliegues. Despacio, con las uñas, haciendo bien las esquinas, como si ese gesto pudiera deshacer algo.

—Lo sé —dijo.

Y por primera vez desde que la conocía, no supo si lo decía a Carmen o a sí mismo.