El fallo Capítulo 11
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Capítulo 11

Certificado

El AVE de las ocho y veinticuatro salió de Sants con cuarenta pasajeros adormilados y dos policías que se repartían un café en un solo vaso.

—Tú primero —dijo Carmen.

—No, tú.

—Que no me gusta el azúcar y se lo han echado.

Ismael bebió. Estaba tibio, dulce y malo.

Fuera, la ciudad se deshacía en suburbios de ladrillo, talleres, un cementerio de coches junto a la vía, y luego los campos de Girona con sus manchas de niebla baja, como leche derramada.

Había dormido dos horas. Había soñado con un pasillo muy largo y sin puertas, y con una voz que decía no sirves para esto , y al despertar había comprobado, con la mano derecha, que el dorso no tenía nada escrito.

—Estás mirando la mano —dijo Carmen, sin levantar la vista del móvil.

—No.

—Llevas veinte minutos mirándote la mano.

Él la cerró en un puño y la apoyó en la rodilla.

—¿Qué me dices de Figueres?

—Que Gaspar compró billete a Figueres, preguntó por Portbou y luego por el autobús. Un hombre que cambia de plan dos veces en una hora no está huyendo a un sitio. Está despistando a alguien. —Guardó el teléfono—. Y alguien que despista no compra un periódico por distracción.

* * *

En la estación de autobuses de Figueres había un quiosco con las revistas ordenadas por colores y un quiosquero de setenta años con una gorra del Barça y un bigote de morsa. Miró la foto durante mucho rato.

—Sí. Ayer. Vino a las nueve y media, me compró el periódico de aquí y una cajetilla de Ducados. —Se encogió de hombros—. Fumaba con una mano y con la otra se frotaba el cuello. No me dio la sensación de estar bien.

—¿Habló con usted?

—Me preguntó dónde estaba Correos. —Se rió, con una risa de fumador—. A las nueve y media. Le dije que abría a las ocho y media y que estaba a cinco minutos andando. Y se fue por ahí, con una bolsa de lona que le pesaba.

Carmen anotó. Ismael sintió, como cada vez que una pieza encajaba, un tirón leve, doloroso y casi físico, justo debajo del esternón.

La oficina de Correos era un edificio de piedra con un escudo desgastado y una cola de cuatro personas.

La funcionaria del mostrador tres, una mujer de cuarenta años con las uñas pintadas de granate y una paciencia que se había ido gastando por capas, miró la placa y la foto, y después la pantalla de su ordenador.

—Sí. Lo atendí yo. —Escribió algo—. Certificado urgente, un sobre grande acolchado de cuatrocientos gramos. Lo despaché a las diez menos veinte.

—¿Destinatario?

La mujer giró la pantalla.

Amparo Casas Ferrándiz. Calle de Colón, 14, 3.º B. 46004 Valencia.

Ismael leyó la línea dos veces.

Amparo, creo que por fin me van a leer.

—La hermana de Elena —dijo Carmen, muy bajo.

—¿Y el remitente?

—«G. V.» Nada más. No quiso poner nombre completo, y no se lo puedo exigir. —Hizo un gesto con la barbilla—. Pagó en efectivo. Seis euros con ochenta. Dijo que si podía llegar mañana, y le dije que sí, que el urgente es a las veinticuatro horas. Le di el resguardo.

—¿Cómo estaba?

La mujer lo pensó con una seriedad que no habría tenido en ninguna otra pregunta.

—Aliviado —dijo—. Como quien deja una cosa pesada en manos de otro y por fin puede sentarse. Me dio las gracias dos veces. La gente no suele dar las gracias en Correos.

* * *

Salieron a la plaza. Hacía frío y un sol blanco, sin fuerza, lamía los soportales. Carmen se sentó en un escalón, sacó el teléfono y empezó a marcar.

—Valencia —dijo—. Hay que avisar a la hermana de que no abra el sobre. Que lo guarde tal cual y que lo recoja un agente. —Hizo una pausa—. Y que Gaspar lo ha mandado él, y que está vivo, o lo estaba ayer a las diez menos veinte.

Ismael se apoyó en una columna. Cien folios que viajaban por la península en un sobre acolchado, a veinticuatro horas del que los esperaba.

Donde nadie busca. Gaspar había hecho lo que haría un viejo corrector: confiarle el texto a otra persona, y a una persona que no era del oficio.

A la hermana, que se llamaba Amparo y que ya había dicho, con humor seco, que no le diesen el pésame.

Estaba pensando en esto cuando vio la cara de Carmen.

Se había quedado con el móvil pegado a la oreja, el cuerpo muy recto y los ojos en un punto fijo, a la altura de un soportal.

Contestó con monosílabos. «Sí.» «No.» «Entiendo.

» Se levantó muy despacio, hizo un gesto con la mano a Ismael que quería decir espera , y se alejó por la plaza hasta una esquina, desde donde él solo podía verle la espalda.

Duró cuatro minutos.

Cuando volvió, tenía las mejillas encendidas, de un rojo que no era de frío.

—Era Rovira.

Ismael no dijo nada.

—Salvador Rovira. De Vía Augusta. —Se sentó otra vez en el escalón, a dos palmos de él, con las manos colgando entre las rodillas—.

Es la primera vez en mi vida que me llama un jefe de grupo para ofrecerme algo.

Me quiere en su equipo. Ascenso, plaza de oficial, traslado en quince días.

Sin esperar a que lo de Ortega se resuelva.

—¿A cambio de qué?

—Un informe.

—¿Sobre quién?

Carmen lo miró. Lo hizo con la franqueza de las personas que han decidido que a una verdad no se le puede dar la espalda.

—Sobre ti.

Ismael asintió, despacio. No sintió sorpresa. Sintió algo más viejo y más frío, un reconocimiento. Lo que se siente al ver confirmado un temor al que uno ya había puesto nombre.

—Dice que el jueves a las nueve se hace cargo del caso, que va a cogerlo, y que necesita saber qué tiene Ledesma para no pisarlo. —Tragó saliva—. Que lo hará limpio, sin que se entere nadie. Que yo soy la única en quien confía porque soy la única que no hablaría mal de ti.

—¿Qué le has dicho?

—Que lo pensaría.

—Piénsalo.

—Ya lo he pensado, Ismael. —Subió la voz, apenas—. Es no. Pero no he podido decirle que no antes de oír lo último. Porque Rovira ha tenido el detalle de acabar la conversación con una frase. Y quiero que la oigas de mi boca, antes de que te la diga otro.

—Dímela.

—«Y dile a tu compañero, de mi parte, que tenga cuidado con los portales de Poble Sec. Que hay gente que mira.»

Ismael sintió que la plaza se ladeaba.

No se movió. No dejó que le cambiara el gesto. Eso lo sabía hacer, lo había hecho cuarenta años y lo hizo ahora con una perfección que le dio asco.

—Tiene una foto —dijo Carmen—. O dice que la tiene. No me ha dicho de qué.

—Del domingo.

—O de anoche.

Ismael se miró las manos. Seguían ahí, las dos, con los nudillos blancos.

—No lo sabe nadie —dijo, y notó que su propia voz sonaba infantil—. No lo sabe nadie.

—Lo sabemos tú y yo. Y él. —Carmen puso la mano encima de la suya, un segundo, sin mirarlo—. Escúchame bien. Si Rovira o quien sea piensa que esto es una palanca, está muy equivocado con la persona. No voy a dejar que te usen. Ni a ti ni a nadie. ¿Me oyes?

—Te oigo.

—Pero quiero que me prometas una cosa.

—Lo que quieras.

—Que si hay algo más que no me hayas contado, me lo cuentas hoy. No mañana. No cuando te convenga. Hoy.

Él bajó los ojos. En el fondo de la plaza, un hombre barría la acera con una escoba de plástico azul, con un movimiento regular, aburrido, de cada día.

Ni al amable.

Abrió la boca. Cuando la cerró, la frase seguía en su sitio.

—Hoy, no —dijo—. Perdona. Todavía no.

Carmen retiró la mano. No fue un gesto de enfado. Fue el gesto cuidadoso de quien aparta un objeto que puede romperse.

—Vale —dijo—. Pero cuéntamelo antes de que me lo cuente el caso.

* * *

Daniela Roca había propuesto verse en un café de Gràcia que se llamaba, con una ironía que no pasó inadvertida, La Errata .

Tenía veintisiete años, una melena corta teñida de un cobre apagado, un jersey de lana que le sobraba por los hombros y la mirada más rápida que Ismael había visto en una persona joven.

Estaba sentada al fondo, con un portátil cerrado, un cuaderno de tapas negras y un té al que no había tocado.

—Usted es el que cenó con Julián —dijo, antes de que él se sentara.

—Soy el inspector Ledesma.

—Ya. —Esbozó una sonrisa de medio lado—. El que cenó con Julián.

—Y ella es la inspectora Vidal.

—Encantada. —Ni la miró—. Pregunten lo que quieran. No tengo nada que esconder, y si lo tuviera se me notaría. Soy la peor mentirosa del gremio. Es el motivo por el que escribo ficción.

—¿Dónde estaba la noche del fallo?

—En una presentación en la librería Calders, de seis y media a nueve y media, con quince testigos y una cerveza tibia.

Y después en casa, sola, viendo una serie.

—Alzó la mano—. Eso no tiene testigos. Pero tengo el historial de la plataforma y es un bochorno.

Ocho capítulos seguidos de una comedia sobre bodas.

Carmen rió sin querer. Daniela la miró por primera vez, con una especie de gratitud.

—Hábleme de Elena.

La sonrisa de Daniela se fue apagando, no de golpe, sino como una luz con regulador.

—Era la única persona del mundo que me leía —dijo—. A mí me leen mi madre, mi editor, tres críticas y una lectora de Murcia que me manda correos. Pero Elena me leía. Con un lápiz. A la antigua. Me devolvía las páginas llenas de marcas, y yo las desdoblaba por la noche como cartas.

Se tocó la muñeca izquierda, donde llevaba una pulsera de hilo rojo muy deshilachada.

—Hay una que casi no se usa. Un interrogante en el margen. Consulta al autor. Quiere decir: ¿estás segura de esto? Me lo puso en la página doscientos trece de mi novela, la que tengo en el Meridiano. Yo no lo entendí. Y hoy, cuando lo recuerdo, me parece que no hablaba de mi novela.

—¿De qué hablaba?

—De la otra.

—¿Qué otra?

Daniela giró el cuaderno. Escribió algo con una letra pequeña y rápida y se lo dio.

Hay un manuscrito en la lista que no es de quien dice.

—Eso me dijo —murmuró—. El jueves, por teléfono.

Estaba rara, como cuando una persona quiere hablar de algo y no se atreve.

Le pregunté qué manuscrito, y me dijo: «No te preocupes, no es el tuyo.

Pero me han hecho una pregunta que no sé contestar, y mañana a las nueve tengo que preguntársela a alguien. »

—¿A quién?