El fallo Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Estaba en una carpeta azul.

—Hay veinte carpetas azules en esta casa. —Señaló la pila con un gesto cansado—. Mírelas si quiere. No tengo nada que esconder.

Ismael se agachó. Por primera vez desde el domingo cogió las carpetas, una por una, con las dos manos, y leyó las etiquetas con la letra inclinada y fina de Elena, que él ya reconocería con los ojos cerrados.

Correcciones 2019. Contratos. Fe de erratas.

Archivo Pla. Notas. Una pila de papeles de oficina sin ninguna importancia.

Veinte lomos de cartón, todos con su etiqueta, y solo uno, el penúltimo, con un rectángulo más claro donde alguien había arrancado el papel hacía muy poco, dejando un borde blanco y limpio de cola.

Lo sacó. Estaba vacía.

—Se despegó —dijo Julián, a su espalda.

—¿Cuándo?

—No sé. Hace meses. Es un archivador viejo.

No se había tocado las gafas. Ismael lo vio, sin querer, en el cristal oscuro de la ventana: Julián de pie, con las dos manos a los lados, la cara tranquila.

Era un gesto que había aprendido a leer en tres días, el mismo que la ficha psicológica de su mente le había dicho que significaba verdad.

Pero también el que había visto en el cementerio, en el despacho, con la carpeta vacía.

No me toca las gafas cuando miente.

No me toca las gafas cuando me toca a mí.

Ismael cerró los ojos un segundo.

—¿Dónde estuvo anoche entre las once y veinte y la una?

—Aquí.

—¿Solo?

—Con Errata. —Una risa mínima, sin ganas—. Que no declara.

—¿Alguien lo vio llegar?

—Nadie. Ni salir, porque no salí. —Dio un paso adelante, una sola vez—. Me estás preguntando si subí a casa de Gaspar.

—Le estoy preguntando dónde estaba.

—No. Me estás preguntando si subí a casa de Gaspar, y yo no sabía ni que Gaspar…

Se detuvo.

Ismael levantó la cabeza.

—Yo no dije que fuera a su casa.

El silencio se espesó. En el brazo del sofá, la gata alzó una oreja.

—No lo dijiste —repitió Julián, muy bajo—.

Pero lo pensé porque tú has estado preguntando por Gaspar desde que llegaste.

Lo has nombrado cinco veces. Mira, Ismael.

—Dejó de tutear y volvió a hacerlo sin darse cuenta—.

No sé qué ha pasado y no sé qué te han contado, pero si me preguntas si estuve en casa de Gaspar, la respuesta es que no.

Si me preguntas si lo vi ayer, la respuesta es que lo vi en el entierro y no hablamos. Y si me preguntas…

Tragó saliva.

—…si te he mentido alguna vez, la respuesta es que no. En nada. Ni en lo de ayer. Ni en nada de lo que te dije en este sofá.

Ismael sostuvo su mirada. Y lo peor, lo que le heló la nuca y que no habría confesado ni bajo juramento, fue que le creyó, completamente, con todo el cuerpo, al mismo tiempo que su cabeza entera le decía que eso era justamente lo que sentiría un hombre al que han engañado muy bien.

—Gaspar ha desaparecido —dijo.

Julián se quedó blanco.

—¿Cómo?

—Esta mañana. Con una bolsa de lona y cien folios que le mandó Elena. Se ha ido a Figueres y no sabemos más.

Julián se sentó. Se dejó caer, más bien, sobre el brazo del sofá, junto a la gata, que no se movió. Se quitó las gafas despacio, con las dos manos, y se las quedó mirando como si no las reconociera. Cuando habló lo hizo sin alzar los ojos.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora?

—Porque es mi trabajo.

—No. —Muy suave—. Por qué me lo cuentas a mí. Me lo contarías igual si no… Si yo fuera cualquiera.

Ismael no contestó.

—Contéstame, Ismael. ¿Me lo preguntas el inspector o el hombre del sofá?

—Los dos. No sé separarlos.

Julián levantó entonces la cabeza. Tenía los ojos muy brillantes, y una dignidad terrible, de esas que se sostienen solas, como un puente.

—Entonces no sirves para esto —dijo, con una voz tan dulce que dolía—. Y tampoco para lo otro.

Ismael sintió que algo se partía muy dentro, sin ruido, como una rama en un bosque donde nadie escucha.

—Si va a detenerme, avíseme —continuó Julián, y se puso las gafas—. Me da tiempo a darle de comer a Errata.

—Nadie va a detenerle.

—Todavía.

No hubo más. Ismael guardó la libreta, cogió el abrigo y salió, y en el rellano, con la puerta cerrándose a su espalda, se dio cuenta de que tenía la mano derecha cerrada en un puño tan fuerte que las uñas le habían marcado la palma.

Los puntos de lápiz ya no se veían: ni sombra, ni palabra, ni nada.

Se miró el dorso de la mano durante un largo rato, en la penumbra del rellano.

Estése.

No quedaba ni una letra.

* * *

Eran las once y cuarto cuando el móvil vibró en la acera.

Vidal. Una línea.

Sarfa: el conductor recuerda que el viejo se bajó en Figueres y preguntó por la estación de autobuses. No por el tren. Y compró un periódico. Ven mañana temprano, que hay otra cosa.

Ismael levantó la vista hacia la ventana del segundo piso, donde seguía la luz de la lámpara torcida. Alguien se movía dentro. Una silueta, y a sus pies, una sombra más pequeña, que saltó de un brazo del sofá al suelo.

No esperó a ver más. Echó a andar, calle Blai abajo, hacia el Paral·lel, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, y por primera vez desde que había salido del armario, en un coche con olor a limón, a las tres y diez de aquella tarde, sintió que ser quien era pesaba.

No por lo que era. Por lo que todavía podía perder siendo.