El fallo Capítulo 10
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Capítulo 10

Lo que se dice con la boca

La Policía Nacional no tiene un departamento para viejos que se fugan con una bolsa de lona, y Carmen lo resolvió a su manera: con un teléfono, un cuaderno y el café más amargo de la planta.

Entre las doce y las tres de la tarde llamó a diecisiete hospitales, a las urgencias de dos clínicas privadas, al Instituto de Medicina Legal, a las estaciones de Sants y de França, a la Guardia Urbana, a una comunidad de vecinos de Cadaqués y a un tal Salvador, que tenía un bar en el puerto y a quien Gaspar le debía cuatro cenas.

Ismael, desde la mesa de enfrente, escuchó su voz mil veces repetir la misma frase con el mismo tono: Gaspar Villalba, sesenta y ocho años, un metro setenta y cinco, gabardina beige, sin sombrero.

Al final de cada llamada, Carmen anotaba una cruz.

—Nada —dijo a las tres y diez, y se frotó la nuca—. Tampoco en Cadaqués. La casa está cerrada y el buzón lleno. Lleva semanas sin pisarla.

—Entonces no fue allí.

—Entonces algo más. Coge el abrigo.

Ismael no preguntó. Bajaron al aparcamiento y se metieron en el coche de ella, un Seat viejo que olía a tabaco apagado y a una colonia de limón que Carmen defendía con el argumento de que «a los muertos no les molesta».

Llovía fino, el limpiaparabrisas hacía el único ruido, y ella condujo hasta el Eixample sin decir nada, con la cara de quien da tres vueltas a una frase para ponerla en su sitio.

—¿Adónde vamos?

—A la estación del Nord. Sarfa. Los autobuses de la Costa Brava salen de ahí. A un viejo que va a Cadaqués no le queda otra. —Se detuvo en un semáforo en rojo—. Pero primero quiero decirte una cosa.

Él esperó.

—Lo del lápiz. —Mirando al frente—. Es un hombre.

Ismael tardó un segundo.

—¿Cómo lo sabes?

—Por cómo lo escondes. Cuando una persona esconde algo bonito lo esconde de una manera. Cuando esconde algo malo, de otra. —El semáforo se puso en verde. Ella no arrancó—. Y llevas desde el domingo con la cara de quien lleva algo bonito.

Un coche pitó detrás. Carmen arrancó y se metió por la calle Aragó con una calma estudiada.

—Ya sé lo que vas a decir. Que no sé de qué hablo.

—No iba a decir eso.

—Pues di lo que ibas a decir.

Él miró por la ventanilla. Un autobús pasó con una publicidad de colonia gigantesca: una mujer, un hombre y una gota.

Pensó en un sofá, en una gata negra con una mancha en el pecho, en la voz de Julián diciendo no hace falta que lo escribas .

Pensó en cuarenta y tres años de rodear una palabra de tres letras con la prudencia con que se rodea un pozo.

—Soy gay —dijo.

Lo dijo al cristal. Con una voz que no reconoció: más baja de lo que esperaba y más firme.

Era la primera vez que la pronunciaba a otra persona, entera, sin envolverla en ningún eufemismo, y le sorprendió que la ciudad no se parase.

Que el limpiaparabrisas siguiera con su compás.

Que a la derecha, en la acera, un chico en bicicleta siguiera pedaleando bajo la lluvia.

Carmen no frenó. No cambió el gesto. Apretó, eso sí, el volante con las dos manos, un instante, como quien se agarra a una barandilla en un barco.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por decírmelo a mí primero. —Una pausa—. Aunque sea la segunda que te lo oigo, porque anoche te lo oí en la cara.

Ismael se rió, o hizo algo parecido. Algo le temblaba en el pecho, y era alivio, y también una cosa más vieja: la rabia de todos los años perdidos en una sola palabra.

—Llevo cinco años esperando que me lo dijeras —siguió ella—. No te lo pregunté nunca porque la pregunta tiene que ser tuya, no mía. Y porque en esa comisaría hay que ser una pieza entera. Yo lo sé. Lo hice yo también.

—¿Qué hiciste?

Carmen soltó una risa corta y miró por el retrovisor.

—Me callé. Cinco años. Tú en tu margen y yo en el mío, los dos con la misma cosa, y los dos callados, sentados a medio metro de distancia. —Giró hacia la calle Sicília—. Soy pansexual, Ismael.

Él la miró.

—Me enamoro de las personas. Del que sea, de la que sea. El envoltorio me importa lo mismo que el color del bolígrafo con que se escribe una carta. —Se encogió de hombros con una ligereza que no le llegaba a los ojos—. Lo único que no soporto es que me mientan. Ni a mí ni a ellos. Ni a sí mismos.

—Nunca me lo habías dicho.

—Tú tampoco. —Una sonrisa breve—. Y mira qué par. Dos policías que investigan a gente que oculta cosas, y nosotros llevando una doble vida de a metro y medio. Habría que meternos presos.

Se rió él, esta vez de verdad, con una risa que le dobló los hombros. Ella dio un golpe suave al volante, y por un instante, en el coche con olor a limón, a diez minutos del Nord, fueron simplemente dos personas que acababan de ponerse a salvo de algo.

—Y ahora lo importante —dijo Carmen, aparcando junto a la estación y apagando el motor—. ¿Es sospechoso?

La pregunta cayó en seco.

—Es testigo.

—Eso son todos al principio.

—No lo sé.

—Eso ya me gusta más. —Abrió la puerta—. Te lo voy a decir una vez y no la repito. Si es él, te ayudo a cogerlo. Si no es él, te ayudo a demostrarlo. Lo que no hago es ayudarte a taparlo. ¿Trato?

—Trato.

—Bien. Y ahora, a buscar a un viejo.

* * *

El hombre de la ventanilla de Sarfa, un cuarentón con una pegatina de un equipo de balonmano en la solapa, miró la foto durante tres segundos.

—Este. Sí. Ayer por la tarde…

—Hoy. A las siete de la mañana.

—Hoy. Es verdad. —Se rascó la cabeza—. El autobús de las siete menos diez, a Roses y a Cadaqués. Un señor mayor con una bolsa de lona. Compró billete para Figueres.

—¿Figueres?

—Hay una parada en Figueres antes de seguir. Mucha gente se baja ahí para coger el tren. —Chasqueó la lengua—. Preguntó si había un tren a Portbou y le dije que sí.

Carmen y Ismael se miraron.

—¿Llevaba algo en las manos?

—Eso no lo vi. Pero lo vi nervioso. Se tocaba mucho el cuello de la gabardina. Parecía… —Buscó la palabra con ese esfuerzo de las personas que no suelen hablar de las emociones de los desconocidos—. Parecía un hombre que ha dejado una cosa encendida.

* * *

El artículo salió a las ocho en punto de la tarde.

Lo leyó Ismael en el sofá de su casa de la calle Verdi, sin quitarse el abrigo, con el móvil a quince centímetros de la cara.

Lo firmaba Ferrer, para un periódico digital que no había existido hacía cinco años y que ahora tenía más visitas que la mitad de los diarios de papel.

LA POLICÍA INVESTIGA A UN COLABORADOR DE LA EDITORIAL POR LA MUERTE DE ELENA CASAS.

Subtítulo: El hombre, de unos cuarenta años, trabaja con textos y estaba próximo a la víctima.

Cuatro párrafos. Ni un nombre, ni una inicial.

«Una persona de interés», «alguien del entorno más íntimo de la editorial», «un profesional discreto, muy apreciado por sus compañeros».

Y el detalle: según fuentes de la investigación, la policía habría encontrado una «marca» manuscrita junto al cuerpo que apunta a un conocimiento técnico del oficio de la corrección.

Ismael dejó el teléfono sobre el brazo del sofá.

La «marca» solo la sabían seis personas. Él, Carmen, Ortega, la forense, el agente que acordonó el despacho, y quien la dibujó.

El móvil vibró enseguida. Ortega. Dejó que sonara hasta el final. Después vino un mensaje de una línea, sin saludo: ¿Quién ha hablado?

Ismael escribió: Esta noche lo averiguo. Lo dejó sin enviar. Escribió: No he sido yo. Lo envió.

Y se quedó mirando el móvil, hasta que la pantalla se apagó sola y el reflejo de su cara apareció en el cristal. Un hombre de cuarenta y tres años con la mano derecha sobre la rodilla, los dedos abiertos, esperando algo.

Cuarenta años. Trabaja con textos. Discreto, muy apreciado.

Se levantó, se puso el abrigo mojado, cogió las llaves y no avisó a Carmen. Esa fue la segunda decisión que tomó esa noche sin preguntarse por qué.

* * *

Julián abrió antes de que llamara.

Estaba descalzo, con un jersey azul oscuro de cuello alto y las gafas a medio bajar.

Tenía el móvil en la mano, con la pantalla encendida: el artículo, abierto en la misma página.

Detrás, el salón: la lámpara de pie con la pantalla torcida, la mesa de los libros, la gata negra sentada en el brazo del sofá, que lo miró con un desdén de gato cortés.

—Pasa —dijo. Y luego, tras un segundo, con voz distinta—: Perdón. Pase, inspector.

Ismael entró.

No se sentó. Se quedó de pie junto a la mesa baja con las carpetas azules, y en cuanto vio que Julián se había dado cuenta de que no pensaba sentarse, comprendió que lo había decidido antes de llegar: iba a hacerlo de pie, como se hacen estas cosas.

—He venido a decirle que han filtrado un artículo.

—Lo he leído. —Julián dejó el móvil sobre la mesa—. «Cuarenta años, trabaja con textos, discreto.» Soy yo, ¿no?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No lo sé —repitió Ismael, y se oyó a sí mismo con una dureza que no era suya—. Por eso he venido.

Julián se quedó muy quieto.

—Ah. Es eso.

—Necesito hacerle unas preguntas.

—Qué curioso. —Una sonrisa breve, sin humor—. Anoche me dijiste vuelve cuando quieras y hoy el inspector me da el usted.

—Julián.

—¿Qué pregunta, inspector?

Ismael sacó la libreta. Odió el gesto mientras lo hacía.

—El viernes pasado le preguntó a Mireia Sanz si la impresora guardaba un historial.

Julián no se movió. Pasaron dos segundos. Tres.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque el jueves por la tarde, Elena me dijo que iba a imprimir una copia de un manuscrito para tener «constancia de la fecha», y me pidió que si le pasaba algo —lo dijo despacio, con una voz neutra, de recitado— que no dejase que nadie tocara esa copia.

Eso me dijo. Y no se lo conté a nadie porque cuando la mataron, y perdone la palabra, yo pensé: no es posible.

Y el viernes quise comprobar que de verdad la había impreso. Que no me lo había inventado.

Se llevó, al fin, la mano derecha a las gafas. Las subió con un dedo, como si le hubieran pesado de pronto.

—¿Eso lo sabe alguien más?

—Mireia, supongo. Ella le dio la copia.

—Elena le pidió que no dejara que nadie la tocara. ¿Y usted qué hizo?

—Nada. —Una pausa—. No sabía dónde estaba.