El fallo Capítulo 9
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Capítulo 9

Tirada

A las siete y cuarenta y ocho de la mañana, la Rambla del Poblenou parecía un decorado desmontado: los plátanos goteando, las persianas de los bares a medio subir y un barrendero que empujaba el agua hacia la alcantarilla con una escoba de ramas, sin prisa, como quien peina a un animal.

Ismael llevaba cuarenta minutos sin dormir y ochenta páginas leídas. Los hijos del temporal iba en el bolsillo del abrigo con el lápiz dentro, y en el margen de la página sesenta y tres había, a mano suya y por primera vez, un estése . No habría sabido explicar por qué.

Se había duchado a las seis. Había lavado la mano izquierda con jabón, a conciencia, y la derecha con la rabia de quien se obliga a olvidar una cosa. Los puntos del dorso se habían corrido hasta ser una niebla gris, pero seguían ahí.

El portal de Villalba era un zaguán con buzones de latón y una escalera de madera que crujía de forma distinta en cada peldaño. Subió hasta el tercero. Llamó con los nudillos, luego con el timbre, luego otra vez con los nudillos y la voz:

—Gaspar. Soy Ledesma.

Nada. Ni un paso, ni el chasquido de una Olivetti. Pegó la oreja a la madera y no oyó siquiera el reloj que seguramente había dentro.

—No está.

Se volvió. En el rellano de abajo, con una bolsa de basura en la mano y una bata de cuadros bajo el abrigo, había un hombre de unos setenta años, calvo, con las cejas muy pobladas y cara de haber tenido ya esa conversación consigo mismo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque cierra con dos vueltas cuando sale y con una cuando está. —Subió dos peldaños—. Y esa tiene dos. Llevo veintidós años oyendo esa cerradura. Climent, del segundo. ¿Usted es el policía?

—¿Quién se lo ha dicho?

—Nadie. Tiene cara. —Dejó la bolsa en el suelo—. Anoche bajé la basura a las doce y cuarto, como siempre, y se me cayó la tapa del contenedor. Un estruendo. Pensé: ahora el viejo de arriba se asoma y me insulta. No se asomó. A las doce y media sentí que alguien subía.

—¿Quién?

—Zapatos buenos, sin prisa. No arrastraba los pies, así que no era él. —Se rascó una ceja—. Estuvo veinte minutos arriba, o menos. Luego bajó. Y después la máquina de escribir, hasta las cinco y pico. A las cinco y cuarenta, la puerta. Dos vueltas. Y los pasos de él, ahora sí, arrastrando.

—¿Llevaba equipaje?

—Eso no lo vi. Pero oí algo duro rozando la pared. Una bolsa de lona, como las de deporte, que tiene. —Frunció el ceño—. ¿Le ha pasado algo?

—Espero que no.

Climent le miró un segundo largo, con la franqueza de los hombres solitarios que no tienen nada que perder.

—Tengo llave. Le riego los geranios cuando se va a Cadaqués. —Bajó la voz, aunque no había nadie—. Pase si quiere. Yo no he dicho nada.

Ismael abrió con la llave de Climent y con la conciencia en tres partes, y se puso los guantes antes de cruzar el umbral.

* * *

El piso olía a tabaco rubio, a papel y a vermut. Un pasillo largo, un despacho al fondo con la ventana abierta una mano, y en la mesa, bajo la lámpara aún encendida, la Olivetti Lettera con el carro a medio avanzar y una hoja puesta.

Ismael la leyó sin tocarla.

Querida Elena:

Se sostiene.

G.

Debajo, a lápiz, una línea tachada con tantos trazos que ya no se leía nada.

Al lado, un vaso con un dedo de vermut, un cenicero lleno y un sobre abierto con matasellos de hacía un mes y dos días y un remite que Ismael conocía: la letra inclinada y fina de Elena Casas, su g con la cola larga, esa d que ya no podía mirar sin que le cambiara el aire de los pulmones.

La nota estaba dentro. Cuatro líneas a lápiz.

Dime si esto se sostiene. Sin nombre, por favor. G., tú eres el único que me dirá la verdad.

Encima, en la esquina izquierda, tan pequeño que costaba verlo, un puntito. Uno solo. Una vez le habría parecido una mota.

Fue hacia la estantería. Cuatro ejemplares de Los hijos del temporal en la balda del medio, lomo contra lomo.

Sacó el último con dos dedos enguantados.

La cubierta posterior colgaba por dentro, despegada, como una boca abierta.

Hueco. Metió el dedo: el pegamento estaba pegajoso todavía, de pocas horas, y entre el cartón y la tapa había el espacio exacto de cien folios.

Ni uno.

Donde nadie busca. En un libro.

Estuvo un rato de pie, mirando el hueco.

Pensó en un hombre de grava y de vermut que a las doce y siete de la noche le había dicho se lo diré todo, con nombres , y que a las cinco y cuarenta de la madrugada había cerrado dos vueltas y se había ido con una bolsa de lona y sus cien folios.

O se los habían llevado antes. O los dos.

Zapatos buenos, sin prisa.

Ismael se sacó el móvil. Marcó a Carmen.

Colgó. Marcó a comisaría y pidió una patrulla para el portal y un aviso de búsqueda: Gaspar Villalba, sesenta y ocho años, hombre mayor, desaparecido voluntariamente o no, en las últimas tres horas.

Y mientras hablaba, sin querer, repasó los pasos de la noche anterior: las doce y media, zapatos buenos, veinte minutos.

A las doce y media Julián ya llevaba una hora sin él. Ismael se había ido a las once y veinte.

Cerró los ojos un segundo. No.

Era un pensamiento limpio, de oficio, el que habría tenido con cualquier otro sospechoso: ¿dónde estaba entre las once y veinte y la una? Y era justamente eso lo que le daba náuseas.

* * *

El comisario Ortega no gritaba. Esa era la parte peor.

Tenía el despacho en la quinta planta, con la persiana a medias y un termo de café sobre una pila de carpetas que nadie se había atrevido a abrir en tres días. Cuando Ismael entró, a las nueve y cuarenta y dos, Ortega no levantó la vista.

—Las nueve, dije.

—Lo sé. Hay un motivo.

—Siempre lo hay. —Cerró un expediente—. Siéntate.

Carmen estaba ya en la silla de la derecha, con las manos entrelazadas sobre la rodilla y una expresión que Ismael conocía desde hacía cinco años: no mirar a nadie, para no tener que defender a nadie. No lo miró.

Ismael habló. Contó lo del cementerio, el hallazgo del estése en un margen de Pla («un signo que corrige a otro signo», explicó, y vio que a Ortega el comentario le pasaba como el viento por un abrigo), el deleátur como firma, la carpeta vacía de Elena.

Dio la hora de la llamada de Gaspar: las doce y siete.

Dio el contenido: cien folios por correo, un libro con la cubierta despegada.

Dio el resultado: un piso vacío, una hoja en una máquina, una desaparición. Contó todo.

Todo menos una frase.

Ni al amable.

La retuvo en la lengua como se retiene un caramelo envenenado. No supo en qué momento exacto había decidido omitirla. Carmen dejó de respirar un instante, apenas, y volvió a hacerlo.

—Vamos a ver si lo entiendo —dijo Ortega, muy despacio—. Un testigo clave te llama a medianoche, te promete un nombre, y tú no me avisas a mí, ni a Vidal, ni a la guardia. Esperas a las ocho de la mañana. Y a las ocho de la mañana, el testigo ha desaparecido.

—Dijo que no le avisara a nadie.

—Dijo. —Se frotó los ojos—. Y tú obedeces a los borrachos, Ledesma. Es una novedad.

Nadie dijo nada. En el pasillo, una fotocopiadora tosió.

—Ferrer me llamó a las ocho y cuarto —dijo Ortega por fin—. El artículo sale esta noche. Con «una persona de interés en el entorno de la editorial». Con detalles que no sé cómo tiene. Y mañana lo recoge toda la prensa, y pasado mañana la Delegación me llama a mí, no a ti.

—Necesito hasta el jueves.

—Hasta el jueves a las nueve. —Ortega se levantó—. Ni una hora más. Si el jueves no hay un nombre, Ledesma, se lo quito. Se lo doy a Rovira, de Vía Augusta, que no lee a Pla pero detiene gente. Y Vidal se va con él.

Carmen levantó la cabeza, por fin.

—Comisario…

—Y búsquenme a ese viejo. Hoy. Y vivo.

* * *

Carmen no habló hasta que el ascensor se cerró.

Eran seis pisos hacia abajo, con un espejo ahumado donde los dos se veían a medias. Ella esperó al cuarto.

—¿A qué hora dices que te llamó?

—A las doce y siete.

—Y no me llamaste.

—No quise despertarte.

—Nunca me despiertas por nada. —Lo dijo sin alzar la voz, a la pared del ascensor, con los brazos cruzados—. Esa es la regla desde hace cinco años. Tú me llamas si te cae un meteorito en el balcón. Y a ti te llama un hombre que puede ser el testigo del caso, y te sientas en tu cama a pensar.

—Era un borracho a medianoche.

—Era Gaspar Villalba.

Ismael no contestó. El ascensor bajó dos pisos más. Carmen miró el reflejo, y su mirada, sin avisar, bajó a la mano derecha de Ismael, que él mantenía a un costado, con los dedos medio cerrados.

—¿Qué es eso?

—Bolígrafo.

—Es lápiz. —Se acercó—. Y no te lo has hecho tú. Con la izquierda no te sale una línea así de recta. Con la derecha tampoco, porque está escrito del lado de la mano que escribe.

Él no supo qué decir. Ella miró unos segundos más aquella niebla de puntos y la palabra casi borrada debajo, que ya no se leía. Y entonces hizo algo que él no esperaba: cerró la boca.

—No me lo cuentes si no quieres —dijo, cuando las puertas se abrieron—. Pero no me lo escondas con la mano, Ismael. Que lo escondas ya es una forma de contarlo.

Salió primero. Él se quedó un segundo dentro, solo, con el espejo ahumado delante.

* * *

Ediciones Meridiano tenía a las doce y diez de la mañana de aquel lunes el aire de un hospital después de un accidente: todo el mundo hablando bajo, todo el mundo evitando el vestíbulo de mármol. Alguien había puesto un jarrón con lirios al pie de la escalera. Nadie los había tocado.

Mireia Sanz lo recibió en su despacho de la segunda planta.

Cincuenta y ocho años, el pelo cano recogido sin una sola horquilla fuera de sitio, gafas colgadas de una cadenita, un cárdigan gris perla abrochado hasta arriba.

Tenía una mesa limpia hasta lo imposible: tres bolígrafos paralelos, un calendario con los días tachados en rojo, una foto de un gato muy viejo.

—Inspector. Dígame lo que necesita y se lo doy. Lo que no pueda darle se lo digo.

—Quiero saber quién imprimió las copias de los finalistas.

—Yo. —Ni un parpadeo—. Hay una sala en la tercera, la llamamos el Scriptorium, con una impresora de red y una fotocopiadora industrial.

Los manuscritos finalistas llegan por correo con seudónimo y se imprimen aquí, siete ejemplares de cada uno: cinco para el jurado, uno para el director, uno para el archivo.

Los imprimo yo, con mi código, durante el fin de semana de la preselección, para que nadie ponga el ojo en un nombre.

—¿Hay registro?

—Todo se registra. —Casi con orgullo—. El sistema anota el código, la hora y el número de páginas, y el nombre del documento. Lo he guardado desde que Elena me lo pidió, hace dos años. Un día me dijo: «Mireia, la memoria de las máquinas es la única que no tiene intereses.»

Abrió el cajón. Sacó una carpeta y de la carpeta una hoja doblada en tres, con una columna de líneas impresas, que desplegó sobre la mesa limpia con la delicadeza con que se despliega un mapa.

Ismael leyó.

Cinco finalistas, siete copias cada uno, impresas entre el viernes y el sábado, con el código de Mireia. Dos líneas con otro formato.

J. DE LA S. — 8 copias — 19:52 — código 0417.

J. DE LA S. — 100 pp. — 22:52 — código 0417.

—¿Ocho? —dijo.

—Sí. La octava la mandó imprimir Elena.

—¿La octava?

—El jueves por la tarde. —Mireia hablaba muy bajo, con una exactitud de contable—. Subió al Scriptorium y me dijo que quería una copia aparte de ese manuscrito. No me explicó por qué, y yo no pregunté. Tenía la carpeta azul en la mano. Se la llevó ella.

—La del piso.

—Supongo. —Hizo una pausa—. La otra línea no la entiendo.

Ismael bajó el dedo por la hoja.

—Cien páginas. Veintidós cincuenta y dos. Del día quince.

—Del día del fallo.

—Con el código de Elena.

—Sí.

—A esa hora, Mireia.

—A esa hora Elena ya no podía imprimir nada, inspector. —Se le quebró la voz, apenas, y recompuso el gesto como quien recompone un cuello de camisa—. Ya lo vi el martes, cuando revisé la lista por si faltaba algún ejemplar. Estuve a punto de decírselo al señor Serra. No lo hice.

—¿Por qué?

—Porque entre las diez y las doce de aquella noche no funcionaba ninguna cámara del edificio. —La cadenita de las gafas le temblaba—. Y a mí me dio miedo que pareciera que yo...

—¿Quién conocía el código de Elena?

—Ella. Yo. Y quien mirase debajo del teclado de su ordenador, donde lo tenía apuntado en una pegatina amarilla porque nunca se acordaba. —Cerró los ojos un instante—. Lo sabía todo el edificio.

Ismael se guardó la hoja. Miró alrededor: los tres bolígrafos paralelos, el gato viejo, el calendario con los días tachados en rojo. Un despacho donde nada estaba fuera de lugar. Salvo, quizá, la mujer.

—¿Alguien más le preguntó por el registro?

Mireia tardó un segundo en contestar, y ese segundo fue más largo que cualquier otra cosa que había dicho.

—El viernes. El señor Arce.

—¿Julián?

—Me preguntó si la impresora guardaba un historial. Le dije que sí. —Alzó la vista, con una especie de disculpa preventiva—. Pensé que era por Elena. Que quería saber qué había trabajado en sus últimos días. Es muy atento. Todo el mundo lo dice.

—Todo el mundo —repitió Ismael.

Se levantó. Le dio las gracias y salió. En el pasillo, junto a la escalera, se detuvo bajo los lirios. Sacó la libreta del bolsillo, la abrió y escribió Arce, viernes, registro de impresión. Con bolígrafo, con letra pequeña y recta, como había escrito siempre. Lo miró.

El móvil vibró dentro del abrigo.

Errata te echa de menos. Yo también, pero ella lo dice más claro. ¿Qué tal el lunes? J.

Ismael leyó el mensaje de pie, bajo el jarrón, con el mármol frío a tres pasos y una gran mancha de luz en la escalera. Escribió Yo también. Lo borró. Escribió Mal. Lo borró. Escribió Luego te llamo. Lo dejó un rato sobre el pulgar, y no lo envió.

Se guardó el teléfono. Con la mano derecha, sin darse cuenta, buscó el dorso de la izquierda, donde ya no quedaba nada, y lo apretó.