El fallo Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Había dicho demasiado. Lo supo en el momento mismo de cerrar la boca, con la sensación vertiginosa de quien da un paso en el aire. Esperó la mirada, el gesto, la distancia. No llegó nada de eso.

Julián se movió muy despacio. Cogió el lápiz que había dejado en la mesa. Alargó la mano y, sin pedirle permiso, tomó la de Ismael, la dio la vuelta con una delicadeza de relojero y la dejó boca abajo sobre su propia rodilla.

—No hace falta que lo escribas —dijo—. Hace falta no tacharlo.

Y con el lápiz, sobre la piel del dorso de la mano, dibujó una línea de puntos, pequeños, regulares. Uno, dos, tres. Debajo, con una letra casi microscópica, escribió una palabra.

Estése.

Ismael contempló la mano. Los puntos le hacían un cosquilleo leve, casi insoportable, sobre los tendones.

—Es de quita y pon —murmuró Julián—. Con jabón sale.

—No quiero que salga.

No supo si lo había dicho o solo lo había pensado.

Pero Julián levantó la vista, y los dos se quedaron muy quietos, con la gata dormida entre ambos y la lámpara torcida proyectando su caballo de sombra, y entonces fue Julián quien se inclinó.

Primero el aliento, luego la boca, con una cautela infinita, como quien se acerca a un animal que puede huir. Fue un beso corto. Ismael no se apartó.

Lo que sintió fue algo muy distinto del miedo. Había esperado miedo toda la vida. Era la certeza, una certeza callada y casi doméstica, de que aquello era lo que llevaba tanto tiempo esperando: no un incendio, sino un lugar en el margen donde por fin podía quedarse.

—Perdón —dijo Julián, separándose un palmo. Tenía las mejillas encendidas.

—No pidas perdón.

—Es que...

—Estése —dijo Ismael.

Julián se rió. Una risa verdadera, quebrada, que lo dobló sobre sí mismo. Y la gata, ofendida por la sacudida, se levantó, bostezó con ostentación y se fue a dormir sobre las carpetas azules con la dignidad de una dama a la que se ha faltado.

No hablaron más de lo necesario. No hizo falta.

* * *

Eran las once y veinte cuando Ismael bajó las escaleras. Julián se había quedado en el rellano, apoyado en el marco de la puerta, con el delantal olvidado y el pelo revuelto, y no dijo nada hasta que él llegó al segundo piso.

—Ismael.

Se detuvo. Era la primera vez que lo llamaba por el nombre.

—Mañana tienes lo de Ortega, ¿verdad?

—A las nueve.

—Ten cuidado con lo que cuentas y con quién. —Una pausa, y una sonrisa un poco temblorosa—. Y vuelve cuando quieras. Errata ha decidido que eres de la casa.

Ismael subió medio tramo para atrás, sin pensarlo. Se miraron un segundo largo, sin tocarse. Luego volvió a bajar.

La calle estaba casi vacía. Los bares habían bajado sus persianas y quedaban pocas luces: un cartel de neón rojo, una farola con una polilla, la ladera de Montjuïc oscura contra un cielo violeta.

Ismael caminó despacio, con el libro de Pla bajo el brazo y la mano izquierda cerrada en un puño suave, para no rozar el dorso de la derecha contra nada.

Por primera vez en doce años no se tocó la oreja ni una sola vez en toda la tarde. Se dio cuenta ya en el portal de Verdi, y se rió solo, bajito, en el hueco de la escalera.

* * *

El teléfono sonó a las doce y siete.

Estaba sentado en el borde de la cama, a oscuras, con la mano apoyada en el muslo y los puntos de lápiz todavía en su sitio. Miró la pantalla. Un número fijo con prefijo 93.

—¿Sí?

—Inspector. —Una voz de grava mojada, lenta, con el aliento de un hombre que ha bebido poco para lo que suele y mucho para lo que quiere—. Perdone la hora. No estaba seguro de llamar.

—Señor Villalba.

—Gaspar. A estas horas hay que tutearse. Es una regla de los borrachos.

Ismael encendió la lámpara de la mesilla.

—¿Está bien?

—Estoy escribiendo. Que es peor. —Hubo un ruido seco, de teclas, y luego silencio—. Pensé que no iba a poder. Tengo la Olivetti delante y llevo tres horas sin que me salga una línea. Y de pronto, hace media hora, me salió una. Una frase entera. Veinte años sin escribirla.

—¿Qué ha pasado?

—Elena me mandó una cosa. —La voz bajó—. Por correo. De papel. Con sello. Hace un mes, y yo la guardé sin abrir, porque me daba pánico lo que pudiera decirme. Esta tarde, después del entierro, me senté con un vermut y la abrí.

—¿Qué era?

—Cien folios. Y una nota. Cuatro líneas a lápiz. Dime si esto se sostiene. Sin nombre, por favor. G., tú eres el único que me dirá la verdad.

Ismael se quedó quieto.

—¿Los folios eran...?

—No me lo haga decir por teléfono. —Un ruido de vaso—.

Los leí de un tirón. Y entendí por fin por qué lloraba tanto en el entierro.

No era por ella. Era por mí. Hace diez años me dijo que escribía mal, y era verdad.

Y ahora me manda esto, y es lo mejor que he leído en mi vida. Y ya no puedo decirle que...

Se calló. Ismael escuchó su respiración trabajosa.

—Gaspar. ¿Dónde están esos folios?

—Donde nadie busca. —Una risa seca—. En un libro.

—¿En qué libro?

—Mi libro, hombre. Tengo cuatro ejemplares. El cuarto de la balda tiene una cubierta que se despega por dentro. —Respiró—. Usted se lo dije en el cementerio: léalo entero. Con el lápiz. Eso era un mensaje, y usted tiene cara de entender mensajes.

—Voy ahora mismo.

—No. —Fue casi una orden—. Ahora no. Estoy... —Dudó—. Tengo que ordenar unas cosas. Necesito que me deje hasta mañana. Mañana a las ocho, en mi casa, usted solo. Hablaré. Se lo prometo. Se lo diré todo, con nombres.

—Gaspar, tengo que presentar algo a mi comisario a las nueve y...

—Pues lo presentará a las nueve con algo. —Una pausa—. Escúcheme. Esto es lo único que le voy a pedir. A nadie de la editorial. A nadie, ¿me oye? Ni al amable.

—¿Quién es el amable?

—El corrector. Así lo llaman allí. Julián el amable. —Pronunció el nombre con una ternura rara, casi triste—. Nadie desconfía de él. Y por eso mismo.

—¿Está diciendo que...?

—No estoy diciendo nada. Soy un viejo borracho con insomnio. No me haga caso. —Se oyó un golpe en el fondo, un ruido sordo, lejano, como de una puerta cerrándose en una escalera—. Un momento.

Ismael se puso de pie.

—Gaspar.

—Es el vecino. Baja la basura a las doce y cuarto, como un reloj. Un hombre feliz. Se lo envidio. —Se oyó el arrastre de una silla—. Mañana a las ocho. Pase lo que pase, venga.

—¿Qué va a pasar?

—Nada. —La voz se le hizo muy dulce, muy lejana—. Lea mi libro, inspector. Se lo pido por favor. Y perdone lo del Ara. Tres líneas. Fue una frase injusta.

—¿Qué frase?

Pero ya no había nadie.

* * *

Se quedó de pie en medio del cuarto con el teléfono en la mano, mirando la pared desnuda frente a él.

Pensó en llamar a Carmen. Cogió el móvil y buscó el nombre, y lo tuvo un rato entre el pulgar y la pantalla: Vidal. Eran las doce y veinte. Ella contestaría al primer timbrazo.

A nadie de la editorial. Ni al amable.

Dejó el teléfono sobre la cama.

Era una orden de borracho. Era el consejo de un hombre que ve fantasmas.

Era la frase de alguien que no conocía a Julián, que no había estado en aquel sofá con una gata dormida entre los dos y una palabra escrita a lápiz sobre la piel.

Eso se dijo, una vez, otra, con la voz muy tranquila de los que se están mintiendo.

Y comprendió, con una nitidez que le heló la nuca, que acababa de elegir no contárselo a la única persona que se lo habría preguntado todo . Que era la segunda vez en tres días. Que ese era el mecanismo, y que lo sabía, y que no lo estaba deteniendo.

Se sentó otra vez en el borde de la cama. Sacó de la mesilla Los hijos del temporal y lo abrió por la primera página. Gaspar Villalba, 1998. Leyó una frase, otra. Una prosa vieja, hermosa, hecha de olas y de preguntas sin respuesta.

Entero. Con el lápiz.

Cogió el lápiz sin punta, lo afiló con la navaja que usaba para abrir cartas, y empezó por el principio.

No miró la hora. Tampoco miró el dorso de la mano, donde los puntos seguían en su sitio, regulares y tenues, con su palabra diminuta debajo.

Pero a las tres de la mañana, cuando la lámpara ya le quemaba los ojos y el libro se le había caído un par de veces sobre el pecho, se dio cuenta de que había estado todo el tiempo con la mano derecha apoyada de modo que la escritura quedara hacia arriba.

Estése.

Fuera, la ciudad zumbaba. Y por primera vez en mucho tiempo, debajo del zumbido, sí se oía el mar.