El fallo Capítulo 8
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Capítulo 8

Estése

El domingo olía a lluvia que se había ido sin avisar.

Ismael subió desde el Paral·lel con las manos en los bolsillos y el libro de Pla bajo el brazo, por una calle Blai que a las cinco de la tarde era un río de gente.

Terrazas llenas, palillos de pinchos apilados en los mostradores como pequeñas hogueras de madera, un grupo de chicos cantando en una esquina con una guitarra a la que le faltaba una cuerda.

Arriba, entre los tejados, Montjuïc asomaba su ladera mojada, y en algún lugar de ella, pensó sin querer, estaba la losa gris con las flores secas.

El móvil vibró. ¿Dónde estás?, escribía Carmen.

Tardó en contestar. Al final puso: Con un testigo.

Ya, respondió ella, y nada más. Ismael miró esa sola palabra hasta que la pantalla se apagó sola.

El número catorce era un portal estrecho con las baldosas de colores de otro siglo y un olor a sopa de domingo. Cuatro pisos sin ascensor. En el segundo rellano oyó un maullido largo, agraviado, y supo que había llegado antes de ver la puerta.

Julián abrió con un delantal de cocina que le quedaba pequeño y una cuchara de madera en la mano.

—Con permiso —dijo, y se hizo a un lado, que era una forma de invitar a pasar.

* * *

El piso era pequeño y estaba vivido. Eso fue lo primero que sintió Ismael, comparándolo sin querer con el suyo de la calle Verdi: aquí las cosas no estaban colocadas, estaban usadas .

Una cocina americana con una olla humeando, un sofá de tela con una manta de lana tirada de cualquier manera, una mesa de comedor con tres tazas y una pila de libros en equilibrio, una lámpara de pie con la pantalla torcida.

Libros por todas partes, pero libros de trabajo: lomos abiertos, cuartillas intercaladas, lápices dejados en los márgenes de las páginas como señales de tráfico.

La ventana daba a un patio interior con ropa tendida y un limonero enano en una maceta. Entraba una luz tibia, de media tarde, que hacía dorado el polvo.

—Perdone el desorden.

—No hay desorden. Hay sistema.

—Eso es lo que dice Gaspar —sonrió Julián.

Y entonces la gata.

Estaba sobre la mesa, sentada con una dignidad absoluta, delante de la pila de libros, mirándolos a los dos con ojos amarillos y escépticos. Era negra, con una mancha blanca en el pecho, pequeña e irregular, como una gota de tinta derramada del revés.

—Errata —dijo Julián—. Errata, el inspector Ledesma. Inspector, Errata, que lleva dos días sin hablarme.

La gata miró a Ismael durante un tiempo que le pareció muy largo. Después bajó de la mesa con un salto sin ruido, cruzó el salón como quien cruza una sala de juicios, y se subió a sus rodillas en cuanto él se sentó en el sofá. Se enroscó, dio dos vueltas, y se durmió.

—No puede ser —murmuró Julián.

—¿Qué?

—Que a mí me costó una semana. —Se le ensanchó la sonrisa—. Tiene un criterio excelente. Elena siempre lo decía: que Errata elegía a la gente como se elige una palabra.

Ismael no se movió. Sentía el peso cálido sobre las piernas, el ronroneo bajo, constante, como un motor lejano, y algo en el pecho que no supo nombrar y que tampoco quiso examinar. Era la primera vez en años que un animal lo elegía.

Julián trajo té y pan con tomate y anchoas, y se sentó en el otro extremo del sofá con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, como un estudiante.

Al lado, sobre una mesa baja, una pila de carpetas de cartón azul aguantaba el peso de una taza de lápices y de un cenicero sin usar.

Ismael las miró un instante. Eran planas, azules, con una etiqueta de papel en el lomo.

—Son de la editorial —dijo Julián, que seguía sus ojos con la naturalidad de quien lo ha visto muchas veces—. Me traje las que quedaban del despacho de Elena, para guardar mis cosas. Se las iban a tirar. —Se encogió de hombros—. A mí me da pena que tiren un archivador.

—Lo entiendo.

—Es una tontería.

—No lo es.

No miró las etiquetas. Habría tenido que inclinarse, y la gata dormía. Esa fue la razón que se dio. Después, mucho después, recordaría esa razón con una precisión helada.

* * *

—Bueno —dijo Julián—. Las marcas.

Cogió El quadern gris de las rodillas de Ismael y lo abrió por una página al azar. En el margen, entre dos líneas de ese catalán lento y exacto, una cuña de lápiz, un círculo, una flecha.

—Esto se llama corrección de pruebas, y lo que usted ve es un idioma. Es un idioma muy viejo, más que la imprenta casi, y tiene una ventaja: no necesita traducción. Se escribe en el margen y el que lo lee sabe qué hacer, aunque no hable la lengua del libro.

Tomó un lápiz de la taza y lo afiló con una navaja pequeña, con un cuidado de relojero, dejando caer las virutas sobre un papel.

—Mire. Esto —dibujó una línea con una curva al final— es espacio . Hay que separar. Esto otro, dos arcos que se juntan, es lo contrario: unión . Esto —un trazo que se cruza consigo mismo— es trueque : dos palabras están cambiadas de sitio. Esto, un ángulo recto, es párrafo aparte . Y esto...

Dibujó una d enroscada, de bucle cerrado y cola larga.

— Deleátur. Bórrese.

Ismael lo miró. La mano de Julián era una mano muy tranquila. Dibujaba el signo sin esfuerzo, de memoria, como se firma.

—Lo he visto dos veces en dos días.

—Lo verá más. Es el que más se escribe y el que menos se explica. —Dejó el lápiz—. Hay otro que casi nadie conoce.

Volvió a la página y señaló, en una línea subrayada, una fila de puntitos bajo las palabras, y en el margen, escrita a lápiz, una palabra diminuta: estése .

—Es el contrario del deleátur. Se escribe cuando alguien ha tachado algo y luego se arrepiente. Se ponen puntos debajo y se escribe estése : déjese como estaba. Quédese. —Pasó el dedo por los puntos—. Es el único signo de todo el idioma que le dice a un texto que no se vaya.

—¿Usted lo usa?

—Mucho. Más que el otro, aunque no lo parezca. —Hubo una pausa—. En este libro hay ciento treinta deleátur y trescientos estése . Los conté una noche en que no podía dormir.

—¿Y qué marca el deleátur en Pla?

—Donde me sobra la emoción. —Lo dijo sin pensar, sonriendo apenas, como se confiesa una manía—.

Pla escribe con una sequedad que es una forma de pudor, ¿sabe?

Y de vez en cuando, en medio de esa sequedad, se le cuela una frase caliente, una sola, sin querer.

Y yo la marco. Deleátur. No para quitarla. Para saber dónde está.

Ismael pasó las páginas despacio. Había, en efecto, un bucle enroscado junto a una línea aquí, otro allá, y casi siempre, al lado, un puñado de puntos y una palabra pequeñísima.

—Los marca juntos.

—Siempre. Primero la borro, y luego la dejo. —Julián se rió, bajito, con una risa que no le llegó a los ojos—. Es una forma de leer un poco enferma.

—Es una forma de leer con miedo.

Lo había dicho antes de pensarlo. Julián alzó la vista.

—Anoche —dijo Ismael, y notó que hablaba más despacio, con una voz que no era la de la comisaría— dibujé el signo en mi casa, muchas veces. Y pensé que no dice «bórrese». Que un signo que se dibuja cuarenta veces ya no dice eso. Dice: esto me sobra, y no me atrevo a quitarlo yo.

El silencio que siguió tardó en romperse. En el patio, alguien cerró una ventana. La gata ronroneaba contra su pierna, y Julián lo miraba con una expresión que Ismael no había visto nunca en nadie: la de quien acaba de leer, en el margen de otro, una nota que había escrito él mismo.

—Es la mejor lectura que he oído —dijo al fin Julián, muy bajo—. Elena habría dicho que es la lectura.

Ismael no contestó. Tenía la garganta rara.

* * *

Fue una tarde larga. Eso se dio cuenta después.

Hablaron de todo y de nada, sin mirar la hora: del padre de Julián y sus dos quiebras, del cine de barrio donde Ismael había visto su primera película, en Cádiz, de pequeño, sentado en las rodillas de nadie.

Anocheció sin que lo notaran. Julián encendió la lámpara de pie y la pantalla torcida dibujó en el techo una sombra de caballo.

Sirvió más té, y luego, sin preguntar, un vino tinto en dos vasos de duralex.

—Tuve una novela —dijo Julián, de pronto.

Lo dijo mirando el vaso, con la voz de quien suelta una carga que lleva demasiado tiempo en brazos.

—A los veintiocho. La escribí en dos años, de noche, en la trastienda de mi padre, que ya estaba cerrada. Trescientas páginas. Se la di a Elena. —Una sonrisa breve—. Era la única persona del mundo a la que me habría atrevido a dársela.

—¿Qué te dijo?

El «tú» salió solo, sin que ninguno de los dos lo comentara.

—Tardó tres semanas. Yo no dormía. Un viernes me citó en el café de debajo de la editorial y me devolvió el original con muy pocas notas. Y me dijo: «Tienes oído, pero todavía no tienes voz.» —Alzó los ojos—. Con tanto cariño que casi no me dolió. Casi.

—¿Y después?

—Nada. No volví a escribir. Nunca. Me hice corrector, que es la forma más digna de quedarse junto a los libros sin exponer los propios.

—Se encogió de hombros, con una ligereza de actor—.

Ella lo sabía. Siempre lo supo. Y nunca me dijo que me había equivocado de camino.

Solo me daba trabajo cada vez más difícil, cada vez más cerca de la voz de otros.

Como quien enseña a un hijo a nadar sin soltarlo.

—Eso es mucho amor.

—Eso es lo que más me duele. —Se le quebró la última sílaba, y esta vez Julián no se tocó las gafas. No hizo ningún gesto. Se quedó quieto, con las manos abiertas sobre las rodillas, como si dejara que lo viera todo—. Que ahora ya no puedo preguntarle si tenía razón.

Ismael dejó el vaso en la mesa. Con cuidado, para no despertar a la gata, que se había dado la vuelta y mostraba el vientre.

—Tengo cuarenta y tres años —dijo.

No sabía de dónde le venía la frase. Era una frase de otra gente, de gente que habla.

—Tengo cuarenta y tres años y no he dicho en voz alta una sola frase verdadera sobre mí.

Ni una. Ni a mi madre, que me llama los domingos para preguntarme cuándo voy a traer a alguien.

Ni a mí mismo, creo. Llevo toda la vida escribiendo en el margen.

Rayas, interrogaciones, flechas. Y no he escrito nunca el texto.