El fallo Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Nunca borramos, ¿sabe? —añadió Julián, de repente, como quien termina una frase que ha estado a punto de decir durante varios minutos—.

Los correctores. Se nos da mal. Señalamos, subrayamos, sugerimos.

Pero la decisión de quitar o no quitar es del autor.

Esa es la regla. El corrector no borra. Señala.

Dijo la última palabra con una especie de ternura exhausta.

Ismael comprobó, sin proponérselo, que Julián no se tocaba las gafas. Que las manos le colgaban inmóviles, como dos objetos olvidados, y que no hacía el gesto de siempre. No le dio importancia. Un hombre en un piso de luto tiene derecho a quedarse quieto.

* * *

El cajón central del escritorio no tenía llave.

Ismael lo abrió con dos dedos, por la parte de atrás del tirador, con el guante puesto. Dentro había un sobre vacío, un cuaderno sin estrenar, un sacapuntas, y una carpeta de cartón azul, plana, con una etiqueta de papel pegada en el lomo, escrita a lápiz con una letra pequeña y limpia:

J. de la S.

La abrió.

Estaba vacía.

Dentro no había nada, salvo el aroma tenue de papel guardado durante mucho tiempo. En la cara interior de la tapa, medio borrado por el roce, un círculo a lápiz con una frase dentro: copia 1 .

—Los jardines de la sal —murmuró Carmen.

—Alguien se llevó la copia.

—¿Cuándo?

Ismael se volvió hacia Julián.

—Usted vino el martes a por la gata.

—Sí.

—¿Estaba la carpeta así?

Julián lo miró. Había en sus ojos una claridad dolida, la misma que había en el callejón del Born, e Ismael, que había aprendido en quince años que los ojos no prueban nada, notó que de todos modos deseaba creerlos.

—Cuando vine el martes, la carpeta ya estaba vacía —dijo Julián—. O yo no la vi.

Tenía las manos quietas. Las dos. A los costados.

—Gracias.

Ismael cerró el cajón. Amparo se puso de pie, y los tres dejaron de mirar el escritorio, porque el escritorio ya había dicho lo que tenía que decir.

* * *

Se despidieron en la escalera, entre el olor a humedad y a berenjenas fritas de una cocina de vecinos. Amparo se quedó arriba. Carmen bajó primero, con el paraguas cerrado, para esperar abajo.

Julián y él quedaron un instante en el descansillo, con la luz amarilla de una bombilla de cuarenta vatios cayendo sobre los dos.

—¿Mañana? —dijo Julián, en voz baja—. Le explico lo demás. Las marcas del libro.

—¿Dónde?

—En mi casa. Poble Sec, calle Blai, el cuarto sin ascensor. A las cinco. —Una sonrisa leve—. Y le presento a Errata, que lleva dos días ofendida con el mundo.

—Allí estaré.

—Gracias.

No se tocaron. Julián bajó la mano que había empezado a levantar, y el gesto quedó en el aire un instante, como un signo de corrección que nadie había querido escribir en el margen.

En el coche, Carmen condujo en silencio durante un buen trecho. Cuando por fin habló, no lo miró.

—Te ha invitado a su casa.

—Es un testigo.

—Es un testigo al que no le preguntas nada.

—Le pregunto lo que hay que preguntar.

—No. Le preguntas lo que él quiere que le preguntes. Es distinto. —Giró en un semáforo—. Yo no digo que sea malo, Ismael. Digo que es bueno. Y que los buenos son los que mejor mienten, porque a nadie se le ocurre desconfiar de ellos.

—¿Tienes algo contra él?

—Tengo un vídeo en el que se arrodilla junto a una muerta y luego omite que se arrodilló. —Por fin lo miró, de lado—. Y tengo un amigo que se toca la oreja cada vez que le nombro a ese hombre.

Ismael no dijo nada. Fuera, las calles de Sants pasaban húmedas y grises. Una mujer con un carrito de la compra cruzaba por un paso de cebra sin mirar.

—No te lo digo para hacerte daño —añadió Carmen, más suave—. Te lo digo porque Ferrer ya ha olido algo, y porque, si cae uno de los dos, el otro se queda sin red.

Dejó el coche frente a la comisaría. Antes de bajar, él le puso una mano en el hombro, una vez, brevemente, con una torpeza que Carmen no comentó.

—Gracias.

—No es por ti. —Mordió el palito, y esta vez no pudo disimular una sonrisa—. Es por el oficio.

* * *

Esa noche, de vuelta en el piso de la calle Verdi, sacó de la mesilla el libro gris de Pla y lo abrió por una página al azar. Allí estaba, en el margen, entre dos líneas de un catalán tan lento que parecía escrito con los pies descalzos: la d enroscada, con su cola cerrada sobre sí misma.

La miró durante mucho rato.

Después cogió el cuaderno de tapas negras, arrancó un trozo de papel de la última hoja, y con el lápiz sin punta que le había dado Julián en la cena, la dibujó una vez, despacio, de memoria.

No era difícil. Un bucle, una cola. El trazo salía del texto y volvía sobre sí mismo, como un pensamiento que se muerde.

Ismael comprendió entonces algo que no había comprendido en el escritorio, ni en la escalera, ni en el cementerio.

Durante todo el día había creído que el signo decía bórrese .

Pero un signo que se dibuja cuarenta veces, que se repite hasta rasgar el papel, que se marca en un secante a escondidas, no dice bórrese .

Dice: esto me sobra, y no me atrevo a quitarlo yo.

Dejó el lápiz sobre la mesilla, junto a los dos libros que nadie había querido. Apagó la luz.

Y en la oscuridad, por primera vez desde que había llegado a Barcelona, se preguntó cuántas cosas suyas llevaba años escritas en el margen.