Capítulo 7 #2
Dejó el ramillete en la repisa del nicho. Los hombros se le sacudieron una vez, dos, con un llanto de viejo borracho, sin ruido, de los que no piden testigos. Y entonces levantó la vista y vio a Beatriz Salvatierra a diez pasos de distancia, con su gabardina negra y sus guantes.
Fue un segundo. Nada más. Pero Ismael lo vio con tanta claridad que lo recordaría después, al reconstruir la semana: la cara de Gaspar, que pasó de la pena a otra cosa, algo duro y descarnado, como una puerta que se abre sobre una habitación que no se quería enseñar.
Y la reacción de Beatriz, que ni parpadeó.
Se volvió hacia Rebeca y dijo algo muy bajo.
Las dos se dieron la vuelta y se alejaron hacia la salida con un paso uniforme, sin prisa, sin mirar atrás.
Gaspar las siguió con los ojos hasta que desaparecieron. Luego se volvió hacia Ismael, como si hubiera sabido desde el principio que estaba allí.
—Inspector.
—Señor Villalba.
—Esto no se ha terminado. Se lo dije: por un nombre. —Se pasó la manga mojada por la cara—. No voy a decirle nada más.
—¿Ha recordado algo?
—No. He recordado que no quiero recordar. Es distinto. —Hizo una pausa—. Pero si me pasa algo, haga el favor de leer mi libro. Entero. Con el lápiz.
—¿Qué le va a pasar?
—Nada. Soy un viejo. A los viejos solo nos pasa la edad.
Se fue como había venido, con la espalda encorvada y el paso largo de un hombre que ha andado toda la vida demasiado deprisa hacia ninguna parte.
* * *
—Inspector Ledesma. Un minuto.
Conocía la voz antes de volverse. Tomás Ferrer venía hacia él por el sendero de grava, con un impermeable beige, los ojos rápidos y una sonrisa de dientes pequeños que parecía recién puesta. Detrás, a distancia prudente, sus dos acompañantes de la otra noche fotografiaban la corona de crisantemos.
—Tomás Ferrer —dijo Ismael—. No me interesa lo que tenga que decirme.
—Todavía no lo sabe. —Se detuvo a un paso, con las manos abiertas, en un gesto de pacífica cortesía—. Me han dicho cosas, inspector. Sobre el caso. Y sobre usted. Yo no publico lo que no confirmo. Pero me gusta confirmar.
—No tengo nada que confirmar.
—Cenar con un corrector no es delito. Es una elección gastronómica. —La sonrisa se ensanchó—. Salvo que el corrector sea una persona de interés en un caso que la Policía dice que no es un caso.
Ismael notó que la mano derecha le subía hacia la oreja. La dejó subir. La metió en el bolsillo del abrigo, y allí la mantuvo cerrada, apretando una llave.
—Si publica algo sin contrastarlo, tendrá noticias de un juez.
—Qué bonito. Me lo apunto. —Sacó una tarjeta de un bolsillo interior, sin un gesto de burla, con cuidado, como quien entrega una invitación—. Si algún día quiere contarme su versión antes de que yo cuente la mía.
—Aparte, Ferrer.
Carmen estaba a dos pasos, con el paraguas en una mano y la otra en el bolsillo, el palito inmóvil entre los dientes. Hablaba sin levantar la voz.
—O le pongo una multa por obstaculizar un acto fúnebre. Elija.
—Subinspectora Vidal, siempre un placer. —Ferrer inclinó la cabeza—. Me llevo la tarjeta, que no me la recibe nadie. Hasta pronto.
Se alejó por la grava sin prisa, silbando algo que parecía un bolero. Carmen esperó a que desapareciera tras los cipreses.
—Ortega me ha dicho que como salga una línea en un periódico, te saca del caso.
—Lo sé.
—Entonces dime ya lo que tengo que saber.
—Que Ferrer es un buitre.
—Eso lo sé yo y lo sabe su madre. —Lo miró de reojo—. Lo que tengo que saber es lo otro.
Ismael contempló el nicho de Elena Casas, con el ramillete de flores secas y la corona violeta bajo la llovizna. No contestó. Fue la primera vez en cinco años que le negaba a Carmen Vidal una respuesta, y los dos lo supieron.
* * *
El piso de Elena estaba en la calle Viladomat, en un cuarto sin ascensor a diez minutos de la librería de viejo donde Ismael había comprado, por un euro, el libro de Gaspar Villalba. Una coincidencia que le dio un vértigo pequeño: había pasado años por debajo de su ventana sin saberlo.
Amparo abrió con la llave. Olía a té, a papel y a una colonia antigua.
La puerta daba directamente a un salón de techos altos, con una alfombra gastada, un sofá de pana verde y estanterías de pared a pared, cargadas de libros con el lomo cuarteado de tanto manejo.
En una esquina, un cuenco de loza con unos restos secos, y una manta doblada sobre un cojín.
—Para la gata —dijo Julián, de pie junto a la puerta, con un tono casi de disculpa—. Vine el martes a buscarla. Tenía las llaves por si había que darle de comer.
Había llegado hacía un momento. Llevaba la bufanda gris en la mano y el pelo mojado aplastado contra la frente, y tenía los ojos muy abiertos, los de alguien que entra en una iglesia de la que ya se ha ido.
Carmen se quedó en el recibidor, con su abrigo prestado y su palito, mirando todo con ojos de cartógrafa. Amparo se sentó en el brazo del sofá, sin quitarse el abrigo.
—Háganlo ustedes. Yo no puedo.
El escritorio estaba junto a la ventana.
Era un mueble pesado, de roble oscuro, con las esquinas redondeadas por el uso y un tablero cubierto por un secante verde manchado de tinta.
Una lámpara de brazo articulado, la gemela de la del despacho de la editorial.
Una taza de lápices. Una máquina de escribir Olympia gris, de las de antes, con una funda de tela doblada a un lado.
Ismael la rodeó despacio, con los brazos cruzados, para no tocar nada por instinto.
En el rodillo de la máquina había una hoja a medio meter.
Se inclinó. Una sola línea mecanografiada, con la erre un poco más alta que las demás letras:
La sal llegó antes que las palabras.
Sintió que la nuca se le helaba. Era la primera frase de Los jardines de la sal .
—Eso es de la novela —dijo Carmen, desde la puerta, con la voz baja de quien reconoce un rostro en una multitud—. De la de los cien folios.
—Sí.
—Copió la primera línea de un libro ajeno a máquina.
—Elena lo hacía.
Fue Julián quien habló. Se había acercado sin ruido y se detuvo a medio metro, con las manos en los bolsillos de la gabardina.
—Copiaba a máquina el primer párrafo de lo que más le gustaba. Decía que así se oye el ritmo. Que un texto escrito a mano se lee con los ojos, y a máquina se lee con los dedos.
—¿Lo hacía a menudo?
—Con las novelas que le importaban. Tres o cuatro al año. —Se tocó el puente de las gafas con el dedo corazón—. Esta debía de importarle mucho.
La respuesta era tan razonable que Ismael sintió una especie de alivio. Y luego, un segundo después, un malestar leve, difícil de situar, como una errata que se ve y no se encuentra.
Carmen se había acercado al secante.
—Mira esto.
Ismael bajó la vista.
Sobre la superficie verde, en un rincón, alguien había dibujado a lápiz una misma figura una y otra vez, hasta cubrir una superficie del tamaño de una mano.
Una especie de d enroscada, de bucle cerrado, con una cola larga que salía del trazo y se cerraba sobre sí misma.
Treinta, cuarenta veces. Algunas ligeras, casi invisibles.
Otras, hundidas en el papel con una insistencia que había rasgado la superficie.
Y en el borde de la mancha, más reciente que las demás, rodeado por un círculo, un número: 15 .
—El quince de octubre —dijo Carmen—. El fallo.
—Sí.
—¿Y esto qué es?
Ismael no contestó. La figura le resultaba familiar con una precisión que casi dolía. La había visto, la noche del jueves, a lápiz en los márgenes de un libro de cubierta gris. Una firma sin nombre, repetida cada pocas páginas.
Sintió la mirada de Julián en el costado.
—Es un deleátur —dijo Julián.
—¿Un qué?
—Deleátur. Un signo de corrección tipográfica. —Hablaba despacio, con la voz del que enseña—. Del latín deleatur : «bórrese», «suprímase». Se escribe en el margen, con la cola saliendo del texto, y quiere decir que algo sobra. Que hay que quitarlo.
—¿Es algo habitual?
—Entre correctores, es el más común. Hay quien lo dibuja sin pensar, como quien dibuja una espiral mientras habla por teléfono. —Hizo una pausa—. A Elena le fascinaba desde niña.
—Le fascinaba —repitió Amparo, desde el sofá, con una sonrisa fatigada—. Mi padre la regañaba por pintarrajear los cuadernos con esa cosa. Decía que parecía un renacuajo.
—Es el único signo de corrección que no se puede dibujar sin que parezca una firma —dijo Julián.
Lo dijo en voz tan baja que solo Ismael lo oyó, y lo miró.
Estaba pálido. Tenía las manos fuera de los bolsillos, abiertas a los costados. Y miraba el secante verde con una intensidad contenida que no era la de un hombre que ve algo por primera vez.
—¿Y por qué lo dibujó tantas veces? —preguntó Carmen.
—No lo sé.
—¿Y el quince?
—Tampoco.
Carmen apuntó en la libreta, con la lengua entre los dientes. Ismael se obligó a respirar.