El fallo Capítulo 7
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Capítulo 7

Deleátur

Llovía de esa manera catalana que no llega a ser lluvia: una pelusa de agua que se pegaba a los abrigos y convertía el cementerio en una acuarela mal secada.

El Cementiri de Montjuïc se extiende por la ladera como un libro abierto sobre el mar: terrazas de nichos, cipreses, escaleras de piedra, y abajo, entre la bruma, el puerto con sus grúas inmóviles.

Ismael lo conocía por trabajo más de lo que le gustaba contar.

Nunca había subido allí sin sentir que los muertos de aquella montaña estaban mejor orientados que los vivos.

Carmen lo esperaba junto a la puerta, con un paraguas negro y dos cafés de máquina en vasos que se enfriaban a ojos vistas. Llevaba un abrigo oscuro que no le había visto nunca y que le daba un aire de estudiante de notaría.

—Estás guapa —dijo él, sin pensarlo.

—Es el abrigo de mi tía Roser. Huele a naftalina. —Le tendió un vaso—. Reglas del día: tú miras a los que hablan, yo miro a los que callan. Y apuntamos quién llora.

—¿Y quién no?

—Ese es el apartado interesante.

Subieron por la rampa con los demás. Eran unas sesenta personas, más de las que Ismael había esperado y menos de las que Elena Casas habría merecido.

Reconoció las caras como se reconocen las de un libro que se ha leído deprisa: Montserrat Gual, la recepcionista, con un abrigo de lana y un pañuelo apretado en el puño.

Mireia Sanz, la secretaria, tiesa como un clavo.

Anselmo Roig, el portero, en un traje marrón que olía a armario y que seguramente usaba para las bodas y los entierros.

Leopoldo Quintana, el presidente del jurado: un anciano altísimo y encorvado, de melena blanca, que se apoyaba en un bastón de caña con empuñadura de plata.

Y al borde del grupo, un poco aparte, bajo un paraguas negro, Julián Arce.

Estaba solo. Llevaba una gabardina oscura y una bufanda gris, y tenía la cara de quien ya ha llorado todo lo que había que llorar y ahora paga la demora.

Sus ojos buscaron los de Ismael y los encontraron, con una exactitud tan tranquila que a Ismael le subió la mano hacia el lóbulo de la oreja derecha.

La detuvo a medio camino. Fingió que se arreglaba el cuello del abrigo.

Carmen, a su lado, no dijo nada. Pero mordió el palito de plástico, que no estaba allí un segundo antes.

* * *

La ceremonia fue civil, breve y sin sacerdote. Una plataforma de cemento delante de la hilera de nichos, un micrófono con un cable que se arrastraba por el suelo mojado y una corona de crisantemos con una cinta violeta: Ediciones Meridiano. Con gratitud.

Joan Serra habló el primero.

Traje negro, camisa blanca, el pelo peinado hacia atrás con una raya que la humedad no se había atrevido a tocar. Sacó del bolsillo unas hojas dobladas en tres, las alisó sobre el atril y carraspeó una sola vez.

—Elena Casas leyó tres mil manuscritos al año durante veintiún años —empezó— sin que su nombre figurase en un solo libro. Y eso, señoras y señores, es la forma más alta de servicio que conozco.

Hubo un murmullo de asentimiento. Serra hizo una pausa exacta.

—Una lectora no firma. Una lectora no sale en la foto.

Una lectora abre una puerta y se queda en el umbral, para que otro pase.

Elena sostuvo esa puerta durante más de dos décadas.

Hoy se nos ha cerrado, y todos los que escribimos, los que editamos, los que soñamos con una página, entramos en una casa un poco más fría.

Era un discurso magnífico. Ismael lo escuchó de pie, con el vaso de café entre las manos, y notó que cada frase caía en su sitio como una pieza en un reloj.

Ni una vacilación. Ni una palabra de más.

Ni una sola mención a que la mujer a la que se enterraba había muerto al pie de una escalera de mármol en el edificio que él dirigía.

Eso era lo que más le inquietaba. No que el discurso fuese falso, sino que fuese perfecto .

—Lo tenía escrito desde el martes —susurró Carmen, a su lado—. Fíjate en el papel. Ni una arruga.

—Un hombre pulcro.

—Un hombre que guarda las lágrimas en una caja de zapatos.

Detrás de Serra, en primera fila, estaba Beatriz Salvatierra.

Gabardina negra hasta los tobillos, guantes de cuero fino, gafas de sol en un día sin una gota de sol.

Rebeca Ortuño la sostenía por el codo con la solicitud de una enfermera de lujo.

Beatriz no se movió durante todo el discurso, y cuando Serra terminó, avanzó sola hasta el nicho, extendió la mano enguantada y la apoyó un segundo en la piedra gris, sin una palabra, con la ternura exacta de quien acaricia un lomo.

No lloraba. Ismael lo comprobó con cuidado: no había temblor en los hombros, ni en la barbilla, ni en el cuello. Era la quietud de una estatua o de una persona que se ha entrenado para no mostrar nada.

—Dime que no te has fijado en los guantes —murmuró Carmen.

—Hace frío.

—Hace doce grados. Y las mangas, mira.

Eran largas. Más que largas: terminaban sobre el guante, sin dejar un centímetro de piel visible.

—Una coincidencia.

—Eso dijiste del apósito.

Daniela Roca lloraba. Estaba tres filas más atrás, entre dos chicas con pañuelos de papel, con el pelo pegado a las mejillas y los ojos enrojecidos, y lloraba con una belleza triste que habría quedado perfecta en un plano cerrado.

Ismael la observó hasta que comprendió qué lo incomodaba: no era que la emoción fuese falsa.

Era que estaba demasiado bien dirigida .

Cada lágrima caía en el momento justo, en el lado justo de la cara, sin ensuciar la nariz.

—Llora bien —dijo Carmen—. Demasiado bien.

—Quizá es la única manera que conoce.

—Quizá. Eso es lo que da miedo.

Apuntaron, como habían quedado. Lloraban Anselmo, que se secaba con la manga del traje marrón, sin vergüenza; Montserrat Gual, en silencio; Mireia, a medias, por las comisuras.

Daniela, con técnica. No lloraban Serra, Beatriz, Rebeca, Mena el crítico, que consultaba el móvil bajo la solapa, ni Quintana, que no miraba el nicho sino la nuca de Serra, con una atención dura, de árbitro.

Y no lloraba Julián, que seguía de pie bajo su paraguas con las manos quietas, tan quieto que Ismael sintió el impulso absurdo de ir a ponerle una mano en el hombro.

No se movió.

* * *

Al terminar, la gente se deshizo en corros húmedos. Ismael se quedó junto a la plataforma, esperando que se despejara el espacio, cuando una mano pequeña le tocó el codo.

—Usted es el policía.

Era una mujer de unos sesenta y seis años, menuda, de pelo corto y cano, con un abrigo negro de lana gruesa que había pasado de moda hacía treinta años y que ella seguía llevando con una dignidad inamovible.

Tenía los ojos de Elena. Eso fue lo primero que pensó Ismael, antes de comprobar la ficha: la misma forma de mirar, de abajo arriba, un poco entornada, como quien está a punto de leer una línea difícil.

—Amparo Casas. La hermana. —El acento de Valencia le hacía las vocales anchas y calientes—. Me han dicho que usted lleva lo de Elena.

—Lo lamento mucho, señora.

—No me dé el pésame, que ya me lo han dado cuarenta. —Lo dijo sin dureza—. Quiero hacerle una pregunta, y quiero que me conteste de verdad. Mi hermana no se cayó.

Ismael sostuvo su mirada.

—No lo sabemos todavía.

—Eso ya me gusta más. —Asintió con la cabeza, muy despacio—.

Elena era la persona más cuidadosa que he conocido.

A los doce años se estudió el trayecto del colegio con un lápiz y un cronómetro.

Cruzaba la calle mirando a la izquierda, a la derecha, a la izquierda.

Una escalera que conocía de memoria durante veinte años...

—Se interrumpió—. No me lo creo. Pero hay cosas que una no se cree y son verdad.

—Hábleme de ella.

—Hablaba poco. Era callada. Pero el domingo, el último día que hablamos, estaba distinta. —Se ajustó el cuello del abrigo—. Me llamó a las diez de la noche, que no es hora de llamar a nadie. Hacía semanas que me llamaba más de lo habitual, como quien se despide sin querer. Y me dijo...

Calló. Ismael esperó.

—Me dijo: «Amparo, creo que por fin me van a leer.»

—¿A qué se refería?

—Yo le pregunté: ¿te van a publicar? Y se rió, pero con una risa que no era de risa. Dijo: «No. Peor. Me van a leer.»

Ismael sintió que algo se alineaba dentro de él, con un clic mínimo y definitivo, como un cajón que por fin entra en su guía.

—¿Le dijo algo más?

—Que tenía miedo. Y que no tenía miedo. Las dos cosas.

—Levantó la vista—. Mi hermana escribía, inspector.

Siempre escribió. Desde niña. En un cuaderno que tapaba con el brazo, igual que se tapa un examen.

Nunca me dejó leer una línea, ni a mí, ni a mamá, ni a nadie. Yo creo que ni ella sabía lo que valía.

—¿Dónde guardaba lo que escribía?

—En el escritorio de papá. Lo hizo él, que era carpintero, con roble de Utiel, y se lo dejó a ella porque era la que más lo usaba.

—Una sonrisa breve—. Quiero ir esta tarde al piso.

No tengo ánimos de ir sola. Me han dicho que usted tiene que mirar cosas, y yo tengo las llaves.

Si quiere acompañarme, mejor. Y quiero que venga el chico, el de la gata.

—¿Julián?

—Ese. Es el único que no me ha dicho «era una mujer extraordinaria». Me ha dicho que se le daba bien callar. Eso me gustó.

* * *

Gaspar Villalba llegó tarde.

Ismael lo vio entrar por la rampa cuando casi todo el mundo ya se dispersaba: un hombre altísimo, empapado hasta los huesos, sin paraguas ni sombrero, con una chaqueta de punto que chorreaba por los codos deshechos y un ramillete de flores secas atado con un cordón.

Subía despacio, con la mano en la barandilla y la mirada fija en el suelo. A tres metros del nicho se detuvo.

Se quedó así un largo rato, mirando la losa gris. La lluvia le caía por la barba. Cuando abrió la boca, Ismael tuvo que acercarse para oírlo.

—Perdona —dijo Gaspar, a la piedra—. Tenías razón.