El fallo Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Ismael la miró. Ella le sostuvo la mirada con esos ojos grises, claros como agua de lluvia, sin una sombra, y por un instante él tuvo la certeza de que estaba hablando con una mujer que había ensayado esta escena durante años, no para este crimen, sino para cualquier crimen. Para una vida entera de entrevistas.

—¿Cuál le gustó más?

—Es secreto del jurado.

—Usted no es jurado.

Beatriz Salvatierra se rió. Fue una risa auténtica y breve, la de una mujer que ha sido sorprendida con la guardia baja y lo agradece.

—Tiene usted un oficio bonito, inspector. —Se recostó en su sillón, con el brazalete entre los dedos—. Me gustó Los jardines de la sal. ¿Quiere que se lo diga? Es la mejor novela que he leído en veinte años. No sé quién la ha escrito. Me gustaría conocerla.

—¿La?

El brazalete se detuvo.

—Una forma de hablar. —Sonrió—. Es una prosa... —Buscó la palabra—. De mujer. No sé explicarlo. Con una manera de mirar las cosas que yo reconocería en cualquier parte.

Hubo un silencio. En algún lugar de la casa, Pilar pasaba una aspiradora, y el zumbido llegaba amortiguado por las paredes de piedra, como el rumor de un mar interior.

Ismael cerró el cuaderno. No había escrito nada en la última media hora, y lo sabía.

—Gracias, Beatriz. Por el té.

—Vuelvan cuando quieran. —Se puso de pie, y al hacerlo la manga se le subió un centímetro, y bajo el puño de seda, junto al brazalete, Ismael creyó ver una línea rosada, casi borrada, sobre la piel. Un segundo después la manga bajó—. Pilar, acompaña a los señores.

Al otro lado de la puerta, ya en el pasillo, Carmen hablaba en un susurro tan bajo que parecía que le estuviera leyendo el pensamiento.

—¿Has visto la muñeca?

—He visto algo.

—Yo también. —Mordió el palito—. Joder.

—No es una prueba.

—Ya lo sé. Es un arañazo viejo. O un roce con el brazalete. O unas uñas. —Hizo una pausa—. Pero es el tercero en tres días con un rasguño. Serra, ella, y el de la huella sin identificar.

—Todavía no sabemos que la huella sea de quien tiene el rasguño.

—Pues entonces sabemos muy poco.

—Sabemos que nos han dado una lista sin la madrina —dijo Ismael—. Y que la madrina nos ha dado una llamada que nadie le había pedido.

—Eso es mucho.

—Eso es un principio.

Pilar los esperaba al pie de la escalera, sosteniendo la puerta de la calle. Al despedirse, miró a Ismael con una intensidad que él no supo descifrar, y dijo, tan bajito que parecía hablarle a la hiedra:

—La señora duerme muy poco desde el lunes.

—¿Desde el lunes?

—Desde hace cuatro años, quiero decir. —Se mordió el labio—. Pero estos días, peor.

La puerta se cerró. Un instante después, a través de la verja, Ismael vio el limonero cargado de frutos y pensó, absurdamente, que nadie los había cogido porque nadie los quería ver caer.

* * *

Ortega los recibió a las siete menos diez, con la persiana a medio bajar y el cenicero vacío en su sitio de siempre. Había quitado de la mesa los expedientes y no quedaba sobre ella nada más que un cuaderno de tapa dura y dos vasos de plástico sin estrenar.

—Siéntate. Vidal, tú también. —Esperó a que cerrasen la puerta—. Fontanals me ha llamado cuatro veces. La última, hace veinte minutos. No me ha dicho nada. Se ha limitado a respirar. Cuando alguien como él respira por teléfono, hay que empezar a preocuparse.

—Tengo cosas —dijo Ismael.

—Ya lo sé. Por eso estás aquí. Suéltalo.

Se lo contó en orden, como cuando uno ordena los libros de un estante.

La llamada de las 22:41 que cae dentro de los noventa y siete minutos.

La lista del jurado sin la madrina. Las cien páginas sin la última y la carpeta azul con el número de seudónimo.

La huella parcial sin identificar. El apósito de Serra y el rasguño de Beatriz.

La carta de Elena a Daniela Roca. El informe de Elena en un cajón del director.

La pregunta que Elena le había hecho a Julián un mes antes: quién imprimía las copias de los finalistas.

—Es un sistema —dijo Ortega, cuando terminó.

—Es lo que parece.

—Es un sistema de gente que se protege entre sí. Lo cual, en una editorial, es el estado natural de las cosas.

—Hay una mujer muerta.

—Hay una mujer muerta que se cayó por una escalera con los antebrazos magullados y un trozo de papel bajo la uña.

—Ortega levantó una mano antes de que Ismael contestara—.

Lo sé. Lo sé. Te estoy diciendo lo que me dirá Fontanals, no lo que pienso yo.

Y lo que él va a decir es: «¿Dónde está el nombre? »

—Todavía no lo tengo.

—Pues entonces no tienes lo que te pedí.

—Tengo una llamada. Una llamada de seis minutos entre dos personas que no mencionaron que se hubieran hablado esa noche, hasta que una de ellas se lo ofreció a la Policía como coartada.

—Eso es un detalle.

—Es una grieta.

Ortega lo miró durante unos segundos. En la penumbra, con las lamas de la persiana cortando la luz en rayas, el comisario parecía un hombre dividido en tiras. Luego miró a Carmen, que no se movió, y luego otra vez a Ismael.

—Vidal. ¿Tú qué opinas?

—Que Ledesma tiene razón y que hay que seguir.

—¿Y tu opinión como policía, no como amiga?

—Es la misma.

Ortega se frotó la cara con las dos manos. Cuando las bajó, tenía los ojos de quien ha perdido una apuesta consigo mismo.

—Te doy hasta el lunes a las nueve. —Hizo una pausa—. Y te voy a pedir una cosa que no te pido nunca.

—Diga.

—Ten cuidado.

—Siempre lo tengo.

—No. Siempre tienes discreción , que es otra cosa. —Cogió un vaso de plástico y lo hizo girar entre los dedos—. Hay gente en esta historia que está acostumbrada a que los problemas se resuelvan solos. Si no se resuelven, buscan quién los resuelva. Y no siempre con abogados.

Ismael sintió un frío leve, de corriente de aire, que le subió por la nuca.

—¿Me está avisando de algo?

—Te estoy avisando de todo. —Ortega dejó el vaso—. Y de nada en concreto, que es lo peor. Hasta el lunes.

* * *

Salió de la comisaría a las ocho y cuarto. Carmen había insistido en acompañarlo a pie hasta el cruce, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y el palito en la boca, y caminaron un rato sin decir nada, bajo un cielo de ceniza que se estaba poniendo violeta por los bordes.

—Mañana es el entierro —dijo ella.

—Lo sé.

—¿Vas a ir?

—Tengo que ir.

—Voy contigo. —No lo miró—. Quiero ver quién llora y quién no.

—Gracias.

—No es por ti. Es por el oficio.

Se despidieron en el cruce con un gesto breve. Ismael se quedó mirándola alejarse por Les Corts, con ese paso rápido y desparejo que tenía, y pensó que Carmen Vidal era la única persona de su vida que sabía exactamente lo que no le preguntaba.

El móvil vibró en su bolsillo cuando cruzaba la Travessera. Un mensaje de un número que no tenía guardado y que no necesitaba guardar.

Ya sé qué significan las marcas del libro. Si todavía quiere que se las explique. Julián.

Se detuvo en mitad del paso de cebra. Un taxi le pitó, y él ni se enteró.

Leyó el mensaje una vez. Dos. Tres. Los pulgares le temblaban un poco sobre el cristal, y lo sintió como una forma de traición menor, la de un cuerpo que sabe antes que la cabeza lo que quiere.

Sí, escribió.

Lo borró.

Mañana, tras el entierro.

Lo envió. Cruzó el resto de la calle con el corazón en un sitio que no era el suyo, y subió por Verdi hasta el portal con la sensación de que alguien, muy cerca, estaba escribiendo una frase en el aire y que él, sin saberlo, ya iba por la mitad.

Esa noche, al apagar la luz, por primera vez en muchos años, Ismael no esperó oír el mar. Oyó, en cambio, una sola palabra, dicha en una voz que no era de nadie, que no era de él, y que le sonó como un verso de un libro que todavía no había leído:

Mañana.