El fallo Capítulo 6
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Capítulo 6

La madrina

El viernes empezó con un correo.

Llegó a las ocho y cuarenta, mientras Ismael se afeitaba con el móvil apoyado en el borde del lavabo.

Asunto: Documentación solicitada. Reservado.

Remitente: la abogada de Serra, cuyo apellido seguía sin recordar.

Un cuerpo de tres líneas de una cortesía helada («en cumplimiento de los cauces oportunos y sin que ello suponga reconocimiento alguno») y un archivo adjunto de una sola página.

Lo abrió en la comisaría, con Carmen asomada por encima de su hombro y el palito suspendido a medio camino de la boca.

48.º PREMIO MERIDIANO — JURADO

Nombre Perfil Nota Leopoldo Quintana (72) Novelista.

Presidente del jurado Tres veces finalista, nunca ganador Montserrat Vilà Catedrática de Literatura, UB Lectora del primer filtro durante años Álvaro Mena Crítico, suplemento dominical Columna semanal, muy temido Inés Barral Librera independiente Voto «de calle» Carlota Ibarz Novelista, ganadora en 2019 La más joven del jurado Ricard Soler Editor de una casa independiente Sin vínculo con Meridiano Dra.

Lucía Paredes Ensayista y psiquiatra Voto «de fuera» Secretario sin voto: Joan Serra Director del premio Custodia las actas

—Siete jurados —dijo Carmen—, más Serra en la mesa. Ocho cabezas que han leído Los jardines de la sal .

—Siete que han leído las cien primeras páginas de todos los finalistas —corrigió Ismael—. Serra ha leído la novela entera. Tres veces.

—Eso no es delito.

—No. Pero es una frase que sale mucho en las sentencias.

Carmen se rió con la nariz. Ismael repasó la lista una segunda vez, despacio, con el dedo, como quien busca una errata.

Quintana, el veterano que lleva toda la vida esperando una llamada.

Vilà, que leía manuscritos cuando Elena todavía los leía.

Mena, el crítico que decide con una frase quién existe.

Una librera, una ganadora, un editor, una psiquiatra.

Le llamó la atención lo que no había.

—Falta alguien.

—¿Quién?

—No lo sé todavía. —Cogió el cuaderno—. Pero esta lista parece hecha para que nadie eche de menos a nadie.

* * *

Sarrià tiene el aire de un pueblo que se quedó pegado a la ciudad por descuido.

Calles estrechas, tapias altas cubiertas de hiedra, chalés de principios de siglo con verjas de hierro y jardines que se adivinan más que se ven.

La casa de Beatriz Salvatierra estaba al final de una calle sin salida: una construcción de piedra clara, con una torreta de pizarra y un limonero en el jardín delantero cargado de frutos que nadie había cosechado.

Les abrió una mujer de unos sesenta años, delantal gris y manos rojas de lejía.

—La señora los espera. Soy Pilar. —Los condujo por un pasillo largo, de baldosa hidráulica, donde el reloj de pared marcaba las once menos cuatro con un tictac que parecía sonar un poco más fuerte que en otras casas—. Les ha preparado el té. No lo rechacen. Se ofende.

Ismael no pensaba rechazarlo. Lo que le interesaba era el pasillo, que no tenía un solo cuadro.

Solo estanterías: libros de pared a pared, del suelo al techo, ordenados por colores como una paleta.

Y entre ellos, a la altura de los ojos, una larga hilera de ediciones de la misma autora en todas las lenguas imaginables.

Beatriz Salvatierra en polaco, en coreano, en turco. Treinta años de traducciones.

—Es impresionante —dijo Carmen en voz baja.

—Es una vitrina.

—También.

El despacho estaba en la torreta, al final de una escalera de caracol de madera que crujía con prudencia.

Era una estancia circular, con ventanales a los cuatro vientos y una mesa de roble ante el más grande.

Beatriz Salvatierra se levantó para recibirlos.

Llevaba una blusa de seda color marfil de manga larga, pantalones oscuros, el pelo plateado recogido en un moño bajo, y en la muñeca izquierda un ancho brazalete de plata mate que giraba entre los dedos de la mano derecha como un rosario.

—Inspector Ledesma. Subinspectora. —La voz era la misma del vestíbulo, cálida y pausada, con una dicción que ningún micrófono habría podido mejorar—. Perdonen la altura. A mi edad, las escaleras son un acto de fe.

—Gracias por recibirnos.

—Era el mínimo. Elena habría querido que les ayudase.

Pilar trajo una bandeja con una tetera de porcelana, tres tazas y un plato de pastas que nadie tocó. Beatriz sirvió ella misma. Ismael observó que lo hacía con la mano izquierda, y que la derecha, la que sostenía el brazalete, se mantenía siempre en la sombra de la mesa.

Es zurda, pensó. Y descubrió que no tenía ninguna razón para pensarlo, y que lo había pensado igual.

—Señora Salvatierra...

—Beatriz, por favor.

—Beatriz. Necesito saber dónde estuvo el lunes por la noche.

—Aquí. —Lo dijo con una sonrisa triste, de las que piden perdón por no tener un misterio que ofrecer—. Escribiendo. O fingiendo que escribo, que es lo que hago desde hace cuatro años. Pilar se va a las ocho. Cené sola, sopa y un trozo de queso. A las diez me subí a este despacho.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Una llamada. —Se inclinó, abrió un cajón y sacó un móvil de carcasa negra—. Joan me llamó a las diez y cuarenta y uno. Seis minutos. Para hablar del orden de los discursos de la gala. Lo tiene todo registrado, supongo. Ahora lo registran todo.

Carmen levantó la vista de su libreta. Ismael no se movió.

—¿A las diez y cuarenta y uno?

—Más o menos. Mire usted el historial.

Ismael lo miró. Era un detalle tan limpio, tan voluntario, que le pareció un regalo. Y a Ismael no le gustaban los regalos que le hacían los sospechosos.

—Una llamada de Joan Serra. A esa hora.

—A esa hora.

—Él estaba en su despacho.

—Supongo. Yo no le pregunté dónde estaba. —Se sirvió más té—. Joan siempre llama de noche. Es insomne. Dice que las noches son el único momento en que el teléfono no es una amenaza.

«Estaba con los auriculares, escuchando una grabación.

» Serra había dicho aquello mirándolo a los ojos, hacía dos días, y Ismael lo había anotado en su cuaderno con una cruz al margen.

No había contradicción. Un hombre puede escuchar una grabación con auriculares y descolgar el teléfono en el mismo despacho.

Un hombre puede hacer muchas cosas en el mismo despacho durante noventa y siete minutos.

Pero seis de ellos habían sido para una mujer cuya coartada se apoyaba en ellos.

—Beatriz. Usted me dijo en el vestíbulo que Elena fue la primera que leyó todas sus novelas.

—Todas.

—¿Y la última?

La mano derecha se detuvo sobre el brazalete.

—No hay última. —Una pausa, no tan larga como para ser un silencio—. Llevo cuatro años sin entregar nada. Mi editor tiene un contrato firmado y un calendario que cambia cada año. Joan es muy paciente. Más de lo que merezco.

—¿Se lo dijo a Elena?

—Fue la única a la que se lo dije. —Sonrió, con una amargura pulcra, bien planchada—. Fíjese usted qué ironía: una mujer que vive de las palabras, y la única persona a la que le pude confesar que no tenía ninguna fue una lectora de manuscritos.

—¿Qué le dijo ella?

—Que esperase. Que las palabras vuelven solas, como los gatos. —Soltó el brazalete—. Elena tenía una fe en la literatura que a mí hace tiempo se me gastó.

Carmen había dejado de escribir. Ismael sintió, sin mirarla, su atención.

Notó que el cuarto era demasiado limpio.

Que había en él un equilibrio de lugar ensayado: la luz de las diez de la mañana cayendo exactamente sobre la mesa, las plumas alineadas, los folios apilados con un borde recto, una taza de té que alguien había colocado a la derecha del teclado sin tocarla nunca.

Era la casa de una escritora, y era también el escenario de una escritora.

En la pared, entre dos ventanales, colgaba una única fotografía enmarcada. Se acercó a ella con la excusa de la luz.

Era una imagen en blanco y negro de una gala.

Una joven Beatriz de treinta y tantos años, con un vestido oscuro y un trofeo de cristal entre las manos, sonreía a la cámara con una felicidad de recién nacida.

Detrás, en la mesa del jurado, aplaudiendo, se veían varias figuras.

Y al borde derecho, cortada por el marco, a medio cuerpo, una mujer de unos treinta años con un traje gris de buen corte y una mirada que no iba dirigida a la cámara ni a la ganadora, sino a un punto fuera de campo.

—¿Es Elena?

—Mil novecientos noventa y cuatro. El año en que gané. —Beatriz se había acercado sin ruido, y su perfume, un perfume viejo, de lirio y de polvo, llegó un segundo antes que ella—. Ella tenía treinta años y leía para el jurado. Me corrigió el discurso en la escalera, diez minutos antes de salir.

—Está cortada.

—Siempre ha estado un poco cortada. —Lo dijo suave, casi cariñosa—. Es el sino de los buenos lectores. Aparecen en la foto como se aparece en una página: en el margen.

Ismael contempló la mitad de rostro de Elena Casas, joven y viva, con la mirada puesta en algún lugar donde ya estaba todo lo que le importaba. Ese rostro, cortado por un marco, iba a perseguirlo el resto del día.

* * *

—Hay una cosa que no entiendo —dijo, ya de vuelta en la mesa—. Su nombre no figura en la lista del jurado.

—Ni figurará. —Una sonrisa leve—. Soy la madrina del premio. Un título honorífico que me dieron hace veinte años, cuando todavía me quería la prensa. No voto, no delibero, no firmo actas. Voy a la gala, doy un discurso y les doy mi bendición.

—Pero ve los finalistas.

La mano volvió al brazalete, casi imperceptible.

—Los veo. —Una pausa mínima—. Como cortesía de la casa. Joan me manda las cien primeras páginas de cada uno, con los seudónimos, para que forme opinión. Es una costumbre. No sirve de nada, pero a todos nos gusta sentirnos incluidos.

—¿Este año también?

—Este año también.

—¿Las ha leído?

—Todas.