El fallo Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Tenía una forma de leer... —buscó el modo de decirlo— que le dejaba al texto el sitio justo para respirar.

Con el lápiz hacía muy poco. Una raya aquí, una interrogación allá.

Y cuando te devolvía el original, tú sabías exactamente lo que había que cambiar, aunque ella no te lo hubiera dicho.

—Cogió una aceituna y la dejó en el platillo sin comerla—.

Vivía sola. Tenía una hermana en Valencia que llega mañana para el entierro.

Y una gata, que ahora se está quedando conmigo.

—¿Una gata?

—Se llama Errata. —Los ojos se le arrugaron en una sonrisa torcida—. Fue idea de ella.

Ismael se rió. Fue una risa corta, casi involuntaria, y le sorprendió oírla salir de sí mismo en un sitio donde alguien podía verlo. Julián la recibió sin comentar nada, como se recibe un pájaro que se ha posado en el alféizar: sin moverse, para que no huya.

Llegó la comida. Hablaron de libros, que era como hablar de nada y de todo.

Ismael supo que Julián había nacido en La Bisbal d'Empordà, hijo de un librero de viejo que quebró dos veces, y que de niño había aprendido a leer en la trastienda, sentado sobre una pila de enciclopedias.

Supo que a los veinte años había leído, por casualidad, una novela de cubierta verde con un faro desdibujado.

— Los hijos del temporal.

—Gaspar Villalba —dijo Ismael, y vio cómo a Julián se le iluminaba la cara.

—¿Lo ha leído?

—Lo estoy leyendo. Lo compré por un euro en Sant Antoni. Y el miércoles, por casualidad, hablé con él.

—¿Con Gaspar? —Julián dejó el tenedor—. ¿Cómo está?

—Con vermut.

—Entonces está bien. —Los dos rieron—. Mi padre decía que hay libros que se escriben para un solo lector, y que a veces ese lector tarda veinte años en aparecer.

—Veintiocho —dijo Ismael—. He tardado veintiocho.

Julián lo miró un segundo más de lo debido, y fue Ismael quien apartó la vista, hacia la pantalla de papel amarillento, hacia el cartel del festival de jazz, hacia cualquier sitio que no tuviera ojos.

—Le va a gustar la segunda parte —dijo Julián, en voz muy baja—. Es la que menos se vendió.

* * *

El camarero retiró los platos y trajo dos cafés. Fue Julián quien volvió al asunto, con esa manera suya de abrir un tema como quien abre una ventana sin hacer ruido.

—Hay cosas que creo que debe saber. No sé si importan.

—Dígamelas.

—Corregí la segunda novela de Daniela Roca.

En agosto. —Se frotó los ojos—. No lo cuento por chismorreo, sino por oficio.

Esa novela tiene dos voces. Una, la de una chica de veintisiete años que dice «literal» cada tres líneas.

Otra, la de un hombre de cuarenta y tantos que ha leído a Laforet y a Delibes y sabe lo que es una subordinada. Las dos no caben en la misma cabeza.

—¿Y Elena?

—Lo vio antes que yo. —Hizo una pausa—. Redactó un informe de una página para la dirección. Serra lo guardó en un cajón. Nadie volvió a hablar de ello.

—¿Se lo dijeron a Daniela?

—Elena le escribió una carta. —Julián arqueó una ceja—. ¿Se lo ha dicho ella?

—Sí.

—Entonces no es tan frágil como parece.

Ismael tomó nota. No en el cuaderno, que seguía cerrado junto a la servilleta, sino en esa parte de la memoria donde se guardan las cosas que no se quieren olvidar y tampoco se quieren mirar.

—Hay otra cosa —añadió Julián, y esta vez dudó más—.

Hace un mes, Elena me preguntó quién tenía acceso a las copias de los finalistas.

Quién las imprimía, quién las repartía. Le dije que dirección y el jurado.

Que Mireia, la secretaria de Serra, lleva el control. Me pidió que no se lo dijera a nadie.

—¿Por qué me lo cuenta ahora?

—Porque ya no hay nadie a quien proteger. —La voz se le quebró un poco al final—. Y porque usted me da la impresión de ser alguien que no usa lo que sabe para hacer daño.

Ismael sostuvo su mirada. Había una limpieza en aquellos ojos que casi dolía.

En algún sitio, muy dentro, una voz le susurraba que un hombre no le dice eso a otro por casualidad, y otra voz, más fuerte, más vieja, le respondía que era la primera vez en años que alguien lo miraba así sin pedirle nada.

Se hizo un silencio. Fuera, en el callejón, pasó alguien tarareando.

—¿Quiere algo más? —preguntó el camarero.

—La cuenta —dijeron los dos a la vez.

Cuando Ismael sacó la cartera, Julián estiró el brazo para detenerlo, y las puntas de sus dedos se rozaron sobre el mantel. Fue un contacto mínimo, de segundo y medio. Ninguno de los dos retiró la mano de inmediato. Después, con un cuidado ceremonioso, Julián la apartó.

—Invito yo. Usted ha venido a trabajar.

—Eso es sobornar a la autoridad.

—Es dar de comer a un hombre delgado. —Sonrió—. Un momento.

Cogió el libro gris de encima de la mesa y se lo tendió.

—Es mío. El quadern gris , de Pla. Es de mi tierra. Está en catalán y lleva mis notas a lápiz, así que si le molestan...

—No me molestan.

—Son marcas de oficio. Verá símbolos que parecen jeroglíficos. Ya los descifrará, si quiere.

—¿Me los explicará usted?

—Si me lo pide.

El libro pesaba poco. Ismael lo sostuvo con las dos manos, con la misma ternura con que rescataba los libros que nadie había querido. Y entonces Julián dijo la frase que Ismael recordaría durante días:

—No le voy a preguntar por qué mira a la puerta cada vez que entra alguien.

Ismael sintió un calor repentino en la cara.

—Hábito profesional.

—Claro.

Lo dijo sin ironía, sin curiosidad, con la misma suavidad con que se cierra una puerta que alguien quiere dejar entornada.

Era la primera persona en mucho tiempo que no le preguntaba nada, y Ismael, que había hecho de esa ausencia su refugio, comprendió de pronto lo mucho que había echado de menos que alguien se la ofreciera.

* * *

Salieron al callejón a las once y diez. Había refrescado. Una luz naranja de farol caía sobre los adoquines, y en el aire flotaba un olor a humedad y a pan.

—¡Julián! ¡Qué sorpresa!

La voz venía de la esquina. Un hombre delgado, de unos cuarenta y cinco años, con cazadora de ante y una sonrisa de dientes pequeños, se acercaba con las manos abiertas.

Iba con dos acompañantes que se quedaron a distancia, y tenía los ojos muy rápidos, de los que miran primero lo que otros prefieren que no se mire.

—Tomás —dijo Julián, sin dejar de sonreír, pero con algo cerrado en la voz.

—¿Y este caballero es...? —Tomás Ferrer extendió la mano hacia Ismael antes de que nadie lo presentara—. Un momento, un momento. Yo a usted lo conozco. El inspector Ledesma. El del caso Casas.

—No hay ningún caso Casas.

—Ah, ¿no? Qué interesante. —La sonrisa se ensanchó—. Tomás Ferrer, del suplemento cultural. Seguro que ha leído algo mío.

—No.

—Mejor, mejor. Así no me adula. —Los ojos fueron de uno a otro—. No sabía que la Policía cenaba con los correctores. ¿Cena de trabajo?

—Una cena de duelo —dijo Julián, con una calma que a Ismael le pareció ensayada.

—Qué bonito. Me lo apunto. —Sacó el móvil con una ligereza teatral, y Ismael supo, con una certeza que le heló la nuca, que el hombre no escribía nada y que aquel gesto era un recado.

Se oyó a sí mismo decir «Buenas noches».

Se oyó dar la espalda, echar a andar, dejar atrás un callejón con una luz amarilla y a un hombre que no había hecho nada más que prestarle un libro.

No miró atrás. Si hubiera mirado, habría visto a Julián de pie, inmóvil, con las manos sueltas a los lados, siguiéndolo con los ojos hasta que la esquina lo tragó.

Y habría visto a Tomás Ferrer decir algo sonriendo, y a Julián no contestar.

Caminó rápido. Mucho. Bajó por la Via Laietana, subió por Pau Claris y recorrió media Gràcia con el libro apretado contra el pecho, como quien huye de un incendio con lo primero que ha cogido.

No fue el miedo a lo que podría hacer Ferrer. Eso era un cálculo, y los cálculos se pueden afrontar. Lo que sentía era más viejo y más sencillo: la vergüenza de haber sido visto, y la vergüenza mayor de haber sentido vergüenza.

* * *

Eran más de las doce cuando llegó al piso de la calle Verdi. No encendió la luz del techo. Dejó la chaqueta en el respaldo de la silla, se sentó en el borde de la cama y abrió el libro por la primera página.

No había dedicatoria. Solo un sello de tinta violeta, casi borrado: Llibreria Arce — La Bisbal.

Pasó páginas. Pla escribía en un catalán de payés, lento y exacto, y Ismael lo entendía a medias y lo sentía entero.

En los márgenes, la letra de Julián, pequeña y muy limpia, la misma de las notas de Elena en el manuscrito de Los jardines de la sal .

Se detuvo un momento en esa coincidencia, sin darle importancia: la letra del oficio es una sola, como el acento de una región.

Había marcas por todas partes: rayas, interrogaciones, corchetes, flechas. Y entre ellas, cada pocas páginas, un símbolo que se repetía, como una firma: una especie de d enroscada, con una cola larga que se cerraba sobre sí misma.

No supo qué significaba. Pasó el dedo por encima.

Cerró el libro. Lo dejó en la mesilla, junto a Los hijos del temporal, que seguía boca abajo con el lomo roto. Dos libros que nadie había querido, y que alguien le había puesto en las manos con un «con permiso».

Se tumbó a oscuras. La ciudad zumbaba con su metal de siempre, pero debajo de aquel zumbido, muy débil, creyó oír otra cosa que no era el mar: el roce de un lápiz sobre un papel, lento, paciente, trazando una línea que alguien, algún día, tendría que leer.