El fallo Capítulo 5
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Capítulo 5

Errata

El jueves amaneció con un cielo de ceniza y con un plazo que ya se podía contar en horas. Ortega había dicho viernes por la tarde, y Ismael, que no era supersticioso, llevaba toda la mañana sintiendo el viernes como una presencia en la nuca.

Carmen lo esperaba en su mesa, con el palito en la boca y tres folios grapados.

—Las huellas del bolso —dijo, sin saludar—. Tres juegos. Elena, Julián y uno parcial: siete puntos, un pulgar y media falange. No está en ninguna base.

—O es alguien sin antecedentes...

—...o alguien que se quitó el guante a medias. —Mordió el plástico—. Mi apuesta es Serra. Con ese apósito.

—Un apósito no es una huella.

—Un apósito es una declaración de intenciones.

—Le pasó otro folio—. Y esto es lo otro.

He vuelto a leer el libro de visitas del lunes.

Aparte de los mensajeros, dos autores con cita.

Uno es un señor de Sabadell que va cada trimestre a pedir explicaciones por un manuscrito que nadie le pidió. La otra...

Ismael leyó la línea que ella señalaba con la uña: D. Roca · Dirección · 17:10 · Salida 18:05.

—Daniela Roca.

—¿Te suena?

—No.

Carmen se quitó el palito de la boca, cosa que hacía solo en situaciones de emergencia.

—¿No sabes quién es Daniela Roca?

—Debería.

—Tiene un millón doscientos mil seguidores y dos novelas con medio millón de ejemplares entre las dos.

Mi sobrina Aitana le tiene un altar en la habitación.

—Sacó el móvil, tecleó y le tendió una foto: una chica de veintitantos, melena negra a la altura de la barbilla, ojos enormes, un jersey de punto que le sobraba por todas partes—.

Y ayer, en la columna de Tomás Ferrer, salió esto.

—Leyó en voz alta—: «Cierta joven promesa de la casa cuya prosa, según dicen en los pasillos, no tiene la edad de su dueña. »

—¿Ferrer?

—El periodista cultural. Tiene una columna que se llama Cuchicheos , que es lo que hace: cuchichear. —Guardó el móvil—. Ten cuidado con él. Huele la sangre.

* * *

El estudio estaba en Poblenou, en una antigua nave de tintorería con claraboyas sucias y una escalera de hierro que vibraba con cada paso.

Arriba, entre trípodes, paraguas de luz y percheros con ropa que nadie parecía haber elegido, una maquilladora retocaba los párpados de Daniela Roca mientras ella leía en voz alta, a una cámara fija, un mensaje de una lectora.

—«Tu novela me salvó la vida cuando no sabía cómo seguir.» —Se detuvo. Respiró. Lo leyó otra vez, más despacio, con la voz un poco rota—. «Tu novela me salvó la vida cuando no sabía cómo seguir.»

La segunda vez era mejor. Ismael lo notó sin querer, como se nota una falsedad en un billete.

Un hombre con auriculares gritó «¡corte!

» y las luces bajaron un grado. Daniela se volvió hacia ellos y la expresión se le apagó como si hubieran pulsado un interruptor.

Debajo apareció otra cara, más pequeña y mucho más cansada: la de una chica de veintisiete años que llevaba despierta desde las cinco.

—¿Son los policías? —Se bajó del taburete de un salto—. Perdonen, estamos con el contenido de la semana. Si me dan diez minutos...

—Nos bastan cinco —dijo Ismael.

Se sentaron en dos sillones de lona, al fondo, junto a una máquina de café que gruñía. Daniela se abrazó las rodillas con una soltura infantil. Hablaba con una voz cálida y ligeramente jadeante, la voz de los vídeos, que convertía cada frase en un secreto compartido con un millón de personas.

—Qué horror lo de Elena. No me lo puedo creer. Una caída, ¿no? Es que esa escalera... —Se interrumpió—. Perdón. Todo el mundo dice lo de la escalera.

—El lunes estuvo usted en Meridiano. De cinco y diez a seis y cinco.

—Sí, una reunión de calendario. Con Joan y con mi agente. Lo de la segunda novela, que sale en noviembre.

—¿Y después?

—Avión a Madrid. A las ocho menos cuarto. —Sonrió con orgullo—. Presentación en el Teatro Lara a las diez, con cuatrocientas personas y directo en redes. Si quiere, le paso el vídeo. Lo vieron trescientas mil.

—Se lo agradeceré.

Carmen anotó. Era una coartada limpia, de esas que se pueden verificar con una pulsación. Ismael la dio por buena, y por eso mismo decidió desconfiar de la parte de la conversación que venía después.

—¿Conocía a Elena Casas?

—No. —La respuesta llegó demasiado pronto—. Bueno, de vista. La saludé una vez en el ascensor. Me miró como si yo fuera una errata.

Lo dijo con una risa pequeña, y la risa se le quedó colgada en la cara un instante más de lo necesario.

—¿Una errata?

—Es lo que se me ocurrió. Una cosa fuera de sitio. —Se encogió de hombros dentro del jersey—. No lo digo por mal. Era muy amable. Solo que parecía... leerte . ¿Sabe? Como cuando alguien te mira y tú sientes que ya sabe cómo acaba la frase.

El móvil vibró entre sus rodillas. Daniela lo miró de reojo, y en la pantalla Ismael alcanzó a ver un nombre de tres letras, sin foto: Pau. La chica se puso del color de la pared y le dio la vuelta al teléfono con la mano, boca abajo, sobre el reposabrazos.

—Perdone. Es... mi hermano.

—Por supuesto.

—¡Daniela, cariño!

La voz llegó desde la escalera con un taconeo que hacía vibrar los peldaños.

Una mujer de unos cincuenta y cinco años, con pelo caoba de peluquería cara, gafas de montura roja y un traje de pantalón que costaba más que el sueldo mensual del inspector, cruzó el estudio con el aire de quien entra en su casa.

Tenía una voz de humo, grave y sin prisa.

—Rebeca Ortuño. Agente de Daniela. Y de algunos más. —Estrechó la mano de Ismael con un apretón seco—. Me han avisado de que estaban aquí, y yo soy de esas que prefieren estar presentes cuando alguien interroga a una clienta.

—No es un interrogatorio.

—Ya. Y yo no cobro comisión. —Sonrió—. Daniela, mi vida, ¿les has dicho lo del directo?

—Sí.

—Pues ya está todo dicho. Inspector, si necesita algo más, mi despacho está a su disposición. Con cita, por favor. La editorial y yo estamos... sensibles estos días.

Sensibles. La misma palabra de Serra, en otra boca, con el mismo aire de manual compartido.

—¿Es usted también la agente de Beatriz Salvatierra?

—Desde hace veintidós años. —Los ojos le brillaron—. Beatriz está destrozada. Elena era como de la familia. Todos hablan de ella como si fuera una conocida, y no lo era: era de las nuestras.

—«Era de las nuestras.»

—Una frase hecha. —Rebeca ladeó la cabeza—. Inspector, un consejo de amiga: no haga mucho caso a lo que escribe Tomás Ferrer. Es un buitre. Aunque a veces, no lo niego, los buitres llegan antes.

Se despidieron. Cuando Ismael ya se alejaba hacia la escalera, Rebeca atendió una llamada, se apartó dos pasos y le dio la espalda. Fue entonces cuando Daniela, de pie junto al sillón, le tocó el codo con dos dedos helados.

—Inspector.

Habló tan bajo que apenas la oyó.

—Me escribió una carta. Hace dos años, cuando salió mi primera novela. A mano. Decía que le había gustado, que tenía mucho oído. —Tragó saliva—. Y que esperaba que la siguiente la escribiera yo.

Ismael la miró. Daniela tenía los ojos muy abiertos, los de alguien que acaba de decir en voz alta algo que lleva meses guardándose.

—¿Qué quería decir?

—No lo sé. —Una mentira tan frágil que casi se oía romperse—. Rebeca dice que son cosas de lectora. Que no le dé importancia.

El taconeo regresó.

—¿Todo bien por aquí?

—Todo bien —dijo Daniela, y encendió la sonrisa de los vídeos.

* * *

El mensaje llegó a las cinco y diez, cuando Ismael estaba frente al ordenador intentando escribir un informe que no avanzaba.

Inspector: sé que tiene más preguntas y tiene derecho a hacerlas. Prefiero responderlas fuera de la editorial. Allí hasta las paredes tienen lectores. Si le viene bien, esta noche, a las nueve y media, en Cal Pere (travesía de la calle Montcada). Es un sitio tranquilo. J. Arce.

Lo leyó dos veces. La segunda, con el pulgar sobre la pantalla, notó que se le había acelerado algo debajo del esternón y se dijo, con la autoridad de quince años de oficio, que aquello era procedimiento.

Escribió De acuerdo. Lo borró. Escribió Allí estaré. Lo envió.

Después se quedó mirando el informe sin ver una sola línea.

* * *

Cal Pere era un comedor de seis mesas en un callejón del Born donde la luz llegaba en pequeñas cantidades, filtrada por una pantalla de papel amarillento. Olía a ajo dorado y a vino abierto. En la pared, un cartel descolorido anunciaba un festival de jazz de mil novecientos ochenta y seis.

Julián ya estaba allí. Se levantó al verlo entrar, con un «con permiso» dirigido a nadie, y esperó a que Ismael se sentara antes de hacerlo él. Sobre la mesa, junto a la botella de agua, había un libro de cubierta gris con las esquinas gastadas y un lápiz sin punta.

—Gracias por venir.

—Es mi trabajo.

—Ya lo sé. —Julián sonrió, y la sonrisa no le llegó a ser burla—. Pero también se puede venir a un sitio por un trabajo y quedarse por otra cosa.

Ismael no contestó. Abrió la carta, que era corta y en catalán: trinxat, anchoas de L'Escala, tortilla de patatas. Pidió la tortilla. Julián, las anchoas.

—Primero lo oficial —dijo Julián cuando el camarero se fue—. Usted vio la grabación.

—La vi.

—Me arrodillé. Le cogí la mano. —Se tocó el puente de las gafas con el dedo corazón—. No se lo dije porque me daba vergüenza que me vieran llorar delante de una cámara. Es una tontería. Pero Elena habría dicho que es una tontería muy mía.

Ismael lo escuchó sin interrumpirlo. Había en aquella confesión una sencillez que desarmaba, y que por eso mismo le pareció prudente no examinar con demasiada atención. Del bolso no habló. Guardó esa carta, y se sorprendió de guardarla contra alguien a quien acababa de decidir creer.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué.

—¿Cómo era? Elena.

La pregunta salió sola, sin el tono de la comisaría. Julián tardó en responder. El camarero trajo el pan, el agua, una cestita de aceitunas.