El fallo Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Pues yo no tengo más que eso. —Encendió un cigarrillo, aunque el otro seguía humeando en el cenicero—. Me llamó para preguntarme cómo estaba. Hablamos de mi hígado, que es un tema con mucho recorrido, y de un libro que estoy intentando terminar desde hace nueve años.

—Cuarenta y dos minutos.

—Soy un hombre muy detallista con mi hígado.

Ismael no sonrió. Esperó. Había aprendido que el silencio, bien administrado, era el único interrogatorio que la gente no sabía bloquear. Un minuto. Dos. Gaspar fumaba mirando el techo.

—Muy bien —dijo al fin—. Quería que le diera una opinión.

—¿Sobre qué?

—Sobre un texto. —Hizo un gesto vago con el cigarrillo—. No mío.

—¿De quién?

—No me lo dijo. Me leyó un fragmento por teléfono. Después, me envió... —Se interrumpió. Apagó el cigarrillo a medio fumar—. No quiero hablar de eso.

—Señor Villalba.

—Se lo digo de otra manera: no quiero tener eso en la cabeza.

El escritor se levantó, fue hasta la galería y se quedó de espaldas, mirando el patio interior. La luz amarilla le recortaba la silueta y lo hacía más viejo y más delgado.

—¿Era bueno el fragmento? —preguntó Ismael.

—Era demasiado bueno.

Lo dijo en voz baja, como si la palabra se le hubiera escapado sin permiso. Ismael esperó que añadiera algo, y no lo hizo.

—¿Ana Marín? —dijo entonces, con suavidad.

Gaspar se volvió de golpe. El vaso de vermut tembló en su mano.

—¿Qué sabe usted de Ana Marín?

—Es una de las finalistas.

—Eso lo sabe todo el mundo. —Se acercó a la mesa, y de pronto había en su voz una avidez que no tenía nada de la ironía de antes—. ¿Es verdad que es la favorita? ¿Le han dicho algo? ¿Han mencionado su nombre, su verdadero nombre, en alguna parte?

—No sé quién es.

—Nadie lo sabe. Eso dicen. —Cogió un cigarrillo nuevo y lo dejó caer sin encenderlo—. ¿Y Elena... Elena llevaba algo encima? ¿Un manuscrito?

—¿Por qué lo pregunta?

—Por curiosidad profesional.

—Usted desprecia el premio.

—Lo desprecio con toda mi alma. Es un carnaval de la vanidad con un jurado de actores de reparto y una cena a mil euros el cubierto. Pero lo desprecio desde dentro, inspector. Como se desprecia a un amante que no nos quiere.

Había dicho aquello con una amargura tan exacta, tan antigua, que Ismael sintió algo parecido a la compasión y la rechazó de inmediato. La compasión no es una herramienta.

—Se presentó el año pasado —dijo.

—No. —Pausa—. El anterior. Con seudónimo.

—¿Y?

—No pasé de la primera criba. —Una sonrisa terrible—. La lectora no me recomendó.

Ismael dejó que las palabras se asentaran en el aire espeso de la habitación.

—¿Quién era la lectora?

—Usted es policía. Piense.

El silencio que siguió no era incómodo. Era una cosa viva, con peso propio, que se sentó entre los dos y los miró.

—Elena —dijo Ismael.

—Elena Casas. Que me escribió una nota de cuatro líneas. Gaspar, esto no es lo mejor que has escrito, pero es lo más honesto. Un día lo entenderás. —Soltó una carcajada seca—. La odié durante un año. Después la quise otra vez. Así funcionan los lectores buenos.

Ismael se levantó. Sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó junto al vaso.

—Si recuerda algo más.

—No recordaré nada.

—Por si acaso.

Gaspar cogió la tarjeta y la sostuvo entre los dedos, sin mirarla.

—Inspector. Le doy un consejo, que es lo único que tengo de valor y no se vende. —Hablaba despacio, midiendo cada sílaba—. Esta gente no mata por un libro. Eso es de novela barata. Esta gente mata por un nombre.

—¿Qué nombre?

—Ninguno. —Gaspar sonrió, y la sonrisa le desfiguró la cara—. Soy un viejo borracho que habla de más. Lárguese, anda. Y cierre bien al salir, que el portal tiene mala memoria.

* * *

Ya en la calle, Ismael se detuvo bajo un farol y levantó la mirada.

En el tercero, junto a la ventana de la galería, había una figura alta.

Gaspar Villalba, de pie, con un teléfono en la oreja, mirando hacia abajo.

No hablaba. Escuchaba. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Ismael, no apartó la mirada.

Se quedó así, inmóvil, un segundo, dos, tres, con la rigidez de un hombre que sabe que lo están viendo y ha decidido que le da igual.

Después alzó una mano. No fue un saludo. Fue un gesto breve, casi una disculpa, o un adiós.

Y corrió la cortina.

Ismael volvió a casa a pie, por calles que conocía de memoria. Pasó por la panadería cerrada, por la librería de la esquina con la persiana bajada, por el portal de su edificio. No subió. Se sentó en el escalón del portal y sacó el móvil.

Tenía un mensaje de Carmen: Cotejo de huellas del bolso: tres juegos. Elena, Julián, y uno sin identificar. Parcial. Te lo mando mañana.

Y debajo, otro, enviado cuatro minutos después:

¿Qué tal el lector? ¿Te ha firmado?

Ismael miró el mensaje un buen rato. Luego escribió, borró, volvió a escribir, y al final dejó una sola línea:

Me ha dicho que esta gente mata por un nombre.

La respuesta tardó un minuto.

Pues habrá que averiguar de quién.

Se guardó el teléfono. En el cielo, entre las antenas, se veían dos estrellas. Y debajo, de nuevo, muy tenue, el zumbido de metal de la ciudad. Pero esta vez, mezclado con él, como un hilo tirante, creyó oír el roce de unas páginas pasando.