Capítulo 4 #2
—Ya lo sé. —Le dio un golpecito en el brazo con el palito de plástico—. Pero te has tocado la oreja cuando le has dicho que no tenías más preguntas.
—No me he tocado la oreja.
—Dos veces.
Ismael la miró. Ella miró el panel de números. El ascensor bajó cinco pisos en un silencio cálido, casi cómplice, que ninguno de los dos supo cómo aprovechar.
* * *
Eran las seis de la tarde cuando Carmen le puso delante el listado de llamadas.
—Mi amiga de la operadora me debe un favor y me lo ha pagado con intereses. Elena Casas, móvil, últimos treinta días. —Pasó el dedo por la hoja—. Lo normal: la editorial, una peluquería, una farmacia, su hermana de Valencia. Beatriz Salvatierra, nueve llamadas. Julián Arce, seis. Y esto.
El dedo se detuvo en un número de teléfono fijo con prefijo 93.
—Veinte de septiembre. Cuarenta y dos minutos. Más una de once minutos el veintidós. Y otra de siete el veintitrés, la víspera. A nombre de Gaspar Villalba Torres, calle Torrent de l'Olla, Gràcia.
Ismael lo miró.
—Gaspar Villalba.
—El escritor. ¿Lo conoces?
—Sí. —Pensó en la mesilla de noche, en el lomo roto, en el euro de segunda mano—. Un poco.
* * *
El número de la calle Torrent de l'Olla estaba a seis minutos a pie de su casa. Ismael lo comprobó en el mapa del móvil y sintió una especie de vértigo doméstico: llevaba ocho años viviendo a seis minutos del hombre cuyo libro leía en la cama.
Carmen se había quedado en la comisaría. Esto es una visita de lector, le había dicho él, no un interrogatorio. Ella lo había mirado, había mordido el palito, y había dicho: Pues llévate el libro, que firme. Él no había contestado.
El portal era estrecho, con las baldosas hidráulicas rotas y un olor a col hervida que ascendía por la escalera. Ismael subió hasta el tercero y llamó al timbre. Un timbre de los de antes, con un ruido de campana de pueblo.
Tardaron en abrir.
—Si es el cobrador, no estoy —dijo una voz desde dentro.
—Soy el inspector Ledesma, de la Policía Nacional.
—Entonces, peor.
La puerta se abrió. Gaspar Villalba tenía cincuenta y siete años, un metro noventa de altura venida a menos y una barba gris con manchas amarillas de tabaco en torno a los labios.
Vestía una chaqueta de punto con los codos deshechos y llevaba un vaso de vermut en la mano izquierda, a las seis y veinte de la tarde, como quien lleva un reloj.
Sus ojos eran muy claros y muy cansados, los de un hombre que ha dejado de esperar y no se ha enterado.
—Pase, pase. No toque nada, que está ordenado según un sistema.
El piso era largo y oscuro, de techos altos, con una galería al fondo por donde entraba una luz amarilla de tarde.
Había libros por todas partes: apilados en el suelo, en sillas, en los peldaños de una escalera de mano, en columnas inestables que oscilaban cuando alguien pasaba.
En la mesa del comedor, una máquina de escribir Olivetti con un folio a medias, y a su lado un cenicero de latón con dos colillas, una fresca y otra no.
Ismael recorrió con la vista las estanterías. Y se detuvo.
En una balda a la altura de los ojos, entre otros títulos, había cuatro ejemplares iguales de una misma novela. Una cubierta verde, descolorida, con un faro desdibujado: Los hijos del temporal. Gaspar Villalba, 1998.
Era el libro de su mesilla.
—¿Le interesa? —dijo Gaspar, desde la cocina.
—Tengo uno en casa.
—Mentira.
—Lo compré por un euro en el mercadillo de Sant Antoni.
El escritor asomó la cabeza por la puerta. Lo miró un segundo largo, como quien comprueba una moneda.
—Pues es usted el único. —Volvió a desaparecer—. Los otros once que se vendieron en los últimos veinte años los compré yo mismo, para que no hubiera tan pocos. ¿Quiere vermut?
—Estoy de servicio.
—Ya. Qué vida.
Volvió con dos vasos y dejó uno sobre la mesa, delante de una silla, sin esperar respuesta. Se sentó frente a ella con un crujido de huesos.
—Elena Casas ha muerto —dijo Ismael.
—Lo sé. Lo leí en el Ara de ayer, tres líneas entre la previsión del tiempo y un anuncio de colchones. —Bebió—. Pobre Elena. Setenta años de vida y tres líneas.
—Tenía sesenta.
—Parecía más. Las lectoras envejecen deprisa. Es el esfuerzo de no decir lo que piensan.
Ismael sacó el cuaderno de tapas negras, pero no lo abrió.
—Usted la conocía bien.
—Desde el ochenta y nueve. Yo tenía veinte años y escribía unos relatos que nadie quería, y ella estaba en una editorial pequeña que ya no existe, leyendo los originales que llegaban por correo.
Me los devolvió con notas. Con notas de verdad.
Nadie lo había hecho. —Hizo una pausa—. Fue la primera persona que me dijo que escribía mal y la única que me dijo por qué.
—¿Seguían en contacto?
—A temporadas.
—Tengo un registro de llamadas. Veinte de septiembre. Cuarenta y dos minutos.
Gaspar dejó el vaso en la mesa con mucho cuidado, como si pesara.
—Vaya. Qué eficaces son ustedes.
—¿De qué hablaron?
—De cosas.
—Necesito algo más que eso.