Capítulo 4
Lo que se calla
El despacho del comisario Ortega olía a tabaco apagado hace años y a la loción de afeitar que se ponía cada mañana para disimularlo. Tenía las persianas a medio bajar, como siempre, y un cenicero de cristal que ya no se usaba para nada y no se tiraba por una cuestión de principios.
Ortega no levantó la vista del informe cuando Ismael entró.
—Siéntate.
Ismael se sentó. Sobre la mesa, entre una taza fría y un montón de expedientes, reconoció la carpeta del Instituto de Medicina Legal. Estaba abierta por la última página, y alguien había subrayado una línea con un rotulador amarillo.
—«Sin poder descartar la intervención de terceros» —leyó Ortega en voz alta, con la voz plana de quien lee una esquela—. Le he pedido a Palau que lo quite.
—¿Y?
—Y me ha dicho que se lo pida a su abogado. —Soltó el informe—. Es una mujer difícil.
—Es una mujer honesta.
—Es lo que digo.
Ortega tenía cincuenta y ocho años, la cara ancha y cansada de un hombre que ha cerrado más casos de los que ha resuelto y ha aprendido a no distinguirlos con precisión, y unos ojos pequeños, muy vivos, que no se parecían nada al resto.
Era un buen policía convertido en un buen funcionario, que es una transformación que casi nadie nota, y menos que nadie quien la sufre.
—Dime lo que tienes. Y no me hables de sensaciones.
Ismael se lo dijo. Los hematomas en los antebrazos, el golpe en la nuca, el microcorte de noventa y siete minutos, el bolso que había cambiado de estado, el fragmento de papel bajo la uña. Después sacó del maletín una hoja con la hora de cada tarjeta y la dejó sobre la mesa.
—Joan Serra estaba en el edificio. Entró por el garaje a las 21:31, subió a su planta a las 21:33 y salió a las 23:12. Elena Casas entró a las 21:47 y preguntó por él en recepción. Murió entre las diez y la medianoche. Serra no lo dijo.
—No lo dijo porque nadie se lo preguntó.
—Se lo pregunté yo. Le pregunté a qué hora llegó ella.
—Te contestó que no lo sabía con exactitud.
—Que es lo contrario de decir que estaba allí.
Ortega se frotó los ojos con las yemas de los dedos.
—Ismael, escúchame. —Cuando lo llamaba por el nombre, la conversación cambiaba de bando—.
Anoche me llamó el comisario general. Fontanals.
Un hombre que no llama a nadie un martes por la noche.
Me ha dicho que el señor Serra está muy afectado , que el premio está en un momento delicado y que confía en que la Policía se conduzca con la discreción que el caso merece .
—¿Qué caso? Hace dos días era un accidente.
—Ya lo sé. —Ortega sonrió sin alegría—. Lo que me ha parecido interesante es que Fontanals ha dicho «el caso». Con un artículo delante. Como si ya tuviera forma.
Un silencio se instaló entre los dos. Fuera, en el pasillo, alguien reía al teléfono con una risa de oficina.
—Hay una cosa más —dijo Ismael.
—Dila ya.
—Esta mañana Palau me ha mandado el cotejo del fragmento.
—Sacó una segunda hoja—. Papel de ochenta gramos, el mismo de las copias del archivo del premio.
Y el borde, el borde rasgado del triángulo, encaja con la tira que quedó en el folio cien de la novela.
Se arrancó la página a tirones, con fuerza.
Y un trozo se quedó bajo la uña de Elena.
Ortega tardó unos segundos en hablar.
—O sea que la página estaba en su mano.
—Cuando alguien se la quitó. O cuando ella intentó quedársela.
—Eso no lo sabes.
—No. Pero es lo que dicen los datos.
Ortega se levantó, fue hasta la ventana y separó dos lamas con los dedos. Miró la calle un rato. Cuando se volvió, había envejecido un poco, o era la luz.
—Te doy hasta el viernes.
—Es poco.
—Es lo que puedo sostener. Si el viernes por la tarde no me traes algo que le pueda poner en la mesa a Fontanals, algo con nombre y apellidos, cierro el expediente.
Y la cláusula de Palau queda como una nota a pie de página.
—Levantó un dedo—. Con dos condiciones. Una: a Serra no te acercas sin Vidal, y con cita.
Dos: nada de filtraciones. Si veo una línea en un periódico antes de tiempo, sales del caso.
—De acuerdo.
—No estás de acuerdo. Estás diciendo que sí. Es distinto.
—Lo aprendí de usted.
Ortega casi sonrió.
—Eres bueno, Ledesma. —Lo dijo en el tono en que se dicen las cosas que se prefiere no haber dicho—. Eres lo mejor que tengo. Lo que no he entendido en quince años es por qué te empeñas tanto en que nadie te vea.
Ismael se quedó quieto. Sintió que se le subía una mano hacia la oreja y la detuvo a mitad de camino, como quien corrige un gesto en un espejo.
—Será el oficio.
—Será —dijo Ortega, sin creerlo.
* * *
La cita con Joan Serra se fijó a las doce, en el mismo despacho de la Diagonal, con la misma vista de dinero y con un sillón nuevo, algo más alto que el anterior, para el visitante.
—Han pensado en todo —murmuró Carmen en el ascensor.
—Han pensado en mí.
—Es lo mismo.
Serra los recibió de pie. Llevaba un traje azul oscuro, la sonrisa en su sitio y, en la muñeca izquierda, bajo el puño de la camisa, un pequeño apósito blanco que no estaba el día anterior.
Ismael lo vio en el primer apretón de manos y lo dejó pasar, como se deja pasar a un tren que se piensa tomar después.
—Inspector, subinspectora. Siéntense, por favor. Mireia, café para todos. —Esperó a que la puerta se cerrase—. Me han dicho que han estado hurgando en nuestras cámaras. Y en nuestros archivos. Y, si no me equivoco, en nuestra lista de finalistas.
—Con la autorización de la Policía —dijo Ismael.
—Naturalmente. No me quejo, que quede claro. Quiero ayudar. Es lo que Elena habría querido.
Había una cualidad en Serra que Ismael había notado desde el primer día y a la que todavía no había puesto nombre.
Ahora se la puso: el hombre no mentía . Era un hombre que administraba la verdad, como un banquero administra un patrimonio: sin gastarla de golpe, sin dejarla quieta, y siempre con una comisión.
—Señor Serra, el lunes por la noche usted estaba en el edificio.
—Claro que estaba. —Lo dijo con tanta naturalidad que Carmen, a su lado, se removió en el asiento—. Entré a las nueve y media. Salí a las once y algo. Estaba preparando las actas del jurado.
—No lo mencionó cuando hablamos.
—Usted me preguntó a qué hora llegó Elena. No a qué hora llegué yo. Y mi presencia en mi propio despacho, inspector, me pareció tan poco noticiable como la del portero. —Sonrió—. Le pido disculpas si he sido poco claro.
—¿Vio a Elena Casas esa noche?
—No.
—Preguntó por usted en recepción.
—Me lo dijo Mireia esta mañana, y me ha dolido saberlo.
—Bajó la voz, y en su rostro apareció una pena tan bien proporcionada que Ismael no habría podido decir qué parte de ella era falsa—.
Habría subido, supongo. Pero yo tenía la puerta cerrada y estaba con los auriculares, escuchando una grabación.
El edificio es muy antiguo, pero mi despacho está insonorizado. Hicimos obras en dos mil dieciocho.
—¿No oyó nada? ¿Voces? ¿Una caída?
—Nada.
—¿Y su salida?
—Por el garaje, como siempre. Mi ascensor baja directo. No pasa por la escalera.
Era una respuesta limpia. Tan limpia que parecía pulida por varias manos.
Ismael esperó a que llegara el café. Mireia lo sirvió y se retiró sin mirar a nadie. Entonces sacó del maletín la bolsa con las cien páginas y la puso encima de la mesa, junto al azucarero.
—Dijo que Los jardines de la sal no le sonaba.
—Dije que llegan tres mil títulos al año.
—Su secretaria me ha dicho que usted la ha leído tres veces.
Serra no se movió, pero ladeó un poco la cabeza, como quien comprueba una cerradura.
—Inspector, en esta casa no manejamos títulos, sino números.
El jurado lee manuscritos con un número de seudónimo y un título provisional, que a menudo cambia antes de publicarse.
Si usted me dice Los jardines de la sal , mi cabeza no va a la novela.
Va a la carpeta cuatro, uno, uno, siete.
—Se encogió de hombros—. Es un vicio profesional.
Pero sí: la he leído. Es magnífica. Si no se lo dije fue porque es la favorita, y en un premio como este, hablar de la favorita ante un policía es arrojar una piedra a un estanque.
—¿Y por qué llevaba Elena cien páginas?
—No lo sé.
—Los lectores no tienen acceso a los finalistas.
—No lo tienen. —Serra se inclinó hacia delante, y por primera vez pareció sincero—.
Y eso es lo que me inquieta, inspector. Créame.
Que una copia de la novela favorita haya salido del circuito cerrado del jurado es, para mí, un problema profesional gravísimo.
Alguien ha filtrado un finalista. Y yo no sé quién.
La frase tenía un ángulo curioso. Era a la vez una confesión de ignorancia y una acusación, lanzada hacia un lugar que no era él. Ismael la guardó para luego.
—¿Quiénes componen el jurado?
—Esa información es confidencial hasta el fallo.
—Es una investigación de muerte sospechosa.
—«Sospechosa» no es una palabra que el comisario general haya utilizado. —Sonrió con paciencia—. Se la daré, inspector, no se preocupe. Con los cauces oportunos. Mi abogada está en camino, de hecho.
Como si lo hubiera invocado, llamaron a la puerta y entró una mujer de unos cuarenta años, traje gris y carpeta, con la sonrisa neutra de las personas a las que se paga por no tener opinión. Se presentó con un apellido que Ismael olvidó en el acto.
—Bien. —Serra se puso de pie—. Si no tienen más preguntas...
—Una más —dijo Ismael.
—Dígame.
—Lleva usted un apósito en la muñeca.
Serra se miró la mano con una naturalidad perfecta.
—Un corte con el papel, esta mañana. —Levantó el apósito un centímetro, y bajo él se veía una línea roja, fina, de apenas dos centímetros—. Con la que está cayendo, qué ironía, ¿verdad? Treinta años rodeado de libros y me corto con una hoja.
—Una ironía —repitió Ismael.
—Una pequeña.
Cuando salieron al pasillo, Carmen caminó en silencio hasta el ascensor. Solo cuando las puertas se cerraron habló.
—Tú le has dicho «una ironía» como quien dice «tomo nota».
—Es que tomo nota.