El fallo Capítulo 3 #2
9%

Capítulo 3 #2

—Esas no se caen. —Abrió la carpeta de registros—. Tarjeta de Elena Casas, acceso al vestíbulo a las 21:47. Tarjeta de Joan Serra, entrada al garaje a las 21:31 y al ascensor de dirección a las 21:33. Salida de Serra por el garaje... —Pasó el dedo por la columna—. 23:12.

Carmen soltó el aire por la nariz.

—O sea que Serra estuvo dentro toda la ventana en que se cayó ella.

—O ella estuvo dentro con él, y alguien más, y nadie más —murmuró Ismael—. No lo sabemos. Pero Serra estaba aquí.

—Y no lo dijo.

—No lo dijo.

—Ponga lo que viene después del reinicio —pidió Ismael.

Raúl avanzó. 23:40:26: la cámara de la escalera volvió a la vida y mostró, en blanco y negro, un cuerpo tendido al pie de los peldaños, con un brazo extendido y el rostro ladeado.

Ismael se obligó a mirarlo con los mismos ojos con los que había mirado la mesa de acero.

Junto al segundo escalón, cerrado, había un bolso de cuero.

—Para —dijo.

Raúl congeló la imagen.

—El bolso está cerrado.

—Sí, señor.

—Esta mañana estaba abierto, junto a su mano.

Un silencio incómodo se sentó entre los tres. Carmen se acercó al monitor.

—Alguien lo movió.

—Pasa la grabación a toda velocidad, desde ahora hasta la mañana. Despacio cuando entre alguien.

Durante casi ocho horas, la imagen apenas varió: la luz del vestíbulo cambió de azul a gris, un ratón cruzó el mármol hacia las tres, el cuerpo siguió quieto. A las 07:38, la puerta se abrió y entró Julián Arce con su abrigo oscuro y una bolsa de tela colgada al hombro.

Ismael contuvo el aliento.

Julián se detuvo al pie de la escalera. Tardó un segundo en comprender lo que veía, y aquel segundo, en pantalla, duró una eternidad.

Dejó caer la bolsa. Cruzó el vestíbulo casi corriendo, se arrodilló junto a Elena y le tomó la mano.

Se quedó así, inmóvil, más de un minuto.

Después, con una delicadeza que a Ismael se le clavó en el pecho, recogió el bolso del escalón y lo dejó junto a la mano de ella, como quien devuelve un objeto a su sitio.

Y abrió el cierre, no para mirar dentro, sino para dejarlo abierto , como cuando se deja una puerta entornada para un invitado.

A las 07:44 subió corriendo por la escalera. A las 07:49 constaba la llamada al 112.

—Se acercó —dijo Carmen—. Dijo que la había visto desde el rellano.

—Dijo que pensó que se había quedado dormida —corrigió Ismael—. Que no se movía.

—Es lo mismo. Mintió.

—Lo hizo por pudor. —Lo dijo antes de pensarlo, y notó que la frase le salía demasiado rápida, como una excusa que se tiene ensayada—. Mucha gente toca a un muerto y luego no sabe contarlo.

Carmen lo miró de lado, medio segundo, con el palito inmóvil entre los dientes.

—Es posible.

—Se lo preguntaré.

—Cuando quieras.

No lo preguntó aquella tarde. Ni a la siguiente. Una parte de él, la más callada, ya había decidido no hacerlo todavía.

* * *

Mireia Sanz, la secretaria de Joan Serra, los recibió en la antesala del despacho de dirección con la expresión de quien ha sido instruida para ser amable y no sabe hasta dónde.

—El señor Serra está fuera, en una reunión. Me ha dejado pedido que les facilite todo lo que necesiten.

—Quisiéramos la lista de finalistas del premio —dijo Ismael.

—Claro. —Abrió un cajón con una llave pequeña—. Es información reservada hasta el fallo, pero si es para la investigación...

Les tendió una sola hoja, impresa en papel grueso, con el membrete dorado del premio:

48.º PREMIO MERIDIANO — FINALISTAS

Seudónimo Título Págs. Ana Marín Los jardines de la sal 342 Lucas Ferrán La hora del cangrejo 408 Mara Solís Cartas a nadie 296 J. M. Orbe El último testigo del faro 377 Nora Quiroga Los días sin domingo 351

Ismael leyó la primera línea dos veces. Notó que la mano le había quedado muy quieta.

—¿Quién es cada uno?

—Nadie lo sabe. —Mireia sonrió, como quien recita un orgullo—. Esa es la garantía del premio. Las plicas con los nombres reales están en una caja en la notaría de don Aurelio Bonet, en el paseo de Gràcia. Se abren en la gala, delante de todos. Ni el señor Serra conoce quién es quién.

—Nadie —repitió Ismael.

—Nadie. Es el principio de la casa.

Un secreto bien guardado, pensó, es el mejor lugar para esconder una mentira.

—Tengo una pregunta. —Sacó del maletín la bolsa de pruebas con el fajo de hojas grapadas y se lo mostró sin abrirla—. ¿Reconoce esto?

Mireia se inclinó. Leyó la línea de la primera página. Algo se le movió en la cara.

—Es... Los jardines de la sal.

—¿Puede traerme la copia oficial del archivo?

Tardó cinco minutos. Volvió con una carpeta azul y la depositó sobre la mesa con cuidado. En la cubierta, mecanografiado, constaba: ANA MARÍN · LOS JARDINES DE LA SAL · Seudónimo n.º 4117 · 342 págs.

Ismael abrió la carpeta. Primera página, primer párrafo. Luego sacó las hojas de la bolsa y las puso al lado, bajo la luz de la ventana.

La sal llegó antes que las palabras.

La misma frase, la misma tipografía, el mismo interlineado. Pasó páginas. Página doce, página cuarenta, página noventa y nueve. Todo idéntico, salvo en una cosa: las hojas de Elena no tenían carátula, ni número de seudónimo, ni nada que dijera de quién eran. Y llegaban hasta el folio 99.

El 100 había sido arrancado.

—La copia que llevaba la señora Casas —dijo Carmen, en voz baja— son las cien primeras páginas de una novela finalista.

—Sin portada.

—Sin portada.

—¿Tenía Elena acceso a los finalistas? —preguntó Ismael.

—No. Los lectores trabajan en la primera criba. Después los manuscritos pasan al jurado y a la dirección. —Mireia se pasó la lengua por los labios—. A los lectores ya no se les enseña nada.

—Entonces —dijo Ismael, despacio—, ¿por qué llevaba una copia en el bolso?

La secretaria miró al suelo.

—Pregúnteselo al señor Serra.

—Lo haré. Una última cosa: ¿conoce usted esta novela?

—Todo el mundo la conoce. Es la favorita. —Dudó—. El señor Serra la ha leído tres veces. Dice que no ha leído nada igual en treinta años.

«No me suena. Pero llegan tres mil títulos al año, inspector.»

Ismael cerró la carpeta con mucho cuidado. No sonrió. No hacía falta.

* * *

Esa noche, en el piso de la calle Verdi, extendió las cien páginas sobre la cama, bajo la luz amarilla de la lámpara de lectura. Había pedido permiso a Ortega para llevarse una fotocopia y no el original, y Ortega, con un suspiro que equivalía a una firma, se lo había dado.

Leyó. Primero el texto, que era extraordinario: una prosa limpia, contenida, hecha de frases que parecían no pesar y pesaban como piedras de río. Después, despacio, los márgenes.

Se detuvo.

Una lectora corrige a otro. Señala una repetición, un adjetivo flojo, un cambio de tiempo verbal. Ismael había visto manuscritos así en casa de un amigo editor de Cádiz, años atrás: marcas breves, impersonales, casi quirúrgicas.

Aquellas no lo eran. Había tachaduras con furia, flechas, frases enteras reescritas a lápiz entre los renglones, palabras sustituidas por otras y luego restituidas, con un no, así no o un sí, esta escritos en una letra pequeña y muy limpia.

Había una página, la cuarenta y uno, donde un mismo párrafo había sido reescrito cuatro veces, hasta que la última versión, a lápiz, había quedado casi idéntica a la primera.

No eran las notas de quien corrige a otro.

Eran las de quien duda de su propio texto.

Ismael apartó las hojas. Apagó la lámpara y se quedó tumbado, a oscuras, con la imagen de Julián Arce de rodillas en el vestíbulo y la mano de la muerta entre las suyas. Pensó en que le preguntaría algo, y que no sabía qué, ni cuándo, ni con qué derecho.

Debajo de él, la ciudad zumbaba con su metal de siempre.

Esa noche no se oía el mar.