Capítulo 3
Lo que queda escrito
El Instituto de Medicina Legal olía a desinfectante y a café recalentado, dos olores que Ismael asociaba desde hacía años con las malas noticias confirmadas.
La doctora Nuria Palau lo recibió de pie, con la bata abierta y una carpeta bajo el brazo.
Tenía cincuenta años, el pelo gris cortado a navaja y una manera de mirar que no pedía permiso.
Habían trabajado juntos en doce casos y se habían caído bien en todos, lo cual, en aquel oficio, era casi una amistad.
—Llegas pronto.
—Ortega me ha dado tres días.
—Ortega da tres días a todo el mundo. Es su forma de decir que no.
Lo condujo por un pasillo de linóleo hasta una sala pequeña, de luz blanca y paredes de azulejo.
Sobre la mesa de acero, bajo una sábana, Elena Casas parecía más pequeña que la víspera.
Ismael se obligó a mirarla. Era una norma que se había puesto hacia el tercer año de oficio: a los muertos hay que mirarlos, porque nadie más lo va a hacer con atención.
—Causa de la muerte —dijo Palau, abriendo la carpeta—: traumatismo craneoencefálico por impacto occipital. Fractura con hundimiento en la parte posterior del cráneo. Murió en segundos o, como mucho, en un par de minutos sin conciencia.
—Eso es compatible con una caída.
—Es compatible con una caída —repitió ella— y con mucho más. Llevo veinte años escribiendo «compatible con», Ismael. Es el idioma de los que no queremos mentir. —Pasó una hoja—. Pero hay tres cosas que no me gustan.
—Dime.
—La primera: se golpeó en la nuca. Quien resbala en una escalera cae hacia delante, y se rompe la cara, las manos, las rodillas. Para golpearse la nuca hay que caer hacia atrás, y para caer hacia atrás por una escalera hay que dar un paso en falso hacia atrás... o que alguien te lo haga dar.
—¿Puedes afirmar que la empujaron?
—No. Puedo afirmar que no encaja bien con tropezar. Es distinto, y lo sabes.
Ismael asintió. Palau levantó con cuidado el borde de la sábana y le mostró el antebrazo izquierdo, apenas un palmo de piel pálida.
—La segunda. Hematomas en la cara interna de ambos antebrazos, por encima de las muñecas. Recientes, producidos en torno a la muerte. Cuatro marcas ovaladas en un lado, una en el otro. Del tamaño de yemas de dedos.
—Alguien la agarró.
—Alguien la sujetó, o ella se agarró a alguien. Es el mismo patrón visto del revés. No te lo puedo distinguir.
Ismael se quedó mirando las cinco marcas, violáceas, casi delicadas. Parecían un mensaje escrito con tinta de otro color.
—¿Y la tercera?
Palau cogió de una bandeja una bolsita transparente y se la tendió. Dentro había un fragmento de papel blanco, un triángulo de cuatro o cinco milímetros de lado.
—Bajo la uña del índice derecho. Papel de ochenta gramos, impresión láser. Se distingue el trazo final de una letra, que podría ser una a o una o , y una mancha de grafito. —Hizo una pausa—. Y tiene los dedos de esa mano ennegrecidos de lápiz. Había estado escribiendo o anotando poco antes.
—Como el lápiz de cualquier lectora.
—Como el de cualquier lápiz del mundo. Pero yo te lo cuento todo, que para eso me pagan.
—¿La hora?
—Entre las diez de la noche y la medianoche. En el estómago, té y una galleta, tres horas antes más o menos. Ni alcohol ni sedantes.
—¿Qué va a poner tu informe?
—«Lesiones compatibles con caída accidental, sin poder descartar la intervención de terceros.» Esa última cláusula Ortega querrá quitarla.
—¿Y tú?
—Yo la voy a dejar. —Cerró la carpeta—. Me quedan nueve años para jubilarme y me gusta dormir por las noches.
* * *
La subinspectora Carmen Vidal lo esperaba fuera, apoyada en el capó de un coche camuflado, con un café en cada mano y un palito de plástico entre los dientes que mordisqueaba como otros fuman.
Tenía treinta y ocho años, era de Badalona y llevaba cinco siendo la única persona de la comisaría de Les Corts que hablaba con Ismael sin esperar de él nada más que una respuesta. Se reía fuerte, trabajaba rápido y tenía una virtud peligrosa: se fijaba.
—Café solo, sin azúcar. Como los santos.
—Gracias.
—¿Y bien?
Ismael se lo contó. Ella escuchó sin interrumpir, mordiendo el palito, y al final soltó un silbido bajo.
—O sea, que la doctora Palau te acaba de decir «no lo sé» con tres párrafos de diferencia.
—Más o menos.
—Pues eso en mi pueblo se llama un caso. —Abrió la puerta del conductor—. He llamado a la empresa que lleva las cámaras de la editorial. Nos esperan a las doce, y si te portas bien, te invito a una tortilla.
—No es necesario.
—Nunca es necesario. Por eso hay que hacerlo.
Condujo ella. Durante un rato fueron en silencio, y Ismael miró por la ventanilla cómo la ciudad se desplegaba en su mañana de otoño, limpia y ajena. Carmen habló sin apartar los ojos de la carretera.
—Oye. Ayer, cuando volviste de la editorial... Estabas distinto.
—¿Distinto cómo?
—No sé. Como cuando alguien huele a algo que le gusta. —Se encogió de hombros—. Siempre te pasa con los sitios llenos de libros. Es la única vez que te veo con ganas.
—Soy un hombre de pocas ganas.
—Tú eres un hombre de muchas ganas y poco espacio. —Giró en una rotonda—. Es distinto.
Ismael no contestó. Fuera, un semáforo cambió a verde, y él tardó un segundo en darse cuenta de que llevaba un rato sin respirar.
* * *
Montserrat Gual, la recepcionista de Ediciones Meridiano, tenía cincuenta y cinco años, un jersey de lana fina y las manos entrelazadas sobre el mostrador como quien reza sin atreverse a decirlo.
Llevaba desde las ocho de la mañana contestando llamadas de pésame y de periodistas con la misma frase, y la frase empezaba a gastársele.
—El libro de visitas, sí, claro. —Se lo tendió—. Aquí firma todo el que no tiene tarjeta. Mire, ayer... el último registro es un mensajero a las seis y cuarto. Nadie más.
Ismael pasó las páginas hacia atrás. Mensajeros, agentes, un fotógrafo, dos autores con cita. Ninguna firma de Beatriz Salvatierra en el último mes.
—¿Quién estaba en recepción por la noche?
—Anselmo. Anselmo Roig. Hace el turno de tarde, de dos a diez. A partir de las diez el edificio se cierra con tarjeta. Entra a las dos, si quiere esperarlo.
Lo esperaron. Anselmo Roig llegó a las dos menos diez: un hombre de sesenta y seis años, alto, con bigote cano, un chaleco de punto y la costumbre de saludar a la gente como si les devolviera un objeto olvidado. Cuando supo de qué iba la cosa, se quitó la gorra.
—Yo la vi entrar —dijo—. Fue a las nueve y cuarenta y siete. Lo recuerdo porque faltaba poco para cerrar y pensé: esta mujer va a trabajar hasta las tantas, como siempre.
—¿Cómo iba?
—Con el bolso agarrado con las dos manos, como los que cogen el autobús de noche. —Se pasó la mano por el bigote—. No me contestó al buenas noches. Y eso que ella siempre me daba las buenas noches con nombre y todo: «Buenas noches, Anselmo.» Esa vez, nada.
—¿Notó algo más?
—Había llorado. O estaba a punto. Los ojos... —Buscó la palabra—. Brillantes. De esos que no quieren que se los miren.
—¿Le dijo algo?
—Una cosa. —Anselmo dudó—. Preguntó si el señor Serra estaba arriba.
Carmen, que escribía en un rincón, levantó la cabeza.
—¿Y estaba?
—Su coche llevaba en el garaje desde las nueve y media. Se lo dije. Ella asintió y subió. Por la escalera, como siempre. Decía que el ascensor es para los que tienen prisa por llegar a ninguna parte.
Ismael sintió que algo se le encajaba por dentro, sin ruido, como una pieza en un mecanismo antiguo.
«No lo sé con exactitud. Pregunte a recepción.»
Joan Serra no había mentido. Había hecho algo más fino: había hablado durante diez minutos de la última noche de Elena Casas sin mencionar que él mismo estaba en el edificio.
—¿Vio salir a alguien más antes de que usted se fuera?
—No. A las diez cerré y me fui. Tengo el tren a las diez y veinte.
—¿Alguien más había entrado?
—Que yo viera, no. —Se retorció la gorra—. Si la hubiera visto peor, inspector, me habría quedado. Se lo juro.
—Lo sé, Anselmo —dijo Ismael, con una suavidad que le sorprendió a él mismo—. No es culpa suya.
El hombre asintió muchas veces, con los ojos húmedos, y se quedó un rato más mirando la moqueta color vino.
* * *
La sala de control estaba en el sótano, entre columnas de hormigón y cajas de cables.
Allí los esperaba Raúl Benítez, técnico de la empresa de seguridad, un chico de unos veinticinco años con auriculares colgados del cuello y las uñas mordidas.
Tenía seis monitores y la cara de quien lleva toda la mañana temiendo que lo culpen de algo.
—Cinco cámaras en el edificio: vestíbulo, escalera, garaje, pasillo de dirección y salida de emergencia. Graban en continuo. Y esto —tocó una carpeta de registros— son las lecturas de las puertas, que funcionan con tarjeta y van aparte, con batería propia.
—Empecemos por la escalera.
Raúl tecleó. En el monitor central apareció la imagen en blanco y negro, ligeramente deformada, de los tres últimos escalones y el rellano de mármol.
—Esta cámara no cubre el tramo superior. Solo ve desde el tercer peldaño hasta abajo.
—O sea que no vemos la caída.
—No. Pero vea esto.
Avanzó la grabación. A las 21:47:12, la entrada del vestíbulo: Elena Casas cruzaba la imagen con el bolso apretado contra el pecho y subía por la escalera hasta salir de plano.
Ismael la miró hasta que desapareció. Caminaba rápido, con la cabeza inclinada, como quien lleva algo que pesa más de lo que parece.
—Ahora —dijo Raúl.
Los números del contador avanzaron. 21:58. 22:01. 22:03:11. Y entonces la pantalla se quedó en negro.
—¿Qué ha pasado?
—Microcorte de tensión. El sistema tiene un SAI, una batería de respaldo, pero hace como un año que no la cambian. Al volver la corriente, se reinicia. —Tecleó—. Hasta las 23:40:26.
—Noventa y siete minutos.
—Sí. Todas las cámaras. Es un fallo conocido. Lo notificamos en marzo.
—¿Y las puertas?