Capítulo 2
Los que miran
El despacho de Joan Serra estaba en la última planta y tenía una vista de la Diagonal que costaba dinero. Ismael lo comprendió nada más entrar: no era un despacho para trabajar, era un despacho para ser visto trabajando.
Las paredes, de un blanco roto, estaban cubiertas de portadas enmarcadas.
Treinta años de premios Meridiano, uno por año, alineados como retratos de familia.
Debajo de cada uno, una placa dorada con el nombre del ganador y la fecha del fallo.
Ismael recorrió la hilera con la vista mientras esperaba.
Reconoció una docena de nombres. Los otros le sonaban vagamente, como las caras de un andén por el que se pasa a diario.
Treinta ganadores. Y cuántos miles que no.
—Inspector Ledesma, perdone la espera.
Joan Serra entró con las manos extendidas, como quien recibe a un invitado y no a un policía.
Tenía unos sesenta años, el pelo blanco peinado hacia atrás, una chaqueta de lino que no arrugaba y una sonrisa que se encendía y se apagaba con precisión de interruptor.
Era un hombre que había aprendido a ser amable como otros aprenden a conducir: sin pensarlo, y sabiendo exactamente adónde iba.
—Le agradezco que haya venido personalmente. Es una tragedia. Una auténtica tragedia. Elena llevaba con nosotros... ¿cuántos años? Veinte. Veintiuno en enero. Una profesional ejemplar.
—Lamento su pérdida.
—Gracias, gracias. —Serra se sentó tras la mesa e hizo un gesto para que Ismael ocupara el sillón de enfrente.
Era más bajo que el suyo, observó este sin comentarlo—.
Una caída. Qué cosa más absurda. Esa escalera es de mármol, ya lo he dicho mil veces, hay que ponerle una alfombra antideslizante.
Pero ya sabe cómo son estos edificios modernistas: mucha belleza, poca seguridad.
—¿Elena Casas tenía problemas de equilibrio? ¿De vista?
—No que yo sepa. Aunque, claro, con los años... Leía muchísimo. A veces uno no se da cuenta de lo que el trabajo le hace al cuerpo.
Ismael asintió despacio. Notó un detalle que le pareció curioso, y lo guardó: en menos de un minuto, Serra ya había ofrecido dos explicaciones para un accidente que nadie le había puesto en duda.
—¿A qué hora llegó ayer Elena?
—No lo sé con exactitud. Pregunte a recepción. —Una pausa mínima—. Aunque en estas fechas todos nos quedamos hasta tarde.
—¿Estas fechas?
Serra sonrió, esta vez con un orgullo casi infantil.
—El fallo es el quince de octubre, inspector. Faltan tres semanas. Estamos en plena recta final. Los originales finalistas están en manos del jurado, la prensa nos llama a diario, los autores...
Se detuvo, buscando la palabra.
—Los autores están, digamos, sensibles.
—¿Sensibles?
—Un premio como este lo cambia todo. Doscientos mil euros, la portada de todos los suplementos, una tirada de medio millón. Hay gente que lleva media vida esperando una llamada. —Hizo un gesto vago con la mano—. Cuando algo así está en juego, la gente se vuelve... intensa.
Intensa. Ismael lo anotó mentalmente junto a sensibles , a tragedia y a absurda . Era un hombre que hablaba con las palabras justas para no decir nada.
* * *
—Hábleme del trabajo de Elena —dijo.
—Era lectora de originales. Cada año recibimos unos tres mil manuscritos. Es imposible que el jurado los lea todos, así que los lectores hacen la primera criba. Ella, en particular, era... —buscó el adjetivo— muy fiable. Tenía olfato. Lo que Elena recomendaba, normalmente, merecía la pena.
—¿Y lo que recomendaba, llegaba lejos?
Serra tardó una fracción de segundo en responder.
—A veces.
—¿Alguna vez ganó algo que ella hubiera descubierto?
—Alguna. Sí. Dos o tres finalistas a lo largo de los años. Pero, ya sabe, esto es un negocio de nombres. Quien ve el manuscrito es la lectora. Quien sale en la foto es el autor.
Lo dijo con ligereza. Sin amargura, sin ironía. Y precisamente por eso, Ismael sintió que algo en la frase pesaba más de lo que debía.
—Esta mañana he encontrado un manuscrito en su bolso. Los jardines de la sal . ¿Le suena?
Serra no se movió. Ni un músculo. Cualquiera habría dicho que no se había alterado.
Pero Ismael había pasado quince años observando a gente que mentía, y sabía que el cuerpo tiene una forma muy particular de quedarse quieto cuando está haciendo un esfuerzo.
—No me suena. —Una sonrisa pequeña—. Pero llegan tres mil títulos al año, inspector. Tendría que mirarlo en el registro.
—Faltaba la última página.
—Seguramente se le habría traspapelado. O la dejó en otro sitio. Elena era metódica, pero con tanto papel...
—Alguien la arrancó.
La sonrisa de Serra se mantuvo un segundo más de lo natural. Luego, con suavidad, se plegó sobre sí misma.
—Inspector, entiendo que usted tenga que hacer preguntas.
Es su trabajo. Pero me permito sugerirle algo, con todo el respeto.
Estamos a tres semanas del acontecimiento literario más importante del año.
Una muerte accidental ya es dolorosa. Si empiezan a circular rumores de que hubo algo más...
—Dejó la frase en el aire—. La prensa es muy dada a la fantasía.
Ahí está. No era una amenaza. Era algo más fino: una petición disfrazada de preocupación.
—Descuide —dijo Ismael—. Solo hago constar lo que veo.
—Naturalmente.
—¿Podría ver el escritorio de Elena?
—Por supuesto. —Serra se levantó, y la amabilidad volvió a encenderse como una lámpara—. Julián le acompañará. Es quien mejor la conocía.
* * *
El escritorio de Elena Casas estaba en una sala del segundo piso, entre estanterías de metal que llegaban hasta el techo.
Cientos de cajas de cartón, etiquetadas por año y por inicial, formaban pasillos estrechos donde la luz natural apenas penetraba.
Allí se acumulaban, sin gloria ni testigos, los miles de libros que nunca serían libros.
Olía a polvo. A papel que respira lentamente.
—Aquí es donde pasaba los días —dijo Julián—. Aquí y en su casa.
Ismael se quedó un momento de pie, mirando.
El escritorio era pequeño, de madera clara, con una lámpara de brazo articulado y una taza de té frío que nadie había retirado todavía.
Había lápices ordenados por dureza, una goma de borrar gastada hasta la mitad, un paquete de pañuelos y una fotografía en un marco sencillo: una playa, un niño pequeño con cubo y pala, y detrás, apenas visible, una mujer joven de espaldas.
—¿Es ella?
—No lo sé. —Julián dudó—. Nunca me lo dijo. Hablaba poco de su vida.
—¿Eran amigos?
—Éramos... compañeros. —La voz le falló un poco en la última sílaba, y no hizo nada por disimularlo—. Llevo doce años aquí. Ella me enseñó casi todo. Cómo leer un texto sin imponerle lo que uno quiere que sea. Cómo corregir sin ser cruel.
Ismael lo miró un momento. Había algo en aquel hombre que lo desarmaba con facilidad: la ausencia total de teatralidad. Cualquier otro habría subrayado el dolor. Julián lo llevaba como se lleva un abrigo demasiado grande: con incomodidad, pero sin quitárselo.
—¿Sabe si Elena escribía?
El corrector no contestó enseguida.
—Todos los que trabajamos con libros escribimos, inspector. Algunos en papel y otros en la cabeza.
—Esa no es una respuesta.
—No. —Una sonrisa leve, casi triste—. Es la única honesta que tengo.
Ismael abrió el primer cajón. Papel en blanco, clips, un par de sobres sin franquear.
En el segundo, algunas notas sueltas, subrayados, una libreta con listas de títulos.
Revisó las páginas con cuidado, sin buscar nada concreto.
Era una de las cosas que le había enseñado la experiencia: a veces los objetos hablan mejor cuando no se les pregunta.
Y entonces, en el tercer cajón, bajo un montón de fichas, vio algo que no esperaba encontrar.
Estaba vacío.
No del todo. Quedaba un rectángulo limpio en el fondo, de unos treinta por veintiún centímetros, donde el polvo no se había asentado. Alguien había guardado allí un fajo de folios durante mucho tiempo, y alguien lo había retirado hacía muy poco.
Pasó el dedo por el borde. Todavía se notaba la huella de las grapas.
—Señor Arce.
—Dígame.
—¿Cuándo vio por última vez a Elena?
—Ayer por la tarde. Se fue hacia las siete, como siempre. —Julián ajustó las gafas—. Aunque... volvió.
Ismael levantó la mirada.
—¿Volvió?
—Esta mañana, claro. Quiero decir... —Se corrigió con una rapidez que a Ismael le pareció natural—. Esta mañana, antes que nadie. Yo la encontré. Pero ayer, cuando se despidió, estaba rara.
—¿Rara cómo?
—No sé explicarlo. Como cuando alguien ha leído algo que no quería leer.
Ismael dejó que la frase se asentara. Era un buen detalle. Quizá demasiado bueno.
* * *
Cuando salió al vestíbulo, la mujer de cabello plateado seguía allí.
Beatriz Salvatierra esperaba junto a la escalera, de pie, con un pañuelo de seda entre las manos y la espalda muy recta.
Miraba la mancha de mármol donde había estado el cuerpo, ahora cubierta por un cono de plástico amarillo y un cartel de Suelo mojado , como si la escena pudiera aprender algo de su silencio.
—Inspector. —No se volvió—. ¿Es usted quien lleva el caso?
—Por ahora.
—Entonces permítame decirle una cosa.
Se giró. Era una mujer de sesenta y cinco años que aparentaba cincuenta con la ayuda de una vida cuidada, unos pómulos admirables y una voz que había leído en público miles de veces.
Tenía los ojos grises, muy claros, y los fijó en Ismael con una intensidad que no era hostil, sino casi cariñosa.
Lo miraba como se mira a un lector futuro.
—Elena era una de las mejores personas que he conocido. Una de las pocas que lee sin mala fe. Para quienes escribimos, eso es como encontrar agua en el desierto.
—¿Eran amigas?
—Durante veinte años. —Los ojos le brillaron—. Aunque me temo que la palabra amiga se queda corta. Fue la primera que leyó mis novelas. Todas. Ni una sola salió al mundo sin pasar por sus manos.
Ismael arqueó una ceja.
—Eso es mucho.
—Es verdad. Nadie lo sabe, naturalmente. No es algo que se diga. —Sonrió con una humildad perfecta—. Los lectores quieren creer que los libros nacen del genio, no del trabajo de una mujer silenciosa con un lápiz.
La frase era hermosa. Estaba tan bien dicha que Ismael necesitó un segundo para darse cuenta de lo que había en ella, que era justo lo contrario de lo que parecía.
Beatriz Salvatierra acababa de decirle, con palabras emocionadas, que su obra estaba construida sobre la de otra persona. Y lo había hecho con tal naturalidad que parecía un homenaje.
O una confesión. O una coartada.
—¿Sabía usted que Elena escribía?
El gesto fue mínimo. Si Ismael no hubiera estado mirándola con la atención de un hombre que lleva toda la vida mirando a los demás sin ser mirado, no lo habría visto. Una micropausa. Una inspiración que no llegó a ser suspiro.
—Elena corregía. Leía. Orientaba. —Una sonrisa serena—. Pero escribir, no. No creo que le interesara. Era una de esas personas que aman los libros sin necesidad de tenerlos.
—Qué curioso.
—¿El qué?
—Que todos los que la conocían la describan con una ausencia.
Beatriz lo miró sin parpadear.
—Es el destino de los buenos lectores, inspector. Nadie les da las gracias.
Se despidió con una inclinación de cabeza. Ismael la vio alejarse por el vestíbulo, erguida, sin un temblor, hasta que el portero le abrió la puerta de la calle y la claridad la tragó.
Tardó un momento en darse cuenta de algo. Tenía la boca seca, y en la mano, sin saber cuándo lo había hecho, sostenía todavía el cuaderno donde había anotado una sola palabra.
Ausencia.
* * *
Ortega llamó a las dos de la tarde.
—¿Y bien?
—Todavía no lo sé.
—Ledesma, no empieces. Una mujer mayor, una escalera de mármol, ningún testigo, ninguna señal de violencia. Sé que te gustan los libros, pero esto no es una novela.
Ismael miró por la ventana de la comisaría. Al otro lado de la calle, en una terraza, una pareja compartía un cruasán y se hablaba sin hablar.
—Dame una semana.
—Te doy lo que sobra, que son tres días. —Ortega resopló—. Y si no encuentras nada, lo cierro como accidental. Esa gente tiene amigos, ¿me entiendes? Amigos que llaman a otros amigos.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes. Pero cumples. Eso me basta.
La línea se cortó.
Ismael dejó el teléfono sobre la mesa. Abrió el cuaderno y escribió, con la letra pequeña y limpia que usaba para las cosas importantes:
1. Manuscrito sin última página.
2. Cajón vaciado en el escritorio. Alguien sacó algo reciente.
3. Serra explica un accidente que nadie ha cuestionado.
4. Beatriz no pregunta cómo murió Elena.
5. Julián: "Estaba rara. Como cuando alguien ha leído algo que no quería leer."
Se detuvo. Releyó la lista. Luego, debajo, añadió una última línea que no estaba seguro de querer escribir:
6. Todos hablan de Elena en pasado. Pero nadie la llama por su nombre completo. Como si pronunciarlo fuera peligroso.
Cerró el cuaderno.
Esa noche, de vuelta en el piso de la calle Verdi, abrió la novela de un euro y no pudo leerla. Se quedó tumbado en la cama, a oscuras, escuchando el zumbido metálico de la ciudad, y por primera vez en mucho tiempo creyó oír, debajo de él, algo parecido al mar.