Capítulo 1
Ismael
El despertador sonó a las seis y diez, pero Ismael Ledesma llevaba despierto desde las cinco.
Era una de las pocas costumbres que conservaba de Cádiz, junto con el café demasiado cargado y el vicio de oír el mar donde no lo había.
Barcelona tenía otro ruido: un zumbido de fondo, metálico, de ciudad que no duerme sino que finge.
Él lo escuchaba cada madrugada tumbado boca arriba, con los ojos abiertos, ordenando mentalmente el día como quien coloca libros en un estante.
Se levantó. Se afeitó con cuidado, sin prisa.
Se miró en el espejo del baño, y el espejo le devolvió lo de siempre: cuarenta y tres años, la mandíbula firme, unas ojeras de lector nocturno y esa mirada que los compañeros de comisaría describían con dos palabras, muy tranquilo , y que a él le parecía más bien una forma de estar ausente.
El piso de la calle Verdi era pequeño y estaba perfectamente ordenado.
Demasiado. No había fotografías en las paredes, ni un cepillo de dientes de más, ni una prenda que no fuera suya.
Quien entrara por primera vez pensaría que allí vivía un hombre meticuloso.
Quien se quedara una hora pensaría que allí vivía un hombre que no esperaba a nadie.
En la mesilla, el libro de la noche anterior seguía abierto, boca abajo, con el lomo roto.
Una novela de un autor que nadie recordaba, comprada por un euro en un puesto de segunda mano.
Ismael tenía esa debilidad: los libros que nadie había querido.
Los leía con una ternura que no habría sabido explicar, como si rescatara animales de una perrera.
El móvil vibró sobre la cómoda. Pantalla iluminada: Mamá.
Dejó que sonara tres veces antes de contestar.
—Ismael, hijo, ¿has desayunado?
—Estoy en ello, mamá.
—Mentira. Te conozco. Oye, que ayer vi a la hija de Pepi, la de la farmacia, que se ha casado, ¿te acuerdas de ella? Una chica muy maja. Y pensé: mi Ismael, a su edad, ya debería haber traído a alguien por casa.
Ismael cerró los ojos un instante.
—Tengo mucho trabajo.
—Siempre dices lo mismo.
—Siempre es verdad.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, de esos que en Cádiz se llenan con el ruido de una cocina: un cazo, una radio baja, el grifo. Su madre no insistió, y eso fue peor. Esa pausa tenía algo de pregunta que ambos sabían que no se iba a formular.
—Cuídate, hijo.
—Y tú, mamá.
Colgó. Se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando la pared desnuda frente a él, como quien espera que algo aparezca escrito.
No apareció nada. Nunca aparecía.
* * *
La llamada llegó a las ocho y veinte, cuando ya estaba en la comisaría de Les Corts, frente a un informe sobre un robo de motocicletas que le importaba exactamente tan poco como al ladrón.
—Ledesma. —La voz del comisario Ortega sonaba cansada, con ese cansancio de quien lleva veinte años cerrando casos antes de que se abran—.
Caída en la sede de Ediciones Meridiano, en Diagonal.
Una mujer en la escalera interior. Los de la ambulancia dicen que ya no hay nada que hacer.
Ve tú. Seguro que es un accidente, pero hay que dejar constancia.
—¿Por qué yo?
—Porque eres el único que no se queja de los sitios con libros.
Ismael sonrió sin que le llegara a los ojos.
—Voy.
* * *
La sede de Ediciones Meridiano ocupaba un edificio modernista de la Diagonal, con una fachada de piedra clara y un portal de hierro forjado que parecía diseñado para recordar a los visitantes que allí dentro se decidían destinos.
En el vestíbulo, una moqueta color vino absorbía los pasos.
Olía a papel nuevo, a cera y a algo más, casi imperceptible: el olor dulce y metálico de lo que ya no se puede deshacer.
La escalera interior era de mármol, ancha, con una barandilla de bronce pulido. Al pie, cubierto con una manta térmica, había un cuerpo. Dos agentes uniformados mantenían a distancia a un grupo de empleados que susurraban entre sí con los ojos muy abiertos.
Ismael se agachó y levantó la manta.
Era una mujer de unos sesenta años. Traje gris, de buen corte y mala edad.
El pelo recogido, algunas hebras soltadas por el golpe.
Tenía los ojos entrecerrados, como quien está a punto de leer una línea difícil, y una expresión que no era de miedo ni de sorpresa.
Era algo más raro: una especie de concentración .
Elena Casas , decía la credencial prendida a la solapa. Lectora de originales.
Ismael se quedó mirándola un momento más de lo necesario. Había algo en aquel rostro que le resultaba extrañamente familiar, y no supo decir qué. Quizá simplemente reconocía esa clase de cara: la de quien ha pasado la vida detrás de otros.
—¿Quién la ha encontrado? —preguntó sin levantar la voz.
—Yo. —Un hombre de unos cuarenta años, delgado, de camisa blanca y gafas de pasta, dio un paso adelante. Tenía las manos manchadas de tinta o de lápiz y un temblor sutil en los dedos—. Llegué temprano. Siempre llego temprano. La vi desde el rellano. Pensé que...
Se interrumpió.
—No pasa nada —dijo Ismael—. Con calma.
—Pensé que se había quedado dormida. Aquí nos quedamos a veces, cuando hay mucho que leer. Pero no se movía.
—¿Cómo se llama usted?
—Julián. Julián Arce. Soy corrector.
Ismael lo observó con atención. Era un hombre que hablaba bajo, que miraba a los ojos más tiempo del habitual y que tenía una cualidad rara en los testigos: no estaba impaciente por que lo creyeran . Se limitaba a estar allí, sosteniendo su propio dolor con una dignidad discreta.
—Gracias, señor Arce. Necesitaré hablar con usted más adelante.
—Cuando quiera.
Ismael volvió a mirar el cuerpo. Se inclinó un poco más. Junto a la mano derecha de la mujer, medio oculto bajo los pliegues de la manta, había un bolso de cuero abierto, y de él asomaba el borde de unas hojas grapadas.
Un manuscrito.
Lo sacó con dos dedos, protegido por un guante. Tenía unas cien páginas, impresas a doble espacio, con anotaciones a lápiz en los márgenes: una letra pequeña y muy limpia. En la primera página, sin título ni autor, solo una línea mecanografiada:
Los jardines de la sal.
Ismael pasó las hojas despacio. Al llegar a la última se detuvo.
No había última página. Quedaba el borde irregular de un papel arrancado con cuidado, con la precisión de quien no quiere dejar rastro pero no tiene tiempo.
Alguien se había llevado el final.
Detrás de él, la voz del comisario Ortega resonó en su cabeza como un eco que aún no había llegado: seguro que es un accidente.
Ismael se incorporó. Miró la escalera, el mármol, la barandilla de bronce. Miró los rostros de los empleados, uno por uno, con esa paciencia suya que otros confundían con timidez.
En el fondo del grupo, una mujer de cabello plateado y abrigo largo acababa de entrar en el vestíbulo.
Los empleados se apartaron para dejarla pasar, con ese respeto automático que se le concede a quien tiene un nombre.
Ismael la reconoció de las portadas de las librerías, de las vitrinas, de los carteles: Beatriz Salvatierra , la autora más vendida del país.
Ella se detuvo ante el cuerpo.
Lo miró un segundo. Quizá dos.
Y Ismael, que había pasado media vida aprendiendo a leer lo que la gente no dice, anotó mentalmente lo único que le pareció fuera de lugar en toda la escena.
No lloraba. No se sorprendía. No preguntaba qué había pasado.
Solo miraba el bolso de Elena Casas, con la fijeza de quien busca algo que ya sabe que no está.