El fallo Prólogo
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El fallo

El fallo

Por Eduardo Arboleda

© inepub.com

Prólogo

Gala del Premio Meridiano, octubre del año anterior

Desde el fondo del salón, junto a la puerta de servicio, el hombre aplaudía un segundo después que los demás.

Era una costumbre antigua. Había aprendido que quien aplaude tarde no se nota, y que quien no se nota puede mirar.

Y esa noche miraba el escenario del Gran Hotel Pedralbes, donde el foco había encontrado por fin a la ganadora: un vestido verde botella, una sonrisa ensayada ante el espejo, las manos temblando sobre el atril como pájaros atrapados.

—Quiero agradecer a quienes creyeron en este libro cuando solo era una idea —dijo ella.

Mintió bien. Todos mienten bien cuando el micrófono es suyo.

Trescientas personas se pusieron en pie. Las copas tintinearon. Un fotógrafo se arrodilló junto al escenario y el flash blanqueó durante un instante el rostro de la mujer, como si la borrara y la inventara a la vez.

En una de las últimas mesas, una señora de unos sesenta años, vestida con un traje gris que había sido bueno hacía mucho tiempo, no aplaudió. Tenía las manos juntas sobre el regazo y miraba el escenario con una expresión que el hombre de la puerta reconoció enseguida, porque era la suya.

No era envidia. La envidia tiene hambre. Esto era algo más viejo y más quieto: la mirada de quien lleva años de pie junto a la puerta de una fiesta a la que nunca fue invitado.

Veinte años de lecturas. Miles de manuscritos. Tardes enteras de lápiz y de luz de lámpara, y ni una sola vez su nombre en una página.

La señora levantó la vista, y por un momento sus ojos se cruzaron con los del hombre de la puerta. Ninguno de los dos sonrió. Fue un reconocimiento entre náufragos.

Después, el foco se apagó. La música subió. La gente rodeó a la ganadora como el agua rodea una piedra.

Y el hombre de la puerta, que aún tenía las manos juntas, comprendió con una claridad helada algo que no se atrevería a decir en voz alta durante un año entero:

Aquí no se premia a quien escribe mejor. Se premia a quien mejor sabe que lo están mirando.