El fallo Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Habló diez minutos. Dijo que no era capaz de presentar a Elena Casas, pero que podía decir cómo la había leído.

Contó que en 1996, siendo jurado de un premio de provincias, había leído un cuento suyo de nueve páginas que no ganó nada, y que había guardado en una carpeta durante veinte años.

Contó que en septiembre del año anterior, un hombre le había preguntado qué opinaba de las novelas póstumas, y que le había contestado que eran como los hijos que llegan después de la guerra: nacen sin padre y con la obligación de parecerse a él.

Dijo que Los jardines de la sal no se parecía a nadie.

Y que era, quizá, la única novela que había terminado de leer sin querer corregirle nada.

Hubo un murmullo de risas. Fuster levantó una mano.

—Pero hay alguien que sí quiso corregirle una frase. Y tuvo razón. —Se volvió hacia Julián—. ¿Quiere usted subir, joven?

Julián se quedó inmóvil. Ismael le puso la mano en la espalda, justo entre los omóplatos, y empujó un centímetro.

Subió. La tarima crujió. Se puso detrás del atril, con el libro en las manos, y miró al público, a las doscientas sillas, a las sesenta personas del fondo, a las dos o tres docenas que se asomaban desde el hueco de la escalera. Respiró hondo.

—Buenas noches —dijo—. Soy Julián. Soy corrector. Y lo único que sé hacer bien en la vida es leer despacio.

Se oyó una risa cálida.

—Voy a leer la primera página. La de la dedicatoria. Elena la escribió en abril de 2026, y desapareció durante seis meses. Alguien la quitó porque era peligrosa. Y hoy ha vuelto a su sitio. —Abrió el libro—. Dice así.

Carraspeó. Se pasó la lengua por los labios.

— Para G., que dijo no y tuvo razón.

Una pausa.

— Y para J., que me enseñó a oír.

Otra.

— —E.

Cerró el libro. Nadie aplaudió. Era una de esas salas donde los aplausos habrían sobrado.

Lo que hubo fue un silencio largo, tierno, casi doméstico, de los que se oyen cuando un centenar de personas deja de respirar al mismo tiempo.

Y en medio de ese silencio, desde la primera fila, Amparo Casas se llevó una mano a la boca y la mantuvo allí, quieta, sobre los labios, hasta que Ismael le puso la suya encima de la otra, sin decir nada.

III. El lápiz

A la mañana siguiente, sábado 24 de abril, el cielo de Barcelona estaba tan limpio que desde la montaña de Montjuïc se veía el mar hasta el horizonte, un filo azul y bajo, sin una sola vela.

El cementerio de Montjuïc despertaba despacio.

Los jardineros regaban los cipreses. En los pasillos de nichos, bajo los muros de piedra clara, quedaban restos de rosas de la víspera, secándose en los jarrones.

Un gato negro cruzaba, de sombra en sombra, entre las lápidas.

Por una de las avenidas altas, pasadas las ocho, caminaban tres personas sin hablar: Julián, con una cartera de cuero al hombro; Ismael, con las manos en los bolsillos; y detrás, algo rezagada, apoyada en el brazo de un chófer, Amparo Casas.

Se detuvieron ante un nicho del cuarto piso, al fondo de una calle sombría.

Había dos lápidas contiguas. La de la izquierda, de mármol gris, con unas letras sobrias, grabadas hacía siete meses: ELENA CASAS PONS.

1957–2026. La de la derecha, más nueva, de piedra algo más clara, aún sin pátina, con una inscripción recién terminada:

GASPAR VILLALBA GARCÍA.

Corrector. 1951–2026.

Dijo no, y tuvo razón.

—Lo han hecho bien —dijo Amparo—. Con la letra que pidió usted.

—La de Elena —dijo Julián—. La de su máquina.

Hubo un silencio. Una brisa fina movió las hojas de un ciprés. Desde el fondo del cementerio llegaba, remotísimo, el rumor de un tren de mercancías.

—El día del entierro —dijo Amparo, al cabo de un rato— no pude venir a esta calle. Me quedé en el coche. Mi hermana lo hubiera entendido. No le gustaba que se llorase donde la oyeran.

—Ha venido hoy.

—He venido hoy. —Hizo un gesto con la barbilla—. Háganlo ustedes. Yo miraré.

Julián abrió la cartera. Sacó de ella un estuche de cuero, de los que se usan para pinceles, y lo apoyó sobre el saliente de piedra de la lápida de Gaspar. Lo abrió. Dentro había tres lápices.

Dos 2H, afilados con navaja, hacia fuera, con la madera en facetas largas y limpias: los que Elena le había regalado en abril de 2026, los que Rovira no había podido incriminarle, los que el laboratorio había devuelto después del juicio.

Y uno HB, con la punta redonda y mordida, el lápiz con el que Julián había anotado, durante veinte años, todas las páginas que le llegaron.

—Hay una grieta —dijo, y señaló con el dedo.

Entre la lápida de Elena y la de Gaspar, justo en la juntura de las dos piedras, corría una fisura estrecha, de apenas un centímetro, de la que asomaba una brizna de hierba.

Julián se arrodilló. Cogió uno de los 2H, y con una delicadeza de relojero, lo insertó en la grieta, por el extremo romo, hasta dejarlo clavado, con la punta mirando al cielo, entre las dos lápidas.

Después cogió el HB, y lo puso al lado, junto al otro, a un dedo de distancia.

Luego retrocedió.

Dos lápices. Uno afilado, de grafito duro y fino, de línea clara y casi invisible; otro redondo, mordido, de trazo oscuro y generoso. Uno de Elena. Uno de Gaspar. Uno que sugería. Uno que corregía.

—El no —dijo Julián, muy bajo— y la razón.

Nadie habló. Amparo Casas había cerrado los ojos. Ismael se acercó a Julián y le tomó la mano, a la vista de cualquiera que pasara, sin mirar si pasaba alguien.

—¿Y el tercero? —preguntó.

—¿Cuál?

—El otro 2H. Tienes dos.

—Ah. —Julián sonrió. Sacó del estuche el segundo lápiz, el que quedaba, y lo hizo girar entre los dedos—. Este es para mí. Para el próximo.

—¿El próximo qué?

—No sé. —Se encogió de hombros—. Libro. Cuento. Una carta. Algo que alguien deje a medias. —Lo guardó otra vez—. Me ha parecido que hay que guardar uno.

Fuera, en el cielo, empezó a cantar un mirlo.

Un cantar largo, completo, de frase bien formada, que subió desde un ciprés próximo y se deshizo en el aire de la mañana con una limpieza que Ismael no habría sabido describir.

Sintió el calor de la mano de Julián en la suya.

Sintió, bajo la camisa, la cicatriz, un trazo largo y blanco, que ya no dolía nunca, y que a veces, en las noches de lluvia, le picaba como una errata.

Amparo Casas abrió los ojos.

—Gracias —dijo.

Nadie contestó. No hacía falta.

Se quedaron un rato así, los tres, de pie ante las dos lápidas, bajo la luz limpia de la mañana de abril.

Junto a la grieta, entre el mármol gris y la piedra clara, los dos lápices, el duro y el blando, apuntaban al cielo como dos plumas clavadas en la tierra.

Una brisa pasó sobre ellos. La brizna de hierba se meció. Los lápices no se movieron.

Y por primera vez en todo aquel libro, nadie corrigió nada.