El experimento prohibido Helen Keller #2
96%

Helen Keller #2

Genie vivió tres años en una situación familiar normal, en el hogar de acogida de uno de los médicos a cuyos cuidados la habían asignado.

Los niños de su edad jugaban con ella y se la ayudaba con las tareas de la casa y la asistencia a una escuela especial.

Poco a poco desarrolló sus sonidos rudimentarios en forma de frases simples y pasó a entender muchas más cosas.

Sin embargo, su adquisición de lenguaje se detuvo al nivel de una criatura de cuatro o cinco años.

Todo el proceso requirió un esfuerzo enorme por parte de ella y de sus educadores.

Hoy en día vive en una residencia, bajo supervisión.

Genie sigue siendo «distinta»: socializada únicamente hasta cierto punto, impredecible, un ser aparte de los demás.

Su voz nunca perdió su timbre antinatural, como si fuera sorda.

Solo unos pocos aspectos de su inteligencia —sobre todo el visual y el que podríamos llamar estético— siguen creciendo.

Genie, por tanto, progresó mucho más que el Pequeño Salvaje.

Y a su vez Kaspar Hauser llegó más lejos que ninguno de ambos.

Sin embargo, en los tres había algo que nunca dejó de ser inhumano.

¿Acaso el problema fue la edad a la cual la devolvieron a la sociedad? Hay otro caso que parece confirmar esa posibilidad. Una criatura a la que se encontró completamente muda a los seis años, porque había estado aislada con su madre muda, aprendió a hablar perfectamente en dos años.

Como es natural, a Genie le hicieron toda clase de pruebas; demasiadas, en opinión de algunos psicólogos.

Muchas resultaron no concluyentes, pero unas cuantas revelaron un elemento inusual en el desarrollo del cerebro de Genie.

Lo explicaré con cierto detenimiento. En los últimos años, la ciencia ha elaborado una teoría que parece un refinamiento de la metáfora que acuñaron Locke y Condillac de la tabula rasa o tablilla de cera.

Muchos experimentos demuestran que la gente diestra aprende el lenguaje, las matemáticas y la lógica con el hemisferio izquierdo del cerebro, mientras que lleva a cabo otras modalidades de pensamiento relacionadas con el espacio, la visión y el tacto con el derecho.

Ambos hemisferios están conectados mediante complejos circuitos cruzados.

En los individuos zurdos, sin embargo, ambos costados están invertidos.

Este proceso de «lateralización» se produce durante los primeros años de vida, quizá al cumplir los seis; en cualquier caso, antes de la pubertad.

Una teoría propone que, una vez completada la lateralización, la persona ya no puede aprender una primera lengua.

Necesita hacerlo antes. En otras palabras, nuestro código genético presenta una «edad crítica» para aprender ciertas habilidades.

Después de esa edad, ya es demasiado tarde para aprenderlas, o por lo menos para dominarlas.

Los experimentos también muestran que hay una edad crítica antes de la cual las crías de gato deben aprender a ver y evitar obstáculos verticales; de lo contrario, nunca distinguirán dichos objetos y se chocarán con ellos.

La experiencia y el auto­análisis nos dicen que aprendemos muchas más cosas con mucha mayor facilidad cuando somos jóvenes que más adelante en la vida.

A Genie, igual que al Pequeño Salvaje, la descubrieron en plena pubertad.

Las pruebas revelaron que la lateralización ya había tenido lugar, pero que solo se le había desarrollado el hemisferio derecho.

En su caso, dicho hemisferio parecía ocuparse de todas las funciones.

Sin embargo, era diestra, un hecho que normalmente indica que usaba de forma preferente el hemisferio izquierdo.

Tal como la teoría nos llevaría a predecir, su dominio de las relaciones espaciales era mucho mejor que su manejo de las relaciones secuenciales que usamos para articular palabras en forma de frases.

Igual que Victor, pronto se topó con un límite en su adquisición del lenguaje.

Ambos aprendieron muchas palabras, pero solo podían organizarlas siguiendo patrones muy elementales.

El hecho de que ambos aprendieran a duras penas el lenguaje no parece refutar la teoría de la edad crítica, sino todo lo contrario.

Todo apunta a que un resultado probable del aislamiento prolongado durante la infancia podría ser la restricción del desarrollo mental a un solo hemisferio, incluso en criaturas que eran «normales» al nacer, además de la atrofia de la capacidad de hablar después de esa lateralización anormal.

Todo esto equivale a afirmar que es muy probable que Victor y Genie sufrieran daños funcionales irreversibles en el cerebro, como resultado del aislamiento.

Sin embargo, no debemos olvidar que, aunque defectuosa, la organización mental que alcanzaron fue lo bastante eficaz como para permitirles sobrevivir muchos años en entornos hostiles, sin desarrollar psicosis, manifestar rasgos autistas o las consecuencias de una crueldad prolongada.

Y no importa cómo de «salvajes» se volvieran; respondieron de inmediato al tratamiento y recuperaron una especie de humanidad parcial.

La mente humana parece mostrar una robustez y una resiliencia maravillosas.

He decidido resumir estos seis casos porque aportan una perspectiva que nos permite ver la historia del Pequeño Salvaje dentro de una categoría amplia (la privación grave resultante del aislamiento social), y al mismo tiempo como un caso único dentro de ella.

Contamos con testimonios elocuentes y fiables de esos seis individuos.

Debería mencionar también unos cuantos casos que a menudo se relacionan con la historia del Pequeño Salvaje.

Hace poco más de cincuenta años, un misionero cristiano en la India descubrió y capturó a dos «niñas lobas» de ocho años de edad y uno y medio, respectivamente.

Los lugareños creían que habían sido amamantadas y criadas por lobos.

La mayor sobrevivió y llegó a vivir nueve años en el orfanato de la misión, pasando de ser una bestia nocturna que aullaba y corría a cuatro patas a convertirse en una muchacha retrasada y obediente que caminaba erguida con torpeza.

Pero existen muchas dudas acerca de la autenticidad de la historia de esas «niñas lobas».

Se ha escrito largo y tendido sobre Ishi, «el último indio salvaje de Norteamérica», que en 1911 «salió de la Edad de Piedra para entrar en el mundo moderno» y trabó amistad con dos antropólogos que se convirtieron en sus protectores.

El caso de Ishi es tan auténtico como fascinante, ya que era el último miembro vivo de la tribu yahi de California, que casi no había tenido contacto con la cultura del hombre blanco.

Es esencial insistir en que Ishi no era en ningún sentido «salvaje».

Solo lo veían así un puñado de occidentales arrogantes que consideraban inferiores a los pueblos primitivos.

Porque Ishi no necesitaba ser domesticado ni adiestrado.

Representaba a una sociedad plenamente desarrollada con una cultura integrada y un idioma que había sobrevivido durante siglos en un entorno difícil.

Ciertamente, aquel yahi vivió el resto de su vida literalmente dentro de un museo, instruyendo a sus maravillados visitantes en las técnicas de su cultura y en la sabiduría de la religión yahi.

No era un salvaje, sino un superviviente.

En un libro inquietante titulado La gente de la selva (publicado originalmente en 1972), el antropólogo inglés Colin Turnbull describe su vida con una tribu africana, los ik, cuyo hábitat de caza tradicional había sido clausurado por un cambio de Gobierno.

Esto había derrumbado el sistema económico, social y cultural de la tribu.

Y esa desintegración privaba a los ik de cualquier base colectiva firme para desarrollar estándares morales como la ayuda mutua, la decencia, la honradez y la fiabilidad.

Un ejemplo devastador de ese colapso era la práctica de expulsar a los niños de la choza de los padres cuando tenían tres o cuatro años para que se valieran completamente por sí mismos.

Aquellas criaturas fallecían, o bien sobrevivían a base de un nivel casi bestial de conducta depredadora.

La gente de la selva ofrece al lector una visión inquietante de lo precarias que se vuelven las estructuras sociales cuando sufrimos una disrupción traumática de nuestro entorno físico.

Los ik parecían haberse apartado de los elementos que consideramos esenciales de la humanidad: el respeto a la vida humana, la continuidad de las generaciones y alguna forma de creencia compartida.

Tal como repetía siempre Itard, los seres humanos despojados de cultura no somos mejores que las bestias.

¿Por qué no atribuimos entonces alguna forma de cultura a las bestias?

Muchos animales poseen sociedades altamente estructuradas.

En los últimos años, los científicos han adiestrado a unos pocos especímenes de primates superiores para que respondan a problemas de formas que sugieren que sus mentalidades quizá sean más próximas a las nuestras de lo que hemos reconocido hasta hoy.

Se ha enseñado a chimpancés y a otros simios antropoides a pintar, a usar un lenguaje de signos rudimentario y a manipular ordenadores simples.

En algunos casos, esos simios parecen haber llegado cerca del nivel de inteligencia y de comunicación que alcanzaron Victor y Genie.

Las marsopas han respondido a formas parecidas de adiestramiento.

Se abre en este sentido un mundo entero de conocimientos fascinantes (a veces extremadamente cómicos, sobre todo cuando son filmados), sobre el que con frecuencia se están llevando a cabo afirmaciones excesivas.

Todavía no debemos modificar nuestra clasificación de las especies.

Pero sí que necesitamos tener mucho cuidado a la hora de distinguir el lenguaje abstracto y plenamente simbólico de las señas, la imitación y las respuestas adiestradas.

Las historias a las que me he referido aquí abarcan la variedad de formas que se manifiestan en los confines exteriores de ese dominio que llamamos humanidad.

La mayoría vivimos en el espectro intermedio de la experiencia humana, pero necesitamos cierto conocimiento de sus límites externos.

Estos casos, sobre todo los de aislamiento y privación extremos, son como espejos especiales que nos revelan partes ocultas de nuestra humanidad y de nuestra condición animal.