Helen Keller
La vida de Helen Keller se debería contar más a menudo.
Los testimonios que nos dio ella misma son los más recomendables: los que se encuentran en La historia de mi vida y en otros libros todavía más resonantemente poéticos como El mundo en el que vivo y Maestra.
A Anne Sullivan, una desconocida de veintiún años, solo le hicieron falta unas semanas para domesticar a la fiera incontrolable que era Helen a los siete años.
No podemos hacer demasiado hincapié en la paciencia y la amabilidad de Anne.
Aun así, dadas las circunstancias, seguramente sea todavía más difícil entender el coraje que debió de necesitar Anne para mostrarse cruel cuando hacía falta.
Porque, cuando la negativa de Helen a aceptar ninguna disciplina amenazó con bloquear cualquier intento de entrenamiento, Anne tuvo la valentía de atarle las manos para imponérsela.
Era el equivalente de vendarle los ojos y taparle los oídos, o bien de encerrarla en un armario oscuro, como había hecho Itard con el Pequeño Salvaje.
Asimismo, igual que en el caso del niño, hicieron falta medidas casi violentas para deshacer el efecto de unos años de aislamiento parcial.
Es difícil hacer una lista completa incluso de los acontecimientos básicos de la asombrosa vida de Helen Keller.
Conversó de igual a igual con las grandes mentes del mundo: reinas y presidentes, artistas y científicos.
Mark Twain la conoció bien y admiró en ella «una nueva gracia del espíritu humano».
Todo lo que Helen sabía, lo había aprendido con las manos y los dedos.
Necesitaba tocar las caras y los cuerpos de la gente para «verla» y colocarles los dedos en los labios para «oír» sus palabras, aunque la forma en que mejor «escuchaba» era cuando alguien le dibujaba letras en la palma de la mano.
Reconocía a la gente estrechándole la mano.
Y dio verdaderamente la mano al mundo de una forma íntima a la que pocos nos acercamos en la vida ordinaria.
Su mundo oscuro y silencioso estaba tan lleno de luz, de vida y de puntos de referencia seguros que Helen era capaz de nadar, ir en bicicleta, bailar, ir al teatro, dar paseos solitarios por el bosque y juzgar con astucia el carácter de los demás.
Hay una palabra muy recurrente en las mejores descripciones de ella: ardiente.
En ella ardían la voluntad y la capacidad de convertirse en un ser humano completo; no tanto a pesar de sus discapacidades, sino gracias a ellas.
Helen Keller existió toda su vida en estrecho contacto físico con todas las cosas y personas que la rodeaban.
El Pequeño Salvaje se benefició de un contacto físico comparable al de ella únicamente al principio de su educación, en forma de los masajes y las caricias afectuosas que le daban madame Guérin e Itard.
Sin embargo, como podía ver y oír con normalidad, todo el mundo esperaba que se valiera por sí mismo, que usara sus sentidos y que viviera y se comunicara a distancia.
En su película (véase Apéndice III), Truffaut comunica esta alienación a base de mostrar al chico tocando los objetos de su entorno cuando pasa cerca de ellos, a modo de confirmación constante de su realidad.
Hay varios aspectos más de la vida de Helen Keller que se pueden comparar con lo que sabemos del Pequeño Salvaje, pese a que este, a diferencia de ella, nunca se convirtió en una persona completa.
De niños, ambos estuvieron hundidos en un pozo de soledad: ninguno de ellos habría emergido sin un maestro entregado, exigente y dispuesto a arriesgarse al fracaso y a descartar la respuesta fácil de la piedad.
Seguramente sea importante que la diferencia de edad fuera pequeña en ambos casos: los maestros solo eran catorce años mayores que sus alumnos.
Cuando vieron por primera vez a las criaturas casi animales a las que tenían que educar, ambos maestros debieron de entender y aceptar el hecho de que iban a tener que intentar llevar a cabo una reeducación completa.
La comunicación y el conocimiento los esperaban al final de un proceso que necesitaría arrancar con cosas como andar, sentarse, vestirse, comer y obedecer.
El progreso de Victor durante los primeros tres meses parece haber sido igual de notable que el de Helen en su primer mes; hasta el punto de que Itard se engañó a sí mismo sobre el futuro del chico.
La mayoría de la gente está familiarizada con la escena que marcó la gran eclosión de la vida de Helen Keller y que constituye el momento más dramático de la obra teatral El milagro de Anne Sullivan y de su versión cinematográfica.
La niña se pasó meses sin entender el significado ni el propósito de los signos que Anne Sullivan le trazaba en la palma de la mano, por mucho que los imitara y los repitieran en la pezuña de su perro.
Hasta que un día, estando junto al grifo del agua, de pronto entendió que los símbolos tenían significado.
La comprensión le llegó de golpe, completa y diáfana, permitiéndole aprender de inmediato todas las palabras que su memoria podía almacenar.
El entendimiento no le llegó por fases, como pasa con los niños y como sucedió también inicialmente con el Pequeño Salvaje.
A diferencia de él, Helen no se topó con obstáculos y nunca retrocedió.
Estaba claro que tenía un mejor equipamiento mental que Victor.
En cualquier caso, era varios años más joven y nadie la había abandonado como lo habían abandonado a él.
La diferencia más dramática entre ambas historias también es la más obvia.
Fue Itard quien escribió las crónicas del largo aprendizaje de su alumno.
En cambio, fue Helen Keller, la alumna, quien puso por escrito su propio testimonio, y también el de Anne Sullivan, en un libro que llevaba el apropiado título de Maestra.
A Victor solo lo vemos desde fuera. A Helen Keller la vemos perfectamente por fuera y por dentro, ya que fue una gran figura pública observada y descrita allá adonde fue,
así como una estupenda artista literaria que pareció amar el lenguaje como forma especial de iluminación de su tremenda oscuridad.
Helen nos cuenta cómo trascendió su fuerte egocentrismo y adoptó con pasión los ideales de la belleza y del amor, de la justicia y la libertad.
La textura poética de sus escritos transmite un entendimiento de cómo aquella mujer ardiente y atractiva, cuyos dedos se movían íntimamente por las manos y caras de quienes la rodeaban, fue capaz de transformar su sensualidad en amor a la humanidad entera.
Aunque no podía ver ni oír, desarrolló un sentido especial para percibir a las audiencias y multitudes durante sus charlas públicas.
El triste egocentrismo y las emociones incipientes del Pequeño Salvaje son cosas que solo podemos imaginar.
Nunca pudo decir lo que pensaba ni contar sus emociones como Helen Keller.
Genie
El aislamiento y la privación son fenómenos que nos han acompañado siempre.
Incluso sus formas parecen ser siempre las mismas.
Un caso muy reciente, rodeado inicialmente de cobertura mediática nacional y disputas legales, recapitula una parte de la historia del Pequeño Salvaje, junto con un preludio que recuerda a Kaspar Hauser.
El padre de Genie era un mecánico de aviación que gozaba de cierto éxito profesional, pero que adolecía de una personalidad inestable y obligó a su mujer y a sus dos hijos a vivir casi por completo encerrados en su casa de una zona residencial de California.
Su único contacto con el mundo exterior lo tenían a través del hijo adolescente, que iba a la escuela y hacía las compras necesarias.
Durante este periodo, la esposa se estaba quedando ciega.
El gran cambio llegó cuando Genie era todavía un bebé, no tenía aún dos años, una niña normal salvo por un defecto en la cadera que le dificultaba el hecho de caminar.
En parte debido a esa cojera, y en parte por la reacción de Genie a las palizas de su padre, este decidió al parecer que su hija era una retrasada incurable y la «recluyó» en su propia casa.
Genie se pasó los once años siguientes confinada en un cuarto vacío, con la puerta y las cortinas cerradas.
Un miembro de la familia entraba en el cuarto el tiempo justo para darle de comer papilla de bebé.
Como no la habían enseñado a usar el retrete, vivía desnuda y atada a una sillita con orinal en el suelo.
A menudo dormía en esa postura; a veces le ponían pañales y una especie de camisa de fuerza de fabricación casera y la colocaban en una cuna.
Como su padre odiaba el ruido e incluso cualquier forma de comunicación (en la casa no había ni radio ni televisión), Genie apenas tenía contacto humano, ni juguetes, ni cambios de rutina, y solo disponía de unas cuantas revistas cuyas fotos podía mirar.
Su padre literalmente le ladraba y le gruñía desde el otro lado de su puerta para asustarla y hacerla callar, y si emitía cualquier ruido la pegaba con un palo.
Esta situación se prolongó hasta 1970, cuando la madre escapó de la casa llevándose a Genie con ella.
Un trabajador social reparó en el estado de la niña.
Las televisiones y la prensa dieron mucha publicidad a la historia y por fin se detuvo a los padres.
El día del juicio, el padre se suicidó. A los trece años, Genie era incapaz de ponerse erguida, caminar, hablar, masticar comida sólida y controlar sus funciones corporales.
Aun así, se mostraba alerta y respondía bastante a la gente desconocida.
Tenía los sentidos de la vista y el tacto muy desarrollados, aunque no oía con claridad.
Ingresada durante ocho meses en el centro de rehabilitación de un hospital infantil, Genie se desarrolló muy deprisa.
En aquella atmósfera amable de educación planificada, enseguida aprendió a comer con más normalidad, a usar el retrete y a caminar, aunque torpemente, con movimientos de maniquí al que han dado cuerda.
Los actos más simples de coordinación le suponían un gran problema.
Sus rasgos avispados y bonitos adoptaban una expresión solemne pero traviesa, hasta que se reía.
El sonido que hacía entonces era estridente e irreal, como si nunca se hubiera reído ni usado la voz.
A la luz de casos anteriores, y en especial del de Victor, todos los implicados en los cuidados de Genie se preguntaban cómo se desarrollaría.