II. Otros casos de aislamiento y privación #2
Especialmente al inicio de su educación, hacía gala de una memoria prodigiosa para los nombres y las caras.
Empezó a mostrar preferencia por ciertos colores, sobre todo el rojo y el blanco, y reaccionó de forma tan apasionada como el Pequeño Salvaje a la primera nieve que vio.
(Kaspar dijo que la pintura blanca le había mordido.)
Siempre prefirió quedarse de puertas adentro a salir a la intemperie y evitaba la luz brillante.
Aun así, se convirtió en un jinete magnífico.
Por fin consiguió recordar el hecho de que se había pasado años enteros sentado en el suelo de un cuarto a oscuras, alimentado por un hombre que no hablaba nunca y que no se dejaba ver, aislado de cualquier actividad o estímulo.
En palabras de Feuerbach, «se pasó la infancia dormido».
Al parecer, estas revelaciones fragmentarias asustaron a la persona que había confinado a Kaspar y luego lo había liberado.
Después de un intento fallido, a Kaspar lo asesinó a los veintiún años en un parque público un desconocido armado con una daga.
Parece ser que quizá Kaspar fuera un peón en la disputa por la sucesión del trono de Baden, y que quizá también estuviera emparentado con Josefina Bonaparte.
Las probables conexiones de Kaspar con la realeza redoblaron el interés por su caso.
El mero hecho de que hubiera tenido una relación continuada con otro ser humano —por cruel que fuera— explica por qué fue capaz de recuperar en tan gran medida la condición humana.
Pese a todo, aunque Kaspar aprendió el habla básica e incluso sintió curiosidad por una serie de problemas filosóficos sobre el origen y la causalidad, nunca mostró mucho afecto ni tampoco ninguna pulsión sexual.
Cuando hablaba de casarse, se refería a una esposa como si fuera una simple ama de llaves.
Igual que Pedro y que el Pequeño Salvaje, Kaspar había quedado emocionalmente lisiado de por vida.
El Hombre Elefante
Tanto Pedro de Hamelín como el Pequeño Salvaje de Aveyron y Kaspar Hauser eran individuos físicamente normales, aunque psicológicamente mutilados de formas distintas.
El caso del Hombre Elefante supone un contraste elocuente con los tres porque invierte la situación de forma casi perfecta.
Podemos simpatizar fácilmente con tan desdichado ser humano, pero seguramente su presencia física nos asquearía y nos aterraría.
De forma bastante accidental, en 1884 un importante cirujano inglés llamado Frederick Treves entró en un ruinoso circo de monstruos que había en Mile End Road, delante del London Hospital.
Allí se encontró expuesto al ser humano más horroroso, deforme y degradado que había visto nunca.
Tenía la cabeza completamente deformada, un colmillo o espolón que le salía del mentón superior, un solo ojo y una ausencia total de nariz.
Su cuerpo parecía ser todo espalda y piernas, con un brazo atrofiado y el otro cubierto de una masa de pliegues de piel marrón con textura de coliflor.
De su persona emanaba un hedor espantoso.
Más adelante, aquel «Hombre Elefante» le contaría a Treves que no podía aparecer nunca en público porque su simple visión causaba una consternación y un terror tan grandes que se producían disturbios públicos.
Solo podía viajar de noche y llevando una capucha negra.
Treves escribió dos artículos médicos sobre su condición, la neurofibromatosis múltiple, la misma enfermedad que Victor Hugo retrató con el personaje de Quasimodo.
Al cabo de unos años, el representante circense del Hombre Elefante lo abandonó en el Continente.
A duras penas consiguió regresar solo cruzando el canal de la Mancha sin que lo lincharan.
Cuando la policía lo recogió, llevaba una sola cosa en el bolsillo: la tarjeta de visita de Treves.
Movido por la compasión y por el interés, Treves le consiguió al hombre una habitación minúscula en unas dependencias exteriores del London Hospital y encontró la forma de hacer que dejara de apestar.
Allí, mientras la gente se acostumbraba a verlo como una persona real llamada Merrick, fue saliendo gradualmente de su retraimiento, desarrolló un talante sensible y agradable y por fin visitó tanto el teatro como el campo.
La princesa de Gales lo visitó y patrocinó una suscripción para mantenerlo.
Al final de su vida se interesó lo bastante por mejorar su apariencia como para convertirse en una especie de dandi, pese a que la mayoría de la gente lo seguía considerando horrible.
Treves le encontró a una joven hermosa que tuvo la valentía necesaria para mirarlo a la cara cuando lo conoció por primera vez, sonreír y darle la mano.
Merrick lloró con su único ojo. Le dijo a Treves: «Soy feliz todas las horas del día».
Murió asfixiado por intentar dormir acostado en la cama como el resto de la gente, en vez de encogido como un animal.
Treves escribió una hermosa crónica de la vida de Merrick, recientemente redescubierta por el antropólogo Ashley Montagu.
El dramaturgo estadounidense Bernard Pomerance la adaptó en forma de conmovedora y exitosa obra teatral.
Por desgracia, la obra de Pomerance no consigue mostrar el lado milagroso de la historia: ¿por qué no era Merrick un monstruo huraño, amargado e incluso peligroso?
¿Por qué no era retrasado? Treves no puede poner el suficiente énfasis en la cuestión.
«Hasta que descubrí que Merrick era muy inteligente, que poseía una sensibilidad aguda y —lo peor de todo— una imaginación romántica, no fui consciente de la abrumadora tragedia que era su vida.»
Pero tragedia no es la palabra adecuada, pese a todas las penurias, y lo de «peor» es un adjetivo irónico cuando se aplica a la imaginación.
Durante años, aquel Hombre Elefante, que les tenía terror a los seres humanos y al mismo tiempo se avergonzaba de su cuerpo, se vio obligado a soportar a diario la humillación de exhibirse en público.
Nadie parecía hacerse cargo de él, ni su familia ni el Estado ni ninguna organización benéfica.
Se ganaba la vida degradándose a sí mismo a las órdenes de vendedores ambulantes.
Sin embargo, aquel «monstruo» nunca dejó de ser amable y afectuoso y nunca guardó rencor a nadie, salvo quizá al elefante que él creía que había pisoteado a su madre cuando estaba embarazada de él.
Su única posesión en el mundo era un retrato que atesoraba de su madre, y que indicaba que quizá le debiera su cordura y su buena disposición al hecho de haber conocido un amor materno genuino en su primera infancia.
Merrick le contó a Treves que quería vivir en un faro, o en un hospicio para ciegos.
Pero se adaptó asombrosamente bien a su existencia como una especie de mascota del hospital, y su presencia sacó lo mejor de la mayoría de la gente.
Teniendo en cuenta lo despierta y sensible que era su mente, debió de sufrir como a pocos seres humanos les ha tocado sufrir.
Sin embargo, jamás se planteó en serio quitarse la vida.