El experimento prohibido II. Otros casos de aislamiento y privación
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II. Otros casos de aislamiento y privación

La historia del Pequeño Salvaje se sostiene por sí sola y proyecta su propia sombra de significado, tanto en imágenes como en palabras.

Sin embargo, también se cuenta entre una larga serie de historias afines de hombres y mujeres cuyo aislamiento de los demás seres humanos modificó de alguna forma su humanidad.

Todas esas personas tan necesitadas experimentaron un sufrimiento profundo.

Algunas, sin embargo, no solo acabaron viviendo vidas plenas, sino que también resultaron ser individuos excepcionalmente cálidos e imaginativos.

Los seis casos representativos de los que hablaré a continuación no son tan conocidos como la historia del Pequeño Salvaje, pero todos sin excepción se pueden comparar con ella.

El náufrago, o el marinero abandonado

Una noche de 1708, un pirata inglés que buscaba presas españolas frente a la costa de Chile divisó una hoguera en el archipiélago deshabitado de Juan Fernández.

Al día siguiente, una partida de hombres armados fue a investigar, pero en lugar de una guarnición española lo que encontró fue a un hombre blanco de barba larga y vestido con pieles de cabra.

Resultó ser británico, según el testimonio del capitán.

«Cuando subió a bordo de nuestra nave, había olvidado en tan gran medida su idioma, por falta de uso, que apenas lo entendíamos.

Parecía que dijera sus palabras por partes.

Le ofrecimos un trago, pero no quiso ni tocarlo, ya que desde que estaba allí no había bebido nada que no fuera agua.

Se llamaba Alexander Selkirk, tenía treinta años y era un voluntarioso marinero escocés al que habían abandonado en aquella isla cuatro años atrás por pelearse con su capitán.

Tras un periodo inicial de miedo y melancolía, Selkirk se había construido una vida de lo más agradable en la isla y había conservado la buena salud.

La ilustración predilecta de su existencia en la isla la encontramos en otra frase de la crónica del capitán: «Llegó a domesticar a unos cabritos y para entretenerse se dedicaba de vez en cuando a cantar y a bailar con ellos y sus gatos».

En aquella era de viajes heroicos por mar, se contaban muchas historias de náufragos.

La de Selkirk es la más representativa, debido a la mucha atención que recibió y a que constituye una de las posibles fuentes del Robinson Crusoe de Defoe.

Al circular de boca en boca, la historia de Selkirk experimentó cambios sorprendentes.

Algunos decían que había regresado a un estado cercano al salvajismo y había perdido por completo el habla.

Por esta razón se lo relaciona a menudo con el Pequeño Salvaje de Aveyron.

A otras fuentes les gustaba afirmar que Selkirk se había negado a abandonar su dominio insular para regresar al mundo.

Varias versiones describían sus profundas meditaciones religiosas en el seno de la naturaleza, meditaciones que supuestamente habían convertido a un individuo tosco y corto de luces en una criatura de Dios sabia y reflexiva, capaz de ser un buen ciudadano a su regreso a la sociedad.

Defoe decidió hacer que su marinero naufragado no pasara cuatro sino veintiocho años en soledad (salvo por Viernes, que entra al final de la historia).

Robinson Crusoe da la impresión de haber encontrado un lugar en la imaginación colectiva de la humanidad.

De manera simple y hábil, esta primera «novela» moderna combinaba elementos dispares: la supervivencia básica en el estado salvaje, el alejamiento de las presiones de la vida civilizada,

la preservación de unos cuantos elementos de la cultura humana y las meditaciones solitarias sobre el lugar del hombre ante Dios y en la naturaleza.

La historia de Robinson representa la clase de cura natural que muchos creemos que nos gustaría tomar.

A los románticos les encantaba el libro de Defoe.

El escritor y filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau escribió una vez una frase sorprendente sobre la cuestión de la educación: «Odio los libros; solo enseñan a la gente a hablar de cosas que no entienden» (Emilio).

Pero a continuación recomendaba, por encima de todo lo demás, «un tratado completo sobre la educación natural»; es decir, Robinson Crusoe.

Pedro de Hamelín

Apenas quince años después de que Selkirk fuera rescatado, un caso muy distinto fue la comidilla de Londres y del resto de capitales de Europa.

Esta vez alguien había descubierto no a un hombre ordinario que había regresado parcialmente a la naturaleza, sino a un hombre salvaje «en estado de naturaleza», que se resistía a cualquier asimilación en la sociedad humana.

En un bosque de las afueras de Hamelín, cerca de la ciudad alemana de Hanóver, los lugareños capturaron a un chico de unos catorce años, supuestamente desnudo, salvaje y mudo.

Al cabo de nueve meses, el chico, ahora bautizado con el nombre de Pedro, fue llevado a Londres, donde recibió la protección especial del rey Jorge I y de su corte y se le asignó al famoso doctor Arbuthnot para que lo educara.

En 1726, se extendió por Londres una oleada de poemas satíricos y artículos serios acerca de la vida primitiva de Pedro en los bosques y del breve interés que había mostrado el rey por él.

Como Pedro no conseguía aprender a hablar, y tampoco causaba escándalo alguno, lo mandaron al campo, donde vivió más allá de los setenta años.

Las crónicas cuentan que nunca desarrolló interés alguno en el dinero ni en el sexo.

Los descubrimientos de niños «asilvestrados» no eran infrecuentes en Europa.

Muchos cuentos de hadas narran el momento terrible en que el pobre leñador y su mujer se ven obligados a abandonar a una criatura o dos en el bosque para salvarse de morir de hambre a sí mismos y a sus hijos mayores.

Así pues, ¿por qué terminó Pedro en Londres siendo objeto de toda la publicidad que se podía obtener en 1726?

Resultaba que Jorge I, primer representante de una nueva casa real en Gran Bretaña, venía justamente de la misma parte de Alemania donde se había encontrado a Pedro.

¡Jorge I ni siquiera sabía hablar inglés!

Su interés, por tanto, tenía que ver con su patria chica.

Además, a principios del siglo xviii, muchos naturalistas y filósofos de toda Europa se mostraban fascinados por la nueva ciencia de la antropología: el estudio del hombre y de por qué es distinto de los animales.

Los viajeros traían consigo historias asombrosas de salvajes, hotentotes, orangutanes (de quienes a menudo se creía que eran humanos), y de niños que se decía que habían sido criados por animales.

Lo que más querían encontrar, sin embargo, era un espécimen de ser humano «en estado de naturaleza», el hombre natural.

Durante un tiempo, Pedro pareció el caso perfecto, el experimento prohibido, y además para entonces Londres ya tenía varios periódicos semanales para propagar la noticia a los cuatro vientos.

Defoe escribió un panfleto titulado Nada más que un dibujo del natural (1726), en el que planteaba todos los elementos esenciales de la cuestión.

¿Acaso a Pedro lo habían mantenido «del todo apartado de la sociedad humana»?

¿Acaso era más feliz que el resto por haberse ahorrado la corrupción de los demás hombres?

¿Se lo podía considerar verdaderamente humano, si no tenía palabras con las que pensar y comunicarse con los demás?

El caso de Pedro fascinó a otro escritor en Londres: Jonathan Swift.

«Esta noche he visto al Pequeño Salvaje, cuya llegada ha sido el objeto de la mitad de nuestras conversaciones de la última quincena […]. No me ha parecido realmente salvaje en el sentido en el que lo describen.»

En aquel momento, Swift estaba terminando de escribir Los viajes de Gulliver; la sección final del libro describe a los yahoos, una raza de cuasi bestias con anatomía humana.

Asqueado por los yahoos, que se parecen notablemente a la imagen pública de Pedro de Hamelín, Gulliver decide arrimarse a unos caballos parlantes superiores que apenas pueden tolerar su apariencia de yahoo.

A través de la mordaz sátira de Swift sobre animales humanos y hombres bestiales, Pedro de Hamelín quedó inmortalizado en la literatura todavía más deprisa que Selkirk.

El caso de Pedro se parece al del Pequeño Salvaje de Aveyron. Pero nadie se esforzó mucho por educar a Pedro, y las circunstancias de su aislamiento están poco claras.

Kaspar Hauser

A diferencia de Pedro de Hamelín y del Pequeño Salvaje de Aveyron, Kaspar no era verdaderamente salvaje.

Las circunstancias históricas lo vincularon con el misterio y con crímenes escandalosos en altas instancias.

Aunque obviamente le fue escamoteada una juventud normal, siempre fue dócil y afable.

Su historia ha conmovido a muchos artistas.

La versión fílmica alemana (titulada El enigma de Kaspar Hauser) es un documento poético y dramático, completamente distinto a la película que rodó Truffaut sobre el Pequeño Salvaje (véase Apéndice III).

La historia de Kaspar abarca cinco años.

Alrededor de las cinco en punto de una tarde de primavera de 1828 (el año de la muerte del Pequeño Salvaje), un chico de diecisiete años grotescamente vestido apareció dando tumbos por las puertas de la ciudad de Núremberg, Alemania.

Virtualmente mudo, llevaba una carta escrita por una persona no identificada que solicitaba que le asignaran al chico un puesto en la caballería.

Aunque era capaz de escribir su nombre de forma puramente mecánica, su coordinación física y sus reacciones mentales eran las de un niño pequeño.

Solo aceptaba pan y agua y se pasaba el día sentado estúpidamente en el suelo, jugando con caballitos de juguete y dibujando.

Era tan inofensivo que la ciudad lo adoptó y lo encomendó a los cuidados de un maestro local.

Empezaron a visitar a aquel hombre-niño tanto hombres cultos como cazadores de curiosidades.

Un eminente jurista, Anselm von Feuerbach, se tomó un interés especial y escribió una crónica bien documentada y centrada especialmente en los aspectos legales del caso de Kaspar.

El libro lleva por subtítulo: «Ejemplo de un crimen contra la vida del alma», que es otra forma de describir el «experimento prohibido».

Kaspar progresó bastante deprisa, aprendió un habla rudimentaria y las convenciones de la vida en sociedad, y se volvió un maniático de la limpieza y del orden.