El experimento prohibido El salvaje de Aveyron
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El salvaje de Aveyron

Al muchacho conocido como el Salvaje de Aveyron, de quien tanto hablaron los periódicos hace seis meses, se lo ha esperado en París con esa impaciencia que provocan el recuerdo de la joven Leblanc, también salvaje, así como de otros acontecimientos similares,

hoy consignados en los archivos de academias diversas.

El actual Salvaje, del que se dejó de hablar a raíz de posponerse su llegada, llegó por fin anteayer, 18 de Thermidor [6 de agosto], a las diez de la noche,

a cargo de una vieja sirvienta que lo ha estado cuidando durante seis meses y de un profesor de historia natural de la Escuela Central de Rodez, el ciudadano Bonnaterre.

Ayer el profesor lo dejó en manos del Padre de los sordomudos, que lo recibió como a un hijo más de la interesante familia que ha creado a base de talento y devoción.

Todavía sabemos muy poco de este muchacho, que ahora va a estar bajo la observación de auténticos filósofos.

Y no hay duda de que lo van a visitar también con fervor aquellos que durante mucho tiempo han deseado que se criara a un niño al margen de todo contacto y comunicación sociales, con quien no hubiera hablado nadie,

y de quien se pudieran observar los actos con los que intentara expresar sus primeras sensaciones, sus primeras ideas y pensamientos, si es que es posible pensar sin signos convencionales fijos.

Por fin se ha encontrado a una criatura así.

Aunque no sabemos si es sordomudo o no, de momento no ha articulado ni un solo sonido, ni siquiera para expresar sus muy limitadas necesidades.

Solo emplea unas cuantas exclamaciones, junto con gestos y expresiones faciales.

Lo más asombroso es que, aunque pasó un mes en el hospicio de Saint-Affrique, donde lo trataron como si fuera un mendigo recogido en la carretera y donde nadie había observado su conducta anterior,

no ha dado ni un solo paso hacia la civilización y sigue estando tan lejos de nuestras costumbres y hábitos como el día en que lo encontraron en un bosque de Aveyron.

Tiene bastante buena constitución, y la cara agradable, si bien un poco carnosa.

Viste como si tuviera tres años, pero aparenta unos doce, porque no tolera otra clase de ropa.

La prenda parecida a un vestido que lleva está provista de cinturón; como siempre los ha rechazado, va sin zapatos ni medias.

Suele estar sentado y duerme en el suelo.

Solo de vez en cuando, y para complacer a su viejo tutor, por quien parece sentir mucho cariño, se sienta en una silla o acepta dormir en una cama.

Su dieta preferida son las patatas, crudas o asadas, y se las come con avidez; también le gustan los frutos secos.

No le gusta la carne; durante el trayecto hasta aquí, sin embargo, aceptó un ala de pollo.

Solo acepta el pan negro. El blanco parece darle asco, y aparta de un empujón la mano que se lo ofrece.

A veces lo conmueve el hecho de que la gente lo cuide y extiende la mano por iniciativa propia a quienes muestran interés por él.

Aun así, nada puede consolarlo por la pérdida de su libertad y su estilo de vida previo, y escaparse parece ser su mayor deseo en el mundo.

Se muestra capaz de oír cómo le cascan una nuez tras la espalda, pero es indiferente a todos los demás ruidos.

Aunque en Saint-Affrique se hicieron unos cuantos intentos de enseñarlo a hablar, no dice ni una palabra. Ni una sílaba, de hecho.

Tenemos que dar gracias al ciudadano Bonnaterre por haberlo mantenido, si no en el estado puramente salvaje en que se lo encontró, sí por lo menos en el estado en el que dejó el hospicio, que es casi idéntico.

Porque, repetimos, se encuentra tan lejos de todos los demás hombres como el niño del experimento antes mencionado.

¡Menudo tema de reflexión! ¡De momento, vamos a dejar este terreno tan amplio para que nuestros lectores lo examinen!

La criatura se ha pasado dieciocho días viajando por culpa de varios incidentes acaecidos en ruta.

En Moulins cogió la viruela. Era una variante benigna y ha llegado a París completamente curado.

A su llegada al instituto de Sicard, se tumbó en el suelo y se echó a dormir tranquilamente.

Al ser despertado poco después, y conmovido por el interés que mostraba por él el maestro de los sordomudos, le extendió su mano con aire afectuoso.

Se le ofreció pan, pero era blanco y lo rechazó, mostrando por gestos que quería dormir.

Resulta que está muy cansado, de forma que se le va a permitir que descanse unos días antes de satisfacer la curiosidad que seguramente va a provocar en esta ciudad un fenómeno tan interesante.