Nuestros deseos más profundos
La historia del Pequeño Salvaje de Aveyron sigue grabada en nuestro recuerdo colectivo por razones merecedoras de atención, pese a que puedan resultar difíciles de expresar. Creo que las puedo abordar mejor de forma indirecta.
¿Qué es lo que deseamos con más ansia? Si encontráramos la lámpara de Aladino y a un genio que satisficiera nuestros deseos, ¿qué haríamos con nuestras vidas?
Esas preguntas tan básicas suelen arrancarnos una sonrisa, o bien nos llevan a encogernos de hombros.
Y es porque nos tientan de forma constante unas cosas que creemos querer y que más tarde descubrimos que no queríamos.
Vivir como un rey, o como alguien rico y famoso, con el mundo a nuestros pies, ¿acaso es esa la máxima felicidad?
Nuestras imaginaciones nos hablan en susurros de una tierra prometida, de un paraíso de amor y juventud eterna.
Quizá sea imposible averiguar qué es lo que más queremos.
Pero hay formas de vislumbrar los anhelos más íntimos de la humanidad.
Hay por lo menos tres lugares donde los hombres han dejado documentados sus deseos: los mitos, el arte y los sueños.
Son ámbitos que están muy juntos entre sí, y los tres parecen decirnos que en el nivel más profundo no tenemos un único gran deseo —como podrían ser la felicidad, el amor, el poder o el conocimiento—, sino unos cuantos, entretejidos y a menudo contradictorios.
Los grandes relatos, desde el jardín del Edén hasta Fausto o Madame Bovary, así como los recogidos en los anales de la historia, nos dejan entrever esos deseos.
Queremos hacernos con lo que tenemos delante, conquistar lo que vemos, dejar nuestra marca en el mundo a base de someterlo y apropiárnoslo.
También deseamos insuflar vida a aquello que nos rodea, darle forma y vigor.
Si llevamos estos impulsos hasta el final, estamos hablando de los deseos de destruir y de crear.
Ambos operan en la mayoría de las formas de acción.
Los encontramos, por ejemplo, en el ejercicio del poder, en la acumulación de riqueza, en los elaborados rituales del sexo y del amor.
Poca gente tiene unas vidas tan simples como para que las gobierne un solo deseo.
Es el conflicto lo que nos define. El hecho mismo de vivir significa estar en tensión.
Es natural, por tanto, que ese conflicto produzca en nosotros ya muy pronto un anhelo, intermitente pero poderoso, de escapar de nuestras vidas.
La idea de escapar abarca dos direcciones o movimientos distintos.
Los niños en sus fantasías y los adultos en los mitos y en sus acciones revelan un deseo profundo de alzar el vuelo.
Las alas derretidas de Ícaro, los dibujos de Leonardo y las legiones de ángeles y criaturas aladas proclaman nuestra ansia de elevarnos por encima de nuestro destino y alejarnos planeando.
Si fuéramos capaces de volar, podríamos alcanzar la ubicuidad y la omnisciencia, vías cercanas a la salvación que nos elevarían por encima de las preocupaciones mundanas hasta una existencia superior.
El ave que planea y se lanza en picado por las alturas puede ir donde quiera.
La imaginamos feliz. «Libre como un pájaro», como suele decirse.
Soñamos con tener alas porque nos otorgarían una trascendencia mágica.
A primera vista, la otra forma de escapar resulta menos atractiva, aunque a mi juicio presenta un mayor aliciente.
A veces deseamos retirarnos a una madriguera, o a nuestro propio interior, como si fuéramos tortugas.
Escapar no solo de las penurias y del dolor, sino también de la mera responsabilidad de levantarnos todos los días y hacer frente al mundo siendo nosotros mismos.
¿Cómo podemos seguir adelante cuando los demás nos exigen tanto?
Empezamos a apartarnos instintivamente de nuestras frágiles identidades, de la familia y los amigos, de toda esa cultura que nos rodea como un público atento cada vez que nos aventuramos a salir.
En esos momentos nos atrae cualquier regreso a una vida anterior y más simple, y sobre todo a la clase de existencia que creemos que deben de tener los animales.
«Creo que podría volver a vivir con las bestias —escribió Walt Whitman—, son muy plácidas y autosuficientes.»
Claude Lévi-Strauss concluye su muy sofisticado libro sobre las dificultades que entraña estudiar las culturas humanas con una frase larga y nostálgica que nos invita a «relajar nuestra presa» a fin de vislumbrar la cultura humana tal como era antes del pensamiento y de la cultura,
«a la vista del entendimiento […] que a veces podemos intercambiar con un gato».
Un atavismo parecido acecha en muchos de nuestros mitos.
En las Metamorfosis, Ovidio recoge historias de gente perpleja y herida cuyo consuelo final es intercambiarse su papel con plantas y animales.
Se han ganado la paz. Rip van Winkle representa esa ausencia letárgica de preocupaciones, en la cual, en algún momento, todos hemos deseado sumirnos.
Los cuentos folklóricos y de hadas nunca se alejan mucho del mundo de los animales.
En vez de llevarnos a un plano superior, esta forma de escapismo nos acoge en un estado inferior de existencia.
¡Qué maravilloso sería convertirse en animal, libre de las cargas que los hombres se han echado a las espaldas!
Es aquí donde accede a nuestras imaginaciones el Pequeño Salvaje de Aveyron.
«Francia entera», se nos dice, quedó cautivada por las historias de aquel ser en cuanto fue descubierto.
Uno de los grandes galenos de la época dedicó cinco largos años de su vida a observar y educar al chico.
El caso ha absorbido posteriormente a psicólogos y educadores, a lingüistas y cineastas.
La atracción que sienten esas personas por el caso deriva, creo, de una percepción simple.
El Pequeño Salvaje escapó de la condición humana a la de animal.
Aun así, parecía posible traerlo de vuelta para que nos informara del abismo de naturaleza que había cruzado.
Nadie ha sugerido nunca que el chico poseyera ningún don especial, ni tampoco que apuntara a una vida superior.
No era un dios ni tampoco un ídolo. La gente se lo quedaba mirando boquiabierto porque, pese a estar vivo y operativo a un nivel biológico, el chico se había sumergido en un enorme olvido que mitigaba los dolores de la mortalidad.
En las docenas de artículos que inspiró el chico, sus contemporáneos hablaban con frecuencia de «despertar a esa criatura de su letargo».
Y lo hicieron, hasta cierto punto. Sin embargo, también da la sensación de que mucha gente se sintió atraída por su existencia inconsciente como si también ellos anhelaran dejar de lado sus identidades y responsabilidades cotidianas.
Su lástima se tiñe de envidia. Podemos sentir con facilidad el tirón de esta reacción.
El Pequeño Salvaje nos da la impresión de que le traen sin cuidado el poder, el estatus social, el ego y el sexo.
La inquietante ingravidez moral de su historia evoca unos sueños y anhelos que nos resultan familiares a todos.
La historia del Pequeño Salvaje no soluciona los problemas de la naturaleza y la cultura humanas, pero sí nos obliga a reflexionar acerca de cómo podemos vivir con esas cuestiones sin resolver.
Nos demuestra el poder y la nitidez de un caso médico individual, por comparación con las generalizaciones basadas en muestras estadísticas válidas.
Los estudios médicos meticulosos como los dos informes de Itard evitan afirmaciones precipitadas acerca de haber descubierto la verdad7 y mantienen un saludable sentido de la maravilla ante nuestra ignorancia de la potencialidad y el carácter humanos.
8 A François Truffaut, el cineasta francés que filmó la historia, lo fascinó la significación cultural del caso, pero también la «belleza de aquella imagen»: dos individuos que se pasaban cinco años educándose el uno al otro con devoción e ingenio.
El Pequeño Salvaje se había escapado de la cultura y se había resistido con tenacidad a todos los intentos de ser devuelto a ella.
El médico creía con la misma tenacidad en el poder de la cultura para redimirlo del «salvajismo» y otorgarle la humanidad.
Los dos alcanzaron una especie de grandeza.
Itard la obtuvo a base de aplicar un talento genuino a un proyecto difícil y valioso.
Y creo que el Pequeño Salvaje alcanzó la grandeza bajo la forma menos reconocida de una persona ordinaria e incluso baja que excede nuestras predicciones y expectativas.
Aunque acosado por las dificultades, se superó a sí mismo y llegó a sus límites.
El Pequeño Salvaje no pertenece a la historia de los genios, sino a la historia de la especie misma.
Es el otro hijo pródigo, el que no dilapidó su herencia, sino que, en gran medida, la recuperó después de que se la arrebataran.
Con la ayuda y el cariño de Itard y de madame Guérin, el chico, a su humilde manera, afrontó el desafío expresado en los versos de Hamlet que proporcionan el epígrafe de este libro:
¿Qué es un hombre
si el bien y el beneficio de su vida
solo es dormir y comer?
Una simple bestia.
7. Un equipo de psicólogos adiestró recientemente a una chimpancé para que usara palabras del lenguaje de signos.
En el documental, The First Signs of Washoe, afirmaban que su trabajo derribaba «la barrera última de la singularidad humana».
Su experimento es mucho más valioso que esta conclusión infundada.
8. En una mente poderosa como la de Darwin, el aprendizaje enorme no ahogó nunca la capacidad para maravillarse.
En un momento dado de su expedición a bordo del Beagle, escribió desde Chile: «Pero nunca he experimentado nada que me haya asombrado más completamente que ver por primera vez a un salvaje. Era un fueguino desnudo, con el pelo largo ondeando a su alrededor y la cara embadurnada de pintura.
Hay en esos rostros una expresión que, para quienes no la han visto nunca, estoy convencido de que alberga un salvajismo inconcebible. De pie sobre una roca, emitía sonidos y hacía gesticulaciones, mucho menos inteligibles que las voces de los animales domésticos».