Tras esos ojos incansables
Cuatro nombres escribieron testimonios fiables de primera mano sobre el Pequeño Salvaje de Aveyron, cada uno de ellos más largo, profundo y resuelto que el original: el informe inicial de Constans, el panfleto de Bonnaterre,
el suplemento de cincuenta páginas que escribió Virey a su libro y los dos informes de Itard.
Los cuatro hombres buscaban de entrada a un hijo de la naturaleza, lo cual era básicamente una idea filosófica.
Y los cuatro, cuando vieron al niño, respondieron a un ser humano individual.
Al contemplar sus movimientos y el juego invisible de los sentimientos a través de su cara, se formularon a sí mismos las preguntas inevitables.
¿Qué está pasando en la mente de este chico?
¿Qué objetos percibe? ¿Acaso me ve? ¿Qué noción tiene del mundo exterior y de su lugar en él?
Porque, al final, todos anhelamos ver con unos ojos distintos a los nuestros, entrar en otra vida. Proust llamó a este sueño la «fuente de la juventud».
La conducta bestial del Pequeño Salvaje implicaba que su mente funcionaba de formas que resultaban totalmente ajenas a las personas socializadas.
Los estudiosos de su caso tenían reacciones muy distintas a esta posibilidad.
Virey optó por observar al chico durante periodos largos sin interferir y anotar todo lo que veía.
Itard, en cambio, se dedicó resueltamente a reeducar al chico a fin de demostrar su hipótesis acerca de cómo se había vuelto salvaje.
Una de las primeras descripciones que encontramos en el primer informe de Itard sugiere que el chico no era consciente de estar siendo observado:
Vale la pena señalar que a veces su estado de ánimo parecía producir en él una expresión serena de pesar y melancolía; era una conjetura arriesgada, aunque inevitable si se lo observaba con atención.
Por ejemplo, era justamente cuando el mal tiempo obligaba a todo el mundo a abandonar el jardín cuando él decidía salir.
Se dedicaba entonces a pasear un rato y por fin se sentaba en el borde del estanque.
Durante horas enteras, y sintiendo un placer indescriptible, a menudo yo lo dejaba todo para observarlo en aquella situación y ver cómo sus movimientos espasmódicos y sus bamboleos remitían y cedían su lugar a una conducta más tranquila.
De forma casi imperceptible, su expresión vacía o distorsionada adoptaba un tinte pronunciado de tristeza o de nostalgia.
Entretanto, se dedicaba a mirar fijamente la superficie del estanque y de vez en cuando arrojaba en ella un puñado de hojas secas.
Itard quería penetrar en aquella mente inaccesible.
Sospecho que confiaba en resolver una parte del misterio a base de enseñar a hablar al chico.
De esa forma Victor podría hablar por sí mismo.
Sin embargo, surgen preguntas complejas.
¿Acaso podría usar nuestras palabras para comunicarnos sus pensamientos?
¿No era posible que la educación y el habla lo convirtieran en algo que ya no fuera ni salvaje ni misterioso?
Itard tenía inteligencia más que suficiente para entender estas paradojas, pero no las menciona nunca.
Y tampoco suspendió su programa educativo.
Los testimonios de primera mano nos sugieren que el Pequeño Salvaje atravesó tres fases identificables y que se detuvo en mitad de una cuarta.
Durante sus años en el bosque, el chico perdió su cultura humana, su capacidad para vivir en sociedad e incluso su recuerdo de aquella vida.
A los diez años debió de haber sido una criatura flaca y constantemente hambrienta cuya vida estaba ocupada por una actividad principal: encontrar comida.
Aprendió habilidades nuevas, sus movimientos se volvieron rápidos y se hizo resistente a las condiciones de frío y humedad.
Sobrevivía a base de dar respuesta directa a sus necesidades —la comida y el sueño— y de ser consciente de los peligros que debía evitar: las caídas, los depredadores y las comidas venenosas.
Su conducta posterior nos da razones para creer que un puñado de acontecimientos excepcionales penetraron en esa textura básica, igual que sucede también con ciertos animales.
El viento fuerte, la luna llena o las nevadas podían sobrecargar su ánimo y provocarle un estado mental intensificado y conectado con aquellas imágenes y sonidos.
Beber agua lo calmaba y promovía en él alguna forma rudimentaria de reflexión o de meditación.
Las sensaciones e imágenes que retenía le servían para organizar su conocimiento del entorno sin necesidad de palabras, y seguramente sin ideas claras.
Olisqueaba con cuidado la comida y, como los monos, llenaba los momentos de inactividad meciéndose.
De alguna forma quizá percibiera los árboles, las bayas y los arroyos con mayor nitidez que nosotros, aunque sin esa capacidad de distanciamiento y asociación que nosotros cultivamos.
Únicamente podemos hacer conjeturas acerca de lo que realmente le pasaba por la cabeza.
Solo me puedo imaginar que llevaba una vida de actividad constante en pos de la supervivencia, irreflexiva pero llena de determinación.
El sentido de su existencia era mantenerse vivo, y vivía aquel sentido sin ser consciente de él de ninguna forma expresable con palabras.
A excepción del último año, durante el cual ocasionalmente robaba o aceptaba comida de los campesinos, el chico había regresado a algo muy cercano al estado animal.
Pese a todo, no se había vuelto peludo, como declaraban algunas crónicas fantasiosas, ni tampoco corría a cuatro patas ni vivía en los árboles.
Y entonces fue cuando lo capturaron. El shock debió de ser tan duro y repentino como los traumas anteriores del abandono y el aislamiento.
Su existencia en el bosque había entrañado una actividad incesante, y a su manera había estado bien adaptado al medio.
Ahora, de la noche a la mañana, su vida se había vaciado de toda actividad, de todo propósito y de todo significado.
El mismo ser que había campado a sus anchas por el monte se veía confinado en una habitación, o en un jardín tapiado, y obligado a caminar sujeto con una correa como un perro.
Sus necesidades básicas estaban cubiertas, y, en vez de tener que encontrar comida, se le pedía que llevara ropa, comiera cosas extrañas, durmiera en una cama y controlara sus funciones naturales.
Durante nueve meses en Rodez y París, en los que primero fue objeto de cuidados y después víctima de una negligencia vergonzosa, el chico desplegó una gran variedad de conductas.
Aun así, se puede apreciar una especie de patrón.
En primer lugar, se sumió en una profunda apatía hacia todo lo que no tuviera que ver con comer o escaparse.
Ni siquiera percibía el resto de su entorno.
No le interesaba la gente. Llenaba horas enteras de su tiempo meciéndose.
Se puso gordo y adoptó una apariencia de estupidez.
Sin embargo, cualquier atisbo de imagen o sonido relacionados con comer o escaparse lo electrizaba y le confería unos movimientos raudos y precisos.
El embotamiento se convertía al instante en actividad astuta.
Bonnaterre cuenta que un visitante cortó un trozo de carne de su plato y se lo ofreció al chico.
Este aceptó el trozo y luego, en un abrir y cerrar de ojos, le robó el filete entero.
Bonnaterre y Virey se muestran de acuerdo en que, durante esa etapa, sus arranques de actividad decidida eran del todo egoístas.
El niño estaba al servicio de sus propios apetitos y no mostraba sentimiento alguno hacia la gente que lo alimentaba o lo acariciaba.
Cuando le hacían cosquillas, se reía con facilidad; Nougairoles y Virey cuentan que tenía una risa encantadora.
Aristóteles y san Agustín creían que la vida humana reconocible empezaba durante los primeros meses en los que el niño sonreía, porque estaba sonriendo a su madre, reaccionando a sus peticiones y caricias.
En aquella primera época de su cautiverio no hay constancia de que Victor sonriera, ni mucho menos de que le dirigiera una sonrisa a nadie.
¡Bonnaterre tuvo que encontrar consuelo en el hecho de que el chico creciera en estatura y por fin cogiera su primer resfriado!
Cuando Itard se hizo cargo de él, se encontró al chico sumido en una actitud profundamente letárgica y huraña, con momentos de morder y arañar.
Al cabo de tres o cuatro meses, y durante una tercera fase que seguramente se alargó dos o tres años, Itard tuvo consigo a una persona tan sensible, tan próxima a la humanidad plena, que incluso le puso nombre.
Dentro de unos límites, Victor era capaz de prestar atención, entender y seguir instrucciones verbales, participar en juegos, cuidarse a sí mismo e incluso hacer inventos espontáneos usando objetos familiares.
Su progreso y su expresión facial llevaron primero a madame Guérin y después también a Itard a tratarlo como un ser humano completo y capaz de superar el grave hándicap que habían supuesto sus años en el bosque.
Itard agradecía los momentos de excitación emocional de Victor —la rabia, las lágrimas de frustración o alivio, los arranques de afecto—, porque parecían ser «crisis saludables», capaces de acercar al chico a los sentimientos humanos, igual que una tormenta podía despejar la atmósfera.
Por lo menos Victor experimentaba unas reacciones intensas.
Sus pensamientos íntimos, por supuesto, nos están vedados.
Llevaba ropa y usaba un orinal, pero los comentarios de Itard sugieren que, a pesar de su educación, Victor no dio muestras de sentir vergüenza o pudor.
Sobre su ocasional conducta impúdica en público circulaban varias historias imposibles de verificar.
¿Cómo se percibía a sí mismo entre la gente que lo rodeaba?
Sentimos la tentación de afirmar que «amaba» a madame Guérin y a Itard; sin embargo, seguía evitando al resto de la gente, sobre todo a la de su edad, prefiriendo la soledad a la compañía y escapándose siempre que se le presentaba la oportunidad.
Las antiguas reacciones «salvajes» al viento, la luna y la nieve no desaparecieron nunca, como si representaran una capa profunda de identidad que ningún adiestramiento podía borrar.
Siempre hubo algo incompleto y precario en el proceso de domesticación de Victor.
De haberlo soltado, seguramente habría regresado a sus costumbres de antaño; su lugar en la sociedad era artificial y necesitaba de un tutor legal.
Seguramente estaba más cerca de la condición de preso que de la de huésped de una pensión.
Aun así, había usado palabras de forma espontánea, había mostrado un afecto selectivo hacia quienes lo protegían y poseía un sentido de la conducta esperada y de la recompensa que Itard llamaba justicia. Debía de ser una criatura humana.
Tras el segundo informe de Itard, el Pequeño Salvaje estuvo veintidós años viviendo con madame Guérin, la mayoría de ellos en una casita próxima al Instituto para Sordomudos.
El experimento de reeducación se había terminado, e Itard pasó a otros proyectos médicos y educativos.
Ya nadie se molestó en seguir el progreso del chico.
El cuarto periodo representa una recaída parcial.
En 1816, cuando el «Salvaje», como lo seguían llamando, ya se aproximaba a la treintena, Virey escribió un largo artículo de enciclopedia sobre los «hombres salvajes».
De forma deliberada volvió a consultar el único caso que había observado en persona, hacía dieciséis años.
Tras hacer un sumario de dos páginas de la historia del chico, Virey despachaba los últimos años de la vida del chico con una sola frase inmisericorde: «Hoy en día este individuo se mantiene temeroso [effaré],
medio salvaje e incapaz de aprender a hablar pese a todos los intentos que se han hecho de enseñarle».
Podemos suponer que el chico no había formado nuevos vínculos con individuos de la comunidad.
Los impulsos sexuales del pasado se habían reducido, sin llegar a centrarse nunca en las mujeres como posibles fuentes de gratificación.
En cierta manera, volvía a llevar una vida plena: llena de las personas, lugares y acciones familiares de una existencia construida sobre la rutina.
Lo mantenía con vida una pensión del Estado, como si fuera un animal del zoo, y nadie se enteró de su muerte.
Durante unos años, elevado por los fuertes brazos de un maestro dedicado, sus facultades habían emergido de los estratos asfixiantes del letargo y la animalidad.
En cuanto lo abandonaron a su suerte, sin embargo, volvió a caer en la apatía.
No tenía ni la iniciativa ni la imaginación necesarias para desafiarse a sí mismo a ser de ninguna otra manera.
¿Puede haber algo que nos acerque más a la mente del chico que esta división en cuatro periodos de desarrollo irregular?
Creo que solo si aceptamos ese salto imaginativo en el que se basan poetas y novelistas para crear sus personajes.
Por consiguiente, voy a citar una obra cuyo retrato del estado excepcional de conciencia de una persona joven nos acerca más a la escurridiza conciencia del Pequeño Salvaje.
Wordsworth, el poeta romántico inglés, cuenta que un niño al que conocía, y que murió joven, a veces percibía el paisaje como una visión total, un conjunto de formas, colores y sonidos, y no como una presencia dividida.
Este Muchacho de Winander podía comunicarse directamente con la naturaleza como si esta fuera un espíritu encarnado.
Contemplar esa escena en su totalidad era un acto completo que no requería palabras ni gestos, igual que el «lago sereno» de su poema parece «absorber» a través de una comunión profunda la escena que lo rodea.
«Había un muchacho…», empieza el poema. Y a ese muchacho le encantaba caminar a solas al anochecer por las colinas de Winander.
A través de las manos juntas podía emitir un ululato al que a menudo respondían los búhos de las inmediaciones del lago.
Otras veces, en cambio, se quedaban mudos, y en aquel silencio creciente sucedía algo que vinculaba al niño con el lago que lo miraba, con la naturaleza expectante, con el todo.
… Y cuando un prolongado
silencio llegaba y su gran talento frustraba,
a veces, en aquel silencio, mientras permanecía
a la escucha, un leve estremecimiento de sorpresa
le insuflaba a su corazón la voz
de los torrentes de la montaña; o bien la escena visible
penetraba sin aviso en su mente,
con toda su imaginería solemne: sus rocas,
sus bosques, y aquel cielo incierto, recibidos
en el seno del lago inmóvil.
Al describir al Pequeño Salvaje sentado junto al estanque del instituto, Itard estaba intentando evocar una atmósfera parecida.
¿Acaso sucedía algo comparable con la sensibilidad de Victor, cuando iba a la ventana a beber su preciada agua y a contemplar el jardín y los árboles?
Como a Itard, nos resultaría difícil saber si esos momentos representaban alguna clase de atavismo, la regresión a unas percepciones y sentimientos primitivos, o bien esa forma de intensa comunión que conocían tan bien las mentes profundamente reflexivas como la de Wordsworth.
Rousseau escribió una frase sombría: «El hombre, ser que medita, es un animal depravado».
Son esos momentos de «depravación» los que nos fascinan en el Pequeño Salvaje, los que parecen acercarlo a la conciencia humana.
Pero siempre resultan solitarios y aislados entre sí: nos muestran los movimientos de un ego muy rudimentario en el que no podemos penetrar.