5. Salvajismo, grandeza y deseo #3
Hay otras dos hipótesis que quizá merezcan una atención más seria.
Una es que el Pequeño Salvaje, pese a haber nacido normal, había desarrollado un trastorno mental o psicológico grave antes de su abandono.
Esquizofrenia precoz, psicosis infantil, autismo…
; se han aplicado a su condición diversos nombres técnicos.
Esta teoría nos ofrece un motivo de abandono y al mismo tiempo una explicación de su recuperación parcial bajo el tratamiento de Itard.
El trastorno mental o psicológico no hace que sea tan improbable la supervivencia en el bosque como la teoría de la idiotez.
El tercer enfoque, por supuesto, es la tesis de Itard, proclamada con osadía en su primer informe y todavía presente, aunque discretamente, en el segundo.
Itard discrepaba categóricamente de Pinel acerca de la «causa y la curabilidad» de la condición del chico.
Al principio del primer informe, Itard afirmaba que «siete años de aislamiento» de toda sociedad humana bastaban para explicar el estado físico y mental del chico.
Itard creía también que una condición como la del Salvaje, causada por su entorno, debería ser reversible, curable con las debidas atenciones y en un entorno apropiado.
Y basándose en aquello, se puso manos a la obra.
Tras valorar durante varios años los postulados de estas tres teorías a la luz de las evidencias existentes, solo puedo declarar que ninguna de ellas se ha comprobado ni tampoco desmentido.
Creo que la de la idiotez es la más endeble.
De las otras dos posturas, la de Itard no se puede descartar de forma sumaria.
La apoyan indirectamente unos cuantos casos documentados durante el presente siglo.
Cuando sus padres los encierran, los niños normales de menos de seis u ocho años suelen salir de la reclusión en un estado todavía peor que el del Pequeño Salvaje.
A menudo no pueden ni hablar ni alimentarse.
Se muestran invariablemente mudos e indiferentes a su entorno.
Genie es uno de esos casos (véase Apéndice II).
Aun así, cuesta establecer comparaciones.
Seguramente nunca descubriremos a qué se vio sometido el Pequeño Salvaje antes de su abandono.
Otra razón para no descartar la teoría de Itard es que el hombre más próximo al chico creía en ella, e invirtió una gran parte de su carrera para demostrarla.
Sin embargo, aquí surge una dificultad inesperada.
Parece ser que Itard cambió de opinión, por lo menos en parte.
Modificó ligeramente su dictamen cuando, en su segundo informe, matizó lo que había dicho en 1801 sobre la curabilidad del Pequeño Salvaje.
En 1806 no paraba de insistir en que ciertos defectos constitucionales del chico —sobre todo en lo referente al habla y a su capacidad para imitar a otros— eran irreversibles.
Ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
Los mecanismos ya se encontraban permanentemente atrofiados.
Luego, muchos años más tarde, en un artículo de 1828 sobre el tratamiento del mutismo de los deficientes mentales, Itard declaró algo nuevo.
El artículo establecía la meticulosidad con que el médico debía determinar que un paciente con retraso parcial tenía las capacidades adecuadas para justificar una formación larga y tediosa en el habla.
Itard advertía que no bastaba con la participación animada y en apariencia inteligente en juegos y ejercicios, a menos que el alumno pudiera generalizar lo aprendido al resto de su conducta.
Y concluía con una frase descorazonadora: «Si añado este comentario es porque una vez me equivoqué en este sentido».
Es casi seguro que se está refiriendo a Victor, que acababa de morir en el anonimato.
Itard no se retracta de su afirmación original de que fue únicamente el aislamiento lo que causó el estado lamentable del chico.
Pero sí que se corrige a sí mismo acerca de la conveniencia de los cinco años que pasó intentando devolverle el habla normal, la inteligencia y la conducta social.
Fue demasiado optimista y ambicioso. Quien habla ahora es un médico de cincuenta años que rememora su entusiasmo de los veinticinco y niega con la cabeza con gesto sabio y triste.
Gineste, el psiquiatra que nos previene de emitir ningún diagnóstico en firme, dirige nuestra atención hacia las circunstancias que permitieron a Itard —que en 1800 era un estudiante de medicina de veinticinco años— ver a un ser humano potencialmente completo allí donde todo el mundo percibía a un
idiota sin remedio y merecedor de que lo expulsaran de la sociedad humana.
Gineste ha investigado en profundidad los vínculos médicos, morales, pedagógicos e inconscientes que afectaron al maestro en su trato con su pupilo.
Es casi seguro que el éxito temprano de Itard, y quizá también sus dificultades posteriores, son atribuibles a la contratransferencia psicológica que lo unía de forma intensa y personal con su paciente.
En cualquier caso, a Gineste le parece importante el hecho de que Itard no fuera un practicante habitual de lo que hoy llamamos psiquiatría; una serie de ideas novedosas sobre el modo de ser del chico, algunas de ellas poco sistemáticas y subjetivas,
provocaron que se involucrara en el caso y reemplazara con el suyo el diagnóstico de un profesional.