5. Salvajismo, grandeza y deseo #2
También debo recriminarle a Itard que no hiciera más intentos de buscar los orígenes del chico mientras estuvo más o menos caliente su rastro por la zona de Lacaune y Saint-Sernin.
La investigación de Guiraud no había conseguido dar con los padres del chico.
La situación quizá habría sido distinta si Itard hubiera dirigido parte de su energía y su imaginación a seguir las pistas y rumores que circulaban sobre la primera infancia del niño.
Mi última crítica a Itard, igual que las dos anteriores, se centra menos en lo que hizo y más en lo que no llegó a hacer.
Hizo pocos planes sobre la educación emocional de Victor después de que el chico fuera parcialmente socializado.
Una mayor reflexión sobre la cuestión podría haber llevado a Itard a darse cuenta de que, sin amistades de su edad, el chico iba a tener problemas para entender la pubertad.
Lo único que podemos decir es que Itard no pareció haber previsto los problemas emocionales y sexuales que afrontó Victor en los meses cruciales de su formación.
Había hecho planes para todo lo demás; en aquel sentido, sin embargo, se limitó a esperar que la naturaleza siguiera su curso.
Pero en el entorno artificial que Itard había construido en torno al chico la naturaleza no tenía un curso que seguir.
El resultado fue la frustración y la rebeldía.
Itard realizó y documentó una hazaña tremenda de rehabilitación del Pequeño Salvaje.
La dura realidad, sin embargo, sigue siendo que, tras el enorme despliegue de recursos y afecto humano que llevaron a cabo madame Guérin e Itard, el chico no recuperó en absoluto las capacidades y respuestas humanas «normales».
¿Acaso la culpa fue de los métodos de Itard?
Seguramente no, o por lo menos no del todo.
¿Acaso era demasiado tarde para reeducar al chico?
Seguramente sí, tal como el mismo Itard sugiere muchas veces, y en especial en la conclusión de su segundo informe, cuando trata de la «facultad de imitación» defectuosa de Victor.
(Dedico mi atención a esta hipótesis de la «edad crítica» en el Apéndice II, en relación con el caso de Genie.)
A Itard le interesaba por encima de todo el habla, por supuesto, igual que a muchos teóricos modernos de la psicología del desarrollo.
Parece existir una buena justificación, si miramos la historia entera de Victor, para extender estas nociones del tiempo y el desarrollo al proceso de formación del ego.
Podemos afirmar perfectamente que ya era demasiado tarde para que Victor ensamblara una idea de su yo, de su identidad como persona individual, y para que cobrara conciencia de ella y la interpretara.
La imaginería del sueño que rodea al Pequeño Salvaje representa la inconclusión de su conciencia de sí mismo; nunca se terminó de despertar a su existencia individual.
¿O quizá el Pequeño Salvaje fuera efectivamente un idiota, tal como había comunicado inicialmente el comité de Pinel a la Asociación de observadores del hombre?
De entrada, esta teoría parece resolver muchos de los problemas del caso.
La idiotez nos da un motivo posible para que al chico lo abandonaran en el bosque.
También explicaría la limitación de sus avances lingüísticos.
Como no había aprendido a hablar durante la primera infancia, un idiota no tendría ningún lenguaje que olvidar, y por tanto sería mudo cuando lo capturaran.
Muchos científicos brillantes han aceptado esta teoría, desde el psiquiatra Esquirol, uno de los alumnos de Pinel y contemporáneo de Itard, hasta el moderno etnógrafo Lévi-Strauss.
La dificultad es que la mayoría de estos hombres tienden a adoptar la postura de que todos los niños abandonados son idiotas.
Un simple vistazo a unos cuantos hogares de niños encontrados en el bosque debilita esta visión tan extrema.
Hay otros factores que socavan la teoría de la idiotez.
¿Podría un verdadero idiota, carente de coordinación y de la capacidad de planificar las cosas y de cuidar de sí mismo, sobrevivir por su cuenta en el bosque?
Es muy dudoso, a menos que el periodo de abandono fuera bastante corto.
Sin embargo, los testimonios más fiables colocan al chico completamente solo en el bosque durante un mínimo de tres años y quizá incluso seis.
La idiotez también parece excluir las mejoras asombrosas que protagonizó Victor durante sus primeros nueve meses con Itard, e incluso sus más lentos avances posteriores.
En su segundo informe, Itard usa dos veces la palabra «espontáneamente» para describir las acciones del chico.
La primera vez la aplica a su uso exploratorio de letras troqueladas para designar los objetos que lo rodean, y la segunda se refiere a «su forma nueva de ver las cosas» tras descubrir que era capaz de combinar objetos sin relación entre ellos a fin de fabricarse un soporte para tizas.
Aprendió a concentrarse y a aplicarse. Desarrolló una curiosidad y una inventiva rudimentarias.
Desde el momento de su captura, el chico se mostró maniático con lo que comía, un rasgo que no suelen exhibir los idiotas.
La teoría de la idiotez presenta inconvenientes graves que cuesta pasar por alto.