El experimento prohibido 5. Salvajismo, grandeza y deseo
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5. Salvajismo, grandeza y deseo

Maestro y pupilo

Tras salir del bosque, el Pequeño Salvaje cayó en manos de una sucesión de personas fuera de lo común.

Constans-Saint-Estève, el comisionado de Saint-Sernin, captó inmediatamente la importancia del caso.

Bonnaterre e Itard estudiaron atentamente al chico durante seis meses y cinco años respectivamente, y hoy los recordamos por los fiables informes que elaboraron a partir de sus observaciones.

Otras dos personas, las dos sin formación y de origen humilde, desempeñaron un papel esencial en la historia sin obtener fama alguna.

Clair, la jardinera de la Escuela Central de Rodez, trató a su pupilo como a una criatura humana, por mucho que actuara como un animal salvaje.

Y, según todos los testimonios, madame Guérin tenía el don de combinar amor con firmeza.

La conducta «salvaje» del chico no alteró la firme humanidad de sus dos guardianas.

Para él representaban tanto la familia como la sociedad.

A nosotros nos parecen la sal de la tierra.

Sabemos más cosas de Itard, principalmente gracias a sus escritos.

Llegó a ser un médico famoso y un educador visionario, uno de los primeros especialistas en entender que no solo había que educar a los sordos para que usaran signos, sino también enseñarles a leer y a escribir.

Sin embargo, nunca superó la brillantez ni la capacidad de persuasión de sus dos informes sobre el Pequeño Salvaje.

No está del todo claro qué pesaba más en él: el interés científico y filosófico imparcial sobre la naturaleza del hombre en general, o bien el afecto y la preocupación por su pupilo Victor.

Su reserva de paciencia parecía ilimitada.

Tenía un gran talento para diseñar ejercicios progresivos que permitieran abordar de forma gradual los bloqueos mentales o psicológicos.

Cuando Victor no pudo percibir las marcas sobre el papel como nada remotamente conectado con lo que llamamos escritura, Itard pasó a las formas simples recortadas en cartón y de ahí a las letras metálicas, las palabras y los significados.

Tardó casi un año. Un simple pedagogo se habría rendido a los pocos meses o incluso semanas.

Itard parecía adivinar de forma instintiva cómo introducir sutiles indicaciones destinadas a afinar las respuestas del chico.

Diseñó con determinación su programa educativo a la medida del caso individual, y rechazó de entrada el «método ordinario de educación social».

La decisión de desarrollar una «educación especial» a la medida de un caso especial nos puede parecer elemental; sin embargo, no era una estrategia que se practicara ni siquiera en el Instituto para Sordomudos, donde todos los alumnos recibían el mismo tratamiento.

Itard también siguió un orden meticuloso en sus procedimientos.

Antes de empezar a entrenar sus facultades intelectuales y afectivas superiores, intentó hacer que Victor se sintiera cómodo en su nuevo entorno y despertar sus percepciones sensoriales más simples.

Son estos dos últimos aspectos del programa de Itard los que más impresionarían e inspirarían a dos influyentes educadores modernos.

Édouard Séguin trabajó durante un año con Itard, al final de la vida de este, en la educación de un muchacho con retraso profundo, seguramente un idiota.

Tras beneficiarse del talento y la dedicación de Itard, en 1839 Séguin procedió a fundar la primera escuela para retrasados mentales de Francia.

Obligado a emigrar a Estados Unidos en 1851 por razones políticas, Séguin se convirtió en uno de los padres fundadores de la educación especial para los deficientes mentales en Massachusetts, Pensilvania y Nueva York.

Maria Montessori, psiquiatra italiana de finales de siglo, reconoció la importancia del trabajo de Séguin y se dedicó a la educación preescolar para niños normales.

Tanto Séguin como ella admitirían una gran deuda con los métodos y técnicas que Itard había usado con Victor, especialmente con su método de empezar a entrenar los sentidos y las habilidades motoras.

Las piezas troqueladas de metal que Itard fabricó para enseñar a Victor a reconocer formas y letras todavía se usan hoy en día en las clases de educación especial y en las escuelas Montessori.

Mientras se esforzaba por dirigir el desarrollo del chico, Itard se dedicaba a observarlo todo.

De ahí deriva la solidez de su método. Sus dos informes registran la firmeza de su mirada y su esfuerzo constante para interpretar lo que veía, sin confundir la simple actuación o conducta con la comprensión por parte del chico.

Sin embargo, cierta medida de reserva subyace a la admiración por el trabajo de Itard que han manifestado muchos educadores y psicólogos.

Muchos de ellos creen que la verdadera gesta que fue educar al Pequeño Salvaje no habría podido tener lugar de no ser por el error diagnóstico inicial de Itard.

Convencido interiormente de que el chico estaba «en posesión de sus facultades», Itard, según esta visión, rehabilitó a un idiota y demostró que dicho proceso era factible.

En el discurso oficial de homenaje a Itard tras su muerte, un médico llamado Bousquet defendía sucintamente esta opinión: «Reeducar a un chico cuyas facultades se encuentran simplemente dormidas no va mucho más allá de una educación ordinaria. Sin embargo, adiestrar a un idiota,

convertir a una criatura repulsiva y antisocial en un chico obediente y soportable, es una victoria sobre la naturaleza, prácticamente una nueva creación».

La gran magnitud de los logros de Itard, por tanto, se basaría en su diagnóstico defectuoso de la condición del chico y en su rechazo del dictamen «correcto» de Pinel.

Quienes más elogian a Itard por su humanidad y su éxito educativo rechazan los cimientos mismos en que basó su programa: la buena salud orgánica fundamental del chico y los orígenes funcionales o sociales de su condición.

Lo que creen es que adiestró a un idiota para que se adaptara a la sociedad hasta un punto que rebasó todas las expectativas.

Itard, en cambio, creía estar educando a un chico cuyo aislamiento social le hacía comportarse como un idiota.

Hay cierta ironía en la creencia de que Itard triunfó como educador porque se equivocó en el diagnóstico. Aun así, Séguin, el gran defensor y redentor de los retrasados mentales, basaría toda su carrera en esta premisa.

En cualquier caso, hemos de valorar los puntos débiles del programa educativo de Itard además de los fuertes.

Para empezar, Itard limitó de forma extrema el entorno social de Victor.

Incluso cuando el chico vivía en el Instituto para Sordomudos, donde Itard era el médico residente, parece que nunca se le invitó a jugar con los chicos y chicas de su edad; ni siquiera con los de su edad mental.

Madame Guérin lo sacaba a pasear con regularidad.

Serraba un poco de leña. Se engordó y se ablandó.

El supuesto de que ya estaba bien coordinado físicamente lo apartó de una serie de actividades de grupo que podrían haber desarrollado sus capacidades de autocontrol, imitación y competición.

La pedagogía de Itard era brillante pero un poco rígida, y apenas dejaba oportunidades para que Victor aprendiera por sí mismo mediante la actividad libre.

A base de dárselo todo hecho, en la práctica Itard abocó al Pequeño Salvaje a una forma nueva y más íntima de aislamiento.

La causa original de su retraso no se eliminó del todo.

Como si fuera un principito, Victor tenía un tutor y una institutriz, mientras que seguramente lo que más necesitaba era trabajar y jugar con otros niños.

Quizá fuera imposible vencer sus miedos, pero Itard no documenta ningún intento de avanzar en esa dirección.

El segundo inconveniente del programa de Itard es el énfasis excesivo que puso en formar a Victor para que hablara.

Itard creía que solo mediante el habla el chico se integraría en la sociedad y quizá revelaría los secretos de su pasado.

Esa obsesión lo llevó a cometer ciertos errores.

Por ejemplo, Itard no aprovechó los sonidos orales que Victor producía de forma espontánea: oh, lli (en vez de Julie), la exclamación Oh, Dieu de madame Guérin y unos pocos más.

Le parecían demasiado distraídos y torpes.

Sin embargo, la psicología ha descubierto que en casos similares se pueden obtener resultados a base de reforzar cualesquiera sonidos orales y refinarlos más adelante, una técnica que Itard sí aplicó en algunos de sus otros ejercicios.

El programa de reconocimiento de vocales que Itard intentó implantar a principios de 1802 resultó seguramente demasiado difícil para el oído inexperto de Victor.

En 1805, y a raíz de no haber conseguido enseñarle al chico la articulación vocálica tras un año de intentos iniciados con la mímica elemental, parece ser que Itard renunció al lenguaje.

Llegados a ese punto, «abandonó» a Victor a su «mutismo incurable».

Al parecer tampoco se planteó regresar por tercera vez a la lectura y la escritura, unas habilidades que el chico ya casi había alcanzado y con las que varios sordomudos célebres habían desarrollado su inteligencia y hecho carrera.

Itard quería el habla vocal a cualquier coste y no aceptaba sustitutos.

En consecuencia, hubo diversas técnicas de formación que se le pasaron por alto, o bien decidió no usarlas.

La más obvia de estas omisiones, especialmente en una institución como aquella, fue que Itard nunca intentó averiguar si Victor era capaz de usar el lenguaje de signos, el mismo que se usaba en su entorno y para el cual presentaba una ventaja natural,

dado que ya usaba un «lenguaje de acciones» propio.

En este sentido, Itard hacía gala de un profundo prejuicio, que reconoció y enmendó al final de su vida.

Los signos eran el lenguaje de los mudos, una asociación que Itard quería evitar.

Le parecía necesario escudar a Victor de la tentación rival de aquel lenguaje inferior.

Durante sus cuarenta años en el instituto, Itard no aprendió a hablar con signos.

Hasta más adelante no reconoció que aquel lenguaje estimulaba la mente y expresaba ideas con la misma eficacia que el habla vocal.

Es fácil pensar que la historia del Pequeño Salvaje habría seguido un rumbo distinto si se lo hubieran enseñado.