El experimento prohibido El segundo informe
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El segundo informe

El año 1805 fue crucial tanto para Victor como para Itard.

El médico interrumpió las sesiones educativas y dejó al niño en manos de madame Guérin.

La responsabilidad oficial de la mujer quedó reafirmada en la carta que mandó en mayo de 1806 el ministro de Interior al Instituto para Sordomudos, ordenando que se le prolongara el salario anual de ciento cincuenta francos, «por sus molestias y atenciones»,

en calidad de tutora legal del Salvaje de Aveyron.

A partir de aquel momento, Victor desaparece de la atención pública.

Lo que sabemos del resto de su vida es rápido de contar.

En 1810, Sicard y tres administradores del instituto escribieron al ministro de Interior que habían desaparecido todas las esperanzas de civilizar al chico.

Sicard regresó a su diagnóstico original de «idiotez completa».

La carta declaraba que la presencia del chico en el instituto generaba problemas de disciplina con los demás estudiantes.

Los preocupaba especialmente, en una institución que se había vuelto completamente masculina, la presencia de mujeres, dado que madame Guérin seguía residiendo allí y recibía visitas frecuentes de sus hijas.

Ya no querían a Victor en el instituto. El ministro les concedió su petición de pagar quinientos francos anuales a madame Guérin en concepto de gastos, además de su salario, para que se llevara al chico a vivir a otra parte.

Se estipuló que «el doctor Itard no lo ha de perder de vista».

En 1811, después de once años de internamiento en el instituto, madame Guérin y Victor se mudaron a una casa situada a la vuelta de la esquina, en una callejuela llamada Impasse des Feuillantines.

Allí vivieron durante los diecisiete años siguientes.

La única información que tenemos sobre esos años es negativa; el muchacho, ya un hombre, no causó ningún incidente del que haya constancia, ni tampoco provocó quejas ni escándalos.

Cuando apenas estaba entrando en la adolescencia, Victor Hugo vivió dos años a solo cuatro casas de distancia.

Es posible que las referencias ocasionales que encontramos en sus novelas y poemas a un «monstruo fabuloso» aludan de forma velada a las historias que había oído contar de chico sobre el Pequeño Salvaje de Aveyron;

o quizá al hecho de habérselo encontrado por las calles y callejones cercanos al instituto.

Algunos testigos comentaban que hasta el final fue reconocible por sus andares torpes.

Sin embargo, el antaño famoso Pequeño Salvaje se había convertido en un simple elemento anónimo del paisaje.

Murió en 1828, cuando rondaría los cuarenta años.

No se han encontrado documentos oficiales ni noticias publicadas que establezcan la causa de la muerte o señalen dónde se encuentra enterrado.

Ni siquiera sabemos si sus últimos años fueron felices, ni por lo menos si los pasó en paz.

Era un hombre olvidado, tal y como ya había dicho Itard veinte años antes.

Después de que Itard desapareciera de su vida, dejó de llamarse Victor y pasó a ser simplemente el Salvaje.

Cuarenta años no son exactamente una edad avanzada, pero sí son edad suficiente para indicarnos que a Victor no lo consumió la nostalgia por los bosques de su infancia; había encontrado alguna forma de construirse una vida en aquel callejón sin salida de las afueras de París.

Como era mudo, nunca pudo contar su historia.

Por una ironía del tiempo y las circunstancias, sin embargo, la historia de la educación del Pequeño Salvaje se publicó en el momento mismo en que desaparecía su figura de las noticias.

Un mes después de la carta que renovaba el salario de madame Guérin en 1806, un nuevo ministro de Interior, Champagny, escribió a Itard para pedirle «en el nombre de la humanidad y de la ciencia» que escribiera un informe detallado sobre la educación que le había impartido a Victor.

En septiembre, Itard mandó un nuevo informe de cincuenta páginas, incluyendo copia de su crónica anterior de los nueve primeros meses, la que había publicado en 1801 la Asociación de observadores del hombre.

El ministro remitió los documentos para su evaluación a la Academia Francesa, donde fueron leídos por el Comité de Historia y Literatura Antigua.

Aquel comité incluía a filósofos e investigadores que hoy en día llamaríamos sociólogos.

Al cabo de un mes, los académicos contestaron, deshaciéndose en elogios hacia el trabajo de Itard y atribuyendo la pobreza de resultados no a sus métodos, sino a la condición del chico.

En carta posterior, el ministro le decía a Itard que el instituto «reconoce que no podría haber invertido usted en sus lecciones, ejercicios y experimentos más inteligencia, sabiduría, paciencia y valentía de las que invirtió».

El ministro decidió publicar el informe con dinero gubernamental y proporcionar a Itard todos los ejemplares que quisiera.

«A fin de asegurar el desarrollo pleno de las facultades de Victor, le pido que continúe usted esa tarea que tan favorables resultados ha producido y que determine si quizá no ha llegado el momento de enseñarle algún oficio mecánico.»

Pero Itard no continuó con la tarea, y al parecer Victor tampoco aprendió ningún oficio.

El ministro, sin embargo, le concedió a Itard todo lo que se le antojó: reconocimiento y elogios, la publicación oficial de su informe y un apoyo financiero adecuado para el chico y su tutora.

El programa educativo, sin embargo, había llegado a un punto muerto hacía más de un año.

No cuesta imaginar el desánimo y la fatiga mental de Itard después de cinco años de rutina diaria agotadora.

Necesitaba un respiro, y es probable que pensara que Victor lo necesitaba también.

Al mismo tiempo, Itard necesitaba dedicarse a su carrera profesional.

En su trabajo con Victor había completado y defendido con éxito su tesis médica sobre el neumotórax, una afección pulmonar.

El estipendio anual de quinientos francos que había recibido por educar a Victor no daba para mucho.

En tanto que funcionario médico del instituto, solo recibía sesenta y seis francos anuales, más el alojamiento.

Aunque ya no fuera ningún desconocido, seguía siendo pobre.

En los años siguientes ganó el dinero suficiente con su práctica privada para alquilar un apartamento-oficina en el centro de París donde los pacientes lo podían visitar con facilidad.

Seguía pasando gran parte de su tiempo en el instituto.

Allá por 1805, empezó a educar a pacientes provistos de cierta audición residual a base de aplicarles los métodos que había desarrollado con Victor.

Tres años más tarde, publicó el primero de una serie de artículos que demostraban que se podía enseñar a algunos sordomudos a oír y entender frases habladas, e incluso a hablar.

Un investigador tan incansable como Itard no podía concentrarse indefinidamente en un solo caso.

Básicamente, Itard dejó de trabajar con Victor porque creía que ya no iba a conseguir nada más.

La diferencia de tono y de presentación entre sus dos informes nos revela cómo había cambiado Itard en aquellos cinco años.

La sección inicial del primer informe se refiere a sus «éxitos» educativos con el joven Salvaje, y el documento se cierra con cinco afirmaciones resonantes acerca de la naturaleza universal del hombre a la luz de su excepcional experimento.

El informe de 1806, en cambio, renuncia a ese estilo altisonante.

Esta vez Itard evita por lo general la filosofía y la teoría y deja que sean los datos del caso los que hablen por sí mismos a lo largo de sesenta y cinco secciones breves y numeradas.

Cinco años de trabajo y reflexión habían reducido sus afirmaciones de conocimiento universal y habían incrementado su sabiduría.

Pero algo muy sutil sucede bajo la superficie del estilo discreto del segundo informe.

Si no se lo hubieran pedido, seguramente Itard no habría vuelto a poner el caso por escrito.

Estaba más que dispuesto a olvidar lo que consideraba el registro de su fracaso.

Obligado por el ministro a repasar sus notas y a evaluar el curso entero de su programa educativo, se puso a modificar su visión.

Al concluir el informe, trazó una meticulosa hoja de balance.

Los datos presentados conducen a la «incertidumbre» y al «conflicto básico» acerca de cómo evaluar los resultados.

Por un lado, hay siete secciones cruciales del informe (y las cita por su número) que implican tres conclusiones negativas:

1. Como no puede oír el habla ajena ni tampoco aprender a hablar, la educación de Victor sigue estando incompleta.

2. Su progreso «intelectual» nunca alcanzará el de otros niños criados de forma normal en sociedad.

3. Su desarrollo emocional se encuentra bloqueado por un profundo egocentrismo y por la imposibilidad de canalizar sus sentimientos sexuales incipientes hacia ninguna meta satisfactoria.

Por otro lado, hay veintiuna secciones que muestran las cosas bajo una luz más favorable y justifican cuatro conclusiones positivas:

1. El adiestramiento de la vista y el tacto de Victor ha ampliado su percepción del mundo y «contribuido poderosamente al desarrollo de sus facultades intelectuales».

2. Aprender los signos escritos y usarlos para comunicarse con quienes lo rodeaban representa un logro notable.

3. A pesar de su vena imborrable de salvajismo, Victor se ha demostrado capaz de entablar una cálida amistad, del deseo de agradar con su buena conducta y de unos remordimientos sinceros por su mal comportamiento.

4. Da igual cómo interprete uno los distintos datos del segundo informe, «todo hace a este extraordinario joven merecedor de la atención de la ciencia, de la diligencia de quienes lo cuidan y de la protección del Gobierno».

Estas son las palabras que cierran el informe. Sería difícil extraer unas conclusiones más ecuánimes que las que saca Itard sobre su trabajo.

Las páginas iniciales del informe, sin embargo, muestran un cambio más significativo de perspectiva:

Su excelencia: […] de no ser por la orden formal que me disteis de redactar este informe, yo habría sepultado mis empeños en el silencio y el olvido.

Su resultado final no constituye tanto una crónica del progreso del alumno como del fracaso del maestro.

Sin embargo, […] a fin de apreciar el estado actual del Salvaje de Aveyron, hay que recordar su estado inicial.

A fin de juzgarlo como es debido, solo se puede comparar a ese joven consigo mismo.

El «sin embargo» de Itard introduce una nueva e importante consideración: ¿qué baremo hay que usar para medir el progreso de Victor?

En el primer informe, Itard declaraba que, al empezar su trabajo con el chico, este poseía la edad mental de un bebé de entre diez y doce meses y respondía rápidamente a la socialización y el adiestramiento.

Esta descripción seguramente debió de parecer precisa durante un año aproximadamente.

Los cuatro años transcurridos desde entonces, sin embargo, hicieron cambiar de opinión a Itard sobre su punto de partida:

Tal era el estado de las facultades físicas y morales del chico que se contaba no solo entre los miembros más bajos de su especie, sino incluso entre los más bajos de los animales.

Se podría llegar a decir que se distinguía de las plantas tan solo porque era capaz de moverse y emitir sonidos.

Entre aquel sub-animal y el estado actual de Victor media una distancia enorme.

Esta nueva evaluación de los cinco años de programa educativo prácticamente transforma el fracaso en éxito. No hay que comparar a Victor con un chico de su edad. Recordemos cómo era al principio y lo mucho que ha progresado desde entonces. Era casi una planta y ahora casi es un hombre.

Al final, lo que alteró el dictamen fue la escritura del informe.

Mientras narraba un adiestramiento que sobre la marcha se había ido volviendo cada vez más descorazonador, Itard redescubrió la fe en sí mismo y en Victor.

Su largo periodo de trabajo juntos no había sido un desperdicio de tiempo, porque Victor había arrancado desde un nivel más bajo de desarrollo, o de privación, del que nadie se imaginaba.

Itard ya no se avergonzaba de su «fracaso».

La prosa clara y directa del segundo informe no siempre consigue ocultar la maravilla ante sus propios logros, ni tampoco ante los de Victor y madame Guérin.

La explicación es simple. A menudo no entendemos lo que nos ha pasado hasta que se lo contamos a alguien.

Cuando le piden a Ulises que cuente su vida, a menudo la historia que narra le hace llorar.

Los dos informes de Itard, y sobre todo el segundo, registran y preservan una historia que su autor no había entendido plenamente hasta que la escribió para el ministro de Interior, para sí mismo y para nosotros.