Crecer a medio domesticar una teoría de la justicia #3
A nuestro joven salvaje lo consumen unos deseos continuos y violentos, sin tener la más remota idea de su objeto, ni mostrar tampoco la más ligera preferencia por ninguna mujer.
En lugar de esa chispa expansiva que suele empujar a un sexo hacia el otro, únicamente he visto en él una especie de manoseo y un débil instinto que le hace preferir la compañía de las mujeres a la de los hombres.
Los afectos de su corazón no desempeñan papel alguno en esta preferencia.
En varias ocasiones lo he visto en medio de un grupo de mujeres, tratando de calmar su tensión a base de sentarse junto a una de ellas y darle apretones en la mano, en los brazos o en las rodillas.
Cuando emprende estas grotescas caricias, sin embargo, sus deseos indisciplinados se fortalecen en lugar de desaparecer.
A continuación, al no ver ninguna vía de salida para sus incómodas emociones, cambia por completo de estado de ánimo.
Aparta de un empujón a la primera mujer que lo ha atraído y empieza el mismo proceso con otra.
Un día, sin embargo, llevó sus exploraciones un poco más lejos.
Después de las primeras caricias, cogió a la mujer de la mano y la llevó sin violencia alguna hasta una alcoba.
Una vez allí, mostrando cierta vergüenza, y con una expresión extraordinaria compuesta a partes iguales de alegría y tristeza, osadía e incertidumbre, se dedicó a ofrecer la mejilla como para pedir que la mujer lo acariciara.
Luego, tras dar unas cuantas vueltas en torno a ella, por fin se le tiró sobre los hombros y le agarró el cuello con fuerza.
Y eso fue todo: todas sus demostraciones amorosas terminaron igual, apartándola de un empujón.
Era una situación patética. Itard la describía con tanta claridad como se lo permitían el gusto y el estilo de su época.
Otros documentos nos informan de que algunas escenas eran todavía más tensas y embarazosas de lo que sugiere Itard.
Uno se pregunta qué mujeres participaban en aquello, y si Itard les daba instrucciones acerca de cómo responder a Victor.
Itard comenzaba aquella sección con una especie de declaración sumaria: «Pero lo que resulta todavía más asombroso [que su egocentrismo] en la vida emocional de este joven es la indiferencia que muestra hacia las mujeres a la vez que experimenta los efectos más obvios de una crisis muy pronunciada
de pubertad».
¿Había algún responsable de aquella situación?
¿Debía hacerse algo? Itard tenía un dilema tan grande como el de Victor.
En el bosque, el Pequeño Salvaje seguramente había visto aparearse a los animales.
¿Pero qué había visto en realidad? Sus poderes de observación e imitación solo se habían desarrollado durante el último par de años.
¿Qué razón iba a tener para fijarse en la cópula de los animales o para relacionar aquella conducta consigo mismo?
¿El instinto? Una palabra común, pero ¿qué significa?
En Rodez y en París, Victor debía de haber presenciado apenas el equivalente humano del cortejo y el apareamiento.
No tenía prácticamente ninguna interacción con los demás niños del instituto.
No se le permitía ir libre por la calle.
Nadie le podía explicar de dónde venían los niños.
Solo podemos suponer que carecía casi por completo de información.
Teniendo todo esto en cuenta, Victor abordó el problema de qué hacer con sus apetitos sexuales con una imaginación e inventiva considerables.
Algo debía de haberle dado una pista acerca de las mujeres.
Lo único que necesitaba era una pequeña respuesta o cooperación por parte de ellas, pero se mantenían a distancia.
Seguramente cualquier niño criado en una burbuja, lejos de la sociedad y de los libros, actuaría de la misma forma.
No hay nada asombroso en la conmovedora mezcla de curiosidad, deseo y frustración de la que hacía gala Victor.
Viene directamente del hecho de que su educación, por magnífica que fuera, lo había mantenido en un estado prolongado de aislamiento social.
Si lo hubieran animado a jugar y estudiar con los sordomudos del instituto, la mayoría de los cuales eran muchachos normales y llenos de vida, quizá su conducta social e incluso sexual habrían sido distintas. Pero no era el caso.
Itard y madame Guérin hicieron todo lo que pudieron, mediante baños, una dieta especial y mucho ejercicio, para atenuar la crisis de pubertad de Victor.
Por fin el chico interrumpió sus torpes acercamientos a las mujeres.
A veces, sin embargo, incurría en unos extraños arranques de furia: gritaba, sollozaba y se arrancaba la ropa.
Llegaba al punto de arañar o morder a su institutriz.
Luego lo inundaban los remordimientos; quería besar los mismos lugares que había lastimado.
Empezó a sufrir hemorragias nasales. Itard descubrió que podía calmar al chico practicándole sangrías, pero el remedio no duraba mucho.
Incluso usando toda su experiencia médica y psicológica, Itard se veía incapacitado para mitigar las turbulencias de Victor, que ahora amenazaban con interrumpir todo el programa de reeducación.
¿Acaso podía hacer algo más aquel joven médico?
Se había encontrado con un impasse doble.
Por un lado, en calidad de tutor y padre de acogida, ¿hasta qué punto podía asumir la responsabilidad de instruir a Victor en materia de sexo?
Por otro lado, ¿acaso había alguna razón para creer que aquella instrucción iba a aliviar el problema de Victor y no a agravarlo?
Itard hace frente a este doble dilema en el último párrafo de su informe, antes de la breve conclusión.
Su respuesta es elocuente y honesta. Fíjense en que se refiere al «instinto» de Victor; en circunstancias normales, Itard había rechazado la palabra en relación con un ser humano.
También usa la distinción tradicional entre la necesidad física de los sentidos y el amor al otro sexo que reside en el «corazón».
Hay quien diría que a Itard le faltó la valentía necesaria para llevar su experimento hasta el final.
Yo diría, en cambio, que tuvo la valentía necesaria para mantenerse firme y respetar la diferencia entre un experimento de reeducación y la manipulación de la vida de otro ser humano.
Incluyo íntegramente aquí el último párrafo, contraparte simétrica del que cierra su primer informe apelando al mismo tema:
Así era el periodo crítico de la pubertad que tanto había prometido.
Seguramente habría satisfecho nuestras esperanzas si, en vez de concentrar toda su fuerza en los sentidos, hubiera afectado a su carácter y a su sentido de la existencia [système moral] y hubiera insuflado en su corazón la pasión del amor.
Pese a todo, tras reflexionar profundamente sobre este asunto, no voy a ocultar el hecho de que me equivoqué al esperar que la pubertad de Victor se desarrollara de esa forma.
Nunca debería haberlo considerado un adolescente normal y corriente, en el cual el amor a las mujeres precede, o por lo menos acompaña, a la madurez sexual.
Esta armonía entre nuestras necesidades y nuestras inclinaciones no se puede desarrollar en un ser que no haya aprendido la diferencia entre hombre y mujer.
Un ser así únicamente podría basarse en el instinto para hacerse alguna idea de esta diferencia, sin relacionarla siquiera con su situación presente.
No me cabe duda de que, si hubiéramos querido revelarle a aquel joven el secreto y el objetivo de sus ansiedades, habríamos obtenido una ventaja incalculable.
Por otro lado, aun suponiendo que yo hubiera tenido autoridad para realizar semejante experimento, ¿acaso no habría corrido el riesgo de revelarle a nuestro joven salvaje una necesidad que pasaría a satisfacer de forma tan pública como sus demás necesidades y que lo llevaría a unos actos de
indecencia repulsiva?
Me vi obligado a refrenarme, intimidado por el miedo a semejante resultado.
Igual que tantas otras veces, me resigné a ver disiparse mis esperanzas ante un obstáculo imprevisto.
Antes, sin embargo, no se había resignado, sino que había encontrado la forma de sortear el obstáculo.
Esta vez se detuvo en seco, aceptando esas barreras que llamamos decoro, privacidad y tabú.
Creo que debemos respetar esa decisión. La parte narrativa del segundo informe termina con esa nota triste, ligeramente amarga y curtida por la vida.
Itard tenía treinta y dos años; Victor debía de tener diecisiete.
Llevaban trabajando más de cinco. Y llegados a ese punto, el maestro consideró que ya no tenía sentido seguir con un programa de instrucción destinado a transformar a un salvaje en un joven casi civilizado.